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El Día de la Ira


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76 respuestas en este tema

#1 Mackenzie Malfoy

Mackenzie Malfoy

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Escrito 10 mayo 2020 - 15:34

 
 





 

I

 
Sebastian Crowld

Horas después del levantamiento del Secreto de la Magia.
En una mansión en las afueras de Boston
 

La reunión del Club Bilderberg había terminado sin consenso y los miembros de tan distinguida asociación se miraban con preocupación, ya levantados de los cómodos sillones de piel que los habían acogido durante las casi cuatro horas que había durado la sesión, mientras tomaban sus abrigos y departían los últimos comentarios de pasillo con sus más afines, aprovechando las formales despedidas.

La larga reunión apenas había tratado un único tema: la existencia de la magia y la innegable y molesta verdad de que no todos los seres humanos eran capaces de utilizarla.
 
Las posturas se habían dividido entre los miembros de un club que alardeaba de mantener siempre un consenso unánime y el cisma amenazaba, por primera vez en su historia, una unión que había logrado guiar al mundo hacia los intereses comunes de los más poderosos. Desde luego, para las personas más influyentes del mundo, admitir que ellos mismos podían haber sido manipulados y dirigidos por una sociedad mágica, de la que hasta entonces desconocían su existencia, era más de lo que la unión de aquellas almas, en su inmensa mayoría ególatras y egoístas, podía resistir. Algunos se habían decantado por el prudente escepticismo, a pesar de que miembros con acceso al G-8 habían confirmado la veracidad de los hechos e incluso habían comentado las líneas de acción que las principales potencias mundiales iban a seguir, todas ellas a favor de tomar medidas de propia protección. Pero ni siquiera entre aquellos miembros que se habían convencido de la existencia de la sociedad mágica, las posturas eran de consenso. Para muchos, la estrategia debía ser beligerante, para otros, de contención. La inmensa mayoría, sin embargo, estaba aún sumida en el shock inicial de la nueva información y no tenían una postura propia, harían lo que hiciera la mayoría o seguirían al primero que decidiera actuar.

Para todas aquellas personas, Sebastian Crowld era un muggle más. El rico y encantador heredero de Barnard Crowld, fundador de NTC Technologist, Ltd., que se había ocupado de los negocios de su padre casi desde la muerte de éste, cuando era un joven adolescente que todavía estudiaba en Eton. Desde entonces, había conseguido labrarse su propio nombre, llevando el imperio de su padre a las cotas más altas de poder y éxito empresarial. Él mismo había fundado varias empresas, entre las que se encontraba una de material deportivo cuya marca era icónica entre los adolescentes muggles y magos. Era uno de los miembros más jóvenes del Club Bilderberg y un rostro habitual de la revista Fortune, en la que, muy a menudo, se hacían eco no sólo de sus éxitos empresariales, sino también de su faceta como deportista de alta montaña y de sus conocidos documentales sobre lugares recónditos del planeta, que Sebastian solía publicar también en sus redes sociales.

Nadie en aquel selecto Club muggle se hubiera podido imaginar, ni por un instante, que Sebastian Crowld era también un poderoso mago, experto en magia antigua y miembro de la selecta sociedad mágica de la Orden de Arqueomagos.

La encantadora y habitual sonrisa de Sebastian se había desvanecido de su rostro hacía ya muchas horas, sumido como estaba en las preocupantes consecuencias de aquella reunión. Peor aún, lo que habían sugerido algunas de las personas allí presentes, en relación con el G-8, le hacía pensar que no era el único entre los presentes que conocía la existencia de la investigación genética que estaba llevando a cabo Genetics Corporation, Ltd. y que dicho proyecto era aún más peligroso de lo que Sebastian había supuesto en un principio. ¿Cómo si no se habría atrevido el G-8 a sugerir una línea de defensa activa contra los magos? Suspiró, recogiendo su abrigo, dispuesto a abandonar la estancia en la que habían estado reunidos, cuando una voz a su espalda, le obligó a girarse.

—Sebastian, querido amigo. Si me permite unas palabras…—Era August Rosenberg quien le hablaba, un judío alemán, cuya familia había emigrado a Argentina con una gran fortuna a mitad de la década de los cuarenta del pasado siglo.

—Cómo no August. Usted dirá.

—Le he observado durante la reunión, Sebastian. Si me permite admitirlo —August sonrió de forma condescendiente. —Se ha mantenido en una postura escéptica, muy poco propia de usted. Le tengo por un hombre de fuertes principios y aguerrido temple —la sonrisa se convirtió ahora en una breve risa que al mago le recordó el desagradable sonido de una comadreja.

Sebastian había preferido decantarse por la postura menos comprometida para sus propios intereses. Si se mantenía escéptico y la comunidad mágica lograba obligar a Aaron Black Yaxley a reestablecer el Secreto de la Magia, se anotaría un tanto ante aquellos hombres, por su visión acertada y prudente. Si, por el contrario, se agravaba el enfrentamiento entre muggles y magos, no decantarse por ninguna de las estrategias de defensa o ataque que se estaban planteando, le daría al mago más opciones a la hora de obtener información de unos y de otros. Una información que sería clave para los magos, si se daba, precisamente, el peor de los escenarios.

—Comprenderá, August, que resulta difícil de creer que existe todo un mundo mágico a nuestro alrededor. No sólo que exista la magia y todo lo que ello implica, sino que exista toda una sociedad mágica organizada, con políticos, instituciones y hasta colegios propios. —Sebastian giró las manos como desechando la idea. —Esto no es más que un camelo para manipular a la opinión pública. Sólo que esta vez se han buscado un engaño un tanto rebuscado y retorcido.

—¿Y si pudiera demostrarle, sin lugar a duda, que los magos existen?

—¿Y si tan seguro está de la contundencia de su demostración, por qué no la ha compartido con los demás durante la reunión? —Inquirió Sebastian de vuelta a su interlocutor.

—Conoce tan bien como yo a los miembros del Club Bilderberg. Algunos se aferran a su fortuna y poder durante generaciones. Son tibios, pusilánimes y proclives a la inacción. —August extrajo una tarjeta del bolsillo de su americana y se la tendió a Sebastian. En ella sólo figuraba escrito el nombre de una organización de la que nunca antes había oído hablar. —Recibirá una citación dentro de unos días. El mundo necesita hombres de acción como usted. ¿Ha oído hablar de El Inquisidor?
 
 
 

II

 
Sebastian Crowld

Hace tres días

Boston

 
El mundo había cambiado tanto en el último mes, que los miembros del Club Bilderberg eran incapaces de establecer una clara línea de acción. En su descargo, se podría alegar que pocas veces antes la historia se había modificado una sola coma, sin que hubieran sido ellos mismos los que manejaran los hilos del cambio. Por una vez, las cosas se habían salido totalmente de su control. Y Sebastian, acostumbrado a disponer de información de primera mano sobre los planes de los poderosos, así fueran estos muggles o magos, por una vez se sentía tan perdido e insignificante como lo estaba ahora el propio mundo, mágico y muggle.
 
No había vuelto a saber nada de Genetics Corporation, Ltd. y aquello lo asustaba. El G-8 había vuelto a mostrarse contundente en la reunión de aquel día y todo indicaba que los planes de Sebastian por ahogar financieramente a la empresa y a su proyecto de investigación habían fracasado estrepitosamente, lo que no podía augurar nada bueno.
 
Tampoco había tenido noticias del misterioso Inquisidor del que le hablara August Rosenberg tiempo atrás. Mejor, el mundo ya tenía suficientes complicaciones como para añadirle una misteriosa organización de fanáticos.
 
Se acomodó en el sillón orejero de su apartamento de Boston y avivó el fuego de la chimenea con un pequeño toque de varita, mientras preparaba una pipa con el mejor tabaco cubano y se deleitaba con la música que sonaba en el reproductor. Era hora de relajarse. Pasaron unos minutos, que Sebastian dedicó a contemplar el fuego de la chimenea, aspirar el agradable tabaco de su pipa y escuchar una de sus piezas de ópera preferidas, antes de que se decidiera a sumergirse en los periódicos mágicos y muggles que su elfo había dispuesto para él.
 
Repasó las noticias y recortó las notas de prensa que más le interesaban, colocándolas en una sucesión de titulares que había ido recopilando durante las últimas semanas. Evidentemente, muchos de los periódicos repetían las noticias o las narraban con diferente mariz, pero el mago había seleccionado una secuencia lo suficientemente ilustrativa de la situación. Quizás fuera por su faceta de arqueomago e historiador, pero necesitaba ordenar la secuencia histórica.
 
 
El Profeta -- 12 de marzo
Aaron Black Yaxley levanta el Secreto de la Magia.
 
Times -- 12 de marzo
Misteriosos fenómenos tienen lugar en todo el mundo. ¿Existe la magia?
 
Bild -- 12 de marzo
Una sociedad mágica se desvela ante el mundo.
 
El Profeta -- 13 de marzo
La Confederación Internacional de Magos dividida ante el levantamiento del Secreto de la Magia.
 
El Profeta -- 13 de marzo
El Ministro de Magia convoca a los Sagrados Veintiocho
 
Il Corrieri maggico -- 14 de marzo
Italia no secundará el levantamiento del Secreto.
El ejército italiano rodea ya desde anoche el Palacio de Buckingham en Londres.
 
El Profeta  -- 14 de marzo
Disturbios en Londres tras la reunión de los Sagrados Veintiocho.
Lucrezia Di Medici, la influyente y rica aristócrata, fue declarada esta madrugada Fugitiva número 1 en todo el Reino Unido.
El ejército italiano ataca al Ministro de Magia.
 
Times -- 14 de marzo
Graves altercados en torno a Buckingham Palace.
¡La isla de Guernsey atacada por magos!
Se avistan dragones en el cielo de Londres.
¿Dónde está el Primer Ministro?
 
Washington Post -- 14 de marzo
El ataque a Guernsey deja clara la existencia de la magia.
 
El Profeta -- 14 de marzo
Numerosas víctimas en el ataque a Guernsey.
Un crucero muggle es destruido por dragones.
Los ejércitos aliados de Italia, Bulgaria, Alemania, Francia y otras naciones ponen cerco a Londres.
 
Times -- 31 de marzo
Londres devastada por la guerra mágica.
Civiles usados de escudos humanos por los magos.
 
El Profeta -- 31 de marzo
El Palacio de Buckingham es destruido por cuernos de erumpent y fuego de dragón.
Los muggles denuncian secuestros y abusos a civiles.
 
Washington Post -- 15 de abril
Gran Bretaña asolada por la guerra mágica.
El conflicto entre las naciones mágicas deja millones de muertos en Inglaterra
 
New York Times -- 30 de abril
La sociedad no mágica llora a sus víctimas en Londres.
El mundo devastado ante la crueldad de los magos.
El nuevo Genocidio en Londres.
 
El Profeta -- 30 de abril
La Confederación Internacional de magos denuncia los ataques en Gran Bretaña y pide el fin de la Guerra.
La reunión de la CIM termina sin consenso sobre el levantamiento del Secreto.
 
El Profeta -- 2 de mayo
Los ejércitos aliados de Italia y Bulgaria se retiran de Gran Bretaña ante la presión internacional.
 
Times -- 2 de mayo
Los ejércitos mágicos se retiran de Inglaterra.
Nuevos secuestros de civiles no mágicos son denunciados en Londres.
Manifestación en Times Square de las familias de los desaparecidos.
Londres denuncia ante la ONU el genocidio perpetrado por los magos contra la sociedad civil.
 
El Profeta -- 3 mayo
¡Fin de la Guerra!
La Confederación Internacional de Magos declara el fin de la guerra entre naciones.
 
El Profeta -- 4 mayo
Una guerra sin vencedores ni vencidos.
Los muggles presionan al Ministro de Magia para la localización de los desaparecidos.
 
El Profeta -- 7 de mayo
La Confederación internacional de Magos convoca una Conferencia de Paz.
Supremacistas matan a cientos de muggles en una manifestación en contra de la Magia.
 
 
Sebastian suspiró tras releer la sucesión de noticias. El mundo se había vuelto loco. Las guerras mágicas habían terminado por fin, pero otras más crueles comenzaban y la magia ya no era un secreto para los muggles. Los supremacistas habían ganado poder en la Confederación Internacional de Magos, sobre todo después de que los ataques de búlgaros e italianos a Londres se cobraran millones de víctimas muggles. Nadie hacía demasiado énfasis en los secuestros y asesinatos de muggles que tenían lugar todos los días. La sociedad no mágica clamaba por sus millares de muertos y desparecidos, pero el mundo mágico todavía estaba ajeno a lo que podía suceder. La Conferencia de Paz quizás lograra aliviar las tensiones entre las naciones mágicas, pero no pararía la ola de supremacismo que se había generado en el mundo mágico. 
 
Un elfo apareció junto a Sebastian con una nota en la mano.
 
—Acaba de llegar, Amo —anunció.
 
—No me llames así, Gould. No soy tu Amo. Te di la libertad hace diez años —repuso Sebastian, leyendo la nota, que sólo contenía una tarjeta de visita con una dirección y unas breves palabras añadidas.
 
 

En Nueva York. Dentro de tres días.

El Inquisidor
 
 
 
 

III

 
Sebastian Crowld

Madrugada del Día de la Ira

De regreso a Inglaterra
 

Tres días después, cuando Sebastian salía, ya bien entrada la noche, de un impresionante rascacielos en Manhatan y apretaba a fondo el acelerador de su Lamborghini mientras abandonaba la Quinta Avenida, los acontecimientos se habían precipitado de tal manera que ya poco importaban las guerras de los magos.
Los sucesivos ataques en el Canal de la Mancha y en Londres habían sido devastadores y tan reales para los muggles como para los mágicos. Las imágenes de la guerra mágica habían dado la vuelta al planeta y los videos grabados en streaming se repetían sin cesar en todas las redes sociales y en todas las televisiones del mundo.
 
Pero lo peor ya no era que los magos se mataran entre ellos, la verdadera tragedia se había cernido sobre el mundo cuando los supremacistas comenzaron a secuestrar y asesinar muggles. Para ser honestos, quizás antes, en el mismo momento en que el Ministro de Magia decidió el levantamiento del Secreto de la Magia. La tibia respuesta de la Confederación Internacional de Magos ante la caída del Estatuto, había propiciado todo lo que llegó a continuación. 
 
Las guerras mágicas, aquellas guerras por venir que anunciaron las tres profecías, habían terminado con un final inesperado: el genocidio muggle. Muchos magos habían quedado tan impresionados por los secuestros y asesinatos de los supremacistas como los propios muggles.
 
Y ahora el tiempo apremiaba.

Sebastian aceleró el Lamborghini en cuanto éste alcanzó la autopista, mientras sacaba del bolsillo de su americana un espejo intercomunicador con Mackenzie. Ya lo había intentado varias veces, desde que terminara la reunión con el Inquisidor y sus acólitos, pero la bruja no respondía.

Había probado también el móvil. Al igual que él mismo, la bruja solía llevar uno siempre consigo, pues a veces resultaba un medio de comunicación entre magos mucho más discreto que las lechuzas o los comunicadores. Pero tampoco el teléfono respondía. Aquello sólo hacía que aumentar su preocupación. No sabía nada de Mackenzie desde hacía muchas semanas y eso era algo muy poco habitual. Imaginaba que los acontecimientos la habrían tenido tan ocupada como a él mismo, pero ahora que la necesitaba empezaba a pensar que quizás había hecho mal no dándole importancia a la falta de noticias sobre la bruja.

De cualquier manera, se maldijo por su falta de previsión. Podía haber avisado a su propia gente en Londres con antelación. Podría haberse cubierto las espaldas, preparar un traslador, abrir una vía rápida de regreso… No, estaba siendo injusto consigo mismo. ¿Cómo hubiera podido prever que los acontecimientos se precipitarían de tal manera? ¿Cómo haber podido siquiera imaginar los planes de El Inquisidor?

Nadie en su sano juicio hubiera podido prever los hechos que estaban a punto de suceder. El horror que acechaba el camino de la Historia en aquellos momentos había nacido, como todos los horrores, del oscuro pozo de la impotencia y la desesperación. Hombres como El Inquisidor sólo nacen de la infamia y el espanto. Planes como los de El Inquisidor se gestan en el vientre de la ignominia y se nutren del dolor y la falta de esperanza de la humanidad. La locura genera locura.

Sebastian apretó los puños, evitando imaginarse lo que podía suceder en apenas unas horas, si no era capaz de parar a tiempo a la gente de El Inquisidor.

Había intentado tomar un traslador o utilizar una Red Flu para llegar a Inglaterra lo más rápido posible, pero tras los ataques y la guerra el caos era tal que las redes de transporte estaban colapsadas. Fabricarse él mismo un traslador le llevaría tiempo, sobre todo si pretendía cubrir tan larga distancia. No todo era tan sencillo como saber pronunciar un Portus.

Aprovechó una de las salidas de la autopista y condujo el Lamborghini hacia un descampado desolado. Sólo entonces se decidió a activar el encantamiento volador del magnífico deportivo. En los tiempos que corrían, era mejor evitar ser visto por los muggles.

Aceleró el vehículo todo lo que le permitió la fricción del aire y suspiró, sabiendo que, por muy rápido que fuera capaz de volar su Lamborghini, era muy probable que no llegara a tiempo.

¡Maldita sea, Mackenzie! ¡Contesta! ¡Tienes que avisar! ¡Si no das la voz de alarma…! ¡Tienes que sacar de allí a esos chiquillos! ¡Alguien tiene que sacarlos de allí! En el interior de su Lamborghini, Sebastian rompió a llorar sin que supiera muy bien si sus lágrimas eran de miedo, de rabia o de dolor. Tal vez fuera todo ello a un tiempo.

El mago se mordió los nudillos, desesperado, tratando de comunicar con cualquier otro mago en Inglaterra. Pero todo era inútil. La guerra había dejado a la nación en el caos.

Si no llegaba a tiempo…

Los recuerdos de la reciente reunión con El Inquisidor y sus acólitos aún provocaban terribles visiones en su mente cuando pensaba en lo que podía ocurrir si no era capaz de llegar antes que ellos.

La secreta reunión se había producido en un local de alquiler, situado en uno de los más altos rascacielos de Nueva York. Con el fin de ocultar su identidad y evitar así cualquier represalia, a todos los presentes se les habían dado unos extraños hábitos que los cubrían de la cabeza a los pies, con el rostro velado por una tela opaca que apenas dejaba un pequeño orificio para ver, una abertura vertical, justo en el centro del dibujo de un extraño símbolo, grabado en la propia tela, que a Sebastian le recordaba demasiado al símbolo de las Reliquias de la Muerte: el infinito encerrado en un triángulo.

—¿Puede la humanidad quedarse de brazos cruzados mientras las fuerzas del demonio asolan la Tierra? —Había preguntado El Inquisidor a una multitud enaltecida. —¿Pueden estos seres salidos de las hordas demoníacas quedar impunes ante el horror de sus crímenes?

El recuerdo de los enfervorecidos gritos de la multitud enmascarada, respondiendo con potentes negaciones a cada una de las preguntas formuladas por quien se hacía llamar a sí mismo El Inquisidor, se mezcló en la mente de Sebastian con las últimas palabras de aquel hombre que, a pesar del hábito y la máscara, destacaba entre todos los demás con un aura de poder magnético.

—¡El Pueblo debe responder! ¡No esperemos que nuestros pusilánimes políticos hagan nada! ¡Devolvamos el golpe! ¡Matemos a sus jóvenes igual que ellos mataron a los nuestros! ¡Ataquemos el corazón de sus abominables enseñanzas!

Matemos a los jóvenes. Las palabras se repetían una y otra vez en su cabeza y Sebastian sabía lo que significaban. El Inquisidor había sido claro. Puede que un muggle no entendiera cuál era el corazón de las enseñanzas mágicas, pero para Sebastian la referencia era evidente. El Inquisidor se refería a Hogwarts. Pretendía atacar a los estudiantes concentrados en el más famoso colegio de Magia y Hechicería. Pretendía devastar a toda una generación de magos y brujas.

Cómo había podido afectar el levantamiento del Secreto de la Magia a los encantamientos protectores de Hogwarts, era algo que Sebastian no sabía. Aún le parecía sorprendente que El Inquisidor, a todas luces un muggle, conociera la existencia y ubicación de Hogwarts. Y, sin embargo, para Sebastian era evidente que planeaba un ataque al colegio y dudaba de que le quedara mucho tiempo para evitarlo.

Aporreó con rabia el comunicador con Mackenzie. ¿Por qué no respondía? ¿Por qué nadie en Inglaterra respondía?

Sin otra cosa que hacer que sujetar el volante, lanzar encantamientos atmosféricos para agitar los vientos y apretar con fuerza el acelerador del Lamborghini, Sebastian pensó en la cadena de nefastos acontecimientos que habían conducido al drama que se avecinaba. Si el Ministro de Magia no hubiera levantado el Secreto, si eso no hubiera llamado a movilizarse a los Supremacistas, si la guerra no se hubiera producido, si no hubieran muerto aquellos adolescentes muggles en el Canal de la Mancha, si no hubieran muertos tantos y tantos muggles en Londres…. Demasiados “síes”.

El teléfono móvil sonó en el bolsillo de su americana y se agitó esperanzando. Por fin Mackenzie se dignaba a responder. El nombre que indicaba la pantalla del celular no era, sin embargo, el de la bruja.

Dudó si responder. No tenía tiempo ahora para más asuntos muggles. Y, sin embargo, desde la reunión del Club Bilderberg una pregunta insistente le estaba martilleando el cerebro. Una pregunta de la que se había olvidado, ante la urgencia de los últimos acontecimientos precipitados por el Inquisidor. Una pregunta sobre la que quizás esa llamada arrojara alguna luz.

—Hola Laura. Llevaba días sin saber de ti. ¿Cómo estás? —Intentó que su tono de voz sonara normal. El encantador millonario Sebastian Crowld, interesándose por la joven y bella hija del presidente de Genetics Corporation, Ltd.

—¡Sebastian! Por fin logro dar contigo. ¿Dónde te has metido? Tenías el móvil apagado o estabas fuera de cobertura.

El mago, que para Laura era tan muggle como ella misma, se sorprendió por aquello, pero antes de que pudiera decir nada, Laura continuó con apremio.

—¡Lo hemos encontrado! ¡Estamos salvados!

—Espera, Laura, ve más despacio, que no me estoy enterando de nada. ¿Que habéis encontrado el qué?

—¡El Gen, Sebastian! ¡El Gen que causa la magia!

Por más que lo intentó, no fue capaz de articular palabra. La pregunta que el cerebro del mago llevaba días formulándose casi había sido respondida y todo su mundo pareció hundirse en aquella respuesta.

A raíz de lo ocurrido semanas atrás en el Club Bilderberg, había previsto ya el fracaso de su plan de parar el proyecto de investigación genética de Genetics Corporation, Ltd. De alguna manera, la compañía había logrado sobrevivir al ahogo financiero que había ideado Sebastian. Durante las últimas reuniones, el mago había sospechado que el G-8 financiaba ahora la empresa del padre de Laura y el proyecto genético que ésta comandaba. Y, sin embargo, por más que a Sebastian le hubiera parecido peligrosa la investigación de Laura, al punto de hacer todo lo posible para boicotearla, ni siquiera en el peor de los escenarios había llegado a imaginar algo como lo que Laura acababa de afirmar.

—La verdad, Laura, hasta hace pocas semanas, yo no creía en eso de la magia—mintió Sebastian. —Ahora… bueno, ahora está claro que quienes creíais en ello, ibais por delante de los demás. —El mago que para la joven era un simple muggle suspiró. Su resignación no era fingida. —Sin embargo, no termino de entender. Tu padre me dijo que los bancos os habían cerrado el grifo de la financiación y que iba a abandonar el proyecto. Además, Laura, realmente, hasta hace un mes el propósito de tu investigación genética no era encontrar un gen específico.

Al menos, no había sido ese exactamente, sino algo mucho más genérico, como la catalogación de las pequeñas variaciones en el genoma de los seres humanos. Sebastian, no obstante, había intuido desde el primer momento lo peligroso que podía ser dicha investigación para los magos y, por ello, la había saboteado a escondidas con todos los medios a su alcance.

—Verás, en parte es como dices, abandonamos el proyecto. Pero cuando empezaron a suceder los fenómenos extraños, nos contactó personal relacionado con el G-8. Ellos nos han estado financiando estas semanas y con su ayuda reenfocamos el proyecto, retomamos nuestra categorización, le aplicamos Big Data y la extrapolamos a un conjunto significativo de personas y… bueno, es muy largo de contar, te lo mostraré mejor cuando nos veamos. El caso es que apareció ese gen. Y con los últimos acontecimientos, tuvimos la oportunidad de aplicar el estudio a varios de esos monstruos. ¡Oh Sebastian! ¿Sabes lo que esto significa? No más muertes a manos de esos bárbaros sin alma. Ya no podrán contenernos. Están en nuestras manos. Sin su magia no son nada.

—Pero Laura, ese gen…. ¿Implica que podemos ser como ellos?

—¡Qué horror, Sebastian! Como puedes siquiera plantearte algo así. Son seres demoníacos, bárbaros sin alma. Pero afortunadamente nada indica que ese gen pueda trasplantarse o crearse. No se pueden crear más seres como ellos. Lo que sí se puede hacer es suprimirlo, erradicarlo, inactivarlo. Y sabemos cómo hacerlo. De hecho, las píldoras contra la magia se han comenzado a fabricar ya.

Cuando colgó el teléfono, el horror se reflejaba en el rostro del mago. Los muggles no sólo habían descubierto un gen distintivo, que podría explicar la razón de que sólo algunos seres humanos pudieran hacer magia, sino que también tenían la medicina para eliminarlo y, con ella, erradicar la capacidad mágica de un mago. Era demasiado abominable y terrible. Su pregunta había quedado contestada de la peor forma posible.

Y, sin embargo, al hilo de aquella abominación de la que Laura parecía estar tan segura, a Sebastian le surgía otra pregunte: ¿De verdad existía dicho gen? ¿De verdad nacer muggle o mago dependía de tener o no un gen?

Poco más tarde, amanecía al descender sobre un Londres cubierto de niebla y todavía maltrecho por las heridas sufridas durante la última guerra. Sebastian mantenía encendidas en su Lamborghini tanto la Radio Muggle como la Red Mágica Inalámbrica, mientras esperaba una noticia que, después de hablar con Laura, sabía que no tardaría en llegar.

Y, efectivamente, la noticia no se hizo esperar. Por primera vez en su vida, Sebastian estaba escuchando una misma emisión por la radio muggle y por la Red Mágica Inalámbrica. La misma voz del presidente de las Naciones Unidas dictando una proclama que haría retornar al mundo, mágico y no mágico, a la Edad Media, por más tecnológica que, en esta nueva versión, pudiera llegar a ser.
 


Ante los últimos ataques de la sociedad mágica perpetrados contra civiles inocentes,

las Naciones Unidas DECLARAN

la Prohibición de la Magia en todo el planeta y la persecución de cualquier ser que la practique. 

Se ha dado orden de capturar y aislar a todo mago o bruja del mundo

y aquellos que se resistan serán ejecutados.


 
Cuando Sebastian bajó del coche y se dirigió al almacén en el que guardaba trasládores para destinos específicos, supo que era demasiado tarde. El Inquisidor, sin duda, no se conformaría con aquella declaración persecutoria. Estaba decidido a devolver el golpe y le importaba poco lo que las Naciones Unidas ordenaran. Al contrario, si antes podía presumirse que el ataque a Hogwarts sería inminente, ahora era ya un hecho consumado. Sebastian no tenía duda.

No había tiempo para avisar a nadie o buscar refuerzos. Debía llegar a Hogwarts, antes que los bombarderos, si es que éstos no estaban ya allí.

—Portus.
 
 
 

IV

 
El Inquisidor
 

Sala de control en la Comandancia

En la mañana del Día de la Ira
 
 
 
El Inquisidor miró su reloj de muñeca, un Patek Philippe de sesenta mil dólares, que marcaba con absoluta y rigurosa precisión las 7:47 de la mañana. Una sonrisa elaborada y tan ajustada como su reloj se dibujó en un rostro de aspecto caucásico y rasgos ligeramente albinos. Trece minutos más y el mundo cambiaría para siempre.

Accionó el botón negro sobre la consola de mandos incrustada en el panel principal de la sala de control y varios proyectores cobraron vida desde diversos ángulos, dirigiendo sus potentes haces a cuatro enormes pantallas curvas, que cubrían por completo las paredes de la enorme sala circular.

La estancia estaba situada en el interior de un bunker, a salvo de cualquier intromisión por parte de ningún gobierno e indetectable para cualquiera que intentara buscarla. La tecnología de la que estaba dotada superaba con mucho a la de la nación más avanzada. El Inquisidor llevaba años comprando tecnología reservada y financiando a las mentes más brillantes del planeta. Algunas de ellas se encontraban, en aquellos precisos momentos, entre la media docena de personas que ocupaban la sala de control, que al Inquisidor le gustaba llamar la Comandancia, puesto que allí, sin hábitos que lo cubrieran ni máscaras que ocultaran su verdadero rostro, se sentía como el comandante que guiaría a la humanidad por la senda de los Justos. Él estaba destinado a comandar los Ejércitos de la Luz y a sacar al mundo de las tinieblas en las que estaba sumido.

Tres de las cuatro pantallas que se acababan de encender mostraban imágenes en tiempo real. La cuarta, en cambio, emitía en diferido el mensaje para el mundo que acababa de grabar apenas hacía media hora. Tiempo suficiente para que los técnicos lo editaran lo necesario para conseguir una perfecta sincronicidad entre las palabras y los hechos que estaban a punto de suceder.

Con las palmas juntas y alzadas hacia su entrecejo, los pulgares apoyados en su mentón, dos redondos y brillantes iris azules se fijaron con profundidad cortante en la imagen distorsionada de sí mismo que apareció en la pantalla.

La figura, envuelta en un extraño hábito que la cubría de la cabeza a los pies, era la de un hombre robusto y alto. Bastante más alto de su estatura real, gracias a una plataforma que la larga túnica escondía también. Y, sin duda alguna, mucho más gruesa, debido a unos abultados almohadones que disimulaban su cuidada y elegante silueta. Su pelo albino, recortado minuciosamente, salvo por un liso mechón de tintes más dorados que se permitía lucir algo más largo, a modo de flequillo, quedaba envuelto en el interior de una capucha y su rostro, de piel blanca y barbilampiña, pómulos marcados y labios finos y carnosos, estaba tapado por una máscara sin aberturas, tan sólo con el símbolo del infinito grabado en el interior de un triángulo partido. Aquel era su símbolo, el signo que marcaría los tiempos por venir, la bandera bajo la cual lucharían sus Ejércitos de la Luz.

Su voz, sintetizada, distaba mucho de recordar el timbre y la cadencia del antiguo predicador de masas que gran parte del mundo occidental hubiera reconocido al instante.

Tras revisar una última vez el mensaje grabado y atender a la sincronización perfecta de las otras tres pantallas, accionó el botón 3D de estas últimas y pulsó la realidad virtual para la cuarta pantalla.

La figura enmascarada apareció de pronto en el centro de la sala, de pie sobre un púlpito, con el brazo alzado hacia las otras tres pantallas. Aunque aquella tecnología aún no estuviera a disposición del público, que únicamente verían la imagen superpuesta de las cuatro pantallas a un tiempo, el Inquisidor era amante del realismo y el drama, por lo que prefirió visualizar las imágenes como si estuviera presente, al mismo tiempo, en cada uno de los tres acontecimientos que iban a cambiar la historia.

A las 7:57 comenzó la emisión a todas las televisiones y radios del planeta. La voz sintetizada de El Inquisidor resonó en la estancia con la misma intensidad que lo haría para los atentos espectadores.

—Amigos del mundo. —El Inquisidor comenzó su discurso con los brazos extendidos hacia la cámara, como si quisiera acoger en ellos a cuantos estuvieran viéndolo.

«Me presento ante vosotros oculto entre las telas de este hábito. Escondiéndome, como muchos de vosotros, de los enemigos de la Luz, de los enemigos que acechan a los hombres y mujeres justos, como tú y como yo. Cubro mi rostro ante la barbarie de una sociedad que reniega de nuestras leyes y de nuestras creencias. De una sociedad que se dice a sí misma mágica, para ocultar la única y terrible verdad, que son criaturas diabólicas al servicio de la Injusticia y la Maldad.»

«Y es por eso por lo que, en esta hora, en la hora de un día decisivo para la historia de la humanidad, os digo: Llamadme el Inquisidor.»

«Llamadme el Inquisidor. Porque pretendo suprimir la herejía de quienes se llaman a sí mismos magos. Llamadme vuestro salvador, porque pretendo encabezar la cruzada que derrotará a los impíos seguidores del Mal. Llamadme vuestro servidor, porque hoy, amigos míos, hoy es el Día de la Ira.»
 

 
 
 

V

 
Sebastian Crowld


Hogwarts

El Día de la Ira
 
 
Las torres del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería brillaban a la luz del incipiente sol cuando Sebastian alcanzó los terrenos, a varios metros todavía del acceso al colegio. El destino de aquel traslador se había establecido contando con unos encantamientos protectores que el mago no tardó en comprobar que ya no funcionaban como deberían, por lo que aún le quedaba una corta distancia que recorrer hasta la puerta, cuando oyó a los bombarderos de El Inquisidor silbando en el cielo.

Eran casi las 8 de la mañana y Sebastian aún podía sintonizar las noticias a través de una cadena de difusión online. Mala señal que hubiera cobertura de datos en aquel lugar.
Aunque odiaba cada palabra de aquel monstruo, el horror de aquel discurso le resultaba hipnótico.

«… porque hoy, amigos míos, hoy es el Día de la Ira.»

A través de la pantalla de su móvil, Sebastian vio la figura enmascarada de El Inquisidor, con el mismo hábito extraño que lo había visto hacía apenas unas horas en la reunión de Nueva York. Un segundo después, la pantalla se dividió en cuatro secciones y, mientras una de ellas, seguía mostrando la imponente figura de aquel hombre, las otras tres recogían las imágenes de varias escenas de cazas de guerra y soldados de a pie.

Sebastian supo que aquel ejército no pertenecía a ningún país, sino que eran los efectivos militares de un hombre tan rico y poderoso como cruel y despiadado. Aquellas eran las fuerzas que El Inquisidor llamaba Ejército de la Luz y el mago reconoció el paisaje de una de las secciones. Era Hogwarts y aquellos cazabombarderos eran los aviones que, en aquel momento, silbaban por encima de la cabeza del mago.

«Hoy, amigos míos, es un día triste.»

«Hoy es el día en que lloramos la muerte de nuestros hermanos muertos. Hoy es el día en que nos levantamos con la rabia de saber que hombres y mujeres que no pertenecen a nuestra sociedad, que no se rigen por nuestras leyes ni se guían por nuestras costumbres nos consideran hormigas a las que pueden aplastar y asesinar, impune y cruelmente. Hoy es el día en que lloramos a las miles de almas caídas en Londres y Guerney, en el que nos dolemos con sus familias y en el que nos vestimos de luto por aquellos masacrados ante los ojos de todo el planeta, por una sociedad mágica que se cree por encima de nosotros.»

«Hoy es el día en el que nos damos cuenta de que no podemos ceder el control de nuestras vidas en manos de unos bárbaros que se creen superiores a nosotros, en manos de unos locos que se atreven a manejar fuerzas más allá del control de los seres humanos, de unos seres diabólicos que no nos respetan, que no nos conocen, que no nos aman, que no nos consideran sus iguales.»

«Pero hoy, amigos míos, es también el día de la victoria. Hoy es el día en que tomaremos la revancha. Y todo se reduce a Hoy. Porque hoy es el Día de la Ira. »

—¡Ayuda! —Gritó Sebastian, aporreando las enormes puertas de Hogwarts. —¡Ayuda! ¡Nos atacan!

Apenas había terminado de pronunciar las palabras cuando en la imagen de su pantalla los cazabombarderos formaron un círculo alrededor de Hogwarts y varios misiles salieron disparados hacia las almenas.

Las alarmas de Hogwarts se dispararon. Un coro agitado de elfos, alumnos y profesores comenzaron a gritar, mientras extraños sonidos, probablemente procedentes de los cuadros del colegio, se unían al coro confuso de voces que llegaban desde el interior.

Sebastian alzó su varita al cielo y levantó un escudo todo lo amplio que fue capaz de realizar. Con un poderoso objeto de arqueomagia, que siempre guardaba en el bolsillo, intensificó el poder del escudo, tratando de abarcar todo el colegio. No pudo evitar, sin embargo, que los misiles impactaran en las torres más alejadas, levantando una lluvia de cascotes y piedras.

Las puertas se abrieron de golpe y una avalancha de profesores y alumnos de los últimos cursos salieron en tropel para unirse en la defensa del colegio a un horrorizado Sebastian, que miraba en su pantalla no sólo cómo los cazabombarderos se preparaban para una nueva oleada ofensiva contra Hogwarts, sino también cómo en las otras secciones en las que se había dividido la pantalla se desarrollaban escenas bélicas aún peores que la que él mismo estaba viviendo en Hogwarts.

La sección que se perfilaba arriba a la izquierda de su pantalla mostraba lo que Sebastian reconoció al instante como el emplazamiento del MACUSA. También allí los cazabombarderos lanzaban misiles sin pausa alguna. Las instalaciones habían quedado totalmente al descubierto y varios funcionarios mágicos americanos gritaban despavoridos, tratando de huir de unos pasillos derruidos que ya eran presa de las llamas.

Las cámaras no escatimaban los detalles. Por todas partes se hacinaban cientos de cadáveres que los apresurados supervivientes habían amontonado sin ningún orden para hacerse paso entre los muertos diseminados por el suelo. El edificio estaba completamente en ruinas, sus imponentes estructuras yacían convertidas en montones de cascotes, algunas se habían volatilizado bajo el empaque de las bombas. Los magos que huían en todas las direcciones, presas del pánico, trataban de defenderse con sus varitas, derribando algunos aviones que aún causaban más daños al estrellarse en el interior.

Y si el espectáculo de las imágenes del MACUSA era dantesco, no menos viles eran las secuencias que las cámaras mostraban de lo que estaba sucediendo en Hogwarts, donde a pesar de la tardía y semi organizada defensa que había logrado dirigir Sebastian, los daños eran considerables. Y no sólo por las torres y estructuras derruidas por los misiles que no daban cuartel. También allí los muertos se contaban por docenas y docenas. Algunas zonas habían quedado completamente destruidas.

Con el alma encogida, alzó una vez más su varita hacia los cazabombarderos, tratando de mitigar aquel horror del que estaba siendo testigo sin poder hacer mucho más que defender una pequeña zona a la que cada vez llegaban más estudiantes tratando de unir fuerzas y de buscar refugio.

Pero había una cuarta sección en la pantalla de su móvil que estaba erizando su piel más que ninguna otra. Allí no se veían aviones ni bombas. Eran las imágenes de unas fuerzas de asalto entrando a golpe de metralla por túneles excavados en lo que, sin ninguna duda, parecían las instalaciones de varios hospitales mágicos, con sus típicas salas para maleficios, para mordeduras de criaturas o para enfermedades mágicas.

En aquella última sección de la pantalla, se sucedían las imágenes de distintos lugares. Sebastian estaba seguro de ello. Los asaltantes no eran los mismos en unas escenas y en otras, ni tampoco las instalaciones asaltadas eran las mismas. Algunas tenían características típicamente orientales o nórdicas, que las señalaban como emplazamientos distintos. También los asustados medimagos, que trataban a duras penas de defenderse de las jaurías de asaltantes que los sobrepasan de largo en número, pertenecían a distintas razas y características físicas.

Sebastian se preguntaba qué interés podían tener para El Inquisidor varios hospitales mágicos diseminados por el mundo, cuando las cuatro secciones se disolvieron en una y la figura enmascarada de aquel monstruo volvió a llenar toda la pantalla.

«Las Naciones Unidas, acaban de proclamar una tibia Declaración de Prohibición de la Magia. Y yo os pregunto, amigos míos, ¿podemos ser tibios? ¿Podemos limitarnos a prohibir la magia cuando esa sociedad de bárbaros sin credo, de sirvientes del Mal puede esconderse y manipular lo que creemos cierto? ¿Podemos pensar que la mediocridad de nuestros gobernantes impedirá el asesinato impune de los nuestros?»

«No, amigos míos, no podemos ser mediocres. Un mundo de enemigos se alza contra nosotros y nuestra sociedad debe decidir hoy si quiere ser un soldado libre o un esclavo bajo el yugo de la magia y las fuerzas del maligno.»

«¿Podemos ser tibios? En la Biblia está escrito: «Lo que no es ni caliente ni frío lo quiero escupir de mi boca».»

«Y es por eso, que no seremos tibios ni mediocres. Ésta es la gran batalla de nuestras vidas. Ésta es la batalla que decidirá nuestra historia. Todo se reduce a hoy. Todo se reduce a esta batalla.»

«Defendamos nuestra sociedad. Defendamos nuestra política. Defendamos nuestra economía. Defendamos nuestras costumbres y creencias. Defendamos nuestros hogares y familias. Que no nos basten las declaraciones de los tibios, porque no hay defensa posible sin espada y no hay defensa posible sin poder. Tomemos entonces las espadas en nuestros puños y ganemos el poder que nos corresponde.»

«Porque hoy es el día en que actuamos o nos desmoronamos.»

«Actuemos pues, sin tibiezas ni medias tintas. Curemos la enfermedad de la inacción que duerme en lo más profundo de la sociedad aletargada en la que nos hemos convertido. Actuemos pues, avancemos paso a paso, pulgada a pulgada, hasta el final.»

«Dejemos de estar a merced de aquellos que nos asesinan con impunidad. Porque, creedme, amigos míos, podemos proclamar la Prohibición de la Magia y seguiremos sin avanzar. Podemos dejarnos machacar, mientras nuestros brazos duermen sin hacer nada.»

«Pero los hombres justos avanzaremos y lucharemos por el mundo en el que creemos, por el mundo que nos corresponde, por el mundo que tanto nos ha costado construir. Saldremos del infierno y del yugo del maligno, amigos míos y volveremos a ver la luz. Actuemos pues, avancemos, paso a paso, pulgada a pulgada, hasta el final.»

La pantalla del móvil de Sebastian volvió a descomponerse en secciones y las imágenes de Hogwarts y el MACUSA completamente en ruinas y pasto de las llamas volvieron a ocupar las dos secciones superiores. Los cazabombarderos comenzaban a retirarse dejando atrás una estela de muerte. Cientos de estudiantes habían caído aquel día en Hogwarts, víctimas del fuego, de los misiles o del derrumbe de las torres del colegio. Aunque peor aún era la situación del MACUSA, donde el ataque sorpresa había pillado a todos desprevenidos, sin tiempo de organizar una mínima defensa. Allí los muertos se contaban por millares.

Pero lo más ominoso era la escena que se mostraba ahora en toda la parte inferior de la pantalla. A pesar de que los medimagos, sanadores y el resto del personal de los hospitales había luchado con ahínco contra los numerosos asaltantes, los cadáveres de unos y otros se arracimaban por el suelo, mientras las fuerzas de asalto restantes, todavía numerosas, penetraban ya sin resistencia alguna en unas salas donde sólo había, en cada una de ellas, uno o dos matromedimagos cuidando unas cunitas donde los recién nacidos lloraban desconsolados.

Una lágrima recorrió la mejilla de Sebastian al comprender, por fin, el sentido de los planes de El Inquisidor. Con los ojos empañados en llanto vio caer las últimas barreras que separaban a las fuerzas de asalto del Ejército de la Luz de los inocentes magos y brujas recién nacidos. Los oyó llorar y gritar mientras los soldados los arrebataban de la seguridad de sus cunas y se los llevaban envueltos en mantas que sujetaron con sus ametralladoras.

La pantalla volvió a unificarse en una sola sección y El Inquisidor volvió a mostrarse ante las cámaras.

«¡Muerte a los hijos del maligno! Recuperemos el lugar que nos corresponde, el mundo que nos pertenece, la sociedad en la que creemos. Sumemos nuestras acciones en una batalla sin cuartel contra las fuerzas del Mal, contra aquellos que quieren arrebatarnos nuestras vidas, contra aquellos que quieren despojarnos de todo lo que nos hace libres, contra aquellos que quieren arrebatarle al mundo su humanidad.»

«Sumemos nuestras acciones y ganemos el terreno perdido. Sumemos nuestras voluntades en esta lucha contra el maligno. Porque sólo la unión, la suma de nuestros de actos podrá marcar la diferencia entre ganar o perder, entre libertad y esclavitud, entre vivir o morir.»

«Hoy es el día de la Victoria. Cantad la victoria conmigo, amigos míos. Cantad la alegre oda de la revancha. Cantad el himno de nuestra liberación. Coread todos juntos conmigo: Hoy es el Día de nuestra Ira.»






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#2 Sagitas Potter Blue

Sagitas Potter Blue

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Escrito 11 mayo 2020 - 23:39

6:35 h...

 

El sol había saludado con sus primeros rayos el Borough Market y los compradores más madrugadores coincidían con los dueños en las aperturas de las tiendas de alimentación. Era usual encontrar personas mayores que buscaban comida a buen precio antes de la llegada de las amas de casa o de las madres que había dejado a sus criaturillas en las escuelas. Estos meses, sin embargo, el Mercado también era muy visitado por vagabundos y mendigos que imploraban los restos caducados que no se podían poner a la venta. Eran tiempo difíciles. Londres acababa de pasar por una guerra inesperada para los habitantes de la ciudad y pocos lugares como aquel quedaban en pie para adquirir comida.

 

La viejecita, pelo gris recogido en un moño, lo único visible bajo su sombrerito anticuado, chaqueta roja de paño que tenía más años que su dueña, zapatos planos de suela gastada y falda oscura que apenas dejaba mostrar los tobillos, avanzaba despacio hacia los puestos de verduras, apoyándose en la barra de un carrito de ruedas, también rojo, al que arrancaba un ruido quejumbroso de una de las ruedas que bailaba en cada centímetro que recorría. Como persona de edad, su ritmo era lento y pasaba su tiempo en cada parada, escogiendo las mejores piezas de fruta o legumbres, de verduras u hortalizas. Los dependientes la conocían y la esperaban, con la rutina acostumbrada de verla pasar día a día comprando la comida justa para el día, sacando las moneditas de un bolso ajado de color ya indefinido, contando una a una con paciencia y guardando la compra en el carro.

 

Era una usual desde hacía tanto tiempo que la apodaba Lady Routine, tan predecible con su paso y su compra que muchos dueños de las tiendas se fiaban más de ella que de sus relojes. A las 7:29 de forma puntual, entraba en el bar norte del Mercado y se sentaba en la mesa de la esquina y leía el periódico de forma pausada hasta las 8'00 en punto. Después, desaparecía hasta el día siguiente.

 

-- ¡Los huevos Benedictinos de Lady Routine! -- exclamó el camarero al ver moverse las agujas del reloj de pared, junto a la televisión. 

 

Invariablemente, la mujer entró en ese momento y dirigió sus pasos hacia la mesa de la esquina, desde la que se podía aislar para la lectura (y desde donde se podía escuchar todo lo que se hablaba en el bar sin que nadie se diera cuenta de ello). La viejecita se sentó con modales educados y pasados de moda y abrió The Times. Leyó los titulares y algunas cartas al lector. En esos días, casi todas mencionaban a insatisfechos vecinos de magos que se quejaban de sus actos. Hasta que no le trajeron el plato y lo situó en la esquina derecha para tener desplegado el periódico, no pasó a las páginas que le interesaban. Siempre buscaba la misma información: el amplio número de desaparecidos entre la población civil (ellos no se llamaban muggles), las ruinas del centro de Londres, los problemas de abastecimiento de la ciudad, el toque de queda, el nuevo habitante provisional del 10 Downing Street... Noticias a doble página sobre la reunión de la ONU y la prohibición de la Magia...

 

Apenas acababa de tragar el primero de los huevos cuando notó el cambio de voces en el Bar. En un principio, Lady Routine siguió buscando información en el diario, de esa que queda en segundo plano pero que aporta mucho más que los titulares negritas escritos en Times New Roman hasta que el abrumador silencio le fue imposible de ignorar. Levantó su mirada triste y sus ojos grises intentaron buscar el origen del no-ruido. Lo único que se oía era la Televisión.

 

7:57h... En pantalla, un hombre encapuchado hablaba algo de... sobre... alguna tontería acerca de... 

 

Lady Routine soltó un gritito de terror mientras un hilo de huevo goteaba de su tenedor y caía sobre la chaqueta roja, dejando una espesa mancha amarilla en la solapa. Con la boca abierta por la sorpresa y el miedo, la viejecita se puso de pie de forma tan rápida que desconcertó al camarero, el único que separó sus ojos de la televisión para ver como aquella dulce mujer de cara arrugada y manos artríticas gritaba algo que sonó a jogars y desapareció.

 

Sí, desapareció. La Policía londinense, en otro momento, hubiera tachado de candidato al psiquiátrico al joven que atendía la barra cuando explicó que, durante un instante, le pareció que la vieja Routine pasaba a ser una mujer de buen ver de ojos marrones y pelo violáceo, aunque como todo fue tan rápido... El caso de Lady Routine acabó archivándose por falta de pruebas aunque, al acabar el día, el rumor decía que el pobre camarero había tenido que luchar contra una bruja horrible que estuvo a punto de acabar con él y que no la mató porque se esfumó entre volutas de humo, sin pagar la consumición. Al día siguiente, el camarero fue recibido en el Borough Market entre aplausos y saludado como un héroe.

 

De los muertos de la tele... De eso no se habló mucho.


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#3 Goderic Slithering

Goderic Slithering

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Escrito 12 mayo 2020 - 03:41

Frank Cooper
Hace dos año


 
Bien, Russell sé rápido y dime qué necesitas.

Su tono era visiblemente desafiante. ¿Cómo no serlo? Cada día recuerda, los rostros de cada uno de los bastardos que se aprovecharon de su debilidad para apoderarse de la fortuna de su familia. Aún no entiende cómo puede estar actualmente frente a uno de ellos y no romperle el rostro a puño limpio. Su mandíbula se encuentra visiblemente tensa, sin embargo no parece sentir algún malestar por ello. El odio era más fuerte que el dolor.

¡Vamos! No me mires así, sabes que fui uno de los pocos que te apoyó realmente en el pasado. El resto de zánganos solo querían tu dinero. Estoy aquí para ofrecerte volver a tu puesto, la empresa te necesita ¿somos amigos, o no?.

Los ojos marrones de Cooper observan fijamente a su interlocutor. Russell siente un escalofrío al intercambiar miradas. Puede sentir como si pudiera ver sus mentiras, su pasado y alma. Puede observar la mueca burlesca en su rostro, mofándose de su paranoia como si pudiese leer su mente y saber el terror que le causa aquella mirada tan profunda que le hace sentirse desnudo. Carraspea su garganta en un intento fútil de batallar la vergüenza que siente por aquel sentimiento de transparencia.

¿Y? ¿Me ofreces el puesto y debo aceptarlo sin más? Podría aceptar pero tengo un par de condiciones.

Russell a penas pudo contener el tono de burla al negociar aquellas condiciones. Realmente podía aceptar cualquier condición ahí mismo, poco le importa dejar el cargo y sus acciones a disposición de Frank. Sabía gracias a sus contactos, que se estaba realizando una investigación financiera y delictual sobre los altos mandos de la empresa, en un gran golpe a varios grupos financieros ¿Que le importaba disminuir su fortuna a cambio de dejar a aquel hombre inocente y rabioso al mando? El podría recuperar todo fácilmente mientras su querido amigo pasaría un largo tiempo en la cárcel.

Ambas tazas de café ya se encuentran vacías. Las negociaciones se encuentran finalizadas y ya no quedan muchos detalles por discutir, incluso acuerdan una cita para firmar los papeles de firma de responsabilidad y autoridad para el siguiente día. La sonrisa de Cooper es tan amplia que llama la atención de su mujer, Atenea, quien se acerca curiosa. Su relación había mejorado desde el nacimiento de Nicholas quien ya cursaba su cuarto año en Hogwarts.

Jaja la vida me sonríe. Estos idi***s creen que me engañarán y quieren que sea su chivo expiatorio pero no saben que el cazador terminará siendo cazado.

Un frío recorrió su espalda ante su mirada. Un sentimiento encontrado, por una parte temía que Frank volviese al de antes pero, por otro lado, sentía cierta atracción hacia ese lado de él. Quizás, solo quizás, esta vez encontraría el equilibrio entre saciar su venganza y mantener la cordura para no dañarles a ella o a su hijo. Una sonrisa coqueta aflora de sus labios, encontrando cada vez más sexy a Frank, sobretodo cuando éste le cuenta sobre sus planes futuros. Puede saborear el poder, el éxito, la fortuna y sobretodo ver a su hombre lograr vengarse por su pasado.


Actualidad
El Día de la Ira
 

Disculpe Sr. Cooper pero al parecer hay más tráfico de lo normal. Favor tenga paciencia.

No se molesta en responder, menos a levantar la vista de su smartphone que lee con atención. Hace más de un año y medio que el mago había conseguido el control total de la empresa e imperio que había heredado de su padre y que había desperdiciado en su juventud. Respecto a la trampa que le habían colocado fue fácil zafarse utilizando un poco de magia, su habilidad de legeremancia le había ayudado en muchas oportunidades. Cada uno de los que se habían aprovechado alguna vez de él ahora se encontraba en la cárcel o muerto. Algunos murieron en sus manos, los más cobardes se suicidaron al ver todo lo que habían construido perdido. 

Su interés se concentra en cierta empresa a la que está pronto a comprar. Las acciones de varias empresas habían decaído enormemente mientras que otras se encontraban en pleno auge gracias a la guerra con los magos. Países y empresas que proveían principalmente cobre y otros materiales habían aumentado su valía ante el aumento de confección de armas solo ante la especulación. La recesión de la guerra europea colocaba en aprietos a varios países tercermundistas que comenzaban a entrar en la desesperación sin siquiera recibir un ataque de supremacistas.

La economía de mercado era un ser vivo cruel, aparentaba ser perfecto y equilibrado pero ante el más mínimo incidente podría acabar con la vida de cientos de miles de personas. Frank había hecho su movimiento en el primer minuto que supo que el ministro había anunciado. Jugando bien sus cartas había logrado que su imperio empresarial aumentar su valía, prácticamente ya se encontraba jugando en las grandes ligas. Su tiempo libre casi había desaparecido pero mantener viva la empresa y hacerla crecer parecía llenar el vacío que la muerte de su hermano había causado.

¿Qué le importaba a él la muerte de muggles y sus temores? Él hace años les había dicho que existía la magia pero ¿qué hicieron? lo trataron de haber enloquecido e incluso lo acusaron de sospechoso ante la muerte de Ryan. Se lo merecían. Hasta le causaba cierta gracia como los primeros días, la gente a parte de ir corriendo al supermercado a comprar comida y papel higiénico, también habían aumentado la solicitud de rejas y todo tipo de protección para sus casas ¡rejas de hierro! ¡cómo si eso fuese a detener a un mago!

Si tienes que pasar sobre todos esos autos, hazlo pero no puedo seguirme retrasando.

Ya se está agotando su paciencia. Siendo las 7:56 hrs tenía poco más de media hora para llegar a destino y, a aquel paso, no lo lograrían. El debate ridículo en la radio no hace más que empeorar su desesperación. Cuando está por ordenar que cambiase de estación o apagase el maldito aparato, un anuncio lo estremece. No se preocupa por nada más, abre la puerta de su automóvil y se baja. Puede escuchar algunos gritos de celebración en las calles. «¡Bien! ¡Se lo merecen!», «¡Muéranse bastardos!», «JaJaJa los magos también sangran ¿qué hay que temer?» Corre al primer callejón que encuentra y desaparece. Su preocupación poco espacio le da a la ira contra aquellos muggles pero recordaría cada una de aquellas frases. 


En Hogwarts
Después del ataque

«¡Nicholas!»

«Tienes que estar bien»

«¡Nicholas!»

«Por favor, no puedes hacernos esto»

«Sí, sí, estará bien... tiene que estarlo»

Su cara se encuentra completamente cubierta de polvo. Sus zapatos perfectamente lustrados hace tiempo que perdieron cualquier rastro de elegancia. Sus ojos brillan anunciando que en cualquier momento las lágrimas caerán pero aún se mantienen firmes, decididos a no aceptar que sus pensamientos negativos se apoderen de él. Solo es pesimismo. No se hará realidad. ¿Verdad?

Siente sus piernas débiles al ver el estado en que quedó el colegio. Puede observar el equipo de rescate, sacando cuerpo tras cuerpo. La poca fuerza que le queda desaparece junto a su racionalidad. Busca. Se detiene frente a cada camilla improvisada. Sigue buscando. Su hijo tiene que estar ayudando. Sí, eso debe estar haciendo. Está bien. Está colaborando, por eso no lo encuentra. 

«¡Nicholas!»

Su voz no sale. Sus lágrimas tampoco. Adolescentes sin brazos. Niños sin vidas. Sus esperanzas se quieren ir pero él no las deja. 

¿Papá?

Gira a la fuente de aquel sonido. Ahí estaba, su hijo, cubierto de polvo como él. Ambos saben que las palabras están demás. Se acercan y se dan un abrazo que parece no terminar. Un abrazo que les da a ambos tranquilidad. Las lágrimas al fin pueden salir.


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#4 Zahil Aranel Granger

Zahil Aranel Granger

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Escrito 13 mayo 2020 - 03:15

La guerra había terminado pero a que costo, no solo muggles habían muerto en los últimos golpes de aquel caos ocasionado por el Ministro de Magia, sino  muchos inocentes magos cuyo único delito era no ser "puro". Aquella tarde caminaba por las calles de Londres con su disfraz de ser humano normal, años de experiencia como vampiro y bruja la habían llevado a perfeccionar el arte del glamour que no era otra cosa que hacer que los humanos la vieran como un humano normal y no se fijaran en su palidez extrema. Y tenia un sentido de la moda bastante muggle para no llamar la atención o al menos no mas de la que llamaría una chica gótica con toda su parafernalia, ojos pintados con sombras negras, labios rojo quemado y delineador grueso además de sus ropas negras con cruces y demás. Nadie pensaría que era un vampiro brujo si llevaba crucifijos encima.

 

Dados los últimos acontecimientos, no le apetecía andar entre los muggles pero había tenido que salir a buscar algunas cosas en la ciudad muggle ademas de algunos tramites en el Ministerio o lo que quedaba de el. Y para esto ultimo tenia que atravesar el maldito Londres muggle, queria saber si habían sobrevivido los archivos de criaturas mágicas, quería encontrar la manera de desaparecer su nombre y el de sus hijos de los registros, si estos caían en manos equivocadas y fanáticas, sabrian quien y como era. Lo que menos necesitaba era que alguien se las diera de Van Helsing.

 

Pero cosas de la vida, ni siquiera alcanzo a llegar cerca de su destino cuando lo vio por la televisión de un aparador. Si tuviera corazón este hubiese dejado de latir, las imágenes que estaba viendo eran devastadoras. Hogwarts había caído, San Mungo había caído,  y un hombre que se autonombraba el inquisidor hablaba estupideces que la gente a su alrededor festejaba como si de las palabras de un héroe se trataran. Por un momento pensó en sacar su  varita y matarlos a todos pero eso solo la haría igual a ese fanático, pero si que les pegaria un susto mientras desaparecia de ahi. Después de todo nadie la castigaria por mostrar su magia frente a todos aquellos idi***s.

 

- Reducto - grito, rompiendo en pedazos el vidrio del aparador mientras hacia una inclinación leve y desaparecía ante los ojos incrédulos y asustados de la gente que como ella se había congregado a ver la televisión. Sabia que estaba siendo infantil pero sus ideales y sus convicciones le impedian matarlos, despues de todo lo que había pasado era lógico que odiaran la magia y la temieran, y locos como el Inquisidor se estaba aprovechando de ello. 

 

Reapareció frente a la fachada de San Mungo esperando poder entrar y ser de alguna utilidad no sin antes lanzar un patronus a todo aquel que pudiese acudir a ayudar. Una hermosa perrita dalmata salio duplicada en varias direcciones.

 

San Mungo y Hogwarts han sido atacados, se requiere nuestra ayuda - fue el mensaje que lanzo tras lo cual atravesó las puertas y se preparo para el horror que iba a encontrar tras estas. Las imagenes se habían quedado cortas. Muertos y heridos por todos lados, la bruja se congelo por un momento sin saber que hacer.

 

oh por lo dioses, no...- susurro mientras se agachaba y le buscaba el pulso a una niña que no podia tener mas de quince años sin exito.


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#5 Feyre Rhiannon Macnair

Feyre Rhiannon Macnair

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Escrito 13 mayo 2020 - 18:10

30 de Marzo de 2020

En alguna mazmorra oscura y sucia

 

 

Las cadenas apretaban mis muñecas y tobillos y, allí donde el metal había rosado la última semana, la piel se había desprendido y la carne viva había comenzado a infectarse. Podía oler el pus y la podredumbre, también podía oler el pis y las heces de las ratas que se peleaban por comer los restos de las pobres viandas que me lanzaban una vez al día. 

 

Una semana. 

 

Pero no me había quebrado. 

 

No habían podido romperme. 

 

Mi vientre abultado los había tentado, desde luego, a practicarme un parto prematuro con tal de hacerme hablar, pero algo los había detenido y aunque no sabía de qué se trataba, estaba agradecida por ello. Agradecida por aún poder conservar a mi pequeña hija no nata. Había bajado escandalosamente de peso en aquella semana en cautiverio y sabía que Kore se estaría alimentando de mis reservas de grasa, ya que no poseía proteína alguna en mi cuerpo que pudiera absorber. Y podría haberme roto. Podría haber hablado y terminar con aquello, pero no iba a hacerlo, aunque me costara la vida. Pero no era mi vida lo que me hacía llorar y llorar, hasta el punto de deshidratarme, porque yo ya había vivido una larga vida llena de lujos, de amor, de pena y estaba dispuesta a morir por mi lealtad... Pero no iba a permitir que nada malo le sucediera a mi hija. 

 

Los grilletes que me mantenían atada estaban grabados con runas, poderosos hechizos que me impedían hacer uso de algunas facultades, lo que indicaba que mis captores me habían estudiado con detenimiento. No había podido transformarme en hurón, mucho menos usar la metamorfomagia para adelgazar mi cuerpo y escabullirme. Estaba tan segura de que aquellas runas eran infalibles que había estado toda la semana, en cada oportunidad que tenía, raspando las esposas contra la roca a mis espaldas para borrar las marcas y así poder liberarme. 

 

Pero me estaba quedando sin fuerzas.

 

 

***

 

24hs antes del Día de la Ira

 

 

-... si movemos el hospital de campaña de Westminster hacia Sutton... ¿Sybilla me estás escuchando?

 

Parpadee una, dos veces, antes de enfocar la vista en el mapa con los distritos que Sophia me había estado mostrando. Era la coordinadora de evacuación, comandaba una unidad para rescate de civiles magos y brujas que se habían visto afectados por la guerra que se había desatado y muchos que habían perdido su hogar y que ahora se encontraban ubicados cerca de los hospitales de campaña en los subterráneos de Londres. Reubicarlos era nuestra mayor prioridad, porque necesitábamos mantenerlos lejos de los principales centros que podían ser atacados, aún, por los supremacistas. Supremacistas magos, supremacistas muggles. Era difícil distinguirlos ahora, con tantas muertes y tanta sangre corriendo por las calles. 

 

-¿Necesitas un minuto?- preguntó. 

 

Sophia era la única que me tuteaba, la única bruja que había visto a la mujer debajo del monstruo y no se había espantado. La Justiciar me llamaban los demás, tanto inquisidores, magos golpeadores, como los civiles que habían oído hablar de mí. Aaron me había ofrecido el puesto de Jefa Suprema del Wizengamot el día que habíamos tenido la fiesta de inauguración en la Botica Macnair, hacía casi dos meses atrás. Al principio me había reído de él, quien no sabía lo que una cuota de poder podía hacer con una persona como yo. Pero al final había aceptado, comenzando a ejercer el puesto de inmediato. Conocía las Leyes Mágicas a fondo, las había estudiado y las había aplicado como abogada... aunque hacía tiempo que no ejercía. Pero no era eso por lo que Aaron había querido que ocupara el puesto, sino porque necesitaba gente de su confianza en cada ámbito del Ministerio. 

 

La Justiciar. Cruel, malvada... bella. Casi me había reído cuando había escuchado los rumores y mi nuevo apodo. Impartía justicia, aunque podíamos decir que ese término era relativo, claramente supeditado a lo que Aaron deseara que la justicia fuera. Por supuesto, había juicios improvisados para los subversivos, para los asesinos despiadados... Pero la mayor parte era una pantomima para los magos que habían estado dudosos al momento de apoyar a Yaxley, mostrando que podíamos ser sensatos, justos y atenernos a la ley. La realidad era muy diferente y sólo los que se movían en los círculos más íntimos, los pocos allegados a los altos mandos, conocían al monstruo debajo de la piel de cordero. Había encerrado más opositores en las últimas semanas de las que se habían encerrado durante la primera y segunda guerras mágicas juntas. De la misma forma, me había hecho conocida por los castigos inhumanos que impartía a algunos de esos presos. 

 

La mano negra, susurraban otros. La Sombra de la Muerte.

 

Rumores. Nada más. 

 

-No, estoy bien- salí de mis cavilaciones mirando el mapa de nuevo, prestando atención a las banderitas blancas que ella había colocado sobre el papel, señalando los hospitales en Londres. Sólo en Londres, eran demasiados-. No podemos mover toda esa gente a Sutton. Estaremos apiñando un montón de gente vulnerable en un solo lugar. Además, Sutton está lejos de las principales salidas del Metro. Tendremos que habilitar espacios nuevos debajo del barrio. Nuestras defensas correrían peligro- murmuré, sopesando las posibilidades de hacer aquella movida-. No, dispersaremos el hospital de Westminster y enviaremos a la gente a Barnet y Harrow- señalé dos puntos en el mapa-. Tenemos que mantener a la gente lejos del centro de Londres, Sophia. Se vienen tiempos muy oscuros- y esas últimas palabras ya no tenían cabida en aquel mundo donde hacía meses que vivíamos tiempos oscuros. 

 

-Entendido, Comandante- Sophia clavó sus ojos marrones chocolate en mi y amenazó con hacer un saludo, pero fruncí el ceño. 

 

-No soy Comandante de nada- la corté, antes de que pudiera llevar su mano derecha a la sien. 

 

No, ciertamente no lo era, pero me había dedicado a ocupar ese lugar de forma aleatoria durante el último tiempo. Conocía a Londres como la palma de mi mano porque había habitado esta ciudad desde hacía cientos de años. Ocasionalmente me había mudado a otros lugares del mundo, pero Londres era un imán para mí. Había estado allí durante la fundación de la ciudad, cuando se habían construído algunos de los edificios más emblemáticos y también cuando el paso del tiempo los había derruido. Ahora, todo ese conocimiento servía para nuestra causa: mejorar las defensas de la ciudad que había sufrido la mayor parte de la ira de la guerra al ser sitiada por el ejército italiano y el búlgaro, así como de sus aliados. La experiencia militar de los soldados fieles a Aaron y mi conocimiento del terreno nos habían salvado... en parte. Pero no había sido suficiente. 

 

Y ese había sido el motivo de que me secuestraran durante una semana. 

 

-Sophia- detuve a la mujer de rizado cabello oscuro y tez morena que ahora estaba recogiendo el mapa y saliendo de la oficina. Ella esperó, observándome mientras yo buscaba las palabras. Abrí la boca un momento y finalmente dije-. No, nada

 

****

 

El Día de la Ira

8:00 AM

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

 

Rohana Macnair

 

El estruendo fue algo ensordecedor e hizo tambalear la torre de Gryffindor, donde la bruja de cabello negro se encontraba. Apenas estaba saliendo de la cama, envuelta en una bata azul que Cissy le había regalado para su cumpleaños número doce. Corrió hacia la ventana junto a sus cuatro compañeras de cuarto y las cinco se taparon la boca, horrorizadas, mientras veían aviones muggles, bombarderos, soltar el horror sobre Hogwarts. Las torres de más allá ya estaban vueltas escombros... la Torre de Ravenclaw. 

 

La alarma sonó y la voz del Director de Hogwarts se extendió por cada pasillo, habitación, sala común, baño y aula que había en todo el lugar. 

 

-¡A TODOS LOS ESTUDIANTES, NOS ENCONTRAMOS BAJO ATAQUE! ¡CORRAN A RESGUARDARSE EN EL GRAN SALÓN! ¡SIGAN A SUS PREFECTOS Y JEFES DE CASA!

 

-¡Vamos, corran!- una segunda voz, más cercana, entró en la habitación y las cinco estudiantes se giraron para ver a su prefecta, Hattie, con la cara pálida y la varita apretada en su diestra, los dedos tan blancos por sostenerla que parecían de cera. 

 

Las cuatro compañeras de Rohana chillaron con miedo, tomando tan sólo sus varitas y corriendo tras Hattie, mientras Rohana aprovechaba para precipitarse sobre su escoba voladora, su más preciado objeto. Otro estruendo sacudió la torrre y escombros cayeron, así como polvo, pero la torre se mantuvo aún en pie mientras los alumnos corrían de forma ordenada para abandonar la sala común y bajar hasta el Gran Salón, que presumiblemente estaba mejor resguardado del ataque de los aviones muggles. El griterío era ensordecedor, pero la mayor parte de los alumnos de Gryffindor se mantenían serios, asustados sí, pero conscientes de su entorno. Incluso los alumnos de primer año parecían haberse extrapolado de sus cuerpos y avanzar como entes, siguiendo a los Prefectos que iban manteniéndolos unidos, lanzando escudos y hechizos protectores para mitigar el daño estructural del castillo lo más posible. Rohana también hacía lo mismo y algunos otros pocos estudiantes de los años más avanzados la imitaban. 

 

Afuera, una débil resistencia de maestros y alumnos de último año hacían hasta lo imposible por evitar mayores daños al castillo, pero Rohana pudo ver los cuerpos esparcidos de algunos alumnos, aplastados por los escombros. 

 

-Kalevi- susurró y una de sus compañeras de cuarto, Agatha, la miró-. ¡Mi primo Kalevi! ¡Ámbar!- gritó. 

 

A pesar de que luego de las vacaciones de Navidad, su tía Arya y su tía Juliette habían discutido sobre si permitir a los chicos volver a Hogwarts o mantenerlos en la casa, finalmente Sybilla se había impuesto sobre ellas, decretando que era mejor mantener a los Macnair unidos y habían decidido enviarlos de regreso a la escuela. Por supuesto, Rohana se había pasado los últimos meses evitando a sus primos, que parecían dos lapas pegadas todo el tiempo, rodeados de sus amigotes de Slytherin. Ellos no la despreciaban, es más, ellos la amaban mucho. Pero siendo una Macnair que había sido seleccionada en Gryffindor, el camino de Rohana por la escuela no había sido sencillo. 

 

Y casi había olvidado a sus primos. 

 

-Debo ir por ellos- susurró, intentado alejarse.

 

-¡No! ¡Es peligroso! Ellos están en las mazmorras Hana, deben estar bien- suplicó Agatha, pero Rohana se zafó de un tirón. 

 

-¡Lo siento!- se disculpó, antes de correr en la dirección opuesta al resto de los estudiantes. 

 

***

 

-¡REDUCTO!- el hechizo hizo estallar un montón de escombros que impedían el paso a las mazmorras y no podía saber si ese techo había colapsado antes o después de que los alumnos de Slytherin huyeran hacia el Gran Salón. Además, no los había visto en los corredores y tampoco en su camino truncado al Gran Salón. 

 

-¡KALEVI! ¡ÁMBAR!- gritó, moviendo rocas con la varita y avanzando a trompicones

 

Tenía el rostro lleno de polvo, las manos lastimadas y la bata raída. Pero había seguido avanzando a pesar del esfuerzo, a pesar del dolor de sus rodillas por las veces que había tropezado con cada nueva bomba que caía sobre las precarias defensas del castillo. Se había golpeado la cabeza en un lateral y ahora tenía el cabello negro aplastado sobre el rostro, la sangre secándose en una costra. Pero ni la visión borrosa ni el polvo en su nariz, tampoco el dolor en sus manos y piernas iba a detenerla de encontrar a sus primos. 

 

Sollozó, pero avanzó. Se llevó una de sus manos al pecho, donde el Medallón para avisar peligro que Sybilla le había dado colgaba caliente contra su pecho. No había dejado de brillar con tonos rojos desde que había comenzado el ataque, hacía largos minutos atrás. 

 

-¡KALEVI! ¡ÁMBAR!- repitió, su voz retumbando por los corredores vacíos. 

 

Hasta que vio la puerta de la Sala Común de Slytherin frente a sus ojos... destrozada. 

 

 

****

 

El día de la Ira

8:30 am

MACUSA

 

 

Quillan Atkins estaba muerto. 

 

Todo era oscuro y frío y había gritos de pena extendiéndose y llenando sus oídos. Así que eso no podía ser la vida, no... Eso debía ser la muerte y, por ende, él estaba muerto. Pero si estaba muerto... ¿qué era ese dolor que se extendía por su cabeza y por su pierna? No podía descifrarlo. ¿Quizá se le había amputado algún miembro al morir y por eso sentía ese dolor? ¿Desaparecería? ¿Estaría en el Purgatorio y por eso escuchaba todos esos gritos en pena? 

 

-Quillan...

 

La voz era distante, no la reconocía. 

 

-¿Está vivo?

 

-Sí, pero tiene una contusión en la cabeza.

 

-Bueno, este bastardo es fuerte.

 

Dos voces se sucedían, hablando de él como si no estuviera allí. Pero no lo estaba. ¿O si? 

 

-Quillan... Estarás bien... - decía la primera voz, una voz femenina.

 

-Sólo es un golpe, Marietta, tiene suerte- respondió la segunda voz, una masculina, que luego se quejó mientras tiraban de él hacia algún lado. 

 

Sintió rocas debajo de él, clavándose en sus piernas y en su espalda, pero no podía abrir los ojos ni hablar. Tenía la garganta tan seca. 

 

Se escuchaban más gritos. Gritos y súplicas. Gritos de auxilio, gritos de socorristas... Gritos de dolor. 

 

Alguien le abrió el ojo bueno y le puso una luz. Sintió su pupila achicarse y luego, con un manotazo, quitó la mano de su párpado y se frotó los ojos. Pero estaban llenos de polvo y trocitos de escombros. Aún así, se incorporó y quitó de un manotazo nuevo la presión en su hombro, que le dictaba que se tomara aquello con calma. 

 

-Estoy bien. Estoy despierto- se quejó Quillan, llevándose una mano a la cabeza y sintiendo la viscosidad de la sangre coagulada. 

 

¿Qué había pasado?

 

Abrió los ojos, enfocó su vista y... el horror lo inundó. El horror y la desesperación. 

 

La mitad del MACUSA había desaparecido. 


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#6 Jeranne Triviani

Jeranne Triviani

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Escrito 14 mayo 2020 - 14:31

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería 
La mañana del Día de la Ira 
 
 
La mañana era luminosa y Hogwarts parecía estar despertando de una agradable noche. El silencio apenas se rompía por los susurros de los cuadros y el ulular de las lechuzas. Los alumnos apenas estaban empezando a ir por el desayuno al Gran Salón. Jeremy habría preferido ir de visita al Castillo Gaunt para acompañar a su prometida en las horas previas de comenzar el largo día. Pero no había podido hacerlo por la cantidad de trabajo atrasado que tenia como tutor. Una irresponsabilidad que seguro le costaría el puesto de un día a otro. Tenia solicitudes de repuestos de calderos que databan de un mes atrás y las amonestaciones que debía firmar para que los alumnos pudieran cumplir sus castigos. Esas notas, fueron las primeras que puso en orden. Los calderos podían esperar, pero los castigos... jamas. 
 
El ruido de la butaca del otro lado del mostrador, lo saco de sus pensamientos. Harriet, alumna segundo año de Hufflepuff había vuelto a romper las reglas de toque de queda para ir ayudar a los elfos de la cocina la noche anterior. Hacia diez minutos que estaba explicándole que las reglas estaban para cumplirlas y que no debía salir de su habitación por las noches. Los elfos no necesitaban ayuda de nadie. Pero la niña estaba reacia a entendele. Parecia que el castigo era lo que menos le importaba. 
 
-Tengamos en cuenta que es tu quinta amonestación en lo que va del mes, Harriet -Repitió con voz cansina Jeremy - Debes dejar de pensar que los Elfos necesitan ayuda, porque no es así. 
 
-Vi a uno con el dedo vendado. No podía sostener el paño de limpieza -Acotó Harriet.
 
-Voy a darte dos semanas de tareas complementarias luego del horario de clases -Jeremy ignoro la excusa de la niña -También anulare los permisos que tus padres te dieron para ir a Hogsmeade de paseo y deberás presentarme dos trabajaos semanales sobre todas las reglas vigentes en Hogwarts. Quiero un análisis detallado, y tus propias palabras en el pergamino, nada de copiarlo de un libro -La severidad ya empezaba a notarse en su tono de voz. 
 
-No puede -Lo contradijo la niña. 
 
-¿Como que no puedo? -Jeremy ya había agotado su paciencia. 
 
-Usted no es mi tutor -Aclaro Harriet - Es Zoella Triviani. 
 
-Cuando Zoella se ocupa de otros asuntos -El vampiro no tenia idea de lo que la bruja estaba haciendo - Yo soy el tutor responsable de todos los alumnos... y de sus castigos. Cuando analices las reglas de Hogwarts entenderás de lo que hablo. Ahora ve a tus clases -Ordeno poniéndose de pie para dar por concluida la charla. 
 
La pequeña niña de cabellos negros, hizo un puchero antes de levantarse e irse. Iba arrastrando los pies con los hombros bajos como si el peso de la reprimenda fuera material y lo llevara cargando en su espalda. Jeremy la observo hasta que la perdió de vista. Luego se dispuso a volver a su escritorio pero unos sonidos lo alertaron. Parecían motores acercándose al castillo. ¿Muggles? Se acerco a la ventana de su despacho con mucha curiosidad. Pudo ver horrorizado los bombarderos lanzando sus misiles. 
 
Se lanzo hasta la puerta para salir, cuando el primer misil golpeo el castillo volviendo un infierno el día. Gritos asustados llenaron de ruido el castillo. El vampiro utilizo el hechizo sonorus para pedir calma, que no se separaran y que siguieran a sus respectivos jefes de casa en todo momento. Mientras invocaba un Fulgura Nox para que algunos de las personas pasaran con rumbo a Hogsmeade. 
 
-¡Vamos! -Gritó con apremio - ¡Apúrense! 
 
El vampiro no llegaba a ver a su hijos Leopold entre la marea y tampoco a Zoella. ¿Donde estaban? Aquello no era casual. ¿Que es lo que estaba sucediendo? Tenia una vaga idea sin confirmar sobre lo que podía ser todo aquello. La guerra había terminado entre las naciones, pero... parecía ser que se avecinaba algo mucho peor. 
 
 

Editado por Jeranne Triviani, 14 mayo 2020 - 14:31.

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#7 Syrius McGonagall

Syrius McGonagall

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Escrito 14 mayo 2020 - 15:34

Matt Ironwood.

 

Dia de la Ira, 1:30 AM, Honolulu, Oahu.

 

-¿Es muy grave? - el castaño preguntó a su compañero y amigo a su lado, en el asiento del copiloto mientras conducía por las silenciosas calles de Honolulu. 


-Incendiaron un par de casas, el departamento de bomberos y la policía nomajs esta en camino también - Alan suspiró - Es el quinto disturbio en lo que va del mes, pensaba que todo esto iba a quedar pronto atrás Matt - la voz del rubio sonaba cansina y el Ironwood no lo podía culpar, el tambien estaba agotado.


Estaba cansado de la enorme sucesión de eventos desafortunados que se habían desatado sobre el mundo desde mediado de Marzo y no parecían tener fin. Matt acaba de regresar hacia unas semanas de una zona de guerra, Londres se había convertido en el centro cruento de la batalla entre ingleses, italianos, búlgaros y grupos radicales y supremacistas de la magia y de los nomajs.


Lo que había visto y vivido en ese tiempo quería no volver a recordarlo pero al parecer todo el mundo una vez regresó a casa parecía empecinado a impedírselo. El MACUSA lo reconoció como héroe a él y a los otros 37 agentes del FBI que desde el 12 de Marzo quedaron aislados en Gran Bretaña e Irlanda del Norte y realizaron grandes y peligrosas campañas de evacuación a todo ciudadano mágico y no mágico de los Estados Unidos en un ambiente de guerra.


Tras una ceremonia a todo lo alto en el Woolworth Building en la que incluso el Presidente O'Brien los saludó y agradeció en persona dándoles una dorada y brillante medalla que reconocía sus servicios, otra ceremonia igual de grande lo aguardaba una vez regresó a su oficina de trabajo en Honolulu, aunque debía  admitir que aquella la había disfrutado más, ver a su familia, amigos y compañeros de trabajo era la clase de bienvenida que había estado aguardando desde que partió de Europa, necesitaba ver sus rostros, sentir sus voces, poder abrazarlos y fue en el único momento en el que se permitió flaquear y dejarse llevar por sus emociones, solo el universo sabía como necesitaba aquello.


Erick Jacksonpoint, el jefe de la oficina regional del FBI le ofreció unas largas vacaciones para que pudiere descansar y recuperarse antes de volver a trabajar pero el mago lo rechazó, el mundo era un caos y no podía permitirse el lujo de apartarse de la realidad cuando ésta afectaba a todos. 


-El quinto del mes pero el tercero en este vecindario - acotó Matt mientras doblaba por una callejuela apenas iluminada en aquella extrañamente tranquila madrugada en la ciudad.


-El barrio sur junto al aeropuerto nunca fue tranquilo, ¿cuantas redadas y llamados de emergencia hemos atendido en ese vecindario desde que comenzamos a trabajar juntos? - sonrió Alan mientras rebuscaba algo en la guantera del vehículo. 


Tenía razón, el barrio del aeropuerto era por lejos el más inseguro en toda Honolulu, no era de extrañar que la mayoría de los problemas que desencadenó la caída del Estatuto del Secreto se dieran en aquel lugar. Al menos ya no estaban solo, que la barrera de la magia y la no magia se hubiera difuminado tuvo sus beneficios, los servicios de emergencia nomajs y la Oficina Regional del FBI:División de Asuntos Mágicos del estado de Hawaii habían tratado de poco a poco ir coordinando su accionar y colaborar en conjunto para mantener el orden público a lo largo del estado, aunque los recelos desde un lado y el otro eran muy palpables.



Al llegar a destino se encontraron con que los bomberos habían logrado apagar el fuego que dañó gravemente tres casas, supuestamente el incendio había sido causado por unos supremacistas nomajs  que buscaban dañar el hogar de una supuesta familia de brujos (situación que no era cierta) pero el fuego se había descontrolado y llegó a casas vecinas. Matt y Alan se acercaron a saludar al capitan del escuadron e intercambiaron palabras amistosas, el Ironwood admiraba al cuerpo de bomberos, su padre pese a ser un brujo era capitán de la estación central de bomberos en la Isla Grande, desde pequeño estuvo en contacto con la profesión, su padre y compañeros eran héroes para Matt y muchas veces se planteó la idea de unirse a la profesión, pero al final optó por formar parte de las fuerzas de seguridad mágica. 


La policía nomajs también se encontraba en el lugar, habían atrapado a los dos perpetradores, eran unos muchachos de edad similar al castaño. -Drogados - comentó el oficial Jinxping - Decidieron hacer justicia para con el vecindario y atacaron a una familia de inmigrantes bielorrusos de "apariencias sospechosa", por suerte ni la familia, ni los vecinos resultaron heridos - 


-¿Se los quieren llevar ustedes ? - continuo el oficial.


-No, todo suyo - contestó Alan.


-¿Eran? - preguntó el oficial mirando al par de magos, Matt entendía perfectamente a qué se refería con esa pregunta, quería saber si aquella familia era realmente de lo que se le acusaba, pero no le gustó para nada el tono y la mirada del nomaj.


-No, no eran magos - contestó secamente el Ironwood ¿la respuesta modificarían su accionar? ¿Liberaría apenas se fueran a aquel par de disturbadores si hubieran atacado a una familia de magos?  


El tenso silencio que siguió al cortó intercambio de palabras fue interrumpido por un intenso ardor junto a su pecho, su placa ardía, algo estaba sucediendo. Se llevó una mano a la misma para aplacar la reacción mientras a su lado Alan hacía lo mismo.


-¿Lo sentiste tú también? - su amigo le pregunto preocupado. 


-Algo acaba de suceder - contestó Matt frente a la confundida mirada que les lanzaba el oficial Jinxping. 


Como si de una respuesta se tratase una brillante luz blanquecina se manifestó en el centro de la calle iluminando cálidamente el lugar, la misma fue creciendo en tamaño hasta que alcanzó un altura similar a la de un humano adulto y de ella emergió una persona.


Jessica Smith, compañera de las fuerzas emergió de ella y con un rostro transformado por el temor anunció con voz alarmada -El MACUSA fue atacado, el Woolworth Building ya no existe - 


Y el mundo se puso de cabeza. 



 

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#8 Arlet Malfoy

Arlet Malfoy

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Escrito 14 mayo 2020 - 20:16

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

La mañana del Día de la Ira.

 

La Malfoy había logrado escabullirse a pleno amanecer de su habitación, la mujer temprano entrenaba para mantener su físico en optimas condiciones. Había revisado su reloj de muñeca cuando sintió como poco a poco los alumnos comenzaban a pulular por los alrededores del castillo y ella decidió que era hora de regresar al ala de Slytering y pegarse un baño.

 

Habían pasado un par de minutos en los que ella peinaba de su cabello mojado cuando un pitido retumbó en sus oídos, ignoró aquello pero percibió la inquietud de todos a su alrededor. Se levantó y camino a la sala común de Sly, cuando un estruendo llegó a sus oídos junto a una sacudida, algo había explotado sobre ella y los pocos compañeros que habitaban en ese momento el lugar. 

 

Observó en cámara lenta todo caer y los cuerpo correr, no supo como actuar y solo intentó huir cuando algo cayó sobre su cuerpo, dejándola inconsciente.

 

No pasó mucho tiempo cuando escuchó una voz llamando a alguien a gritos, quiso moverse pero un peso sobre ella le impidió movimiento alguno - AYUDA - gritó, intentando con todas sus fuerzas empujar el trozo de techo sobre ella - AYÚDENME - gritó, intentando llamar la atención de aquella voz.

 

@Feyre Rhiannon Macnair


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#9 Zoella Triviani

Zoella Triviani

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Escrito 15 mayo 2020 - 01:35

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

La mañana del Día de la Ira.


La bruja se paseaba por los pasillos de las alas de habitaciones de Hufflepuff. Donde descansaban los diferentes alumnos de los cursos. Todo parecía estar en perfecto estado cuando poco a poco los pájaros comenzaron a cantar en aquella silenciosa mañana. Los alumnos poco a poco salieron de sus salas y empezaban a dirigirse a las primeras clases del día.
 
La caía del estatuto junto a la repentina paz luego de todos los sucesos era algo que a Zoella no le calmaba del todo, la preocupación por su tía era inmensa, no sabía de ella desde el ataque a Buckingham Palace, perpetuado por ella misma. La cabeza de la bruja era un lío de ideas esa mañana, donde un mal presentimiento se alojaba en su pecho. 
 
Le había pedido ayuda al rubio de su hermano se hiciera cargo del papeleo amontonado que ambos habían dejado acumular. El trabajo de oficina no era algo de lo que la bruja gozara, pero desde que postuló para tutorear a los alumnos nuevos del colegio mágico al que en su momento ella asistió, supo que debía cumplir al menos dos veces por semana con ello. Más fue su entusiasmo, cuando supo que a su hermano lo habían aceptado junto con ella, aún cuando últimamente la relación con el estaba irremediable, mantenía cierta emoción por lo que ahí hacía.
 
Caminó cerca de la puerta de entrada cuando escuchó un llamado de auxilio, viniendo desde afuera. Un fuerte sonido rompió el armonioso silencio que cubría el lugar, ¿motores? La bruja no supo que hacer y se acercó a la puerta, la cuál se encontraba sellada. Una alarma se escuchó en cada recóndito espacio del castillo, estaban atacando Hogwarts.
 
La bruja sintió la puerta abrirse y junto a alumnos del ultimo curso y profesores lanzaron una protección al cielo, protegiendo y abarcando lo máximo que podían del castillo, pero aquello no fue suficiente, a sus espaldas un estruendo se escuchó, una de las torres había sido objetivo de un misil, haciendo colapsar parte del castillo sobre los alumnos que hacían vida en su interior.
 
Las alarmas internas de la Triviani se encendieron, agradecía que sus hijos no estuvieran en el interior, pero ahí estaba él, su hermano, esperaba que aquello no le hubiera alcanzado y estuviera ayudando a todo el alumnado a protegerse. Por el aspecto del ataque se trataba de los muggles y por sobre el hombro de alguien logró ver a un mago desconocido con un celular muggle en manos, cuatro pantallas de mostraban y a la par los ataques al MACUSA, Hogwarst y hospitales mágicos eran transmitidos al mundo entero.
 
El horror llegó a los ojos de la calva cuando observó las atrocidades que se mostraban, unos inútiles muggles atacando a la comunidad mágica, ¿Como habían siquiera podido saber de la existencia de todas esas organizaciones? 
 
Retiró su varita del lugar, sabía que quienes ahí estaban era más que suficiente para proteger lo que ya estaba del escudo. Corrió con todas sus energías por el lugar, invocando uno que otro Haz de la Noche para que el alumnado huyera rumbo a lugares seguros, Ottery y Diagon eran unos pocos de los lugares donde la lugarteniente enviaba a los más jóvenes, sus negocios y lugares donde sospechaba podrían ayudar a todo aquel herido.
 
Un ruido escuchó, junto al suelo temblar. Gritó para que corrieran mientras ella se abalanzaba al cuerpo de una joven muchacha, empujándola. 
 
¿Estás bien? Ayuda a todo el que encuentres consciente, he invocado portales a Diagon y Ottery. Debemos sacar el máximo de alumnos vivos y heridos de aquí - ordenó, a sabiendas de que ya habían cadáveres a su alrededor. Sus piernas flaquearon de miedo, ¿sería ya el rubio una de las tantas victimas de aquel día?
 
Agitó su cabeza, alejando los pensamientos negativos e intentó con todas sus fuerzas sentir el olor del mago, pero la sangre esparcida la desconcentraba del todo. Tomó sus faldas, y lanzó los tacones que se calzaba para correr con mayor libertad a donde se ubicaban las oficinas de tutores, sentía los escombros clavarse en sus pies, pero la necesidad de ver esos vivos ojos azules era mayor.
 
@Jeranne Triviani @Leopold Gaunt

Editado por Zoella Triviani, 15 mayo 2020 - 02:44.

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#10 Hobbamock Graves

Hobbamock Graves

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Escrito 16 mayo 2020 - 01:00

~Wilhelm O’Brien López, Presidente del MACUSA

 

Woolworth Building, Oficina de Presidencia

 

 

La réplica del reloj de exposición que tiene en su despacho ya no gira. En una situación normal eso le habría alegrado pues sería un indicio de que la crisis fue resuelta. Pero el mundo es distinto ahora. Fue él quién utilizó un hechizo para detener el reloj, fue él quién hizo que el personal del MACUSA encargado de proteger a personas nomaj importantes dejara de hacerlo. Es muy peligroso y él no va a ser el responsable de exponer a su gente. Aunque los magos y brujas estadounidenses no lo dicen en voz alta, la caza de brujas de Sálem siempre es un tema presente y delicado. Y ahora aquel escenario del pasado e inspiración de la cultura nomaj se está volviendo realidad de nuevo a nivel mundial.

 

Tiene miedo. Desde que asumió la presidencia nunca lo ha tenido. Siempre supo manejar bien la presión y el tema político. Salió bien, gracias a un plan que él mismo ideó, cuando la confederación internacional de magos (que estaba en manos de mortífagos) intentó jugar en su contra para intentar controlar su país. Pero está ante una situación que nadie ha vivido (ni siquiera en tiempos de Voldemort) desde que se implantó el Estatuto para el Secreto de los Magos. La idioteces y la incompetencia de un Ministro fanático de Gellert y de Riddle han llevado al mundo a su casi aniquilación. ¿Cómo pueden los aurores castigar a magos que atacan nomajs para defender a sus familias? ¿Cómo mantener a un país sumido en el Estatuto del Secreto si uno de los gobiernos mágicos más poderosos, influyentes y antiguos lo han roto?

 

Al menos las guerras mágicas han terminado. Pero también tiene miedo por si alguien llega a encontrar una conexión entre él y  los magos (muertos) que contrató para matar al Ministro de la magia inglés. Por si eso no fuese suficiente su gobierno, su pueblo, su gente, ocupan el mismo espacio físico que un gobierno nomaj con una persona estúpida, intolerante y retrógrada a la cabeza. ¿Cómo se puede salir bien de esa situación?

 

En el escritorio está su renuncia. No puede seguir siendo presidente de un gobierno fracasado, socavado y destruido. Sus aliados en la Orden del Fénix (y en otras tantas organizaciones pro estatuto del secreto) no están de acuerdo con que renuncie. Pero no tiene otra alternativa. Debe renunciar y hacerse responsable de lo que pasó y de lo que puede pasar si un extremista llega a utilizar la vacante que va a dejar.

 

Cuando la pluma está a un par de centímetros del pergamino un destello aparece en la sala. Se sorprende (sus guardias también) hasta que reconoce al patronus que llega a visitarlo. Es un mensaje corto con la inconfundible voz de Hobbamock Graves. No tiene tiempo para percatarse de que es algo extraño. El líder de la Orden del Fénix nunca usa su verdadero patronus ni su verdadera voz. Siempre es alguien más de la Orden quién le da los mensajes.

 

No tiene tiempo de pensar en lo extraño por lo corto y alarmante del mensaje: 911.

 

Cierra los ojos con resignación, y en el tiempo en que tarda en parpadear hace dos cosas. La primera es presionar un botón rojo que está sobre el escritorio. Lanza la señalar de alarma: evacuar, destrucción inminente. Pero es demasiado tarde. En el momento exacto en que la señal de alarma salta y en que él desaparece (porque siendo presidente puede desaparecer) el edificio explota y no queda nada. Al desparecer O'Brien se lleva consigo una pequeña parte de la explosión que lo deja mal herido.


Editado por Hobbamock Graves, 16 mayo 2020 - 01:08.

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@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 05:15 ) @Ada Camille Dumbledore ¡Muchas gracias! :)
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 05:15 ) @Ada Camille Dumbledore :love: :rolleyes: ¡
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 05:14 ) Proximamente: Concurso en el Bosque prohibido, se les invita a participar :D
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:14 ) @Anthony Ryvak Dracony *lo beso en la frente * descanza bebe
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:13 ) @taison_greyback *lo abrazo* gracias amigo sabes que te quiero y quiero verte feliz... Asi que animate vos tambien
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 05:12 ) @Ada Camille Dumbledore Igualmente! :)
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:12 ) @taison_greyback Tai ando bien, cansada un dia pesado, pero siempre estar aqui leyendolos y riendome xon ustedes me sube el animo, gracias
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 05:12 ) @Ada Camille Dumbledore descanza
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:11 ) Chicos ya es tarde me voy, debo descanzar... Gracias por hacerme divertido el ratito estaba desanimada... Que tengan linda noche
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 05:11 ) @Ada Camille Dumbledore como estas??
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:10 ) @taison_greyback le sale una voz??? *lo pincho con la varita haber si sale algo* xd
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 05:06 ) @Ada Camille Dumbledore ¡Gracias! ^_^
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 05:06 ) @Ada Camille Dumbledore es simple dejas que la voz que sale de ahi te guie
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 05:05 ) @Isabella Hawthorne y si, todo lo que quieran, es mihermanita y a la final terminate consientiendola, claro, si es que se han portado bien XD
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:05 ) @Hades Ragnarok *volando en dragon *
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:05 ) @taison_greyback *tomo el GPS* gracias Mosquetier pero como se usa?
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 05:05 ) @Isabella Hawthorne jajaja, contesta la pregunta del MP
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:04 ) @Anthony Ryvak Dracony hay Anthony bb hasta ahora te leo... Lindo sueño a ti también
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 05:03 ) @Ada Camille Dumbledore *la rescata montado en un dragon*
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 05:01 ) @Ada Camille Dumbledore le doy un gps
@  Ada Camille... : (28 mayo 2020 - 05:01 ) Me perdí O. O
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 05:00 ) @Hades Ragnarok jajajja esta bien! Esta bien u.u pero después de las cosquillas deberas invitarnos a beber algo (?
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 04:59 ) @Isabella Hawthorne si quieres puedes hablar conmigo por mp , soy bueno aconsejando y escuchando aunque no en ese orden
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:59 ) @taison_greyback no muy bien, pero ya me iré a dormir asi se termina
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:58 ) De acuerdo.... I not like language English !! >:(
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 04:57 ) @Isabella Hawthorne vale, te dare la oportunidad de re invindicarte en el MP XD jajaja, pero igual ya gane XD
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:57 ) @Anthony Ryvak Dracony Está bien cariño! Pero relajate que no pasa nada jajaja *le hace cariños* y cuenta hasta mil
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:54 ) @Isabella Hawthorne Si no vengo, ya sabes porque. *te dejo besos y mimos* :love:
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:53 ) @taison_greyback Si, gracias.
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:53 ) @Isabella Hawthorne ok, lindura de mujer, ahora si me iré que debo dormir, mañana tengo ejercicios tediosos de inglés. así que me dejaran con un mal sabor de boca...
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 04:52 ) @Isabella Hawthorne y como estubo tu dia??
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 04:52 ) @Anthony Ryvak Dracony cuidate antony
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:52 ) @taison_greyback No te ignoro :unsure:
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:51 ) 15 miembros del foro... hasta pronto!
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:51 ) @Anthony Ryvak Dracony ahhhh jajaja ya entendí, tranquilo no aceptaré nada
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:50 ) Buenas noches, no tengo paciencia de seguir aquí, hasta luego!
@  taison_greyback : (28 mayo 2020 - 04:50 ) @Isabella Hawthorne por que me ignoras?? 
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:50 ) @Hades Ragnarok vale vale, te diré donde tengo cosquillas
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:49 ) @Isabella Hawthorne Dice que no te regalara nada más si lo ignoras.. eso es chantaje
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:49 ) @Ada Camille Dumbledore Adios de nuevo, pero nunca esta de más desearte un lindo sueño, hasta mañana.
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:49 ) @Anthony Ryvak Dracony ¿a quién chantajeo ahora? :blink:
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 04:48 ) @Anthony Ryvak Dracony descansa
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:48 ) @Franko Lovegood Buenas noches
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 04:48 ) @Isabella Hawthorne no es mi culpa XD jajaja, ademas tu fuiste la que dijiste que compartirias lo mismo que ella XD
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:47 ) @Hades Ragnarok Olvide despedirme...bueno, hasta pronto!
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:47 ) @Hades Ragnarok unicamente porque tu plan no funciona conmigo... Torturame de otra forma
@  Anthony Ryva... : (28 mayo 2020 - 04:47 ) @Isabella Hawthorne *te susurro* Eso es chantaje...
@  Hades Ragnarok : (28 mayo 2020 - 04:46 ) @Isabella Hawthorne yo siempre tengo la razon y ya esta demostrado XD
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:46 ) @taison_greyback ¿me dijiste algo? No vi!
@  Isabella Haw... : (28 mayo 2020 - 04:45 ) @Franko Lovegood jajajajaja eso te pasa por no avisarme que sí te ibas a pasar