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Castillo de la familia Haughton (MM B: 84511)


Anne Gaunt M.

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No pudo disimular que la iluminación del aposento matriarcal era bastante ruidosa al punto de lastimarle los ojos. Él era un demonio cuya mortalidad aún no manipulaba, por tanto ciertas cosas terrenales lograban sacarlo de su zona de confort.


Lo que sí no estaba a su alcance era el placer de sentir. El corazón le latía dentro del pecho por puro protocolo; la única función que tenía era calentarle la sangre y repartirla a todo su cuerpo. En fin, su espíritu demacrado en los abismos del averno habían malgastado todo el motor de sensibilidades corrientes que en él pudieran existir.


Pero debía seguir hendiendo y manipulando. El plan trazado debía compensar su mal ingenio.


La densidad en el Castillo era notoria y el aire una alerta natural. No corría, no se movía, no refrescaba, ni se hacía presente. Patrick Colt, montón andante de deformidades, siguió caminando, sumergiéndose en las entrañas de residencial hasta llegar a su destino.


Y allí estaba ella, cuya cabellera caía como una brillante erupción de lava desde su cabeza hasta salpicar sus hombros. En los destellos de su mirada esmeralda rebotaron los del hombre de color marrón. Y al conectarse ambas, la tensión entre los dos mortífagos fue robustecida.


En el rostro desdeñado de Haughton se vio un gesto de incomodidad cuando Patrick Colt posó su mano en la cintura de la bruja. El tácito levantamiento del mentón de Mónica, conjugado con esa mirada fría, sirvieron para que el ademán de apartarlo fuera decisivo.


El mortífago había perdido su habilidad legilimántica, por lo que los sentimientos de ella estaban bastante bien escondidos. Y el tatuaje en su antebrazo izquierdo parecía haber quedado en solo trazos. En aquellos momentos no poseía herramienta alguna contra ella.


- Jamás te había sentido tan - la miró acechante, casi que mostró sus colmillos amarillos y gastados contra ella - ...brusca, porque de las últimas veces no tenemos quejas.


Y sonrió de una manera tan vanidosa que la sombra que cubría la mitad de su rostro, lo hicieron lucir cual demonio.

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Ex-Líder de Bandos | Ex-Wizengamot | Ex-Orden de Merlín 1ra Clase
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  • 2 meses más tarde...

In nomine, Diabulus et
Belial, Satan, Lucifer, Astaroth et Yavhe


La tierra retumba y reverbera con un tremor que recorre su extensión. A lo lejos, las escasas hojas de un árbol se incendian luego de que un rayo impactara el tronco que las sujeta. Una figura encapuchada hace caso omiso del inhóspito páramo en el que se encuentra y en cambio se interna en la abertura de una enorme piedra que se encuentra en el límite de un pantano. Llueve a cántaros, de sus cabellos negros como la noche que la envuelve, escurre la misma lluvia que no perdona nada a su paso.

Dentro de la cueva, hace un calor potente que provoca un leve vapor en el aire, casi asfixiante. Un relámpago ilumina la daga en su mano y sobretodo el punto específico donde el rojo carmesí comienza a manar de su palma, sin que ningún sonido salga de su boca, coloca la palma contra la roca ardiente, como si hubiera allí una cerradura que a simple vista no se puede encontrar. El resultado es inmediato, la roca comienza a abrir un espacio suficiente para poderse adentrar más. El calor ahí es infernal, siendo ésta la definición correcta.

Había recorrido aquel mismo camino muchos años antes, parecían demasiados en aquel momento. El sacrificio realizado en aquel momento era diferente, había pagado con más que sangre, había pagado con su propia vida, el momento en que se había convertido en la demonio que era ahora. La advertencia de la voz gélida resuena en su cabeza, no debía volver allí a menos de que estuviera lista para sufrir las consecuencias.

Ya no le importaba nada. Ya lo había llorado todo.

El camino está hecho de sinuosos escalones hechos de piedras filosas, no camina despacio pero tampoco puede hacerlo rápido cuan irregular resulta cada paso, pero si está marcado de decisión, no hay marcha atrás. Al fondo se aprecia el anaranjado de un fuego que no duerme desde tiempos bíblicos, cánticos, gemidos y gritos parecen entremezclarse conforme la figura femenina alcanza la entrada decorada de figuras aladas.

Satania, ferventum, impuru se servento


Ya su cuerpo no siente el calor, por el contrario lo agradece, es como sentirse en casa luego de años y años de estar en viaje. Es como alcanzar la redención luego de estar en tantos años de penitencia.

missit me dominus
missit me diabolus
missit me satanas

No cesan los cánticos, pero cuando Sophie finalmente asoma a la puerta se detienen por completo. Le dan la bienvenida. No recordará nada al despertar, volvía a regalar su vida, su alma… sus memorias.

Libera me domine de morte aeterna – pronuncian sus labios caro antes de caer en los brazos de su demonio.

 

Sophie había acudido a allí con el único propósito de borrar sus recuerdos, se habría arrancado el corazón si se lo pedían con tal de no pensar más.

 

“Erro pernitionis
Venenum pro timai
Vade satan
In vento del magister
Omnis fallacia
Ostis manais salutis
Ilussia”


La maldición estaba sellada, solo rompible con algo tan puro e inocuo como el amor que no volvería de nuevo a su vida.

El veneno vivo en sus venas, remarca sus ojos rojos a fuego.

Renacida otra vez como súcubo despierta en su cama de la Haughton. Su corazón en paz, sus recuerdos tranquilos.

 

Sus sueños dormidos.

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  • 8 meses más tarde...

Las puertas se abrieron de par en par, el castillo estaba desolado, parecía ser que los únicos seres que habitaban el lugar eran los elfos domésticos. No sabía dónde estaría su madre o sus hermanos, no había nadie allí.

Le preocuapaba el hecho de que hubiesen desaparecido, sin embargo tampoco era responsable por los demás, cada quien tenía una vida y la vivía a su manera. Dovakhin ingresó y se dirigió directamente hacia su habitación donde pasaría el resto del día sin pensar en nada ni nadie, lo único que quería era estar tranquilo en su hogar.

 

Todo estaba completamente igual a como lo recordaba, cada cosa estaba en su lugar, aunque parecía un poco dejado todo el sitio, estaba como sucio. El patriarca miró a su elfo con desdén y éste entendió que debía ponerse a limpiar de inmediato. La Haughton no sería una familia marginal y mucho menos vivirían rodeados de telarañas por un par de elfos haraganes, el amo había regresado y eso significaba que las vacaciones terminaban al mismo tiempo.

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Coincidencia, solo eso. El andar caminando le había llevado a aquel lugar, un vuelco en el pecho y sus pasos se dirigieron a la puerta, meses, tal vez ya el año de no saber de él y sintió el impulso de buscarle, extraño, más en ella.

 

Sus manos se encontraban dentro de las bolsas de capa blanca y sus cabellos ondeaban con sus pisadas, sabía que no estaba en lo correcto pero nada perdía con pasar a preguntar.

 

Tocó a la puerta como si aquello fuera algo tan normal, aún teniendo el corazón en el cuello y sin saber por qué. Unas cuantas salidas y después nada, había desaparecido, como todos los que entraban en la vida de la Black. Maldición... Bendición tal vez; el carácter de la Delacour era igual de cambiante que las personas que entraban a su vida pero esto, era diferente.

 

– Dova...

 

Su voz fue solo un susurro, no se había molestado siquiera mirar al elfo; no era desprecio, era curiosidad y nervios. Movió la cabeza bruscamente como si tratara de regresar a la realidad y sus ojos miel se clavaron en el pequeño elfo que le miraba un poco confundido.

 

– Disculpa... ¿Dova Haughton vive aquí? - sonrió un tanto apenada y sus ojos se clavaron en el lugar, curiosos.– Chico rubio... lindo diría yo.

 

 

 

@@Dovakhin Haughton

Editado por Gabrielle Delacour

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  • 2 meses más tarde...

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuve en dicho castillo? No lograba recordarlo a la perfección pero no me preocupaba, siempre era bueno recorrer el camino que alguna vez piso y la familia Haughton era el ejemplo perfecto de ello esperando encontrarme, quizás, con alguno de los patriarcas para poder cerrar algunos ciclos.

 

Sabía a la perfección que Az, mi ex esposa, se había ido hace tiempo de Inglaterra para perseguir sus sueños de... pues, de... bueno, eso realmente no importaba, el asunto era que no estaba en el país y ella había sido mi conexión con aquel viejo linaje durante mucho tiempo. Mis dos cuñadas estaban también desaparecidas, un poco, por lo que no sabía con quién podría toparme si es que me decidía a cruzar el jardín frontal hasta la puerta de entrada.

 

Suspiré. Mi idea era poder engrandecer a cada familia que apoyaba a la Marca Tenebrosa como lo intentaba hacer con la Triviani, comenzando por aquellos que me dieron su cobijo en algún momento de mi vida, no podía hacer menos por ellos más que pagarles el favor aunque eso incluyera un poco de confrontaciones al principio.

 

@@Monica Malfoy Haughton

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  • 3 meses más tarde...

Mónica llevaba ausente por quién sabe cuánto tiempo y aunque Tauro la había buscado por cada rincón que conocía, no daba con su paradero. Si bien conocía a la Haughton casi que a la perfección, esta vez se había asegurado de no ser encontrada, ni siquiera por ella, y eso la estaba empezando a frustrar.

«Dónde estás?»

Más que preocupada, Tauro estaba furiosa, ¿cómo era posible que una ex Alto Rango que conocía las reglas a la perfección se desapareciera así sin más, sin decirle nada? ¿Estaría pensando en dejar el bando? De ser así, el castigo que le esperaría sería ejemplar, porque por mucho cariño que le tuviera tenía una imagen de líder que cuidar y si lo dejaba pasar por alto su credibilidad estaría en juego.

Por tercera vez volvía a dirigirse hacia el Castillo donde habitaba Mónica, sin ninguna esperanza de encontrar algo diferente y para que Tauro decidiera hacer la búsqueda personalmente, la bruja debía significar mucho para ella.

De nuevo los elfos la recibieron cordialmente, como si todavía fuese una de sus amas, pero aquellos tiempos en los que había sido Matriarca habían quedado muy atrás. Esta vez las presentaciones fueron obviadas, al ambiente se tensó de inmediato.

—¿Ha venido a buscar a la señorita Mónica? —le preguntó uno de ellos, acostumbrado a sus visitas inesperadas.

— ¿Tú qué crees? ¿No has sabido nada de ella? —el elfo movió su cabeza con nerviosismo de lado a lado, indicando que no.

— Usted sería la primera en enterarse, aunque One…

— ¿Por qué te detienes?

La incomodidad del elfo era notoria, había dicho algo que no debía y ahora no sabía como repararlo, por lo que Tauro aprovechó su titubeo.

— Habla ahora, elfo, sabes que me debes la misma fidelidad que a cada miembro de esta familia, en especial si se trata de ella. Quiero que llames a One ahora mismo. Es una orden.

Tauro se sentó a esperar, impaciente. Desde que había emprendido su búsqueda era la primera vez que veía un atisbo de esperanza. A pesar de las muchas preocupaciones que pudiera tener en ese momento en la cabeza, tenía sus propias prioridades y Mónica era una de ellas, se lo debía a Az. Transcurrieron alrededor de 5 minutos antes de que One se presentara ante ella y cuando lo hizo evitó su mirada.

— Sólo quiero que me digas una cosa. ¿Sabes dónde está?

Silencio.

Pregunta equivocada.

— ¿Me puedes mostrar el camino?

Silencio.

De nuevo pregunta equivocada.

Un intento más.

— ¿Me puedes llevar allí?

Pregunta correcta.

No necesitaba que le dijera nada, en realidad, le bastaba con que el elfo la llevara a donde tuviera que hacerlo.

— Sólo llévame allí. Ya he desperdiciado mucho tiempo.

Minutos después, ambos desaparecieron, dejando el imponente Castillo Haughton atrás, para luego aparecer en un territorio conocido, al menos de nombre.

 

 

— Claro, cómo no se me ocurrió… —soltó con una sonrisa divertida al darse cuenta de que no había buscado en el lugar más obvio. No había rastro de la bruja, pero algo le decía que debía estar cerca.




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  • 5 semanas más tarde...

Le costaba moverse. Allí en aquel lugar recóndito del mundo era como si cada movimiento costara cien veces más que en cualquier otro sitio. El ambiente, a pesar de ser más limpio y puro, estaba cargado de una humedad casi irrespirable que gracias a la lluvia constante no mejoraba. Una pequeñísima choza era el único espacio en el que podía cobijarse de las temperaturas, la humedad, los insectos y los depredadores que la rodeaban, que por otro lado no eran exactamente pocos.

Pero que más daba si no recordaba nada mejor que aquello. Se encontraba en el interior de la cabaña, sentada en un suelo de cuya tierra húmeda solo la separaba una alfombra de ramas y grandes hojas secas que cubría toda la planta del pequeño edificio. Tenía las piernas cruzadas en posición birmana y los ojos cerrados. Estaba concentrada o al menos lo parecía, puesto que de un momento a otro abrió los ojos y se dio un manotazo en el muslo izquierdo, acabando con un mosquito que estaba a punto de alimentarse a su costa.

- Te dije que acabaría contigo.

Se miró la palma de la mano, donde el bicho había perecido aplastado, y con los dedos de la otra se deshizo de él. Entonces una risita la hizo levantar la cabeza.

- ¿De qué te ríes, vieja?

La anciana dejó de reírse y torció el gestó al escucharla, pero no le respondió. Siguió moviendo con un cazo de madera el líquido burbujeante contenido en un caldero quizás demasiado oxidado para lo que podría considerarse higiénico, mientras el vapor inundaba el reducido espacio que tenían apestándolo todo.

- En vez de reirte tanto deberías acabar ya con eso. Es insoportable – arrugó la nariz mientras hablaba. Su interlocutora, por otro lado, no había levantado la vista del caldero, aunque si separó los labios para hablar.

- Y tú deberías salir ahí fuera. Tienes visita.

¿Visita? ¿Alguien la buscaba, a ella? Se puso en pie casi inmediatamente y de forma instintiva se había llevado la diestra a la cintura, donde su varita descansaba desde hacía quizás demasiado tiempo. Solo necesitó un roce de sus dedos con la madera para notar como esta vibraba de una forma que le resultaba familiar, aunque no recordaba de qué. No lo recordaba como absolutamente todo lo demás.

Salió de la cabaña y miró entre los arboles. Eran demasiados, demasiado pegados y demasiado grandes, y si a eso se le sumaba lo oscuro que estaba era prácticamente imposible ver más allá de los cinco metros que tenías delante. Aún así, Mónica, sabía que había alguien cerca. Algo la estaba avisando; se miró el antebrazo izquierdo donde aquel extraño tatuaje le volvía a arder como muchas otras veces durante los últimos meses, aunque en esa ocasión lo hacía con más furia y no entendía el motivo.

- ¿Quién anda ahí? - preguntó, justo antes de murmurar un lumos que iluminó la punta de su varita y derramó luz a su alrededor.

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  • 3 semanas más tarde...

Los guerreros de piedra se interponen en su camino, desvainando sus espadas de metal y amenazando con usarlas. Jank se les queda viendo, nada más, y aprovecha el tiempo para meterse otra paleta de caramelo ácido a la boca. La sostiene usando los dientes para extraer el pergamino de su bolsillo que lo identifica como reportero de El Profeta, como si eso filtrara lo suficiente. Ya ha entrado a los terrenos del Castillo en innumerables ocasiones, a la fuerza. Su sangre posiblemente todavía permanece oculta entre las ramas del bosque, y está seguro que los árboles recuerdan aún sus alaridos de guerra. No es, precisamente, el invitado más esperado por los Haughton.

 

Por eso se sorprende cuando las estatuas deciden apartarse y la verja de acero se abre frente a sus ojos. Jank sigue el camino delimitado por la senda pedregosa. Muchos son los incautos que se pierden dentro del bosque tratando de llegar al castillo más deprisa, y ha oído que no son pocos los que jamás encuentran el camino de vuelta. Escucha la llovizna caer sobre el lago, lejano. El agua es cálida y reconfortante, por lo que saca la lengua para abastecerse él también. Debe reconocer que avanzar con lentitud, prescindir del común objetivo de emboscar algún mortífago y sin la paranoia de ser atacado, puede apreciar por primera vez la maravilla natural con la que se rodea el hogar de los Haughton.

 

Llega hasta la fuente de los leones y aprovecha el sitio para sentarse. Murmura varias veces en Noruego y, al cabo de unos segundos, su ropa queda seca. Las nubes han dejado de llorar, por fin. Extrae de su bolsillo un sombrero diminuto que cuando sale de su escondite, se expande y se coloca encima de su cabeza. Jank aprovecha de mirar su reflejo en las aguas; el disfraz de periodista de los años cincuenta le queda estupendo. No es exactamente lo que busca, pero al menos cree que sirve para añadirle seriedad a su apariencia ya de por sí deteriorada.

 

Sube los escalones hasta pararse frente a la puerta de madera oscura. Respira hondo. Con un poco de suerte, se encontraría con la persona indicada. Si bien tenía la coartada perfecta, no sabía qué tan interesada estaría Mónica en un reportaje familiar. Él solamente quiere saber cómo está, primero; después la misión consistiría en extender sus disculpas acerca de aquella nefasta clase que los unió e irónicamente también los separó. O quizá todo es una excusa para volver a entablar una conversación con ella.

 

Toca la puerta del Castillo, por primera vez.

 

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Desde que había vuelto no había salido del que supuestamente era su hogar. Aquella misteriosa chica de cabello azul la había llevado hasta allí y le había dicho que era dueña de todo y aunque no le había explicado demasiado, luego supo que las unía cierto lazo familiar. También le había contado parte de su historia, aunque le había insistido mucho en que debía descubrir por sí misma lo que había ocurrido con el resto de su memoria ¿Quién era realmente? Esa era la pregunta que más la perseguía desde entonces, aunque nadie le había dado una respuesta.

Desde la soledad de su habitación la lluvia parecía lejana. Llevaba un buen rato sentada junto al balcón, con las ventanas cerradas y observando como el agua bañaba y resbalaba por el cristal como si eso fuera lo más interesante que pudiera hacer. Se puso en pie y se acercó al ventanal, no porque quisiera ver mejor la lluvia, que acababa de amainar, si no porque algo se movía en la parte delantera de los jardines y se acercaba a la puerta principal del castillo.

¿Tenía visita? Vaya.

En cierto modo se sintió ridícula, pues por un momento no supo que hacer. Había estado sola desde su vuelta, únicamente acompañada por sus elfos personales y los otros que atendían el castillo, así que una visita era algo totalmente nuevo. Aún así no se puso nerviosa ni corrió hacia la entrada, ya tendría tiempo de ver de quien se trataba... al fin y al cabo no iba a saber quien era.

~~~*~~~


Unos ojos grandes y marrones asomaron a través de la pequeña rendija que dejaba la puerta recientemente abierta. La pequeña Nina se dejó ver tras un primer vistazo y, como siempre, su perfecto y pulcro aspecto le dio la bienvenida al visitante, al que observó titubeante durante un par de segundos.

- ¿Qué desea? - era una elfina tan menuda que el vestido que tenía puesto parecía diminuto. Era extraño ver en un lugar como aquel a un elfo libre, aunque el encanto que tenía aquella criatura desviaba la atención de cualquier pensamiento-. Puede pasar, la señora Mónica lo atenderá lo antes posible.

Solo lo invitó a entrar una vez que él le había indicado a que se debía la visita y a juzgar por su gesto, el motivo no le había disgustado en absoluto. Después de que Jank entrara dejó la puerta cerrada y se alejó dando pequeños saltitos al caminar, dejándolo en el hall completamente solo. Por algún motivo, se fiaba de él. Mónica, en otro tiempo, seguramente la habría amenazado con lanzarle alguna maldición por algo así.

~~~*~~~

Unos diez minutos después Jank seguía allí solo, aunque la que algún día había sido ángel caído de la marca tenebrosa lo observaba desde lo alto de la escalinata principal. De hecho lo hizo durante unos minutos hasta que él notó su presencia, momento en el que aprovechó para bajar. Ya había determinado que no se acordaba de él.

- Buenas tardes – lo saludó. De momento clavó sus ojos verdes en los de él, intentando quizás averiguar si lo conocía o, tal vez, porque aunque no recordaba mucho de su vida no dejaba de ser ella ni su forma de mirar había cambiado-. ¿En qué puedo ayudarle? - extendió la mano hacia él, en forma de saludo a la vez que ladeaba su cabeza, provocando con ello la cascada de cabello rojo se deslizara por su hombro derecho.

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Solo asiente cuando la elfina lo invita a pasar. Se quita el sombrero junto al abrigo, y ambos los cuelga en el perchero. Quiere continuar con el papel del simple reportero cuyo único objetivo es justificar su sueldo, pero el interior del Castillo lo hace viajar atrás, muy atrás. Puede verse a sí mismo transformar los muebles, las puertas y los relojes de pared en criaturas salvajes para protegerse o atacar. Si asoma la cabeza por la ventana y observa el jardín desde una vista periférica, también puede ver chorros de luces cruzando de un lado a otro, gritos de agonía y de odio, el olor a carne quemada. Y el de muerto.

 

Entonces, empieza a preguntarse por qué esta allí. Saca sus manos de los bolsillos y vuelve a la entrada para tomar sus cosas. ¿En qué está pensando? Se ha metido en la boca del lobo. Sabe que puede enfrentarse a tres, cuatro personas al mismo tiempo, pero al final lo vencerán. Ha sido demasiado descuidado solo por un capricho ficticio. Sin embargo, apenas toca el sombrero, escucha el saludo de Mónica.

 

- Buenas tardes, Mónica - es lo que sale de sus labios.

 

Jank no puede evitar sonreír cuando sus ojos se encuentran; tienen casi la misma tonalidad de verde. Recuerda entonces la primera vez que se vieron. Codeó a Elvis para saber su nombre sin tener que preguntarle y así, quizá, mostrar una seguridad que diera paso a la atracción. Obviamente no pasó, y Jank terminó por distanciarse de la bruja durante casi todo el recorrido del Nilo. Ahora se arrepiente; debió haber sido más natural, menos evidente. Por lo menos ahora lo intenta, pues alza la mano para estrechársela.

 

- Quería hacer un reportaje acerca de las familias más antiguas de Ottery - continúa, tan seguro que termina creyéndolo - Pero, primero, quería saber de ti. Siento que las cosas no terminaron no concluyeron como debían en Egipto, ¿no crees?

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