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Conoce el nuevo contexto de rol global de la Segunda Temporada de Rol en la CMI. Link

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Magia Avanzada XLIIProfesores: Eobard A. Black Lestrange - Anne Gaunt


18 respuestas en este tema
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#11 Dante De Angelis

Dante De Angelis

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Escrito 12 mayo 2019 - 13:43

Seguía maravillado con la belleza de la arquitectura del edificio cuando apareció otro de nuestros compañeros de la clase anterior, la atención que había logrado ganar de  Alondra se perdió en ese mismo instante, mi ceño se frunció, no me gustaba perder, así que justo en ese momento me hice la promesa de usar mis mejores armas para ganar aquella guerra, haría lo que fuera.

 

Una bruja llegó hasta el grupo, se presentó a sí misma como la segunda profesora, era guapa, fina y elegante, algo que se podía notar a kilómetros de distancia, le sonreí haciendo una suave reverencia a modo de saludo, mientras en mi distracción Alondra se apartaba en busca de aquel otro mago. Me pregunté que veía en el que le llamaba tanto la atención, en lo particular y dejando mi desbordado ego, no había comparación entre nosotros. Levanté la ceja viéndola partir, mientras el pequeño grupo seguía los pasos del profesor Black hasta el interior del recinto, tenía que concentrarme en la clase, por mucho que la chica me gustara, ya tendría tiempo para conquistarla, no tendría opción.

 

Seguí los pasos de los profesores hasta el área de seguridad, donde los guardias de aspecto agresivo flanqueaban el siguiente acceso, escuché al profesor pedirnos que  entregáramos las varitas para una revisión de rutina, en lo particular no me gustaba que mi varita estuviese en manso extrañas, pero era parte de un protocolo el cual debía seguirse al pie de la letra, así que a regañadientes deje que la tomaran para verificar mi identidad.

 

Tras terminar la revisión y pasar la reja un duende nos guió hasta unos pequeños carros, que manera más extraña tenían algunos para proteger sus bienes, esperaba que el recorrido valiera la pena en verdad, las incomodidades nunca habían sido de mi agrado, así que tras un suave bufido me acerque al primer carro, donde el profesor y Diggory habían abordado, como era de esperarse Alondra y Hattori tomaron el siguiente, no me sorprendí, incluso sonreí, esperando que el oriental disfrutara de sus últimos minutos de gloria al lado de aquella hermosa dama.

 

Tomé el asiento libre junto a Gabriel, algo incómodo, ya que el espacio era reducido, mi estatura parecía no estar en concordancia con aquel rustico vehículo. El recorrido no tardo en comenzar, para mi sorpresa aquel carro parecía ser mucho más veloz de lo que había imaginado, y el camino bastante accidentado, me aferre a la barra a mi izquierda intentando mantenerme lo mas estable posible, concentrado en ello apenas tuve tiempo de reaccionar cuando escuche la voz de Diggory.

 

Fragmentos bastante considerables de roca caían del techo, las reacciones no se hicieron esperar, varios hechizos de protección retumbaron en las paredes de roca, mi mente reaccionó inmediatamente conjurando el primero en que pensé

 

EVANESCO – pronuncié apuntando directamente a un gran fragmento que desapareció justo a tiempo, evitando  que nos cayera encima, pequeños  trozos siguieron cayendo a nuestro alrededor, pero nada que pudiese causarnos especial daño.

 

 

--¿Stanno tutti bene??—pregunté sin percatarme de que había hablado en italiano mirando especialmente a Alondra, respiré aliviado al ver que sus habilidades la habían protegido, me sentí orgulloso y más atraído, además de hermosa era poderosa, una excelente combinación.

 

Ensimismado en ella, no note que los carros se habían detenido hasta que la voz del profesor nos preguntó si teníamos algún plan para salir de este inesperado contratiempo, Alondra fue la primera en hablar, definitivamente esa mujer era perfecta, su lógica concordaba con su inminente belleza. Diggory prácticamente siguió sus indicaciones reanimando al duende que pareció desorientado al reaccionar, aquello no me pareció una buena señal, probablemente estábamos en muchos más problemas de los que podríamos imaginar.


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#12 Hideki Hattori

Hideki Hattori

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Escrito 13 mayo 2019 - 20:17

Mientras leía escuché la voz de Alondra a mis espaldas, traté de sonreirle confiando en que de esa manera no notase mi humor pero su pregunta acerca de si estaba bien no supe como responderla. Afortunadamente el profesor llamó nuestra atención y cuando nos tocó conocer a nuestro duende guía volví a sonreír, era amable con todas las razas dentro de mundo mágico sin embargo nunca había estado tan cerca de un duende. No pude evitar el mirarlo con curiosidad tratando de no ser tan obvio, al momento de entregar mi varita se me comunicaron las cualidades de ella y asentí un par de veces para después recuperarla; la coloqué en el fajín de mis jeans y así fue como avanzamos en grupo a los carritos predispuestos para nuestra travesía.

 

Le di la mano a Alondra para ayudarla a subir y cuando se sentó a mi lado mi corazón palpitó descontrolado, definitivamente en el amor no era el más diestro pero ella hacia todo más fácil. Era tierna y comprensiva, aún recordaba ese almuerzo que habíamos tenido en Diagón y lo amena que había sido su compañía; desde ese momento no había podido sacarla de mis pensamientos, era una mujer que quería conocer pero mis miedos podían más que la razón.

 

-Me alegra verte de nuevo Alondra, te ves fantástica.-No, definitivamente no era bueno con los halagos hacia las chicas pero algo era algo.

 

Una vez que nuestro carrito comenzó a avanzar sentí un nudo en el estómago pero este se disipó cuando sentí que ella se abrazaba a mi, no pude evitar el sonreír y mirarla a pocos centímetros de mi. Al escuchar su disculpa negué con la cabeza y relamí mis labios dispuesto a hablar pero unas rocas se abalanzaron hacia nosotros y tan solo dejé escapar un quejido apretando los dientes, la italiana había sido más rápida que yo y se había encargado de la roca así como mis otros compañeros de clase. Algo andaba mal conmigo, por lo regular mis reflejos no eran tan malos.

 

Pude notar la sangre corriendo desde la muñeca de ella y cuando quise tomar su mano para revisarla fue cuando se le ocurrió reanimar al duende, teniendo cuidado y mientras uno de mis compañeros ayudaba a nuestro guía me aproximé más a Alondra para ayudarla a ella.

 

-Estás sangrando.-Dije tratando de no alarmarla, tomé su mano con cuidado y apunté con mi varita a la herida.-Episkey...-Murmuré el hechizo para que este actuara en ella y de inmediato la sangre dejó de correr. Usé la parte baja de mi suéter para limpiar el rastro de sangre que había quedado y fue cuando la miré a los ojos, sentí una punzada recorrer mi espina dorsal y sabiendo que aún tomaba su mano le sonreí.

 

-Gracias por salvarme de la roca.-Agradecí sintiéndome un completo inútil, ¿que no se suponía que yo tenía que salvarla?

 

Alondra a pesar de ser lo más interesante de la clase podía esperar, teníamos que ser rápidos antes de que otro carrito volviera a pasar por ahí y nos chocara para descarrilarnos así que me aproximé al profesor como pude.

 

-Profesor, ¿no sería mejor el salir del carrito y quedarnos en esa roca? Dudo mucho que nuestro guía pueda ayudarnos aunque haya recobrado el sentido.-Dije señalando después a unos metros una superficie rocosa y plana en donde podíamos caber todos aunque para llegar a ella tendríamos que caminar sobre los rieles, era peligroso pero en realidad nuestras opciones eran escasas.


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#13 Eobard Thawne

Eobard Thawne

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Escrito 17 mayo 2019 - 00:19

Le complació observar que todos sus alumnos habían tenido rápidas reacciones al derrumbe de rocas, aunque también ligeramente decepcionado de que no hubiera lesionados, pues le encantaba el daño colateral. En fin, ¿qué se le va a hacer?, pensó, echando una mirada al precipicio dónde los fragmentos de roca se perdían entre la penumbra. El águila creada por Diggory les observaba impasible, aguardando instrucciones de su invocador.

 

Hasta ese momento, la mayoría había dado una sugerencia para salir más o menos viable, pero la que en definitiva daba en el clavo, era la de Hideki. Con todo, la idea de Alondra y Gabriel de reanimar al duende, no era mala, pues les permitiría seguir avanzando a lo largo de la caverna.

 

   El señor Hattori plantea muy bien la gravedad de la situación. Aunque nuestro amigo esté consciente.    señaló al duende, que balanceaba la cabeza a ambos lados, aún desorientado.    Por desgracia, el mecanismo de manejo está dañado...y al ser magia antigua, propia de duendes, lo mejor es que ellos se encarguen de repararlo. 

 

Black Lestrange tomó a Aracnin de los hombros y lo aseguró alrededor de su brazo derecho, mientras que invocaba el amuleto volador alrededor de su cuello. Procedió a saltar del carrito, confiando en la habilidad mágica de dicho artilugio, que lo hizo descender con suavidad sobre el pasillo de roca adyacente al carril. 

 

   Vamos a tener que tomar el camino largo hacia las bóvedas de alta seguridad. Tengan cuidado. 

 

Dada la naturaleza del lugar, su voz podía ser perfectamente audible sin necesidad de aplicarse un Sonorus. Apuntó la varita hacia el borde del primer carrito, donde estaban aún Dante y Diggory, Formuló el encantamiento de forma no verbal, por lo que de la punta de su objeto mágico salió una vendaval helado, que creó una especie de puente de hielo entre el pasillo y los medios de transporte. Esta vez no hablaba con sarcasmo, pues la superficie podía ser un tanto resbalosa, pero era menos peligroso. 

 

Una vez que estuvieron todos reunidos, dejó al duende sobre la roca, quién de inmediato comenzó a emitir susurros y chillidos, sonidos que no parecían propios de cualquier idioma. El profesor le respondió con la misma lengua, consciente de que quizá lo mirarían raro. Aracnin asintió a regañadientes, echando a andar como alma que lleva el diablo. Una floritura de la varita del castaño iluminó las antorchas que adornaban el maltrecho pasillo de roca desigual. 

 

   El duendigonza es el idioma nativo de los duendes, es un tanto difícil, pero les recomiendo que tomen el curso de Idiomas, si les interesa.   repuso, intentando dar un breve lapsus a la clase.    Aracnin dice que hay un atajo que desciende hasta el fondo, pero por alguna razón, no le gusta nada el tener que cruzarlo. Habrá que averiguar qué sucede. 

 

Aguardó a que todos recuperaran el aliento, y prosiguió la marcha. Les tomó varios minutos alcanzar al ente, quién se encontraba de espaldas a una puerta de metal cubierta de runas. Eran raras las bóvedas con ese tipo de inscripciones, por lo que su contenido no era solo oro. El duende deslizó sus dedos sobre ésta, causando que los seguros se liberaran para permitirles el acceso. 

 

   ¡Vaya! Nos hemos sacado la lotería... ¿A quién creen que pertenezca todo esto?

 

Se encontraban dentro de una estancia de techo prominente, que bien podría haber llegado hasta el Callejón Diagón mismo. Allí dónde su ojo se posara, habían montañas de oro. Relucientes galeones dispersos por todo el suelo de la bóveda, algunos de ellos en calderos rebosantes, o en cálices desgastados. Y no era lo único que había, pues también se hallaban un par de armaduras, con escudo y espada, apostadas en los cuatro vértices de la sala, como vigilantes. Montones de diamantes y otras piedras preciosas, como si toda la riqueza del mundo se hubiera reunido en ese pequeño espacio.

 

   Pero no todo lo que brilla es oro.    susurró, cual serpiente, casi terminando en un silbido similar al pársel. 

 

Aquello tenía un precio. No sólo el oro estaba maldito, sino todo aquello que era tangible; las riquezas tenían la maldición Gemino, y además producían una sensación de curiosidad en los presentes, incitando a que las tocaran. Casi como si desearan salir de su confinamiento, a costa de la vida de los ladrones. Era como una planta carnívora liberando feromonas a la mosca ingenua. La puerta de salida estaba del otro lado, pero la pregunta yacía en si lograrían llegar ahí sin sucumbir a la avaricia.


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#14 Alondra L. Santoro

Alondra L. Santoro

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Escrito 18 mayo 2019 - 00:47

Todo había pasado demasiado rápido, las manos le temblaban y no podía negar que estaba algo asustada, no tenían muchas opciones habían reanimado al duende, pero no parecía ser de mucha ayuda en esos momentos, lo único bueno era que Hideki estaba ahí. Escuchó su voz recordándole que estaba herida, era solo una pequeña herida, pero lo mejor de todo fue ver la preocupación y el cuidado con que la trataba, Alondra estaba muda mientras el chico la curaba y de manera caballerosa limpiaba la sangre que había estado en su brazo con su misma ropa. Aquel gesto hizo que su corazón rebosara de emoción, después de la forma distante en que había empezado el día, aquel gesto acaba de derretirle el corazón, y más aún cuando agradeció el haberle salvado de la roca.

 

--No hay nada que agradecer…lo volvería a hacer -- dijo quitándole importancia mientras sus manos seguían unidas – Tu acabas de salvarme de morir desangrada… -- intentó bromear para quitar un poco de la tensión que reinaba en el lugar – Estamos a mano…aun te debo un suéter-- continuó sin poder contener un suave suspiro cuando sus miradas se cruzaron.

 

Pero para su mala suerte no era el momento, ni el lugar para continuar con aquellos gestos, por lo que sacudiendo un poco la cabeza para salir del ensueño Alondra le regalo una sonrisa, antes de que el mago tomara la palabra dirigiéndose esta vez al profesor, sugiriendo que abandonáramos los carritos. Aquella idea era brillante, por mucho que el duende pudiera hacer algo el verdadero peligro lo representaba el ser arrollados por algún otro carro.

 

El profesor acepto de buena gana la idea de Hideki, Alondra sonrió, definitivamente aquel chico tenia talentos en todos los aspectos, su mirada volvió a cruzarse con la del joven mago y un ejército de mariposas se apoderó de su estómago. La voz del profesor pareció calmar un poco aquella reacción, era momento de concentrarse en salvarse a sí misma.

 

Un puente de hielo apareció gracias a la magia del profesor Black, Alondra respiro algo mas aliviada, no gustaba tanto de las alturas por lo que intento no mirar hacia abajo cuando Hideki caballerosamente salió de carro tendiéndole la mano para ayudarle a cruzar, tomo su mano y una suave sensación de calor se extendió desde aquel punto por todo su cuerpo, era mucho más fuerte que su intento de controlarse. Sonrió agradecida y sintió arder sus mejillas, mientras tomados de la mano llegaban hasta aquella roca.

 

El duende comenzó a vociferar en un extraño idioma, Alondra lo miró con interés, le parecía mágico que cada criatura fuera capaz de tener su propio idioma, pero mayor fue su sorpresa al ver que el profesor le entendía y más aún le respondía en el mismo tema. Pudo ver la sorpresa reflejada en el rostro de los alumnos por lo que explicó que se trataba del idioma de los duendes.

 

-   Aracnin dice que hay un atajo que desciende hasta el fondo, pero por alguna razón, no le gusta nada el tener que cruzarlo. Habrá que averiguar qué sucede.—Aquella confesión no dejo tranquila a la joven bruja, probablemente algún misterio se encontraba en aquel camino, Hideki apretó su mano con mas fuerza, haciéndole saber que no pensaba soltarla, Alondra le devolvió el gesto y sonriendo le guiño el ojo intentando parecer tranquila.

 

--Mientras no haya nada amarillo…-- le murmuró al mago cerca de su oído. El chico soltó una suave risa mientras seguían el camino del grupo terminando la comitiva.

 

Caminaron durante varios minutos, en la oscuridad, el pasillo era estrecho, como si fuera poco transitado estaba lleno de telarañas y uno que otro bicho, Alondra daba algún respingo de vez en cuando alguna araña  se atravesaba por su camino, solo deseaba que no se toparan con algún roedor.

 

Finalmente volvió a ver al duende, una enorme puerta metálica llena de runas apareció ante sus ojos, el mismo duende la abrió sin que Alondra supiera como a ciencia cierta. Una gran cámara se presentó frente al grupo, el primero en entrar fue el profesor Black el cual se maravilló del contenido haciéndoselos saber, los últimos en entrar fueron Alondra y Hideki.

 

Para donde se mirará estaba cubierto de piezas de oro, de todo tipo, Alondra parecía no estar tan emocionada, estaba acostumbrada a aquel tipo de tesoros, toda su vida la había pasado observando grandes obras de arte y diferentes tesoros, inclusive la propia bóveda de sus padres en Italia, aunque no podía compararse con aquello, estaba provista de suficiente oro para no pasar penurias durante un par de generaciones. 

 

--Pero no todo lo que brilla es oro…-- comento el mago Black haciendo que Alondra de inmediato pensara que había alguna salvaguarda de protección.

 

La joven bruja no paraba de mirar a su alrededor, si bien no le sorprendían las riquezas en sí, le gustaban demasiado las joyas y piezas de colección, sin la menor duda el lugar estaba repleto de ellas. Llena de curiosidad se acercó a un cofre abierto sobre uno de los estantes, lleno de joyas, collares en su gran mayorías, perlas, esmeraldas, rubíes y zafiros, aquella gema siempre la asociaba con su padre, era su piedra favorita porque él siempre decía que sus ojos eran los más hermosos zafiros y le había regalado docenas de joyas con aquella piedra especifica.

 

--Son preciosos...-- murmuró. Sin pensar en las consecuencias, acercó su mano a aquella maravilla, no pretendía nada más que mirarla, pero no tomo en cuenta que el hechizo no distinguiría buenas o malas intenciones, apenas su dedo toco el contenido del cofre un fuerte chirrido se dejó escuchar, las piezas de oro comenzaron a multiplicarse  sin que hubiera manera de detenerlas.


Editado por Alondra L. Santoro, 18 mayo 2019 - 00:50.

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#15 Dante De Angelis

Dante De Angelis

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Escrito 20 mayo 2019 - 22:19

Después del caos inicial comenzó un nuevo problema como íbamos a salir de ahí. Debía admitir que el japonés había tenido una buena idea al sugerir dejar los carros, punto a su favor desde luego, Alondra parecía encantada con su presencia, ya llegaría mi momento de quitarlo del camino y mostrarle a la dama quien era mejor.

 

El profesor nos facilitó un poco el trabajo, creando un pequeño puente, sin esperar demasiado lo seguí mientras llevaba al duende a cuestas y mis compañeros lo seguían por aquel pasillo secreto que acabábamos de descubrir justo con la ayuda del aun desorientado duende, que pese a todo parecía no muy convencido de tomar aquella ruta. Aquello no me daba buena espina.

 

El pasillo era algo estrecho, por lo que teníamos que ir en fila. Tenía mi varita fuertemente sujeta, por cualquier sorpresa que pudiéramos encontrar en el camino, tardamos varios minutos en llegar hasta una gran puerta metálica. El duende la abrió usando sus propias manos, aquello llamo mi atención, nunca había visto aquel tipo de magia, apenas parpadeaba intentando no perder ningún detalle.

 

La puerta se abrió mostrándonos un cuantioso tesoro, que cubría la gran mayoría de aquella cámara de seguridad. Para donde quiera que mis ojos vieran había oro y joyas a simple vista de gran valor. No podía negar que aquello llamaba mi atención, uno de mis grandes sueños era justo ese, tener mucho oro, para no depender de nadie jamás.

 

De reojo observe el gesto de Alondra, parecía estar también maravillada con aquel tesoro, otra cosa más que teníamos en común, la mire alejarse del grupo sin que nadie pareciera ponerle atención, se dirigió a un estante en específico donde un cofre desbordaba alhajas de todo tipo. Seguí sus movimientos, vi su mano acercarse a las joyas y en cuestión de segundos un chirrido me hizo girar la cabeza, los objetos parecían multiplicarse, el profesor parecía preocupado, el duende enojado y nosotros confundidos sin entender qué había ocurrido.

 

--¿Pero qué demonios pasa?—pregunté al profesor, esperando que mi intuición que me gritaba peligro estuviera equivocada.


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#16 Anne Gaunt M.

Anne Gaunt M.

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Escrito 21 mayo 2019 - 20:59

Anne sonrió a su hijo, recientemente adoptado. ¡No sabía que Hideki sería su alumno en aquella clase! Pero le alegró aquel hecho, así tendrían oportunidad de acercarse un poco más... o quizás no. Aún no sabía qué tenía pensado el Black Lestrange allí, en Gringotts.

 

Sonrió cuando éste comentó que se había preocupado pensando que le tocaría lidiar con ellos él solo. Conocía la sensación, aunque últimamente siempre dejaba solo al Black Lestrange mientras atendía otras responsabilidades. Algún día terminaría dejándola tirada a ella para devolverle el golpe. Aquella idea la hizo sonreir con disimulo mientras sentía un profundo arrepentimiento. Se prometió pedirle disculpas en cuanto terminaran aquel día.

 

¿Radical? Empiezo a preocuparme —murmuró, mirándole con gravedad. Aunque confiaba en él y sus métodos, pero no saber a qué atenerse la dejaba un poco fuera de juego. Se detuvo junto a él ante el mostrador centrarl, donde tuvieron que mostrar sus varitas. Lo hizo con gesto ceñudo y contuvo la respiración hasta que se la devolvieron. Se sentía incómoda cuando otra persona tocaba su arma mágica.

 

Tras pasar al lugar donde tomaban los carros para moverse por el interior del Banco, vio que debían repartir en dos y ella se subió a otro distinto al de Eobard, para acompañar a los alumnos que subieran en él. El recorrido comenzó sin problemas pero, de repente, hubo un tremendo temblor que hizo que varias rocas cayeran sobre ellos. Todos reaccionaron correctamente para defenderse y, en el caso de Anne, simplemente saltó del carro y se transformó en un águila de gran tamaño, esquivando el impacto. Se mantuvo en el aire para comprobar que todos estaban bien y luego descendió para bajar al pasillo que había junto al carril. Una vez allí, recobró el aspecto humano y se cubrió con ropa mágicamente casi al instante, para que nadie viera más de lo necesario.

 

¿Estáis todos bien? Demonios... Eobard, ¿alguna vez tendremos una clase normal? —masculló, mirando de reojo al duende desmayado. Se pasó una mano por la cara con parsimonia y luego miró a su hijo para comprobar de nuevo que estaba bien. De hecho, se le veía mejor que bien junto a una chica, y fue el que dio con la clave de la situación tal y como reconoció el Black Lestrange. Miró de reojo el mecanismo del carro: por nada del mundo metería la mano en la magia duendil, aprendió bien sobre aquello en Egipto, un tiempo atrás.

 

El duende, ahora reanimado, comenzó a hablar en su lengua mientras Eobard le respondía. Anne comprendió cada palabra, aunque se abstuvo de meterse en la conversación. Torció el gesto, pues comenzaba a no gustarle el plan que veía venir. Caminó al final del grupo para evitar que nadie quedara rezagado y, cuando se detuvo la marcha, tuvo que avanzar un poco para saber el porqué. ¿De quién era tanto oro? Sintió una magia pesada alrededor y, tras mirar de reojo a Eobard, comprendió lo que ocurría en aquella bóveda.

 

Cuidadito con lo que tocamos, muchachos —murmuró. Se acercó a su compañero para poder avanzar y caminó con cuidado de no rozar nada. Sin embargo, cuando echó un vistazo atrás, vio que Alondra extendía la mano—. ¡No, no, NO!

 

Pero no le dio tiempo a evitar que tocase aquellas joyas. Había alzado una mano para advertirla, con tan mala fortuna que rozó uno de los montículos de monedas de los tantos que había en la sala. Al instante, comenzaron a multiplicarse con un estruendo que la hizo cerrar los ojos.

 

Tenemos que salir de aquí, ¡vamos! ¿¡A qué esperáis!?


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#17 Eobard Thawne

Eobard Thawne

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Escrito 25 mayo 2019 - 02:30

Bueno, lo intentamos, pensó el docente, haciendo una mueca de desagrado ante la activación de la maldición Gemino que cubría a todas las riquezas de esa bóveda. Primero había sido Alondra, y después su compañera. El tintineo de monedas y el crujido que producían las piedras preciosas al impactar las unas con las otras agudizaban su sentido. Tras ya un tiempo laborando ahí, estaba acostumbrado a esa clase de sonido. 

 

    ¡Andiamo!     soltó, aprovechando su conocimiento de idiomas, para unirse a la indicación de Anne.    Si los objetos siguen multiplicándose a voluntad, pronto no habrá espacio aquí para moverse.

 

Echó a andar con algo de dificultad, trastabillando de vez en cuando con alguna de las monedas que comenzaba a cubrir el suelo de roca bajo sus pies. Aracnin le había clavado las uñas en la espalda, para evitar ahogarse en el mar de monedas que ya alcanzaba la cintura del Black Lestrange. Para desgracia de todos, los pies descalzos del duende, alcanzaban a rozar los galeones que salían disparados tras multiplicarse. El profesor lo alcanzó a llevar hasta el otro lado de la estancia, dónde la marea metálica aún no era tan notoria. 

 

   ¿Qué dices que hay tras esa puerta?    inquirió el castaño, activando el anillo salvaguarda contra oídos indiscretos para poder conversar con el ente.    Bueno, peor es nada. Quizá sea la prueba perfecta para dar un veredicto de su participación en la clase.

 

Echó una mirada a la clase; todos hacían lo propio por lidiar con el metal. Quizá no estaba de más adelantarse, para comprobar que todo estaba listo para la etapa del EXTASIS. Llevaba la varita en mano, por lo que se le ocurrió una forma de hacer más interesante aquello para los alumnos. Conjuró la maldición Flagarante de forma no verbal; además del problema de la multiplicación al toque, los objetos serían emisores de un calor abrasador, por lo que causarían quemaduras moderadas o severas, dependiendo de la concentración del calor. 

 

Aracnin abrió la puerta de runas, de la misma forma que había hecho para ingresar, y le permitió el paso. Eobard echó una mirada a lo que parecía ser una especie de tobogán improvisado, iluminado con antorchas en el techo cada cierta distancia. Descendía en espiral, pero no parecía tener fin. Suspiró, colocándose un mechón rubio tras la oreja. Era eso o nada. Tomó impulso y se lanzó al precipicio, sosteniendo el amuleto volador que minutos antes le había ayudado, para asegurar una caída que no le rompiera el cuello. 

 

Llegó a una estancia circular, cuyo suelo era del mismo mármol que adornaba el vestíbulo kilómetros arriba. Cuatro puertas complementaban la vista, cada una iluminada por una llama eterna que levitaba sobre éstas. Las telarañas indicaban que hacía mucho que no se le daba mantenimiento al lugar, pero él sabía perfectamente qué eran. Prototipos de bóvedas trastero, que contenían un sinfín de pertenencias de magos de nombre desconocido. Todo estaba listo. 

 

Sólo había un pequeño detalle: estaba solo. Supuso que Anne le seguiría el paso sin problema. El duende, traicionero y pendiente de sus intereses, les había cerrado la puerta que daba al tobogán. Con un mar de metal y joyas incandescentes en un espacio cerrado, sus alumnos debían escapar pronto de ahí.

 

   No, no, no...    comenzó a dar vueltas, trazando la trayectoria del espacio en el que reposaban sus pies. Un estallido se escuchó del otro lado de una de las puertas, amortiguado por la misma.    Como lo perdamos, posiblemente nos quedaremos varados por un buen tiempo.

 

Se refería a su guía desde el inicio del recorrido. No podían darse el lujo de deshacerse de él, del todo, pues se necesitaban de dos pares de manos para abrir los espacios de las pruebas: un duende y un docente.


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#18 Alondra L. Santoro

Alondra L. Santoro

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Escrito 31 mayo 2019 - 01:57

Alondra apenas logró hacer la mano hacia atrás cuando  las joyas comenzaron a multiplicarse pos docenas, miro hacia  donde estaban los profesores apenada, aunque en ese mismo instante justo donde estaba la profesora Gaunt pasaba lo mismo, no había sido la única en hacer que al maldición se activara, busco con la mirada a Hideki, que  estaba justo a su lado, ya con la varita lista, solo atino a imitarlo, mientras los profesores daban la indicación de salir del lugar. Claro aquello hubiera sido mas sencillo si hubiera un lugar hacia el cual escapar.

 

El sonido del metal contra metal comenzaba a hacerse  insoportable, Alondra cerro los ojos intentando encontrar una manera de  salir, pero por lo poco que sabia de maldiciones, aquella era prácticamente imposible de detener, la única posibilidad como bien había dicho el profesor era escapar cuanto antes antes de terminar enterrados vivos por aquella avalancha de oro y piedras preciosas. Y eso no era todo, el calor comenzó a aumentar conforme la maldición avanzaba. Una de las monedas de oro que salio despedida rozo su mano, de inmediato sintió su piel arder.

 

--Demonios...--dijo en un susurro mientras levantaba la mano a la altura de sus ojos -- ¿Que hacemos? -- pregunto preocupada a su compañero, que parecía estar tan preocupado y confundido, como ella misma.

 

El duende hablaba misteriosamente con el profesor, Alondra los observo unos segundos antes de darse cuenta que  había otra puerta marcada con las mismas runas, seguramente aquella seria su salida, intercambio una mirada con Hideki y buscó con la mirada a la profesora que  había conjurado algún hechizo que parecía estar deteniendo al menos un poco la velocidad en que se multiplicaban los objetos.

 

Finalmente el duende abrió la puerta y sin esperar mas el profesor de manera poco profesional decidió tomar la salida, dejando a todos  ahí mismo sin la menor explicación, Alondra bufó y negó con la cabeza ¿Que estaba pensando? El los había metido  en el banco y poco le había importado el que  estuvieran en peligro, incluso no le importo ni siquiera la seguridad de su propia compañera. Pero no quedo ahí, apenas el profesor hubo desaparecido el duende volvió a cerrar la puerta. Dejándolos nuevamente con el problema.

 

--¿Pero que le pasa? -- gritó la  joven bruja, por lo general era dulce y amable, pero ahora no entendía cual era la intención de aquel ser.--O nos abres esa puerta o no sales vivo de aquí...--dijo  mientras sentía como aquel instinto agresivo dentro de ella tomaba fuerza, hacia mucho tiempo que aquello no le sucedía.

 

El duende intento escapar, pero  Alondra fue mucho mas rápida  y le lanzo un hechizo inmobilizador para detenerlo. --Inmovilus-- pronuncio la joven mientras el duende quedaba quieto. --No quisiste cooperar, lo haremos a mi manera...--Bombarda maxima -- pronunció fuerte y claro  apuntando hacia la puerta mientras se olvidaba de donde y con quienes estaba dejando salir su temperamento.

 

 

Un enorme hueco se pudo ver después del estruendo en el sitio donde había estado la puerta, en ese instante  Alondra se dio cuenta de lo que había hecho, y su personalidad volvió a ella...


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#19 Hideki Hattori

Hideki Hattori

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Escrito 31 mayo 2019 - 02:57

Por fin había tenido un acierto en todo el día, el profesor dijo que mi idea de pasarnos a la zona rocosa era lo mejor pero lo que vino después me hizo dudar mucho de mi mismo y de mis decisiones. Al parecer los había llevado a todos a una zona en donde las riquezas ahí postradas contenían una maldición que hacia multiplicar lo que tocabas, era tan abrumador que cuando Alondra tocó una de esas riquezas todo comenzó a parecer caótico. Anne, mi madre, había recriminado el que los objetos malditos se tocaran y todavía sentía el escalofrío en mi espalda que me recorrió después de su grito. Con premura tomé a Alondra de la mano para salir de ahí, las cosas nos llegaban arriba de las rodillas y mi rostro era de pavor ante la idea de morir ahí... que muerte tan tonta.

 

El profesor parecía que se había olvidado de todos nosotros y yo boquiabierto no podía creer lo que ocurría, ¿acaso ese era el final? 

 

Como si Alondra hubiese escuchado mis pensamientos fatalistas su voz se hizo presente en lo alto, parecía enojada y no la culpaba pero yo en lo personal tenía más miedo que enojo y eso era patético. Cuando la escuché hablarle de esa manera al duende fue cuando me di cuenta de que atrás había quedado la personalidad cálida y amable de la bruja italiana, su manera de dirigirse a él e inmovilizarlo me resultaron algo apabullantes así que solo me hice a un lado intentando encontrar otra forma de escapar.

 

Una explosión tronó en mis oídos dejando un zumbido como rastro en ellos, tuve que cerrar los ojos para evitar que el polvo entrara en ellos y tosí cubriendo mi boca con mi antebrazo. No pude pensar en nada más que en mi madre a quien tenía a escasos pasos, me aproximé a ella y tomé su mano con cautela todavía con los ojos entrecerrados.

 

-¿Estás bien?-Le pregunté tratando de que solo ella me escuchara, no sabía si nuestro lazo familiar podría ser malo para la misión escolar así que trataría de ocultarlo hasta no estar por completo seguro de que no pasaría nada. Una vez que ella me confirmó el estar bien me volteé para mirar a Alondra, su semblante había cambiado y parecía asustada.

 

-¿Alondra? ¿Estás bien?-Pregunté tomándola de los hombros, la miré y algo me dijo que eso no estaba bien. Algo en ella me decía que el hechizo no era del todo su intención pero ahora que ya estaba hecho el daño teníamos que aprovecharlo, con todas las agallas de las que pude agarrarme solté un resoplido y miré al grupo en general.

 

-Bajemos por ahí, es la única solución. Profesora, ¿esta de acuerdo?-Me dirigí a Anne con la mirada encendida, tan solo esperaba que ella nos terminara de guiar para que esa misión no terminara en un desastre enorme.


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