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Estudios Muggles: Somos Girls Scout vendiendo galletas.


Sagitas - Ericen
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Llevaba un tiempo sin moverme por el pueblo, después de tres meses de ausencia. Cuando regresé a Ottery, pensé en volver poco a poco al movimiento del lugar pero, en realidad, esto es imposible. En cuanto aparecí en casa, problemas; en cuanto me presenté en los negocios, problemas; en cuanto volví al MM, problemas. Y, por supuesto, en cuanto entré en la Academia para decirle a las Directoras que había regresado, problemas.

 

Lo primero que me encontré fue que, para mi sorpresa, no estaban las dos directoras que yo había dejado; durante mi ausencia había dos Directores nuevos, uno de ellos mi primo Elvis Gryffindor. Estaba sorprendida, pero no tanto como cuando recibí la nota de que tenía tres alumnos esperando para recibir mi clase.

 

Así, mi vuelta no fue tan apaciguada como pretendía. Pero soy persona dispuesta a todo y no aplacé ninguna clase. Además, soy muy impulsiva y suelo improvisar muy bien, por lo que enseguida supe donde iba a dar las clases de este mes: en la entrada de la Estación de King Cross. ¿Dónde mejor para convivir con los muggles? En la estación encontraba medios de transporte, tiendas de todo tipo, muggles de todas las clases sociales... ¡Era un lugar ideal!

 

Por ello, mandé una lechuza a mis alumnas ( @@Gatiux , @ , @@Mynerva de Weasley ) en las que les invitaba a venir a un Stand de vendedoras de galletas, desde donde podría darles las primeras lecciones básicas de la clase. Tengo una lechucería en la mansión "Ojo Loco", y las pobres tuvieron que volar con un paquete pesado, ya que les enviaba a cada una de las alumnas el uniforme que tendrían que llevar para estar en el stand de galletitas.

 

"¡Bienvenidas a la Clase de Estudios Muggles de este mes! En el paquete encontrarán el traje de Girl Scout que vamos a utilizar durante la enseñanza, junto a un muestreo de galletitas que vamos a vender. Vamos, vamos, que el dinero que consigamos irá destinado a los huerfanitos de los magos y hechiceras que han muerto durante la experimentación de pociones mágicas, o en su defecto, para alguna ala de Sanación de San Mungo.

Les espero a todas delante de la Estación de King Cross. Seré fácil de identificar: llevaré un traje como el vuestro y venderé galletitas a los muggles.

Fdo: Sagitas E. Potter Blue

Profesora de "Estudios Muggles".

Postdata: La primera lección es llegar a la Estación de King Cross mediante transporte muggle, ya sea metro, bus, tren o bicicleta; nada de usar el Autobús Noctámbulo, escoba, alfombra o ningún artefacto muggle hechizado. Eso supone un suspenso inmediato.

Postdata dos: Dejar la varita en casa. No se puede usar delante de los muggles; así evitaremos tentaciones.

 

 

Vi marchar las lechuzas y después entré en la mansión. Tenía que prepararme para llegar antes que mis alumnas y tenía que hacer muchas, muchísimas galletas. Iba a ser una clase genial, estaba segura.

 

Enseguida llegué al puestecito de galletas delante de la puerta principal de King Cross, junto a las puertas automáticas. Seguro que allá venderíamos muchas galletas.

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    Se había pasado de la raya. Lo sabía aunque se negase a admitirlo. Durante los últimos meses de su largo viaje, de su exilio autoimpuesto, había estado bebiendo más poción del olvido de la cuenta, aumentando la dosis diaria que mantenían los pensamientos punzantes alejados, comenzando a olvidar poco a poco cosas importantes: el rostro de algunos familiares cercanos, recuerdos, conocimientos aprendidos, y al final de todo hasta su propio apellido. Había dejado de tomar aquel zumo mágico cuando se notón perdida casi sin saber quien era, pero tuvo consecuencias mentales de todas formas.

     

    Una enorme hemeroteca le proporcionó datos valiosos: su apellido era Malfoy, la hija sanguínea del Primer Ministro de Magia, había trabajado en San Mungo durante mucho tiempo, llegando a ser Subdirectora de la institución, y tenía unos cuantos hijos de los cuales no recordaba sus caras. Los viejos ejemplares de El Profeta le sirvieron hasta cierto punto, pero no cómo funcionaba el mundo más allá de los muros de Ottery, fuera de las casas de magos.

     

    Gatiux se había quedado boquiabierta durante unos minutos al pasear por el centro de Londres, no recordaba cómo funcionaban cosas esenciales como el metro o los ascensores, y se había llevado un susto de muerte al intentar cruzar una calle cuando le pareció conveniente, sin hacer caso alguno al semáforo que regulaba el tráfico. Ahora en su propia habitación, examinaba unos cuantos cachivaches electrónicos que no tenía idea de como funcionaban. Profirió un gran gruñido de frustración y se dejó caer en la cama.

     

    - Tal vez debería ir a la Universidad, ya que se niega a pasar por San Mungo para que le arreglen lo de la cabeza -sugirió la elfina que ordenaba la habitación- Allí tienen unas clases para magos curiosos de lo muggle. Tal vez así refresque su memoria.

     

    Recibió el consejo de buen grado e hizo los trámites necesarios para recibir nuevas, o antiguas, enseñanzas de un mundo que ahora le resultaba desconocido. Tuvo que esperar algún tiempo para recibir contestación por parte de la Universidad, la cual le decía que su profesora se pondría en contacto cuando fuese a empezar la clase. Tras unos cuantos días llegó la lechuza que esperaba, con el lugar y la hora, además de un uniforme de girl scout.

     

    - El color es horrible. -pensó al ver el uniforme que le habían hecho llegar-No combina con mi color de pelo.

     

    En primer momento pensó en vestirse con cualquier cosa que hubiera en su armario, todo sería mejor que el uniforme que le habían hecho llegar, pero tal vez la profesora pudiera reprobarla por un motivo tan nimio como aquel. Se vistió con lo que le llegó y abandonó la comodidad de su habitación, releyendo la carta. Decía que tenía que llegar en transporte muggle, seguro que era más seguro que meterse en una chimenea, la banshee no acababa de ver los métodos de transporte mágicos como fiables después de haberse olvidado de como se utilizaban más de la mitad.

     

    Tuvo que caminar bastante para llegar a la estación de tren de Devon, en la cual compró un billete que la llevó hasta Londres. Y de allí Gatiux cogió una linea de metro hacia King Cross. La tomó hasta en dos ocasiones ya que la primera se equivocó de sentido, llegando de milagro a su destino después de preguntarle a muchas personas de como utilizar el transporte. Debían pensar que era una campesina que no había pisado en su vida la gran ciudad.

     

    Tras unas cuantas vueltas sin sentido, y los cuchicheos de la gente que iba y venía por la estación, localizó a una mujer que vestía igual que ella frente a un puesto de galletas. Agobiada por la multitud se acercó hasta ella resoplando un poco, cansada de todo el viaje que había tenido que hacer, cansada de preguntarle a la gente y que le mirasen como si estuviese loca. Compuso una mueca que parecía una sonrisa, pero seguía sintiéndose un poco perdida.

     

    - ¿Eres Sagitas? ¡Qué lugar tan extraño para dar una clase! ¿Dónde han quedado los cuadernos y los libros? -preguntó Gatiux tocando un mechón de su pelo púrpura- Me llamo Gatiux. Encantada de conocerte.

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    Últimamente el tiempo invertido en la Universidad era demasiado. Si bien amaba esos terrenos, pues los había recorrido desde su reapertura con sumo interés, llegaba el momento en que cada instante allí significaba más trabajo. No se quejaba, amaba su nuevo puesto, así como el camino recorrido hasta llegar a él.


    Sin embargo aquel día no. No se movería de casa salvo por cuestiones de “vida o muerte”. Lo tenía por completo decidido. Tras un desayuno rápido regresó a su habitación y se tapó hasta la nariz con intención de ya no moverse. Quería dormir hasta que llegase el almuerzo y probablemente en ese momento preferiría también volver a la cama a esperar la merienda. Lo típico: aquellos días en que todo lo que haces es comer y dormir.


    Pero al parecer nada saldría como lo había esperado, pues apenas había empezado a caer en un agradable estado de somnolencia los cristales de su ventana empezaron a recibir insistentes golpeteos. Abrió los ojos enseguida y se incorporó para descubrir una lechuza con un paquete para su persona.


    Abrió la ventana y liberó del peso al animalejo, luego se deshizo del papel que envolvía un curioso uniforme. Por último se ocupó de la nota que acompañaba el envío, comprendiendo solo entonces de qué se trataba.


    Suspiró al recordar aquella lejana inscripción para recibir clases sobre Estudios Muggles. No sabía en qué había estado pensando al hacerlo, pero probablemente ya estaría en marcha el descuento a su bóveda, por lo que no tenía mucha más opción que tomar la clase. Solo entonces comprendió que debía vestir ese uniforme para poder formar parte, y maldijo en silencio su propia ocurrencia al tiempo que se vestía.


    Antes de despedirse de su varita, decidió hacer pequeñas modificaciones a su ropa, encogiéndola levemente para lograr un aspecto algo más provocativo. A fin de cuentas, era una adulta exuberante vestida con un traje pensado para una niñita. Amarró la camisa para mostrar parte de su vientre. Ya la falda dejaba sus perfectas piernas a la vista. Se amarró el cabello con dos trencitas y se dispuso a partir.


    Le costó mucho dejar atrás a su compañera de aventuras, pero no podía arriesgarse, así que cuidadosamente depositó su varita en la mesa de luz antes de partir. No podía movilizarse con magia, eso era un gran obstáculo, mas supo que algo podría hacer.


    Se dirigió al viejo depósito que su familia utilizaba para guardar anticuados objetos y entre ellos buscó hasta encontrar un artilugio que le resultó útil: una tabla con ruedas afirmadas por debajo: cuatro y alineadas de a dos. No sabía utilizarla pero ¿qué tan difícil podía ser? Más de una vez había visto a muggles, parándose sobre la tabla e impulsándose con un pie para dar velocidad al “vehículo”.


    Puso en la calle su transporte y se paró con ambos pies sobre la tabla. Sus tacones la hicieron perder el equilibrio, pero lo recuperó. Ahora era cuestión de lograr que la tabla se mueva. Apoyó un pie en el suelo y se impulsó, la tabla avanzó un poco así que repitió el movimiento con una sonrisa en el rostro. Volvió a repetirlo con algo más de confianza y más rápido cada vez…


    Unas horas más tarde, no supo cuántas, estaba llegando a la gran estación de King’s Cross. Solo un par de caídas habían intentado complicar su camino, y apenas el choque con algún que otro vehículo muggle. En fin, nada que la detuviese.


    Tomó bajo su brazo la patineta y avanzó con paso firme, sin dar importancia a los machucones ni a su despeinada cabellera. Buscó entre la multitud el sitio en que la esperaban, localizando tras unos minutos a dos brujas uniformadas como ella. Sonrió y caminó hacia ellas.


    -Lamento la demora, soy Agatha…- detuvo su frase pues estaba agitada, ya habría tiempo para decir más.


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    Me rasqué disimuladamente el trasero; aquella falda no era de mi estilo (yo sólo llevo tejanos o chandals) y me hacía sentir muy incómoda. Maldito el momento en que pensé que aquel traje verdoso nos quedaría bien y serviría para camuflarnos entre los muggleosos.

     

    Una viejecita apoyada en un bastón se paró delante del Stand y empezó a mover las cajas, acercándoselas a la nariz para verlas mejor, levantándose la montura de las gafas.

     

    -- ¿Quiere comprar galletas para las Girls Scout, señora? -- le pregunté cortésmente.

     

    No escuché la respuesta. Una mujer se acercaba a mí, con un traje como el mío, con un semblante que no supe decidir si era enfadado o confuso; o tal vez una mezcla de ambas cosas... Y dijo mi nombre.

     

    --Hem...Sí, soy Sagitas. -- Ahora era yo la confusa. ¿Libros? -- Esto... Sí, ya... Libros... Bueno, alguno hay, sí... Creo que hay una edición de un antiguo libro de Arthur Weasley, "Los muggles y su mundo maravilloso", pero está descatalogado. Ese es el problema de los muggles, evolucionan más rápido que nosotros, tanto en costumbres sociales como en modas, que cualquier estudio sobre ellos queda desfasado inmediatamente.

     

    La viejita seguía toqueteando las cajas de galletas y carraspeé.

     

    -- ¿Quiere alguna con mucho chocolate para sus nietos, señora? -- pero como no me contestaba, seguí hablando con la primera de las alumnas que se había presentado en el lugar. -- Hay muchos libros de Leyes con capítulos dedicados a la actuación con magia delante de los muggles y sobre el Estatuto del Secreto. De eso os hablaré en cuanto se presenten tus compañeras. ¡Eeeh, señora! Devuélvame esa caja, so ladrona...

     

    La viejita caminaba tan deprisa por la calle, entremezclándose con otros muggles, que no parecía coja. Estornudé, momento que aproveché para soltar un "Duro" flojito, con la mano en las solapas de la chaquetita verde. Una cosa era que mis alumnas no llevaran varitas, otra muy diferente es que la profesora no tuviera oportunidad de sacarlas de un apuro, si eso sucedía. La caja de galletas se convirtió en una piedra que, pesada, cayó al suelo, golpeando en el zapato de la ladrona. Me rasqué la nariz y sonreí.

     

    -- No pasa nada. Se llevó la caja de muestra vacía -- dije en voz alta, mientras la mujer se alejaba cojeando, apoyándose en su bastón. -- ¿Has dicho que te llamas Gatiux?

     

    Una imagen borrosa cruzó por mi mente antes de desaparecer. Eso de tener lagunas mentales...

     

    -- Un placer conocerte también -- aunque algo me decía que su cara me sonaba... Pero como había estado en tantos lugares del ministerio, tal vez me la hubiera encontrado por allá. -- Cuéntame... ¿Cómo has llegado a King Cross? ¿Has pasado algún apuro en los transportes muggles?

     

    Una voz femenina se presentó como Agatha y recordé que ese era el nombre de otra de mis alumnas.

     

    -- Pues...

     

    ¿Aquella era forma de usar el uniforme muggle que le había envíado? Se suponía que éramos Girls Scouth, no podía enseñar tanta carne por arriba..., por abajo..., por el centro... Le iba a dar un rapapolvo cuando su nombre me hizo "tilín" en la cabeza como una campanilla de las gordotas. ¿¡Agatha!?

     

    -- Pues sea bienvenidaaaaa, Directora... Pero qué guapa luce... Hem... Ha sabido sacar esplendor a este traje insípido... Estoy segura que de esta manera venderá muchas galletas. ¿Y cómo ha llegado hasta aquí? Es la misma pregunta que le he hecho a su compañera, Gatiux. ¿Se conocen? Se verán envueltas en la gran aventuras de vivir con muggles... Esto... ¿No habréis traído las varitas, verdad? Eso no puedo permitíroslo.

     

    Y les miré a los ojos, intentando ver si me mentían cuando me contestaran.

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    Apenas terminó de hablar tuvo la sensación de haber interrumpido la conversación entablada entre aquellas mujeres. Se mordió los labios un tanto avergonzada, pero eliminó de inmediato la sensación… a fin de cuentas, ella era también parte de la clase.


    Reparó enseguida en la forma en que la profesora había observado su versión del uniforme recibido, pero prefirió no entrar en conflicto por ello. La dama pareció estar a punto de decir algo al respecto, pero no emitió palabra, volviendo a una postura diplomática. Oyó su bienvenida y le sonrió cuando, lejos de lo esperado, elogió su vestimenta. Sabía que todo lo dicho era por compromiso, pero le agradaba sentir que ponía “en apuros” a los demás.


    -Gracias por la bienvenida, aquí solo soy una alumna más.- respondió en cuanto encontró un silencio por parte de su profesora- gracias por los halagos, sé que no era el atuendo “esperado” pero no pude con mi genio- se ruborizó un poco al decirlo, dando una pequeña vueltita para mostrar toda su apariencia.


    Sonrió a su compañera de bando al reconocerla, pues si bien nunca habían entablado una conversación sabía de ella desde tiempos previos a haber ingresado al bando. Las leyendas no siempre se quedan en solo serlo.


    -Hola Gatiux- agregó hacia ella con cordialidad antes de regresar a las preguntas de Sagitas- Pues, llegué con esto- dijo entusiasmada, alzando la patineta hacia sus interlocutoras- creo que los muggles la llaman speik o algo así… lo pones en el suelo y te vas deslizando. Aunque no es bueno cuando hay piedras en el camino, se meten en las ruedas y te vas de narices… - mostró sus rodillas y codos para demostrar su punto. – Y no, claro que nada de varitas… no quería reprobar solo por terca- se encogió de hombros, sintiéndose desprotegida pero orgullosa de dar ese paso.


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    - He llegado a King Cross primero en tren desde Devon y luego en metro cuando me ha dejado en Londres. El trasbordo ha sido fácil, lo difícil ha sido las líneas de metro. La que venía hacia King Cross es confusa y la he terminado tomando en sentido contrario. Cuando me he querido dar cuenta estaba en la otra punta de la ciudad, así que me has llevado más tiempo del debido. -contestó Gatiux con rapidez- ¿Algún apuro? Ninguno aparte de la discusión con la señora a la que le tocaba pasillo y se sentó en mi ventanilla y del hombre del metro con las manos largas... pero a ese le enseñé modales.

     

    Cuando llegó al tren, billete numerado en mano se había encontrado con una señora que estaba sentada en su sitio, haciéndose la dormida pese a que las puertas habían abierto tres minutos antes. Gatiux no dudó en tocarle el hombro y despertarla para reclamar su sitio. Después tuvieron una acalorada discusión en la que intervino finalmente el revisor para darle la razón a la mujer de cabello púrpura. Tras aquello, la mujer se había pasado todo el viaje rezongando acerca de lo mal que estaba la juventud en la época actual.

     

    El tipo del metro, al ver a la exhuberante banshee disfrazada con aquel atuendo había intentado meter la mano por debajo de la falda para comprobar si todas aquellas curvas eran de verdad. Lo intentó, porque la banshee había reaccionado agarrándole la muñeca y retorciendo la mano cuando éste tocó el borde de su falda. Le había lanzado tal mirada asesina por encima de las gafas de sol que retrocedió asustado, sujetándose la mano junto al pecho, extrañado por la ferocidad de aquella mujer. Casi cayó al suelo al salir con premura en la siguiente parada.

     

    Gatiux se encontraba recordando aquellos dos incidentes cuando llegó Agatha, que había modificado su atuendo, resultando sexy. Parecía que a Sagitas se le iban a salir los ojos, y le dirigió hasta una breve mirada reprobatoria, pero luego su actitud cambió tal vez debido a que Agatha era actualmente Directora de la Universidad. La banshee rió por lo bajo y aprovechó para hacer unos pequeños arreglillos a su indumentaria, desabrochando un par de botones de la camisa y subiendo la falda unos cuantos centímetros. Un abuelo con bastón que estaba cerca del puestecito no daba crédito y se acercó a admirar a las mujeres.

     

     

    - ¡Cuanta belleza ha congregado King Cross esta mañana! -dijo el anciano- ¡Me llevaré un par de cajas sólo por haberme alegrado el día!

     

    - ¡Gracias! -Gatiux compuso una sonrisa coqueta- Además estas galletas están deliciosas.

     

    El viejo asintió complacido cuando la banshee se agachó un poco para acomodar las cajas en una bolsa, asomándose al balcón de la camisa. Cuando Gatiux le tendió la bolsa éste le pagó y se fue alegremente, renqueando pero con una gran sonrisa en el rostro. Se volvió hacia Agatha y la saludó, no recordaba habérsela encontrado directamente nunca, pero sabía el cargo que ocupaba dentro de la institución académica y dentro del bando.

     

    - Hola Agatha. No parece muy seguro el medio en el que has venido, a juzgar por los raspones. ¿No es mejor ir andando? -saludó, luego se volvió hacia la profesora cuando preguntó por las varitas- Nada de varitas. La carta era muy clara.

     

    Levantó las palmas de las manos durante un segundo para mostrar que no había nada en ellas.

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    Creo que sé disimular bien cuando me desconcierto pero algo en la mirada de las muchachas me hizo ver que no se habían tragado mi "peloteo" a la directora y que habían detectado que iba a sacar humo por las orejas; sólo esperaba que no se dieran cuenta que mi cambio de estrategia se debía al cargo de mi alumna. Sonreí, volviendo a enseñar la dentadura blanca, y le contesté.

     

    -- Por supuesto que sí, Dir.... Agatha, serás una alumna más... -- Mi mirada volvió a su camisa y volví a sonreír de manera más forzada. -- Además, creo que este vestuario es el método más "sano" de camuflarse entre los muggles. Lo importante de saber caminar entre ellos sin que se nos note es que no destaquemos, o si destacamos que sea por algo nada mágico ni inverosímil. Así que yo visto el uniforme de las Scout de forma rutinaria y no llamo la atención. Tú llamas muuucho la atención pero en positivo, el muggle que te vea no se impresionará porque uses la magia sino la estructura femenina que ellos veneran (si son hombres) o rechazan (si son mujeres celosas).

     

    Mientras hablaba, veía como Gatiux se aprovechaba de mi permisividad y se ponía ella más provocativa. Abrí tanto los ojos y la boca que por poco me descoyunto la mandíbula.

     

    -- ¡Maldita, has vendido tú más en un minuto que yo en toda la mañana! -- susurré. En fin.... Sólo esperaba que la tercera alumna no fuera capaz de sorprenderme aún más de lo que ya estaba. Me aclaré la voz y la elevé un poco para que ambas me oyeran. -- Bueno, el vestuario es importante en el mundo muggle, porque indica mucho de la persona que lo porta, pero creo que esa lección la dejaremos para más adelante ya que ambas... ejem... parecen muy capaces de sobrevivir en este mundo sin problemas.

     

    Me estiré la falda en un gesto de fastidio. Me llegaba por medio de las piernas. Estaba claro que yo no iba a vender ni una maldita galleta. Pero bueno, mejor seguir con la clase. Por eso me centré en las dos maneras dispares de venir a King Cross e intenté valorar su capacidad de transporte. Observé muy curiosa el "parato" que tenía Agatha en las manos y la sonreí, pero ahora realmente sorprendida.

     

    -- Caray, es un skaitboar, creo que los muggles lo llaman así. Yo sería incapaz de usar ninguno de estos artefactos con ruedas, excepto los coches. Tengo carnet de conducir, y lo conseguí sin confundir al examinador, con mis propias manos sujetaba el volante y sin varita -- comenté, orgullosa.

     

    Noté que entre ambas alumnas había como cierto reconocimiento y me dio algo de envidia. Para ser una persona que me movía mucho por el pueblo, no tenía muchos conocidos fuera del círculo de mi familia.

     

    -- La elección del Metro es la más usual. El bus, metro o tren son los medios colectivos más usados por los ciudadanos muggles para distancias medias y cortas. Por supuesto, el uso del coche particular también es muy habitual, sólo que cuesta más dinero y poluciona más. Ahora los muggles están más concienciados con el medio ambiente. También hay otros transportes, que supongo que conocéis, para trayectos más largos, como los Trenes de Alto Recorrido, los Barcos para ríos y mares y los aviones para el aire. Y variopintos deportivos, como barcos de vela, cometas gigantes y otros que no vienen al caso.

     

    Carraspeé, siempre me iba por las ramas y acababa hablando de una cosa completamente diferente de la que había empezado.

     

    -- Te has confundido en el metro porque no has seguido bien las señales del mapa de las líneas. Los muggles utilizan flechas y colores para entender los transbordos, las diferentes líneas, circulitos para señalar las estaciones comunes en varias lineas, dibujitos para indicar si enlazan con buses, e incluso si en alguna estación se puede hacer carreras con sillas de ruedas. No es un deporte reconocido, pero cada vez lo usan más en el metro. Tendré que investigar el motivo....

     

    Esa reflexión la hice en voz baja. No queda bien decir delante de las alumnas (y más si una es directora de la Universidad) que hay algún concepto que desconoces.

     

    -- Bueno, pero estamos empezando la clase por el tejado, como dice un refrán muggle. ¿O era la casa? Sí, creo que el refrán dice "empezar la casa por el tejado", que significa que estamos adelantando demasiado y que hay algo antes que tenemos que saber, que es lo principal de la clase.

     

    Miré a los lados para comprobar si la otra alumna se acercaba al stand, pero no vi nadie con el trajecito verde ni nada parecido.

     

    -- Bueno, no creo que importe por comenzar la clase. No hacen falta cuadernos, Señorita Gatiux, pero yo les daré algunos apuntes que aparecerán de forma mágica -- sonreí porque ahora que sabía que ellas no tenían varita, sabía que la echarían de menos -- en los papeles que les daré ahora. Los muggles pensarán que son un listado de los precios de las galletas pero vosotras podréis ver lo más importante que no tenéis que olvidar nunca de esta materia.

     

    Un par de papeles parecieron salir de debajo de unas cajas por sí solos, aunque como estaban tapadas por el muestreo de galletas, ningún muggle tenía oportunidad de verlo.

     

    -- ¿Sabéis lo que es la Ley de Estatuto del Secreto de los Magos de 1689? También se la conoce como el Estatuto Internacional del Secreto. -- Esperé unos segundos antes de proseguir, para ver si habían oído hablar de ellos, aunque yo suponía que sí. -- En el año 1689, aunque algunos profesores de Historia de la Magia sitúan su aprobación tres años después, se aprobó esa ley que sirve tanto para proteger a los muggles de nosotros como a nosotros de ellos. Se prohíbe cualquier manifestación de magia delante de los llamados muggles, es decir, los que son ajenos a la magia. Toda falta se penaliza a una condena en Azkabán u otra cárcel mágica. No pueden ni siquiera imaginar que somos magos y que podemos gobernar la magia. Es de los mayores logros unánimes de las Leyes Internacionales. ¿Sabéis lo difícil que es que los diferentes gobiernos se pongan de acuerdo en algo?

     

    Tomé los dos papeles y se los tendí, para que los leyeran.

     

    -- ¿Y por qué se tuvo que dictar esta Ley? Pues si prestasteis atención a las clases de magia en la Academia, cuando os graduasteis, supongo que sabréis que los muggles tienen tendencia a relacionar la brujería con algo malévolo y maléfico, y durante la Edad Oscura muchos de nuestros similares fueron desaparecidos durante las persecuciones contra todo aquel que supiera usar la magia. Incluso sus propias poblaciones fueron diezmadas por el mero hecho de sospechar de ello, muchas veces de forma infundada. Por otro lado, muchos magos se creían superiores por saber usar la magia de manera que abusaban de ese poder maltratando a los muggles.

     

    Suspiré, era un problema que se mordía la cola, en el origen y en la consecuencia.

     

    -- La comunidad internacional se vio obligada a intervenir y poco a poco ha ido dando forma a esa ley con multitud de cláusulas hasta llegar a la que hoy conocemos. En resumen, queda así: cada comunidad mágica se hace responsable de todo suceso mágico que ocurra en su territorio y tendrá que dar explicaciones. ¿Os habéis dado cuenta de lo metódicos que están en el Ministerio con las mascotas de las familias del pueblo? ¿O en impedir que los menores de edad, los 17 años, hagan magia fuera del centro docente? Pues es por eso, como resultado de la aplicación de esta ley. Si alguna de las criaturas se escapa y arma algún estropicio en presencia muggle, o si algún menor fanfarronea con sus poderes delante de algún no-mago, al MM de Londres se le caería el pelo y tendría que dar explicaciones exhaustivas a la Confederación Internacional de Magos. Todo es burocracia, una lata para nosotros los habitantes de Ottery, para los patriarcas y para todo mago en general. Pero merece la pena, todo sea por la seguridad propia y la de todos los habitantes, tanto mágicos como muggles.

     

    El pergamino, disfrazado de papel cuadriculado arrancado de una sencilla y normal libreta muggle, se desplegó ante ellas. Sólo esperaba que lo sujetaran para que no pareciera que flotaba, que era lo que en realidad estaba pasando:

     

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    -- Leerlo y aprenderlo muy bien. A partir de ahora tendréis que vigilar esto con cuidado. Si un muggle se entera de que sois hechiceras y se arma un revuelo por ello, no sólo se os cae el pelo a vosotras, sino al Gobierno Mágico del que formáis parte y todo puede acabar fatal. Cárcel... Pérdida del puesto de trabajo, imposibilidad de ejercer ningún puesto oficial en el Ministerio durante un período de tiempo... Esta ley del Secretísimo Secreto es muy importante. Eso sí, el Ministerio se encargará de corregir lo sucedido, ya que hay un departamento que se encarga de deshacer los desaguisados: el departamento de Reversión de Magia Accidental y Escuadrón de Excusas Muggles.

     

    Otra vez orgullo en mi voz. Al fin y al cabo, había sido su Directora durante muchísimos años.

     

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    Este mes, la lechuza de la Universidad había llegado. La profesora Sagitas le había enviado no sólo los datos de dónde comenzarían las clases, sino también el propio uniforme de niñita exploradora y vendedora de galletas. La bruja miró con consternación el pequeño trajecito. ¿Era de verdad? No podía creer que tendría que embutirse en semejante atuendo. Pero allí no terminaban las sorpresas. La carta que acompañaba el vestidito señalaba que debía presentarse en la estación King Cross pero usando un método muggle.

    Mynerva se dejó caer en un sillón desalentada. ¿Vestirse como una nena exploradora y viajar en tren o metro? Iba a comenzar a protestar cuando recordó que fue precisamente ella misma quien se había inscripto en esas clases para el presente mes por lo que tomó la ropa que le había llegado y procedió a vestirse con ella.

    Mientras lo hacía se entretuvo tratando de imaginar de qué manera llegaría a la estación de tren. ¿En tren, tal vez? No había ninguna línea de ese transporte que pasara cerca de Ottery. Sería mejor salir a algún camino vecinal y allí esperar pacientemente algún autobús que la acercara a Londres. Pero no podría llevar su varita para defenderse de cualquier ataque que un muggle desubicado pudiera realizar.

    Cuando se hubo vestido, llamó al elfo familiar y le pidió que la acompañara.

    - ¿Caminando?

    Toño se veía sorprendido. Pero más se alertó cuando su ama le pidió dinero muggle para pagarse el pasaje en el transporte muggle. Miró a la bruja con sus grandes ojos asustados y le preguntó se estaba metiendo.

    La bruja rió ante actitud del sirviente.

    - Se trata de un experimento nuevo para mí: una clase sobre muggles en la universidad que lo impartirá desde la misma estación King Cross.

    El elfo la miró dubitativo pero rebuscó en sus bolsillos hasta que encontró unos papeles impresos que se usaban para comprar diversas cosas.

    - Creo que este pequeño será suficiente, ama. Pero es mejor que guarde el resto por si le hace falta algo más.

    La bruja aceptó de buen grado y ambos se pusieron en marcha. Un pequeño refugio construido a la vera del camino les sirvió para esperar la llegada del vehículo y cuando éste arribó, la mujer hizo una pequeña seña al elfo para que regresara a la mansión.

    Subió los incómodos escalones y saludó al hombre detrás del volante. El se quedó mirando la ridícula facha de la mujer esperando que ésta le dijera su destino. Mynerva bastante incómoda articuló el nombre de la estación de tren y cuando el conductor le dio el precio del pasaje, tuvo que buscar otro de los papeles impresos porque el más pequeño no era suficiente.

    Tomó un pequeño billete que le dieron y obedeció la orden de buscar asiento en el atiborrado bus. Sintió sobre ella muchas miradas interesadas pero al devolver la mirada con curiosidad, los muggles siguieron con sus cosas y no la molestaron. Era extraño que la miraran así cuando la mayoría estaban vestidos de la manera más estrafalaria que Myne hubiera visto en su vida.

    - Estación King Cross.

    Después de un largo trayecto, la voz del muggle provocó un pequeño revuelo entre los viajeros que comenzaron a buscar sus cosas y se aprestaron a bajar. La bruja hizo lo mismo y se encontró frente a las puertas de la gran estación. Trató de disimular su ignorancia y buscó con la mirada el famoso puesto de venta de galletas. Al fin lo encontró. Tres mujeres llevando el mismo uniforme que ella estaban alrededor. Se dirigió hacia ellas y las saludó con una gran sonrisa.

    - Hola profesora Sagitas. Lamento la tardanza, soy Mynerva de Weasley - se dirigió hacia quien intuyó sería su instructora. También saludó a las otras dos muchachas que la miraban sin mucha curiosidad, aunque a una de ellas creyó recordarla de otro lugar.

     

    Observó que las jóvenes leían unos papeles que esperó poder leer ella también.

    Mynerva, matriarca Weasley
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    Sagitas empezó a soltar un discurso larguísimo sobre el estatuto del Secreto de Magos, mientras les tendía de forma disimulada unos cuantos papeles con apuntes para remarcar lo que estaba diciendo. Por lo visto a la mujer le encantaba hablar, o eso parecía. Gatiux se empezó a aburrir casi al principio, ya que todo aquel discurso de que no debían de verlo los muggles lo había aprendido hacía eones en Hogwarts, y lo había aplicado durante su vida. La prueba de ello era que nunca se había metido en ningún lío demostrable con muggles presentes.

     

    - Lo del secretismo es lo primero que te enseñan en el colegio. -terció Gatiux- Ninguno de nosotros habría llegado a la vida adulta sin él. ¿Por qué nos lo está intentando enseñar?

     

    Tal vez la profesora pensase que sus alumnas tenían 11 años y las tenía que asustar con aquellas historias sobre gente que iba a la cárcel o caía en desgracia por usar la magia delante de los muggles. La Malfoy rebufó ante aquel pensamiento y clavó sus ojos amarillos en Sagitas, no le estaba contando nada nuevo con todos aquellos papeles que estaba haciendo aparecer.

     

    - Además, ¿no estás vulnerando de algún modo esta ley? Hablando en voz alta de algo que es secreto en una concurrida estación de trenes -miró alrededor, llamaban mucho la atención para que la gente no se quedase mirando, lo siguiente lo dijo en un susurro- La gente puede ser idi*** hasta cierto punto. Y a alguno le puede llamar la atención esta conversación, por eso me parece extraño que lo saques a relucir como si nada.

     

    La gente iba y venía por toda la estación, muchos se acercaban hasta el puesto de galletas a curiosear y a comprar, por lo que Gatiux pensaba que Sagitas se había equivocado del todo en la elección del lugar para dar aquel discurso, que por otra parte no le aportaba nada nuevo a lo que ya sabía. Lo que a ella le gustaría saber era por qué no funcionaban todas aquellas pantallitas en negro que acumulaba en su habitación o si los muggles podrían ver a los thestral si cumplían las mismas condiciones que un mago, vistos por aquellos que habían estado cerca de la muerte.

     

    Agarró una de las galletas de una de las cajas y comenzó a comerla de forma distraída mientras miraba a los papeles que Sagitas les había dado. Miró a la galleta de forma extrañada, no sabía muy rica, ¿de verdad les estaban vendiendo aquello a los viandantes? Sagitas no duraría mucho en el negocio de la pastelería si vendía aquellos productos. Dejó la galletita sin terminar y cuando vio que ningún muggle estaba mirando se agachó a esconderla debajo del puesto.

     

    -Pobre anciano... me supo mal mentirle.

     

    Fue entonces cuando llegó otra girl scout. Gatiux aprovechó para mirarla de arriba a abajo mientras ella saludaba a la profesora, tras la inspección le sonrió con cordialidad levantando la mano. La chica nueva llegaba tarde, seguramente por la órden de no utilizar transportes mágicos con los que estaban familiarizadas. Le tendió los apuntes que acababa de darles Sagitas para que fuese leyendo mientras tanto para ponerse a la par.

    «I'm a villain, and villains don't get happy endings.»
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    Mi sonrisa decreció un poco al sentir las palabra quejicas de mi alumna. Fruncí el ceño y me rasqué la cabeza en un tic nervioso que solía usar cuando buscaba una solución más o menos diplomática a un problema.

     

    -- Heeeeem... Bueno, estoy de acuerdo que es materia sabida, pero es el primero paso obligatorio de esta asignatura el remarcarlo y procurar que no lo olvidéis. Si todos la recordáis podemos adentrarnos más en la materia de pasar desapercibidos en el mundo muggle.

     

    ¿Notaba un hálito de mal humor o de impaciencia en sus palabras? Vamos, si alguien tenía que estar enfadada, esa tendría que ser Agatha, quien tenía rasponazos en brazos y piernas y no podía usar ningún Episkey para curárselos. Pocos magos resistían el dolorcillo de un rasguño tanto tiempo sin protestar, con lo fácil que era usar un hechizo curativo.

     

    Iba a contestar la pregunta de Gatiux cuando apareció otra alumna. ¡Gracias a los dioses! Esta al menos vestía de forma poco llamativa y llevaba el traje como debía.

     

    -- Señorita de Weasley, bienvenida a la Clase de Estudios Muggles. Acabamos de empezar, lo más interesante es que conozca estas normas básicas de Estudios Muggles -- mirada de reojo con un gesto de reproche a Gatiux, antes de seguir con la recién llegada. -- Son cuatro apuntes de nada sobre las obligaciones de los mágicos ante la presencia de los muggles. Si las tres las tenéis claro y no queréis hacer más preguntas sobre ellas, pues pasaremos a tratar temas muggles concretos, como los semáforos y las indicaciones de señales para organizarse. Tienen un vocabulario especial que debéis conocer para no demostrar rareza cuando sean mencionados durante vuestra presencia.

     

    Miré a Gatiux ahora y me crucé de brazos.

     

    -- Y, por supuesto, soy una buena profa y respeto mucho (o al menos a mi manera) el secreto de la posesión de magia. Nunca me han pillado en un acto delictivo ni han podido demostrar nada cuando ha sucedido algo extraño estando yo cerca.

     

    Sonreí, con la mente inmersa en aquellos incidentes que había participado sin que hubieran podido saberlo, más de los que Aplicación Mágica se imaginaba. Carraspeé ligeramente.

     

    -- He aplicado un Muffliato "especial" en torno a la mesa de las galletas y los que se acerquen sólo sienten sonido de musiquita de los scouts, para animar en la compra. Nadie puede escuchar lo que hablamos. He sido muy cuidadosa.

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