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Nigromancia


Báleyr

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Báleyr

ARCANO DE NIGROMANCIA
____________________

Yacía sobre la nieve fresca, tirado mientras los copos iban sepultando su viejo y gastado cuerpo. Tenía los músculos agarrotados y doloridos, cada aliento requería un gran esfuerzo; cada exhalación parecía ser la última. No podía moverse y tenía la vista nublada, no lograba percibir más que el ulular del viento y el frío. ¡Oh el frío! Esas espadas que rasgaban su carne, que se clavaban sin piedad hasta los pulmones con un dolor punzante. A pesar de haber tratado con la muerte casi a diario desde su infancia, esa vez era diferente. Se sentía desnudo ante una victoria que le sabía a amarga derrota ¿Cuántas vidas había sacrificado para llegar hasta ahí? ¿Acaso lo merecía? Sí, aunque...

 

Débiles rayos de luz comenzaron a romper el oscuro horizonte, primero con una suave delicadeza y luego con una violencia tal que parecían quemar todo a su paso, revelando colores tan brillantes que le hacían daño a su maltrecha vista. El alba no solo traía un nuevo día, también claridad a su mente apesadumbrada. La eternidad que había pasado en las penumbras del corazón de esa montaña habían despertado en él algo nuevo. Ahí, en la agonía de sus últimos instantes, comenzaba a arrepentirse de la vida que había llevado. De las vidas que se había llevado. Lo que sentía no era temor a la muerte ni a lo que le sucediera después, más bien era la amargura de las victorias vacías, la desazón de saber que estaba en la cima de una gran tumba que él mismo había llenado.

 

Había subido llevado por una codicia sin límites, cegado por un ego absurdo y la imprudencia más propia de un adolescente imberbe que de un mago como él. Había ganado, sí, si podía llamar a su actual situación una victoria. Había perdido un ojo, a su maestro, y ahora tal vez su vida. ¿Para qué? Para encumbrarse como el amo de la muerte, para presumir de un poder que escapaba al entendimiento.

 

Caminó por el umbral del mundo y vio más allá del velo gris. Él, hijo de campesinos y un aprendiz embustero que había utilizado todo su conocimiento con egoísmo para procurarse una vida de caprichos banales. Estaba asqueado y avergonzado por primera vez en sus largos años. Al parecer no solo había derrotado el mal que habitaba dentro de la montaña, sino que había acabado con sí mismo.

 

Esa fue la noche en que decidió aceptar la invitación de la Universidad para realizar la prueba. Desde ese momento su objetivo sería enseñar las artes más oscuras y peligrosas solo a aquellos que entendieran los sacrificios que conllevaban aquellas prácticas.

 

Soltó una bocanada de humo que se llevó sus recuerdos y se acomodó en la silla de madera de la mazmorra, entre paredes de barro y estanterías llenas de frascos de vidrio, cerámica, gruesos libros, pergaminos y distintos objetos extraños. Amuletos en la entrada y una mesa central. ¿Este año habría algún alumno que mereciera dar la prueba? El futuro se presentaba incierto, el traslado de la universidad y el pacto con el Ministerio les obligaban a aceptar a estudiantes que en Egipto no habían tenido que soportar. Pero en la ambigüedad del futuro existía algo que escapaba a las predicciones: siempre había una mente ávida de conocimiento y de despertar al mundo. Se llevó la pipa a los labios y perdió el rostro detrás de un libro.

Editado por Aine Malfoy
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  • 1 mes más tarde...

Bostecé, me miré al espejo del baño y después me lavé la cara, frotando con fuerza, para despertarme del todo con aquella agua fría. Sólo a mí se me ocurría lavarme con agua helada, estando la temperatura rozando los cero grados. Pero tenía que conseguir estar despierta porque hoy era el día. Hoy era el gran día. Iba a conocer por fin a uno de los Arcanos de la Universidad.

 

Para mí, como para la mayoría, eran unos desconocidos de los cuales lo único seguro que se sabía es que eran sabios. A partir de ahí, había tanto de rumorología como de verdad en medio de tantos chismes que se hablaban sobre ellos. Que si eran buenos, que si eran malos, que si eran magos de edad incontable, si eran descendientes directos de los dioses primigenios, que si eran estafadores que habían conseguido colarse en la Universidad para cobrar un sueldo, que si vivían como anacoretas, que si tenían palacios perdidos en la cima del mundo...

 

Bah, los rumores me eran igual, al fin y al cabo yo era muy chafardera y seguro que pronto iba a descubrir la verdad. En cierta manera, siempre había oído hablar de las habilidades y, aunque con resultados realmente reprobadores, había practicado alguna. Me sentía orgullosa de poder decir que había conseguido resultados variables en dos "aficiones" relacionadas con mi papel de sacerdotisa: la nigromancia y la occlumancia.

 

Bueno, decir que me sentía orgullosa era algo engañosa. Por supuesto, así me sentía en las pequeñas victorias en las que cerré mi mente para que nadie la leyera y cuando aquella ave elevó el suelo a pesar de haber caído minutos antes con el cuello roto ante mis pies. Sí, orgullosa... Pero durante el camino había tenido más decepciones que logros, no podía decir que fuera hábil con este tipo de poderes que me ignoraban, o sólo se mostraban lo justo para que me empecinara en aprender más sobre ellos.

 

¿Me movía la riqueza? Pues no, ya era rica, aunque mi forma de vida fuera bastante sencilla, sin ostentaciones. Sólo abusaba de mi poder monetaria cuando me encontraba ante una bella y exquisita criatura imposible de conseguir. Ahí mi dinero desaparecía como por arte de magia. Normalmente, no era tan malgastadora y solía respetar la humildad y la falta de ornato que caracterizaba a mi orden de Sacerdocio.

 

¿Me movía el poder? Pues tampoco creo que sea eso; era feliz con un marido excepcionalmente atípico, con un par de familias que eran conocidas en todo el mundo mágico por sus excentricidades, miles de criaturas en un Circo que me hacían feliz, una familia amplia y creciente, unos hijos, sobrinos, primos, nietos y amigos que me hacían sentir orgullosa, mucha experiencia encima por las mil aventuras vividas, un empleo fijo en el Ministerio y buenos contactos, tanto en el lado de los buenos (mis amigos leales) como en el de los malos (mis relaciones con gente que merodeaba por el callejón Knocturn también era sospechada, aunque no reconocida públicamente; yo nunca paseaba por esos lares). ¿Poder? Tal vez no fuera poderosa (que, modestia aparte, creo que lo era) pero sabía moverme entre los poderosos y encontrar favores y hacer favores en muchos ámbitos. En cierta manera, es tan poderoso quien tiene el poder como quien sabe dónde encontrarlo.

 

¿Qué me movía, sin embargo, para decidir entrar en aquel curso con un Arcano desconocido en una materia tan difícil como la Nigromancia?

 

Creo que, sinceramente, el motivo era SABER. Quería saber, quería conocer aspectos de la magia que no estaban al alcance de todos pero, sobre todo, quería resarcirme de mis pequeños experimentos fallidos en los que los resultados no habían sido los esperados. No sé si estaba o no capacitada para saber resucitar a los muertos, pero el hecho de rozar esta habilidad pero no poder conocerla a fondo me había llevado a buscar ayuda para encontrar a un Maestro.

 

Y todas mis pesquisas me habían llevado al mismo nombre: Baléyr.

 

Pocos datos había de él (por no decir ninguno) hasta que, de repente, apareció en la Universidad. Para mí, eso fue una señal Divina, los Dioses me "premiaban", me "retaban", me "ponían a prueba"... Me era igual como se interpretara pero la señal era clara: Aquí tenía mi oportunidad, tantos años buscada, de aprender y perfeccionar lo que la suerte o la improbabilidad había hecho que conociera de forma anómala. ¿Debiera conocer la Nigromancia? Tal vez no, pero algo sabía. ¿Debía perfeccionar la Habilidad de Nigromancia? Tal vez sí, tal vez no. Sólo tenía que convencer a ese Arcano de que merecía ser adiestrada en ello.

 

Por ello, me vestí con mi hábito más sencillo de Sacerdotisa, anudé mi pelo en una cola de caballo atada con un simple lazo de cáñamo, vestí mis sandalias de cuero marrón, como el ropaje que llevaba, y desaparecí de la mansión hacia los terrenos de la Universidad. Allá, busqué el lugar donde había pedido que me aceptaran como aspirante a la Habilidad de Nigromancia.

 

El viejo Sr. Pippin sonreía al ver que me acercaba a él.

 

-- Buenos y frescos días, Sr. Pippin... ¿Sabe cómo puedo acceder al lugar de la Sabiduría del Arcano de Nigromancia? Soy aspirante a adquirir sus conocimientos. Y ahora, entre nosotros... ¿Sabe si le gusta algo? ¿La piña en almíbar, las peras chocolateadas, el aire fresco del Pirineo...? Ande, deme una pista, que me gustaría caerle bien. Tal vez una manzana del Árbol de Avalon...

 

Meneé negativamente la cabeza. Eso nunca. Las manzanas de mi orden de Sacerdocio eran sagradas.

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    - Típico, en las mazmorras –

     

     

    Puso los ojos en blanco, se sentía como una adolescente entrando en Hogwarts para realizar sus EXTASIS. Era una sensación extraña y sin embargo agradable, guardaba buenos recuerdos de su estancia en la institución mágica, a veces le gustaría volver a empezar. ¿Tomaría las mismas decisiones? ¿Acabaría en el mismo lugar?¨

     

     

    La túnica blanca rozó el piso y el pájaro se posó sobre el hombro izquierdo de la bruja. Era negro y tenía el cuello demasiado largo para su tamaño similar al de un cuervo y mucho más apropiado para un cisne, eso sin tener en cuenta el pico de color rojo brillante, que parecía pesarle demasiado a esa cabeza. Los ojos, obscuros por completos, destilaban una inteligencia tal que no podía provenir de un animal. Vaya combinación de blanco y negro entre los dos.

     

     

    - Te dije que debías quedarte, Jazil –

     

     

    El ave la miró, entrecerró los ojos y giró su cabeza hacia delante, no sin llevarse un hilo de cabello rubio de la Malfoy. Ella meneó la propia negativamente, no había forma de que ese animal le hiciera caso.

     

     

     

    Sus pasos firmes la llevaron hasta una puerta de la que colgaba un cachivache ¿Un amuleto, quizás? Pensó la mujer. No se atrevió a entrar como lo hubiese hecho en cualquier otro lado, sino que se limitó a tocar y esperar a que respondiera el llamado. Acomodó una arruga inexistente en la manga derecha y llevó la cabellera rubia hacia atrás, a la vez que le ordenaba por décima vez a Jazil que la dejara sola. El pájaro se limitó a abrir sus alas y colocarse sobre una estatua de metal de algún mago antiguo sin dejar de mirarla.

     

     

    Ella esperó. ¿Cinco minutos? Volvió a tocar. El sonido de la madera se reprodujo a través del corredor que hacía poco tiempo había atravesado. Aguzó el oído, no escuchaba nada al otro lado. ¿Estaría el viejo presente en aquel lugar? Comenzaba a impacientarse, no estaba acostumbrada a que la hicieran esperar.

     

     

    Tocó otra vez.

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    El día tan anhelado había llegado. Emoción era poco para lo que sentía, pues si había esperado tanto por algo en toda su vida era tener la oportunidad de estar frente a alguien tan poderoso, en especial tratándose del aprendizaje de aquella habilidad tan poco atractiva para muchos. Sonrió recordando la sensación de poder que recorrió su cuerpo alguna vez e imaginó las maravillas que haría si lograba superar las pruebas del Arcano.

    Supuso que lo ideal sería llevar su mejor túnica, aunque no hacía la diferencia, al fin y al cabo todas eran del mismo color negro. No quería parecer demasiado soberbia ni muy ignorante, no dudaba de que Báleyr fuese tan poderoso como contaban, incluso se había atrevido a averiguar un poco de su vida, lo suficiente para saber los alcances de su magia y lo que había encontrado simplemente no le parecía suficiente, por eso estaba allí, estaba segura de que el anciano era más de demostrar que de decir.

    La bruja se fue aproximando hacia la Mazmorra, allí los habían citado y mientras lo hacía la figura de otra bruja más impaciente que ella tocaba una y otra vez la puerta del Arcano. Parecía llevar varios minutos llamando sin éxito alguno y no dudaba en que le tomaría al menos media hora más hasta que se dignara a atenderlas; también sabía que los Arcanos, la mayoría, no toleraba a los pupilos.

    —¿Te molesta si...? —Tauro ya se había situado al lado de Mistify Malfoy, a quién dirigió una sonrisa a modo de saludo, pues tenía tiempo de no verla y encontrarla allí era una grata sorpresa. Sin esperar respuesta empujó suavemente la puerta con la palma de su mano y esta emitió un chirrido.

    — Disculpe, es que nadie nos abría —dentro de la mazmorras se podía percibir la magnificencia del Nigromante y Tauro se prometió a sí misma comportarse, necesitaba convencerlo de que ella era merecedora de recibir sus conocimientos.

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    Maldito Mr. Pippin... A parte de perder unos galeones que acabaron en su bolsillo sólo conseguí que me dijera que siguiera el hedor a la muerte... ¿qué demonios podía significar eso? ¿Había algún cementerio en la Universidad? Si aún fuera una Facultad de Sanación, seguro que podría encontrar cuerpos donde oliera de forma especial. ¿Se referiría a eso? ¿O tal vez era más un acertijo relacionado con la muerte...?

     

    Ni idea. Yo no soy buena con los acertijos y los puzzles se me dan fatal, así que, con los bolsillos aligerados, merodeé por la zona a ver si encontraba a alguien a quien preguntarle. No tuve mucha suerte, aunque sentí el roce de unos pies que se movían en algún pasillo cercano.

     

    Intenté seguirlos, más que nada porque aquel lugar estaba demasiado silencioso. En un momento dado, sentí olor a pipa, aquel humo desagradable que había olido demasiado en mi infancia. ¿Sería aquello un deja-vú? Aceleré el paso y llegué a ver el ropaje de una mujer que desaparecía en...

     

    -- ¡Por los dioses, claro! ¡Las mazmorras!

     

    Al final, el trabalenguas de Mr. Pipping tenían algo de razón. ¿Dónde más muertos podría haber que en una mazmorra? Ahora no, claro, pero en sus buenos tiempos, o malos, quería decir...

     

    -- ¡Hey!

     

    Grité a la muchacha que desaparecía en un recodo y corrí, sin pensármelo, para ver a donde se dirigía. Cuando por fin la alcancé, noté que eran dos las chicas que estaban delante de una puerta.

     

    -- ¡Perdón por perseguiros, pero...! ¿Eres Tau? ¿También estudias Nigromancia?

     

    Fruncí el ceño. Ella era mi amiga, pero ... ¿Compartir conocimientos de una Habilidad tan singular con más personas? Sabía que el Maestro Báleyr no aceptaba con facilidad enseñar a aspirantes. ¿Seríamos tres las escogidas? Hice un mohín de desagrada. Amistad, sí, pero si había que demostrar que merecía sus enseñanzas, no iba a permitir que el Maestro la escogiera a ello. ¡Yo estaba más preparada!

     

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    Editado por Sagitas E. Potter Blue

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    Enarcó una ceja y por un momento lamentó no haber tomado la iniciativa ¿qué tal si era eso lo que aquel Arcano estaba esperando? Sin embargo no esperó a que la otra bruja entrara antes que ella y siguió a Tauro atravesando el umbral de la puerta de la mazmorra. Conocía a la hechicera de cabello pelivioleta de sus días en la dirección de la vieja Academia, le sorprendió un poco que estuviera allí, consideraba que la bruja podría tener afinidad con otro tipo de habilidades, si hubiera tenido que apostar, no hubiera ido por Nigromancia.

     

    Jazel lanzó un graznido de advertencia desde su ubicación, que se multiplicó por el largo corredor y le hizo poner la piel de gallina. Maldito pájaro. Se juró cortarle las alas la próxima vez que tenga algo importante para hacer.

     

     

    Giró su mirada hacia afuera, lanzándole una mirada plagada de advertencias a lo que el ave hizo caso omiso.

     

     

    Mistify frunció la nariz. El aroma a tabaco era pesado en el interior de la mazmorra. El aire apenas podía respirarse y una nube de humo se había instalado en toda la habitación. El viejo Arcano estaba ubicado en su escritorio, supuestamente inmerso en la lectura, sin dar señales de haber notado que las tres mujeres estaban allí.

     

     

    La Malfoy lo observó por unos segundos, pero se aburrió del jueguito y decidió observar a su alrededor. El lugar estaba plagado de artefactos extraños, por no decir de libros que parecían milenarios. Si el hombre no estaba dispuesto a hablar, entonces ella no iba a perder el tiempo mirándolo.

     

    Sus pasos se dirigieron con seguridad hacia una de las estanterías atiborradas de pergaminos que parecían antiguos, no sin intentar que su túnica permaneciera del mismo color blanco impoluto. Aunque con esa nube gris a su alrededor dudaba mucho que al finalizar el día pudiera lograr su cometido.

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    ¡Hale, vivan los buenos modales! La ex-directora del Ateneo había entrado antes que yo, así que fui la última en entrar en aquel insólito lugar. Al cerrar la puerta, una especie de amuleto entrechocó con la madera, arrancando unos sonidos lastimosos que me recordaron los gemidos de un fantasma. Bueno, es un suponer. Yo conozco personalmente a un fantasma y no hace ese ruido que dicen que se oye en el camposanto y se le atribuyen a los seres incorpóreos.

     

    Es igual, que me estremecí como si al haber cerrado aquella puerta, hubieran quedado fuera las esperanzas de que todo pudiera funcionar con normalidad. En fin, a eso había ido, a que las cosas no fueran como tendrían que ser normalmente y a despertar a los muertos. O al menos a intentarlo, así que, tal vez, no fuera presentimientos de nada malo sino sólo el miedo a lo desconocido que podía dejar de serlo si el Nigromante llegaba a admitirme como pupila.

     

    Pero éramos tres y él parecía no darse cuenta de nuestra presencia, sumido en una lectura de un libro tan antiguo como él parecía.

     

    -- ¿Maese Baléyr?

     

    Miré a Tau y a Lady Malfoy y sonreí con cierto reparo, como si ese fuera un gesto inapropiado en aquel antro.

     

    -- Porque veo el humo que sale de su pipa, sino diría que este Arcano está tan muerto como los libros que atesora. ¿Creéis que está en condiciones de enseñarnos algo? -- pregunté, algo malhumorada.

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    Una corriente de aire hizo sonar un junco ahuecado que colgaba de uno de sus armarios. Sonó grave y débilmente, como una voz profunda que hablaba en susurros. La mazmorra no tenía ventanas y la puerta estaba cerrada, pero de igual manera había sombras que oscilaban en las paredes de forma acompasada, como si una ligera brisa agitase las llamas de las velas o las cuentas de los amuletos que caían del techo. Báleyr escuchaba atentamente mientras sostenía el viejo libro entre sus dedos alargados, la oscuridad se cernía sobre él. Escuchó y comenzó a mover los labios, leyendo en silencio las runas de una página, pronunciando sin emitir ni un sonido aquellas vetustas oraciones.

     

    Tardaron lo que le pareció siglos en averiguar cómo funcionaba el complicado sistema que abría una puerta, pero en cuanto el picaporte se movió, la habitación se volvió a iluminar y las enormes sombras desaparecieron. Dejó que entraran sin abrir la boca ni levantar demasiado la vista, más concentrado en el dibujo de una estrella de su libro y en consumir el tabaco de su pipa que en presentarse. Les daría más tiempo, unos segundos valiosos para escucharlas y seguir evaluándolas; había sido interesante ver quién era la primera en entrar y tomar la iniciativa.

     

     

    - ¿Maese Baléyr? - una señora sonrió nerviosa ante él - Porque veo el humo que sale de su pipa, sino diría que este Arcano está tan muerto como los libros que atesora. ¿Creéis que está en condiciones de enseñarnos algo?

     

    - ¿Estará usted en condiciones de aprender algo? -farfulló Báleyr con la pipa entre los labios. Dejó el libro sobre el escritorio con suavidad - Aunque con todo el ruido que hacen al entrar en una habitación podrían despertar a todos los muertos del infierno sin mi ayuda.

     

    Se levantó del sillón de madera tosca ayudado por su bastón y se enderezó todo lo que podía un hombre de más de quinientos años.

     

    - No creo que esos libros le puedan servir de mucho, señora Malfoy. Dudo que esté buscando adquirir la voz de un cantante de ópera muerto o coser a su cuerpo las garras de un águila imperial. Sí, se escriben libros de cualquier hazaña anodina. Vengan conmigo, comenzamos la clase.

     

    Los libros de nigromancia eran una rareza, difíciles de encontrar incluso para él que los había buscado toda su vida. Caminó con lentitud hasta una gran mesa de trabajo que se encontraba en medio de la mazmorra. Sobre ella había un gran bulto cubierto por una sábana de lino crudo. Una vez que se ubicó a la cabecera de la mesa, las invitó a acercarse. Las miró detenidamente, a las tres. Eran brujas de ciudad, jóvenes, muy diferentes entre sí. ¿Alguna de ellas sería merecedora de dar la prueba? ¿La rubia? ¿la peliazul? ¿la nerviosa?

     

    - ¿Qué quieren obtener aprendiendo nigromancia? ¿Comunicarse con los muertos? ¿descubrir el velo del futuro? ¿sumergirse en las verdades del pasado? ¿revivir seres queridos, viejos amantes quizá? o -hizo una pausa y tiró de la sábana-... ¿la vida eterna?

     

    Sobre la mesa reposaba el cadáver de un hombre mayor. En sus setenta años, con la mandíbula desencajada y los ojos hundidos, la piel amoratada arrugada y llena de vellos grises. Desnudo sobre la madera, no era más que cualquier hombre, nada lo diferencia de otros muertos. Desprendía un olor nauseabundo que comenzó a inundar toda la mazmorra. El Arcano ni se inmutó ante el hedor, estaba demasiado acostumbrado a él.

     

    - Primera lección, pueden considerarla una advertencia si son lo suficientemente listas. La muerte es ineludible, no existen argucias que nos permitan escapar de ella. A menos que estemos dispuestos a hacer grandes y terribles sacrificios...y aún así jamás nos dejaría de perseguir para pedir más.

     

    Se detuvo y levantó una navaja muy afilada.

     

    - ¿Quién hace los honores?

     

     

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    En cuanto aquella voz cavernosa resonó en la habitación, me arrepentí de mis últimas palabras. Mi primera presentación ante el gran Arcano Nigromante y le faltaba al respeto. Apreté las mandíbulas, a punto de soltarle una fresca, diciendo que me parecía que dormitaba, como si no tuviera ninguna intención de enseñarnos nada. Pero después repensé mi contestación y decidí mostrarme digno ejemplar de mi sacerdocio, así que bajé la mirada a sus pies (por cierto, interesantes zapatos) y pedí disculpas.

     

    -- Espero ser digna aprendiz de su Habilidad, Maestro Báleyr -- musité, intentando parecer humilde. Aspiré con fuerza para calmar mi ansiedad, llenando mis pulmones de un aire viciado de humo de pipa. -- Le pido disculpas por la ligereza de mi comentario inoportuno.

     

    Su siguiente pregunta me hizo pensar. Lo había cuestionado tantas veces en mi cabeza, el motivo por querer aprender Nigromancia... Cerré los ojos y me volví a preguntar, por enésima mil veces antes, el porqué quería aprender esa extraña y casi imposible Habilidad, negada para tanta gente.

     

    -- Creo que mi principal motivación está en conocer a fondo el mundo de mi marido. Dudo que esta habilidad pueda hacer que le devuelva a la vida, teniendo su cuerpo es estado desaparecido, pero el mundo de la Muerte me atrae. No quiero vida eterna, mi marido me espera y deseo llegar algún día a su lado en el mismo estado etéreo que él. Pero...

     

    Miré con desgana y cierto asco el cadáver desnudo que estaba encima de aquella mesa. Con razón el aire estaba tan viciado allá. Necesitábamos abrir una ventana cuanto antes, pero allá no había ningún vano disponible para aligerar el ambiente. Así que respiré con dos dedos en la nariz, como si de esa manera pudiera paliar el olor fétidos.

     

    -- Me atrae saber y conocer que puedo salvar a algún muerto de su camino hacia la otra vida. Creo que algunas muertes son injustas, que no les ha llegado el tiempo y, supongo, que algún factor emocional y egoísta me impulsa a devolverles a este presente. Creo que... si hubiera conocido antes esta Habilidad, hoy mi marido estaría vivo y no sería un fantasma que vaga por la Potter Black.

     

    Cerré los ojos para no ver aquella masa carente de vida, mi mente volvió hacia todos los humanos que había visto morir delante de mis ojos, algunos de forma muy injusta.

     

    -- ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que sea imposible la vuelta atrás, el retroceso de la Muerte? Y, por curiosidad... Ese ojo que le falta... ¿es uno de los precios que se paga por este conocimiento?

     

    En aquel momento me pregunté cuanto estaba dispuesta a pagar para adquirir aquella Habilidad y si un ojo o algún otro órgano de mi cuerpo sería un pago aceptable para mí. Arrugué los labios en un gesto de disputa conmigo misma. Después negué con la cabeza, esperando que Maese Báleyr no pudiera leer mis oscuros pensamientos.

     

    -- Si la navaja es para hacer algún sacrificio de sangre, estoy dispuesta. Si es para mutilar el cuerpo... Mi sacerdocio me lo impide. Creemos que el cuerpo debe de permanecer lo más íntegro posible para llegar al otro lado. No mutilo cadáveres, aunque no me importe abrirme una herida y dejar que mi sangre riegue el suelo, si es necesario. Tengo pociones abastecedoras de sangre para cubrir cualquier debilidad imperiosa.

     

    Tal vez sonaba demasiado predecible, pero no me gustaba correr riesgos innecesarios.

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    ¿Porqué Nigromancia? Mistify se cruzó de brazos sin dejar de observar al viejo Arcano. Había leído de él, pero ella también pasó por mucho y unas cuantas canas aunque fueran de novecientos años no la asustaban. Sin embargo no podía decirle que probablemente utilizaría sus nuevos conocimientos en beneficio propio. Que saber, significaba poder, aunque esa fuera una frase demasiado usada y que muchos la decían sin entender el verdadero significado. Ella lo entendía y lo comprobaba a diario.

     

     

    Sin embargo Báleyr siguió hablando, parecía no prestar demasiada atención a lo que ellas pudieran decirle, pero la bruja se convenció a sí misma que el hombre no necesitaba escuchar palabras y seguramente quería intimidarlas. Y el que a continuación les dijera acerca de terribles sacrificios y que destapara como si nada un cadáver maloliente, lo confirmó.

     

    La mirada esmeralda de la Malfoy no se apartó del cuerpo inmóvil, pero su mente se llenó de preguntas. Entre ellas la que en ese preciso instante formuló la Señorita Potter Black. ¿Cuánto tiempo?. Recorrió el rostro sin vida con interés. ¿Se podía volver a la vida a alguien de quien solo se tenía cenizas? El recorrido llegó hasta el torso violáceo. Cuándo volvían ¿eran los mismos magos que se habían ido o eran algo mas? Sus partes íntimas, marchitas y cubiertas de vello grisáceo. ¿Recordarían su vida anterior, el instante de su muerte? Los ojos se detuvieron en el brillo de la navaja. No se movió de su lugar.

     

    ¿En verdad tendría que ensuciarse? Escuchó por delante de ella la respuesta de la bruja de cabello violeta.

     

     

    No estaba tan segura de eso. La túnica blanca. Impoluta. Apretó los labios y los puños a los costados del cuerpo. No podía ensuciarse, tenía que mantener el blanco absoluto. No le importaba el hedor que emanaba aquel cuerpo que parecía llevar varios días así. No le importaba matar a nadie, si le era necesario. Podría levantar su varita e incluso asesinar a la bruja frente a ella si el Arcano se lo solicitara a cambio de Conocimiento. Pero el solo imaginarse cubierta de suciedad, de imaginar sus manos inmersas en el cuajado estado en el que estaría la sangre, le producía náuseas.

     

    Una varita mágica larga, lisa y oscura apareció entre los dedos de la bruja.

     

    - Si le parece, Maestro Báleyr - alzó la mirada, no estaba segura de cómo debía de llamarlo - ¿Así debo llamarlo? - le preguntó para agregar a continuación - Si le parece, prefiero utilizar mi propio instrumento - se acercó al Arcano y sin dejar de mirarlo recogió la sábana del suelo. Hizo un preciso movimiento con su varita y en la tela se dibujó un pequeño corte. - ¿En dónde necesito cortar? Dicen que el alma es lo que le da vida al cuerpo ¿Se aloja en algún lugar en particular? ¿En el cerebro? - lo señaló con su varita - ¿En el corazón? - apuntó hacia el pecho del muerto. - Usted dirá.

     

     

    Su objetivo no era presumir de poderes, estaba segura de que el Arcano la superaría con creces. Pero no podía... no podía... tenía que ser blanco.

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