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Atkins Vs. Stark


Leah Snegovik
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~Leah Atkins Ivashkov

 

 

 

 

No iba a quedarse así, por supuesto que no. El recuerdo del cuerpo inerte de su hija ante sus ojos seguía latente, reclamando su atención, llamando por venganza. Los apretados dientes de la mujer empezaban a causar daños entre ellos mismos, dejando una presión incómoda en su boca y un rechinar que se perdía entre el gruñido que se escapaba de su garganta. Primero Cirse, luego Juliene. ¿Es que había perdido la cabeza? ¿Tan loca estaba de verdad? Sacó a todo el mundo de su camino de un solo empujón, guiando sus pasos hasta el lugar en el que Ámbar, la hija de Arya, había tenido la inocencia de mencionar.

 

¡Fuego Maldito!

 

La plaza en donde estaban el par de mujeres no era más grande de lo normal, incluso podía llamarse pequeña si se le daba una vuelta entera a pie. Sin embargo, estaba bien proporcionada. Unos pocos bancos de cemento estaban colocados estratégicamente junto a la sombra de los árboles, siendo en total unos ocho en el cuadrilátero. Pequeños y estilizados, poco útiles estando en el centro. Una única fuente, que también cumplía la función de estatua, estaba tras la figura de la pelirroja y posiblemente entraría en el juego más adelante. Ella no tenía a nada ni a nadie cerca, eso era lo único que le preocuparía.

 

Tan solo empezar a transitar entre la gente, vestida de aquella forma, más de uno había salido al trote del lugar. La ropa de batalla estaba medianamente intacta, exceptuando las cortadas, las pequeñas quemaduras detenidas a tiempo y las manchas de sangre. Era una túnica que solía brillar en un blanco pulcro, de aspecto dócil y manejable, ligera. La Marca Tenebrosa resaltaba en su antebrazo izquierdo, brillando ante la luz solar con intensidad, moviéndose sin necesidad del llamado. Cólera, ira, odio, todo era suficiente como para despertarla.

 

Pero lo impresionante de la vestimenta de la rubia estaba en su máscara, era lo que realmente la delataba como mortífaga en primer lugar. Los resplandores plateados que salían de su rostro cubierto eran lo bastante atemorizantes para cualquiera. Claro que, elementalmente, la percepción de los presentes desapareció tras el primer ataque. Ocho metros marcó la Mago Oscuro después de su marcha, la pose hacia su oponente dictó el inicio del duelo y pronto las llamas, rojizas y naranjas, llegaron con calor y temor hacia los espectadores involuntarios.

 

Te vas a arrepentir de todo, Stark.

 

Un Aethonan salió en vuelo hacia la cabeza de Arya, esperando impactar lo más pronto posible. Vio con el rabillo del ojo a las personas a su alrededor, los vio cubrirse la boca y correr, los escuchó gritar, los escuchó rezar por no ser ellos quienes recibieran los ataques. Bufó, alzando una mano hasta tomar la máscara y la retiró de su cara con un solo tirón, aprovechando el mismo movimiento para apuntar con ella a la mujer. Estaba enrojecida, ligeramente sudada por la carrera y el cabello dorado empezó a ondear tras su cabeza como si se tratara de alguna guerrera de antaño; no era más que una asesina experimentada.

 

Ahora ves con quién te enfrentas —escupió, totalmente fuera de sí, antes de dejar la máscara no morpheable sobre su hombro.

 

Vengaría a Cirse, a Juliene, se vengaría por todo y no iba a necesitar llevar a su hija a la cama para ello. Iba a matarla con sus propias manos.

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  • 2 semanas más tarde...

¿Dónde estaría?, llevaba poco más de una hora aguardando en la plaza por él, aquel sería el momento decisivo, sería un o un No, nada había que perder y todo a la misma vez, cosa que la ponía terriblemente nerviosa; —Vamos, vamos, vamos— repetía tamborileando sus altas botas negras pegadas a la fina tela que le cubría el resto del cuerpo contra el frío suelo de baldosa, sentada casi en medio del lugar, en un aburrido banco de concreto paseando su acuosa mirada de una punta a la otra casi que con desesperación notable, las manos le temblaban, jugueteaba con un anillo puesto en su dedo corazón y mordía sus labios, él no llegaría, estaba bastante claro.

 

Resignada sintió ganas de destruir todo a su paso, pero al parecer alguien se le había adelantado. La gente a unos metros de su ubicación corría y gritaba desesperada, huían, más no sabía de qué; no hasta ver al oscuro aethonan correr directamente hasta su ubicación.

 

—Proyección Mágica

 

Pensó apuntando, en vano, con su varita hacia un banco similar al que estaba tras de si, a unos cuatro metros, completamente de concreto. Concentrando todas sus energías logró tumbar el banco de manera que fuese un escudo rocoso y con un segundo movimiento lo deslizó al tiempo que el Fuego Maldito surcaba los ocho metros que separaban a Leah de su persona, logrando interceptar al aethonan en medio de su trayecto. El banco se redujo a cenizas en cuestión de nada por la violencia del impacto, más ella seguía ilesa.

 

Frunció el ceño cuando divisó a la mujer, pero no como cualquier Mortífago, ésta acababa de quitarse la máscara ante sus ojos, ahora sus sospechas estaban siendo confirmadas, —Siempre supe a quién me enfrentaba. No eres la gran cosa, Atkins— bufó rodando los ojos, le habían dejado plantada y eso había irritado su humor y activado su mal carácter, ¿Cómo le habría encontrado?, es decir, la única persona que sabía de aquel encuentro era una niña de menos de un año que ni siquiera sabía decir mamá.

 

—Fuego Púrpura

 

Pensó, con una media sonrisa en los labios, no sin antes correr como una loca para dejar atrás dos metros y posicionarse a unos seis de la rubia. Una llamarada color uva salió del extremo opuesto de Sombra, buscando sumir a Leah en la inconsciencia total y absoluta, de impactar, puesto que no quemaba.

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~Leah Atkins Ivashkov

 

 

 

—Poca cosa —repitió, con una carcajada contenida en la garganta—. No estamos hablando de tu hogar, Stark.

 

La odiaba. Odiaba a aquella mujer con una intensidad que superaba los parámetros "normales" de cualquier mortífago. Verla respirar no hacía más que provocar una ráfaga de fuego interno, creciendo incesablemente dentro de su ser en un intento de quemar el más mínimo gramo de humanidad que pudiera tener; quería hacerla polvo, literalmente, bajo el primer hechizo que se le ocurriera de un momento a otro. Solo que ella tenía cierto nivel de protección que le daba una ventaja asquerosa en el duelo, una ventaja que tendría que esforzarse por eliminar o sinceramente tendría que ir hacia ella y ahorcarla con sus propias manos.

 

¡Anular Fuego Púrpura!

 

Alguna razón más allá de sus motivos la habían llevado a intercalar su primera acción a la segunda de Arya, soltando primero el hechizo antes de que ella pudiera responder correctamente a sus ataques y afectando al instante la varita de la pelirroja. Sin siquiera notarlo(?), había evitado que el ataque en su contra saliera y por lo tanto no tenía nada de qué preocuparse. No obstante, empezaba a preguntarse cuánto más tendría que hacer para tener un duelo medianamente decente en lo que iba de hora. Apretó la mandíbula, haciendo caso omiso al dolor que sus dientes (ya bastante afectados por anteriores daños), moviendo la varita en una floritura pequeña pero precisa hacia su contrincante.

 

¡Morphos!

 

Una de sus botas cambió de inmediato, haciendo que el material pasara a la historia y diera paso a una curiosa criatura de aspecto dudoso a la distancia, gelatinoso y algo... rosa. Pero Arya lo sentiría, claro que sí. Se trataba de una avispa marina perfectamente formada a raíz de una transformación famosa entre los magos. El animal marino simplemente inyectó su veneno en el torrente sanguíneo de la mujer, solo necesitaba de un pequeño roce para hacerlo y ésta se había pegado a su piel en su totalidad. Y unos pocos segundos después, desapareció gracias a una muerte producida por la falta de agua salada y la bota volvió a hacer acto de presencia.

 

Tendría que hacer algo al respecto pronto, quizás con un margen de tiempo agradable, o moriría a causa de la ponzoña de aquél animal desagradable. Ella esperaba verlo, sinceramente. Ladeó la cabeza, obteniendo un crujido fuerte en la parte más baja de su cuello y alzó una ceja, incitando a su contrincante a volver a atacar. Deseaba tanto el poder verla enrojecer, salir de sus casillas y empezar a lanzar ataques de verdad a diestra y siniestra, que sinceramente no estaba pensando en las posibilidades que poseía para ganar o no. Era un duelo a muerte, era todo lo que tenían que saber la una de la otra en ese momento. Pero claro, era Leah Atkins, no iba a dejar todo así como así.

 

¿Ámbar está bien? Debes cuidar a mi amante, debe crecer bien para que yo pueda seguir teniéndola conmigo en el presente... —ensanchó una petulante sonrisa—. Curiosa cosa, el tiempo. ¿Quién diría que me acostaría con alguien a quien secuestré de bebé? Y que sea la hija de una asquerosa traidora a la sangre, más épico todavía.

 

Mentía, cosa que no podría leerse en su rostro o interpretarse en sus palabras. Nadie podría saber cuándo mentía o no, actuaba con tal naturalidad que era imposible decir qué era más verdadero que su testimonio.

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—Morphos

 

Musitó apretando los dientes hasta entumecer su mandíbula, ¿Qué había pasado?. Apuntó a la misma bota que, tras morir la avispa marina por falta de agua, volvió a recuperar su forma de calzado. Ésta se transformó en un bezoar, el cual llevó a su boca de un solo manotazo, tomándolo del suelo y tragándolo a contra reloj, cada segundo que pasaba era un segundo más cerca de la muerte, y ésta vez no moriría, no a menos de aquella odiosa mujer. Cuando el bezoar se disolvió dentro de su estómago, notó la mejoría, el veneno no había logrado grandes cosas dentro de su organismo, pero no podría dejarlo pasar, de un momento para otro ingresaría en su torrente sanguíneo y al llegar al corazón ¡Pum!, éste dejaría de latir.

 

Se hubiera estado calmada si Leah no mencionaba a su hija, la sangre le hervía dentro de las venas provocando un escozor molesto, las pupilas se le contrajeron como quién ve un fantasma y sus mejillas se sonrojaron de una forma violenta. La expresión de Arya se había deformado a tal punto que parecía un monstruo, ni siquiera ella se reconocería reflejada en un espejo.

 

—Kiorke

 

Exclamó, extendiendo con brusquedad su brazo derecho hacia un lado, con su cara interna de frente a la Mortífago, dando un latigazo al aire para completar la invocación de aquel encantamiento que ahora se desenrollaba del extremo opuesto de Sombra, color neón, de unos ocho metros de longitud. La pelirroja hizo restallar el látigo contra el pedregoso suelo y con un segundo movimiento frontal, lo hizo serpentear en dirección a la mujer. De dar con ella se enroscaría en derredor a su cuello para asfixiarla lentamente.

 

—No cometo el mismo error dos veces, Atkins. Jamás permitiré que una rata asquerosa toque a mi hija— Escupió.

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~Leah Atkins Ivashkov

 

 

 

La satisfacción de verla perder la oportunidad de hacer algo contra ella era indescriptible, contener la carcajada fue un reto incapaz de cumplir. Adoraba tener la ventaja, adoraba saber que estaba más cerca de acabar con su vida en cada respiro que daba. Verla allí, de pie, era un insulto a su orgullo, pero saber que podría caer en cualquier momento la motivaba a seguir adelante con sus ataques incesantes. Si por algo era conocida, era por el hecho de no pensar relativamente en nada más allá del odio que poseía y las razones que la llevaban a cometer un asesinato tras otro.

 

El bezoar fue creado a tiempo por su contrincante, logrando acabar con el envenenamiento producido por la avispa marina dentro del margen de vida correcto antes de que fuera demasiado tarde. Por lo tanto, la mujer se dedicó a esperar un movimiento más de su parte para ponerse en marcha con la segunda parte de sus planes silenciosos. Todo lo que hacía lo hacía a sabiendas de lo que iba a lograr, de lo que podría suceder por parte y parte. Así que, no fue sorpresa cuando la vio prepararse, aún sin ser demasiado evidente, para lanzar el contraataque; había cosas que no se podían ocultar.

 

Necrohands.

 

La magia que fluía por el torrente sanguíneo de la rubia se extendió por su cuerpo hasta convertirse en algo perceptible, acabando por reflejarse en algo físico ante los ojos de las dos mujeres. Un par de manos emergieron de la nada justo antes de que Arya acabara de pronunciar su hechizo y colocadas exactamente en la mitad del campo de batalla que habían delimitado en aquella plaza. Poseían el tamaño de un hombre adulto y se inclinaban hacia delante como un par de manos de boxeador, esperando el momento justo para dar un puñetazo. El color era más oscuro que la propia noche, pero la estructura fantasmal era incluso más evidente que la fuerza que tenían, pues eran sólidas.

 

¡Séneca!

 

El látigo que había creado Arya se enroscó en el dedo índice de la mano izquierda de sus Necrohands, protegiéndola del agarre que la pelirroja quiso lanzarle al cuello. Luego, tan pronto como había intercalado su primera acción, había lanzado el segundo hechizo hacia la garganta de la fenixiana. La vibración de Texia, su larga varita de almendro azabache, vibró con firmeza para hacerle saber que el efecto se había cumplido. El hechizo deshidratante, impediría que la Stark pudiera hablar durante tres turnos. Su próximo hechizo podría ser verbal, sí, pero los demás tendrían que limitarse a los no verbales hasta que el efecto pasara.

 

Tu único error es creer que puedes vencerme —sentenció, viendo cómo el látigo se movía de un lado a otro debido al movimiento de las Necrohands, amenazantes, que serían una protección perfecta por otros tres turnos de igual manera.

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  • 3 semanas más tarde...

—Morphos

 

Tan rápido como todas sus tácticas fallaron, aquella idea surcó su mente alumbrando todo, sus ojos azules brillaron en el momento preciso en que apuntando a una del tamaño de su puño cerrado, la transformó en un Bezoar, el cual tomó con firmeza y ante ojos curiosos lo escondió en el recatado escote de su enterizo negro. Lo que había hecho posiblemente fuese su última acción verbal durante tres largos y aburridos turnos en los que ni siquiera podría insultar a Leah, que llegado al caso, era lo que más le divertía de tales enfrentamientos; ver como la rubia se enfadaba, sentir como ardía de rabia, y a la vez, intentar esconder aquellos idénticos sentimientos que la carcomían por dentro.

 

La odiaba, eso estaba claro.

 

¿Por qué lo había hecho?, básicamente comenzaba a conocer los movimientos de la rubia en el juego, además, no pretendía morir en ese momento, y mucho menos con el anillo que llevaba puesto en su dedo corazón. Debía salir ilesa de aquello, buscar al desgraciado y hacerle tragar la joya y todas sus palabras, aquella sería la última vez que confiaba en alguien. Incluso toparse con Leah allí le hizo pensar en Viktor, ¿Por qué lo dejó ir?, la persona por quién lo había perdido y sacrificado todo simplemente le había vuelto la espalda y eso dolía más que mil ataques en medio del pecho. Por ello lo había hecho.

 

—Conjuntivitis

 

Pensó apuntando directamente a los ojos esmeralda de la Mortífago, no tenía ánimos de estarse con rodeos, pensar en lo penosa que era su vida amorosa le ponía de mal humor. De ser efectivo aquel rayo amarillento que surcaba la distancia entre ambas brujas y dar con su objetivo, produciría una molesta infección en sus bellos ojos, lo cual le impediría tener precisión a la hora de apuntar, a menos claro, que le pusiera fin.

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~Leah Atkins

 

 

 

Y ahí estaba, la acción desesperada. Inteligente, por supuesto, pero no dejaba de parecer la última de sus acciones realmente funcionales. Ahora estaría limitada a los no verbales, después del séneca y un bezoar sería su única compañía al momento de su muerte. La rubia ensanchó una sonrisa socarrona y alzó la ceja, invitándola a actuar en segunda instancia en el poco tiempo que le quedaba en el duelo. Lo vio venir, por la floritura y simplemente imitó a la pelirroja, haciendo una floritura elegante con su muñeca y lanzando el hechizo antes que el suyo.

 

¡Sectusempra! —apuntó a su estómago, sin compasión.

 

El rayo salió de Texia con una velocidad de vértigo, resplandeciendo en un tono rojizo tan potente como el cabello de quien estaba destinado a hacer daño. El rayo de Arya salió disparado justo después, pasando hacia ella en un intercambio de daños inminente. Solo que, las Necrohands se interpusieron entre el ataque destinado a la Atkins después de ofuscarse - acción realizada para evitar interponerse en el sectusempra que iba hacia la fenixiana- y aparecer de inmediato unos metros más atrás, reteniendo el choque del Conjuntivitis con su estructura fantasmal.

 

Mientras que la mortífaga había quedado intacta, la sangre empezó a brotar de las múltiples heridas abiertas que la maldición había creado en la suave piel de Arya. Podía percibir los cortes con claridad a pesar de sus ropajes oscuros, podía ver cómo el color negro empezaba a resaltar ahí donde el pegajoso líquido escarlata empezaba a mermar su vida con la rapidez de sus latidos. Estaba feliz, radiante, consciente de que su venganza estaba siendo mucho más que efectiva. Y sin demorarse un segundo más en hacer lo que deseaba, apuntó nuevamente a la chica.

 

¡Seccionatus! —ésta vez, apuntó a su pecho.

 

Doce medias lunas veloces y cortantes atravesaron el viento con un sonido particular, pasando entre sus Necrohands que se apartaron al instante para no ser un estorbo. Buscarían su piel y se clavarían en ella, agravando las heridas provocadas en su cuerpo y tratando de dar con una muerte más rápida por su parte. La Atkins ladeó la cabeza, saboreando la victoria próxima y se relamió los labios antes de hablar, mirando con emoción la forma en la que la vida de su enemiga se acortaba.

 

¿Qué se siente morir? —preguntó, arrastrando las palabras con diversión—. ¿Aún puedes ver las gotas de sangre en el suelo? Pronto se convertirán en un charco y tú pasarás a ser parte de él, sin que puedas evitarlo.

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El intercambio de daños fue inminente. De un momento a otro caía brutalmente al suelo llevando por inercia ambas manos a su abdomen, —Endemoniada— pensó, hubiese querido gritarlo pero por un largo período estaría privada de aquel sentido. No podía cerrar los ojos, aun la veía y apretaba los dientes sin perder a su objetivo de vista; negó levemente con la cabeza y su melena rojiza acarició la parte trasera de su cuello causándole escalofríos, no le daría el gusto de verla reducida a eso, a miseria, lucharía aun cuando todo estuviera perdido.

 

—Episkey

 

Pensó, no había otra forma de sanar las heridas abiertas en la piel de su abdomen. Su ropaje oscuro estaba completamente manchado de sangre, pero por su color no lograba notarse absolutamente nada. Eran sus manos las que delataban la gravedad del asunto; sus ojos lagrimeaban como acto reflejo, siendo receptivos del terrible dolor que azotaba su cuerpo, más el hechizo sanador utilizado en el momento justo, le trajo una pizca de alivio, solo para recibir un segundo impacto.

 

—Epikey

 

Aquel segundo irrelevante movimiento de varita aplicaría la sanación precisa tras un ávido movimiento de su mano libre, la cual arrancó las media lunas de su frágil piel una vez incrustadas. Aun las heridas de su abdomen no estaban del todo cerradas, pero no eran tan graves como en un principio.

 

Con ambas manos logró sostenerse sobre las rodillas y ponerse de pie en cuestión de segundos, tambaleando, sudorosa y temblorosa, pero ahí estaba, "Junco que se dobla, pero jamás se quiebra" y aunque muriese en incontables oportunidades, lo haría siempre con la frente en alto, pues las personas que le habían entrenado, así se lo habían enseñado.

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  • 2 semanas más tarde...

~Leah Atkins

 

 

Verla caer provocó una oleada de regocijo que se expandió hasta salir por sus poros. Su felicidad era tal, que incluso dio un saltito de improvisto cuando presenció la muestra de su pérdida de sangre. Oh, la excelente visión del líquido rojo y espeso escurriéndose por su piel nívea, más pálida gracias a los ataques. Cuadró los hombros, sabiendo lo que venía para poder librarse de la muerte y esperó hasta que movió la mano de acuerdo a lo previsto. Primera curación hecha, pues un atisbo de alivio la había dejado en evidencia y la Atkins aprovechó para intercalar.

 

¡Fuego Maldito!

 

De la punta de su varita, un Aethonan emergió entre llamas naranjas y rojizas, formándose con rapidez y marcando sus músculos a medida que emprendía vuelo. Se elevó mientras avanzaba hacia su objetivo y empezó a caer en picada para dar contra la cabeza de Arya, justo antes de que ella realizara el Episkey. Podría defenderse, claro que sí, pero la Atkins tenía otras cosas en ventaja. Necesitaba dos Episkeys más, uno para cerrar por completo la herida del Sectusempra y otro para cerrar por completo la herida del Seccionatus.

 

¿Con qué iba a protegerse estando silenciada?

 

Avada Kedavra.

 

Estando Arya de pie, pudo apuntar sin problema a su pecho. El rayo esmeralda salió de la punta de su varita con una rapidez de vértigo, recorriendo la distancia que las separaba para acabar con su vida en caso de impactar. Un grito de una mujer desesperada había cortado el aire también, procedente de la maldición, como si buscara intimidar a su presa antes de matarla. Ahora la Knight tenía dos problemas grandes yendo hacia ella, además de los que había acumulado con el pasar de los minutos. Y, lamentablemente, el bezoar en su escote no iba a servirle de nada.

 

Vamos, muere para mí —murmuró, con los ojos dilatados por el éxtasis y los labios entreabiertos a la expectativa.

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—Amo mi rango, amo mi rango, amo mi rango..

 

¿Por qué lo pensó?, nadie sabría jamás, ella simplemente no quiso que se le olvidara. La sangre mañana de su abdomen de forma que no podía detenerla, la hemorragia era descomunal, aun cuando había realizado las curaciones de emergencia. Su piel estaba tersa por donde las media lunas habían cortado, ¡Pues el seccionatus solo requería de un episkey!. El problema principal era cortar aquel flujo de líquido vital que podría llevarla a una anemia mortal.

 

Tragó en seco, miró desafiante al Aethonan que caería en cuestión de segundos sobre su cabeza, y lo aceptó soltando un desesperado alarido; su cuerpo magullado quería rendirse, pero era su valía la que aun la mantenía en pie. Afiló sus ojos soportando el escozor de su piel chamuscada y su ropa ardiendo para leer los labios de Leah en el momento justo, a media pronunciación, cosa que le dio tiempo para apuntar a sus pies y pensar —Zancadillas—.

 

Cayó con brusquedad apoyando las palmas de ambas manos ya raspadas por las anteriores caídas. El rayo mortal que acabaría con su vida de una sola vez, aquella imperdonable, movimiento de cobarde como última instancia, pasó por encima de su cabeza peinando su rojiza melena completamente despeinada; lejos estaba aquella bruja pulcra que aguardaba al amor de su vida en una plaza para sellar un pacto de amor eterno.

 

—Episkey

 

Pensó para terminar de sanar las heridas de su abdomen, las del Sectusempra. Sus quemaduras ardían, y la ropa la tenía hecha jirones, pero aun así podría resistir unos cuantos round más. Miró el anillo en su mano, mordió su labio inferior, lo quitó y lo lanzó al verde césped a su izquierda, ya más le valía.

 

"Solo un poco más" Se dijo para recuperar el habla. Necesitaba acabar con Leah antes de que ésta le ganase de mano.

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