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Prueba - Libro del Equilibrio


Lisa Weasley Delacour
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Las circunstancias a las que nos enfrentábamos eran criticas y extravagantes, como siempre sucedía a la hora de encarar la prueba final de los guerreros del desierto. Las posibilidades de sobrevivir nulas. El miedo se veía a través de las brillantes pupilas de los presentes, incluida la de Hades y miá. El humor estaba caldeado por la falta de información y eso conllevaba a que el clímax de la cátedra fuese el peor para afrontar los mil y un problemas a los que Badru nos obligaría a plantar cara.


Las criaturas del abismo nos tenían acorralados contra el mas alto y puntiagudo de los desfiladeros. Estas, coaccionadas por una fuerza mayor, nos amenazaban con lanzarnos al vació si no los derrotábamos. El templo no era si no la prueba mas completa y peligrosa a la que nos habían expuesto los Uzzas. Habiamos logrado hallar y recuperar los pétalos blancos de los cuales extraían la esencia necesaria para conjurar al elemento madre, pero después de eso todo se volvió un complot caos.


Estábamos, por decirlo de alguna manera, ***idos. En las manos del Ragnarok había una bolsa con el articulo encomendado, ¿porque nos tenían que seguir acosando? Fácil, Podian. La universidad tenia un consenso con ellos. La respuesta llego en forma de voz siniestra, una que retumbo por todos y cada uno de los pasillos de la antigua ubicación. El mensaje era corto, pero definitivo. La tonalidad burlona y mística me recordaba a aloquen, no obstante, no me puse a deliberar a quien, tenia cosas mejores que hacer.


Debíamos saltar la brecha de lava hacia el otro lado, acabar con tres inferis y recorrer el mino laberinto para llegar al domo de lucha, donde combatiríamos frente a frente contra uno de nuestros iguales. Claro esta parecía fácil, no lo era. La zanja era de siete metros de largo mas o menos y unos veinticinco de profundidad. En el laberinto había una especie de bruma verde, que probablemente envenenaba y te ahogaba si la respirabas y los inferis no eran santo de mi debocan. Llego la hora, lo supe al escuchar ya campana.

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Maldijo por lo bajo, en algún momento Badru pagaría todo aquello que les estaba haciendo, claro estaba, no podía quejarse ni decir nada ya que era él, el guerrero Uzza quien sería su próximo maestro si salían vivos de allí. Rodeados y heridos, vaya forma de terminar con aquella clase. ¿Cómo habían caído en aquella trampa?, claro no había sido evidente, pero sabía que no podían bajar la guardia en ningún momento, se habían confiado y ahora estaban pagando aquello con creces.

 

-Cuidado a la derecha –dijo el cainita en tono apremiante- debemos aguantar aquí y quitarnos a esas cosas de encima, sino moriremos, no podemos dar ningún paso más atrás –comentó recordando aquella vez que los guerreros espartanos machacaron a los persas en las termopilas antes de ser traicionados y todos muertos. Aquella era o parecía la misma escena solo que los inferís eran los espartanos.

 

Guardo aquella bolsa que llevaba entre sus níveas manos, habían pasado demasiadas cosas para conseguir aquellos pétalos como para que por una tontería los fuerana perder. Aquello era su responsabilidad y daría la vida por proteger aquello que Badru le había ordenado conseguir. Sabía que las cosas se veían muy mal, a parte de aquel abismo cuyo final era un rio de lava algunos metros hacia abajo también tenían aquellos inferís (3 por cada uno) que los seguían obligando a dar pasos hacia atrás y para colmo si es que sobrevivían a esos 2 primeros obstáculos debían cruzar aquel pasadizo lleno de antorchas que emanaban la esencia de los pétalos de pensamiento, aquel lugar que habían evitado antes pero que parecía ser su única salida al menos hasta llegar a la cámara donde seguro encontrarían alguna otra sorpresa o tendrían que enfrentarse a sus iguales.

 

Hizo memoria intentando recordar ¿Cuándo había sido la última vez que se había encontrado en tal problema?, pero no vino nada a su mente, quizás porque era un desmemoriado de lo último. Intento recordar si había pasado algo así en Grecia y a su mente vinieron cosas mucho peores y peligrosas. Dibujo una mueca, en aquella ocasión siempre había alguien que le ayudaba, ahora debía confiar en Lisa y en los demás apéndices para salir de aquel problema en el cual se habían metido.

 

-Claro y quieren que demostremos que somos dignos acabando muertos –susurro con tono de pocos amigos- pero no les daremos el gusto, al menos yo no…

 

 

************

 

Parejas de Duelos

 

Lisa Weasley Delacour vs. Hades Ragnarok

Zack Ivashkov vs. Leah A. Ivashkov

Anne Gaunt vs. Valkyria Karkarov B.L.

Mei Black Delacour vs. Elvis F. Gryffindor

Taurogirl Crouch vs. Shalyit Malfoy Karkarov

 

************

 

Reglas de la Prueba Final

 

  • El ganar o perder en los duelos, no varía el resultado en la prueba. Se considera la participación, saltar los obstáculos y la actividad en ésta.
  • Pueden pasar los 2 primeros obstáculos en uno o 2 post (es a elección) pero el tercer obstáculo deberá ser en uno nuevo.
  • Los hechizos permitidos son los Hechizos Neutrales, Graduados y los Poderes de los Libros Nivel 1, 5, 7 y 10
  • Las reglas que se usarán son las mismas que rigen los duelos en general, 1 vs 1.
  • En caso de no recibir respuesta del rival dentro de las 24hs, surgirá de la tierra un inferí sediento de sangre que querrá destrozar al aprendiz. Deberá defenderte de él. No se podrá ser utilizado para atacar a tu rival en caso de que este vuelva.
  • Para dudas, postear en Consultas y Sugerencias del Libro del Equilibrio
  • La prueba cierra el día 4 de Abril

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Un escalofrío recorrió toda mi espalda. Podía sentir que la adrenalina recorría por mi cuerpo como si me incentivara a hacer mucho más de lo que pensaba. De hecho podía admitir que era lo que hacía que moviera mi cuerpo, la Sangre de los Leones recorría mis venas y estaba seguro que lo llevaba en el ADN, no podía quedarme de brazos cuando teníamos cosas que hacer. No era una simple batalla, los Guerreros Uzza calificaban más las habilidades de cada uno que cómo usábamos los poderes. Eso venía luego.

 

¿Cuántos metros tendrá ésa brecha? Ni de locos llegaremos saltando —comenté en voz alta, aunque claramente había sido un pensamiento en voz alta mientras el resto de mis compañeros se encontraban allí tambien listos. No era un trabajo en grupo, cada uno debia demostrar de lo que era capaz, pero eso no quería decir que pudiéramos unir fuerzas para luego enfrentarnos. Claramente que después de ésas pruebas, tendríamos que solamente limitarnos a nuestras varitas y los poderes de los libros. Miré a ambos lados, pensando como sobresaltar la lava.

 

Caminé algunos pasos, mientras que si me acercaba al borde podía sentir el calor de la lava que recorría como cualquier río dentro de un bosque. Del otro lado había un buen numeroso grupo de Inferi mirándonos. Sabían que pronto sería la oportunidad de ellos para atacar. ¿Pero cómo cruzar el río llameante? No había grandes cosas para usar de puente. Había pensando el las semillas de hielo, pero se derretirían antes de que se congelara todo, era obvio. No sabía porqué, pero no confiaba plenamente en el colgante para planear. No levantaba vuelo, sino planeaba. ¿Y si no llegaba a levitar lo suficiente y me quemaba? Eso dolería demasiado.

 

Un ruido hizo que me diera la vuelta. No estaba seguro si podría utilizar el hipogrifo de Lisa, pero no necesitaba el permiso del animal, ni de mi compañera para hacer aquello. Llevé mi mano hacia el Anillo de Amistad con las Bestias y lo activé. Automáticamente me sentí vinculado con aquel animal, como tenía el conocimiento de Criaturas incluso podría manejarlo, pero no quería que a mitad de vuelo se revelara así que lo apunté con mi varita antes que nadie hiciera nada. Pensé en un Orbis Bestiarum. Había sentido, gracias al anillo que el hipogrifo había sentido una especie de intromisión pero ahora estaba plenamente obligado a obedecerme gracias al anillo dorado que loe envolvía.

 

¡Prometo que te lo devuelvo, Lisa! —comenté mientras iba corriendo hacia el lomo del animal, y subía encima de un gran salto. Tuve que aferrarme a las plumas y ponerme por detrás de las articulaciones de sus alas. Un "Hey, andando" resultó para que el hipogrifo abriera sus alas y corriera en dirección al rio de lava. De un gran saltó, lo sobrepaso y con sus alas tomó apenas un poco de vuelo, unos dos metros del suelo. Aleteó hasta que sobrepasamos la enorme linea roja y llegamos del otro lado. No iba a desaprovechar el animal, asi que con la misma fuerza del aterrizaje fue a parar contra el primer Inferi.

 

De un salto me bajé del animal. Ya casi el poder se iba acabando así que le ordené que regresara donde lo había tomado prestado. No miré hacia atrás pero esperaba que a Lisa no le molestara. El animal tomó vuelo y regreso, dando unas vueltas por sobre la cabeza de todos. Cuando volví la vista hacia abajo, pude ver al Inferi que casi le había arrancado el cuello. Intentaba levantarse pero solamente lograba que su cabeza se moviera más. Dos Inferis más se acercaban, así que tenía que aprovechar. El que tenía a la derecha era el más cerca, por eso pensé en la solución más rápida. Levanté mi varita y lo apunté, pensando en una Arena de Hechicero.

 

La luz que emitieron ése polvo cristalizado fue tan fuerte como el sol y cegó al Inferi, que frunció toda la cara y gruñó cada vez más, pero me corría tiempo para que éste no me pegara con sus manos torpes. Caminaba en otra dirección hasta que tropezó contra el compañero que había caído primero. Sin esperar más tiempo, del otro lado de los Inferis caídos, se acercaba un tercero, así que volví a levantar mi varita. La ventaja de aquellos poderes es que no necesitaba casi ni hablar. Mi varita apuntaba a diferentes partes del cuerpo, mientras pensaba en las Flechas de Fuego. Éstas iban saliendo una detrás de otro. Impactaban en la cara, en el cuello, en el torso y en los brazos del muerto viviente, que no se daba cuenta que se iba prendiendo fuego y despedazando. El olor impregnó mis fosas nasales.

 

¿Es un laberinto? —no sabía porqué, pero estaba volviendo a pensar en voz alta. Cuando me di vuelta, había una especie de entrada que daba paso a un laberinto. Aquel templo era mucho más grande y mucho más peligroso de lo que parecía desde afuera. Había otros Inferis pero parecía que éstos se concentrarían en el resto de mis compañeros. Los tres a los que me había enfrentado estaban en el suelo. El último, el que se estaba calcinando, se había llevado puesto a los otros dos y hubiera querido o no, el fuego los había empezado a lamer. Además uno estaba totalmente cegado y el otro con la cabeza colgando solamente por un tendón podrido y blanco. Caminé hacia el laberinto.

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GOLDOR ♦ DEMONIUM MERIDIANUM

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—¿Por qué siempre terminamos en la misma maldita situación? —bufó con exasperación, sacando la varita de donde la había metido mientras corrían a lo que parecía una muerte segura.

 

El calor la iba a volver loca y no supo a qué se debía hasta que pisó el borde del abismo, haciendo que pequeñas piedras se resbalaran hacia él, así como toda su valor. Perdió el color de inmediato, cuando sus ojos enfocaron la lava en el inferior de la larga caída, ahí donde los veinticinco metros acababan. Su blanca piel había estado cubierta por una ligera capa de sudor después de la carrera y ahora tenía el aspecto de un enfermo, con la tez ligeramente verdosa, como si fuera capaz de desmoronarse en un momento debido a una grave infección.

 

Las alturas, odiaba las alturas.

 

Su mano, con todo y varita, voló al brazo de su novia, que estaba apenas a unos centímetros de ella y aunque apretaba fuerte, no hizo nada para mirarla o moverse. Se congeló por completo, siendo incapaz de pensar en nada más que en la caída y en la muerte segura que había debajo. Cada vez que le pasaba, se olvidaba prácticamente de quién era, de lo que podía hacer con un movimiento de varita y se volvía una completa inútil con una vara de madera en la mano. La lava era su preocupación menor, lo que en realidad estaba viendo eran los veinticinco metros como si fuera una caída sin final.

 

—A-amor... ¿Amor? —murmuró sintiendo una gota de sudor frío descender por su cuello y la voz tranquilizadora de Tau fue lo único que la hizo apartar los ojos—. Vale, vale. Está bien.

 

Tragó saliva y apretó con fuerza los dedos entorno a la varita, haciendo que esta soltara chispas. Puedo hacerlo, se recordó en voz baja. Dio dos zancadas atrás, empujando a alguien que no volteó a ver y posó los ojos en la otra orilla, antes de correr y saltar.

 

¡Ascendio!

 

Aunque algo tartamudeado, logró decir el hechizo correctamente. Su cuerpo salió disparado hacia arriba y hacia delante, hasta que hubo recorrido al menos la mitad del trayecto. Entonces activó el amuleto volador, planeando los metros faltantes de los siete en una caída suave que casi la mata de un infarto. Al caer en la tierra, giró sobre sí misma varias veces, acabando boca abajo con los dedos firmemente apretados en la superficie plana. Estaba viva. Cuando pretendía respirar, notó que algo se arrastraba hacia ella y tuvo que ponerse de pie de un salto.

 

Flechas de Fuego.

 

El pensamiento arrojó de inmediato una línea de filamentos rojizos desde la punta de su varita, que rápidamente se dirigieron al objetivo. Los tres inferis, no muy inteligentes, venían todos en conjunto hacia ella, dando tumbos hombro con hombro mientras intentaban alcanzarla, así que los filamentos dieron contra todos haciendo que cayeran al piso. Vale, no había salido del todo mal. Giró la cabeza en busca de su novia, viendo qué había hecho para pasar el primer obstáculo.

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Estaban acorralados y prácticamente no había escapatoria. Por algún motivo siempre terminaban atrapados o con alguna edificación a punto de caerles encima, pero no había tiempo para buscar culpables, de inmediato su atención se centró en el gran abismo que tenían delante y en la mano que la apretaba.

— Todo va a estar bien —dijo intentando tranquilizarla, sintiendo el impulso de protegerla tal como la primera vez, pero el escenario que tenían frente a ellas era uno completamente distinto y dudaba que el resultara terminara siendo el mismo. Tauro le volvió a asegurar nuevamente que todo estaría bien y hasta que Leah no tomó la iniciativa que hacer algo, ella tampoco lo hizo, sólo cuando pudo comprobar que se encontraba bien (o al menos había llegado hasta el otro lado) pensó una solución para sí misma.

Y entonces tuvo una idea.

Orbis Bestiarum —pensó y un anillo dorado de poder envolvió una de las Tarántulas gigantes de cuatro metros que los atacaban, que pese a lo feroz y mortal que lucía no podía hacer más que rendirse a su control. Así mismo empleó también el Anillo de amistad con las bestias para comunicarle sus intenciones y el favor que necesitaba de ella. La empatía que Tauro estableció con la Tarántula fue inmediata y agradeció todo el tiempo que estuvo como Directora en la reserva y las clases que dictó alguna vez sobre el Cuidado de Criaturas Mágicas

«Necesito que hagas la telaraña más fuerte que hayas hecho alguna vez y me lleves al otro lado» le ordenó mentalmente. Tauro observó el rápido trabajo realizado por la bestia y en cuánto terminó de tejer un perfecto puente hecho de telaraña que llegaba al otro extremo, se subió en su lomo dispuesta a ser transportada. Una vez estuvo a salvo de un brinco volvió a pisar el suelo.

— ¿Estás bi...? —estuvo a punto de preguntarle a su novia si se encontraba bien, pero en cuanto se giró tres inferis más se aparecieron frente a ella, dispuestos a matarla.

«Flechas de Fuego» pensó, imitando a la Ivashkov que no se encontraba muy lejos de ella, logrando tumbar al primero de los inferis. Con los dos restantes decidió emplear nuevamente a la Tarántula para que ella misma se encargara de despedazarlos con sus patas y dientes y al final terminó por envolverlos en su telaraña como una más de sus presas.

— Amor, aquí estoy —susurró a su novia, volviendo a tomarla de la mano. Lo mejor era seguir, pues la Tarántula no iba a estar para siempre bajo su control y pronto volvería a ser nada más que su enemiga, aunque tenía los inferis para entretenerse y eso la retrasaría.

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—Asco —exclamó con una expresión de desprecio, mirando a su novia viajar con una tarántula a través de un puente de telaraña que la misma bestia había confeccionado.

 

Sin embargo, no estaba en condiciones de hacer bromas o expresar su alto desagrado por los bichos, simplemente miró cómo la mujer se defendía de forma magistral de los Inferis destinados para ella. Veía algo borroso y parecía que iba a caerse en cualquier momento, sólo que encontró fortaleza en los ojos azules de la Líder Mortífaga y en la mano que la sostuvo. Quiso responder de inmediato a su incógnita y se enfocó en hacerlo, pero tardó más de lo debido y sabía que Tau no iba a pasarlo por alto.

 

—Estoy bien —esbozó una especie de mueca que quiso ser una sonrisa y asintió—. Vamos, mi vida, no quiero que esa cosa retome el control de su feo cuerpo arácnido.

 

Acariciando con el pulgar la suave piel de la mano entre la suya, la Atkins empezó a andar hacia delante sin ninguna intención de volver y ayudar a sus compañeros. Si ella, que temía a las alturas a un punto peligroso para su propia vida, había podido saltar los siete metros, ellos podían hacer lo mismo. Elvis había tenido la delicadeza de robarle el Hipogrifo a Lisa, los demás podían usar la inventiva y ver qué demonios hacer sin su presencia, ella necesitaba alejarse lo más posible del abismo y sus largos metros en picada.

 

El laberinto las esperaba y empezaba a sudar otra vez, más que todo porque había algo verde saliendo ahí donde tenían que entrar. Sólo cuando estuvo bastante cerca y la garganta empezó a picarle, se detuvo en conjunto a su acompañante. Verde, como una bruma, espesa y de aspecto curiosamente peligroso. Aquello era veneno. Alzó la mano izquierda, donde los dos anillos -el de compromiso y el que tenía todos los anillos de los libros fusionados- resplandecían aún estando todo en una leve oscuridad y pasó el pulgar por él, haciendo que uno en específico se activara: anillo anti-venenos.

 

Orientame —pidió a su varita, extendiendo la palma con ella en el centro para crear una brújula mágica.

 

Esperó hasta que Tau hizo lo mismo y ambas empezaron a andar por el camino de serpiente, discutiendo en ocasiones sobre qué camino tomar en consideración a los múltiples caminos que aparecían con respecto a la dirección de su varita.

 

—Por fin —unos largos diez minutos habían pasado y las dos, por fin, visualizaban el domo.

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No había sido suficiente con lo que les había recibido apenas llegaron al templo, sino que ahora, una vez dentro, tuvieron que encontrarse con todo aquello que les esperaba. Sintió la tierra vibrar mientras la misma se resquebrajaba y separaba, formando una brecha tan ancha como peligrosa, sin contar el hecho de que varios metros por debajo había un río de lava esperándolos para calcinarlos. ¿Y qué decir de la amistosa bienvenida que les esperaba del otro lado? Aquellos Inferis no se rendían, no habían tenido suficiente con atacar su refugio, ni con recibirlos a la entrada, sino que parecían dispuestos a darles un caluroso abrazo de felicitaciones por conseguir aquellos pétalos de pensamiento.

 

¿Qué hay más allá? – preguntó, aunque nadie pareció oírla, pues se hallaban más concentrado en pasar al otro lado.

 

Hizo una mueca con la cara, odiaba aquello, no tenía particulares ganas de enfrentarse por tercera vez a aquellos cadáveres resurgidos a base de magia tan oscura como siniestra.

 

¡Esperen! – exclamó, al ver que algunos ya comenzaban a pasar al otro lado.

 

Miró de un lado al otro, pensando en algo por hacer para poder cruzar. Una idea cruzó por su mente, no muy segura de que funcionara, pero era lo único que se le ocurría y no podía darse el lujo de perder más tiempo y quedar rezagada.

 

Wingardum leviosa – susurró, apuntándose a ella misma. El efecto fue inmediato, sus pies se despegaron del suelo y comenzó a flotar en el aire, aunque sin control. No deseaba realmente controlar su ascenso, sino más bien ascender, no importaba el cómo.

 

Miró entonces hacia abajo. Aún no se hallaba lo suficientemente alto, por lo que se dejó ir unos pocos segundos más. Y entonces, deshizo el hechizo, comenzando a caer rápidamente, pero lo más rápido que pudo activó su colgante, aquel amuleto volador que logró hacerla planear en el aire, atravesando la brecha que los separaba de aquellos inferís de aspecto putrefacto.

 

Aterrizó en tierra nuevamente, aunque demasiado cerca de la brecha para su gusto. De haber quitado dos segundos antes el hechizo, probablemente no habría alcanzado a llegar, y en ese entonces otro sería el cuento.

 

Flechas de fuego pensó, al ver que ya tres inferís venían en su búsqueda. De la punta de su varita comenzaron a salir filamentos de fuego, uno detrás del otro, por lo que aprovechó para mover su varita de un lado al otro, haciendo que el hechizo impactara en los cadáveres y éstos se lanzaran al suelo, retorciéndose ante el contacto con el fuego, el cual les afectaba de forma muy notoria.

 

¿Un laberinto? – susurró, notando lo que tenía por delante – ¿Será que realmente esta dirección es la única salida? – inquirió, aunque sus piernas ya se movían para dirigirse hacia la entrada de aquel lugar de aspecto verduzco, el cual no tenía buena pinta.

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No supo en qué momento y cómo llegaron a esa situación cuya presión extremista los obligaba a pensar con rapidez para salir del apuro. De pronto todos los pupilos se encontraban frente a una enorme brecha que debían cruzar, próximos a caer por el abismo del cual emanaba un calor abrazador y con otros peligros asechándolos al otro lado. Zack limpió unas pocas gotas del fluido que brotó de sus poros en la frente y luego invocó su varita mágica para poner manos a la obra.


Estando en aquel lugar, de vegetación variada, no le fue difícil encontrar algo que pudiera servirle. De inmediato apuntó a un árbol tan alto que la copa se perdía entre el resto, con un tronco tan fuerte que hasta él mismo dudaba de poder moverlo con el hechizo que haría a continuación.


—Mobiliarbus— La enorme secuoya sacó su raíces del suelo y se puso a merced del vampiro. Éste no dudó en colocarlo al borde de la brecha de manera que su enorme copa pudiera caer al otro extremo y formar así un puente. El estruendo de la enorme madera cayendo al suelo fue ensordecedor, pero eso no le impidió subirse en él y comenzar a atravesarlo. Fue entonces cuando pudo ver con más claridad que estaba sobre lava, de ahí provenía el calor. Se echó a andar con tal rapidez que llegó al otro lado casi al mismo tiempo que sus colegas.


Sentía que su piel comenzaba a quemarse por el vapor que emanaba del magma ardiente, aun así no tenía tiempo de ocuparse en revisar su cuerpo cuando tres inferis, de exquisitos, buscaban alimentarse con él. Si todavía había magos y brujas que no se habían dado el tupé de probarlo, mucho menos lo harían aquellas criaturas raras. Frunció el ceño y le apuntó con su varita al primero de ellos.


—¡Incárcerus! — Las tres gruesas sogas salieron disparadas en su dirección atándolo de brazos, pies, y boca. Esta última quedaría tan abierta que no podría causar daño alguno en caso de que alguien se aproximara. A continuación, al notar la rapidez con la que los otros dos inferis se movían, hundió su mano en el bolsillo y un segundo más tarde estalló contra el suelo sus semillas de hielo congelando toda la superficie de la tierra. Las criaturas resbalaron a solo dos metros de él, dándole tiempo para atacarlas.


—Flechas de Fuego— Una especie de ráfaga ardiente fulminó la anatomía de los dos inferis restantes, calcinándolos, convirtiéndolos en cenizas. Hasta entonces, el mago pudo dar un respiro confiado en que el peligro había acabado. Sin embargo, las voces de sus compañeros lo alertaron de que todavía había una traba más en el camino. Rodó los ojos. Él solo quería desplomarse sobre la pista de hielo artificial y dejar que el frío volviera a su cuerpo.

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Todo había ocurrido demasiado rápido, de estar acampando a gusto en un claro a estar al borde de un abismo. La ojimiel buscó con la mirada una posible vía de escape pero estaban acorralados. No podían regresar por donde habían llegado ya que la cantidad de inferis era demasiada para ellos, tanto que daba la impresión que mientras más los detenían estos se multiplicaban. La única salida que tenían era cruzar al otro lado de la brecha y al parecer no era la única que había llegado a esa conclusión, uno a uno los compañeros de clase fueron abandonando ese lado del abismo.

—Morphos — siseó la matriarca Karkarov en dirección de un tronco de muy buen tamaño, este presa del efecto de la mortifaga se transformó de inmediato en un cóndor adulto. Aquella ave era una de las más grandes que conocía, sin embargó no podría soportar el peso de la castaña por lo que con una nueva fortuita de su varita dijo — Engorgio— el rayo impacto en el animal y triplico su tamaño normal.

— Vamos amiguito… lleváme al otro lado — ordenó la bruja, el cóndor desplego sus enormes alas levantando vuelo. La ojimiel estiró los brazos y el ave los aprisionó con sus enormes patas. Si bien el contacto con la piel rasposa le hacía doler ahí donde la tenía sujetada, era mejor que morir quemada por la lava o devorada por los inferís.

Una vez que llegó al otro lado el ave creada por la castaña la soltó a pocos centímetros del suelo cayendo de pie demasiado cerca de un inferí que aprovecho la oportunidad para hacerle una herida no tan profunda en el brazo > alcanzó a pensar la ojimiel. Aquella era la segunda orden que le daba al cóndor y este la cumplió de inmediato pues se interpuso entre la ojimiel y los tres cadáveres furiosos que amenazaban a la bruja.

Pasados un tiempo de feroz lucha y gracias al enorme tamaño del animal, uno a uno los inferís fueron retrocediendo hasta ser empujados hacía el abismo, aunque claro el cóndor también había salido lastimado. Una vez que el inminente peligro había pasado observó a su alrededor aunque no sirvió de mucho, pues no tenía ni la remota idea de donde estaba.

— Odio los laberintos… nunca sabes que hay dentro y considerando lo locos que están los Uzzas… — Comentó la Karkarov en dirección de Elvis.

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Al parecer cada uno de los aprendices tenía una técnica diferente para intentar salir de aquel problema, sin embargo, él estaba pendiente tanto de su hermana como de su propia persona. Bufo por lo bajo sopesando en una milésima de segundo cada una de las opciones que se le habían presentado en la mente. Dibujo una mueca mientras un brillo aparecía en sus orbes negros como el abismo.

 

Las cosas obviamente se habían salido de control, sin embargo, había mantenido la calma. No pedio tiempo ya que a cada segundo que pasaba el cainita veía como aquellos inferís e multiplicaban. Contó en su mente y canturreó aquel mantra tan infantil, el cual por su propia seguridad no cantaría en voz alta, solo por si las dudas. Despego sus ojos de aquellos inferís por un segundo para calcular la distancia entre donde se encontraba y la otra punta de la pared del otro lado.

 

-<<Flechas de fuego>> -invoco provocando que de su varita salieran aquellos “misiles” de fuego que comenzaron a quemar a los 3 inferis que tenía más próximos, la verdad es que él hubiera podido eliminar a los que estaban cerca de Anne pero debía dejar que al chica se probara asimismo sola, aun así estaría muy pendiente de ella.

 

Una vez realizado aquello el cainita dibujo una mueca pronunciando… -aguamenti –dijo apuntando a la otra punta, el efecto fue inmediato, una vez que hizo aquello lanzo al chorro de agua las semillas de hielo. Aquello se había convertido en un tobogán de hielo de 2 metros y un poco más que por el calor de seguro no duraría mucho.

 

Corrió y se deslizo por aquel tobogán alcanzando una altura considerable cuando salió disparado de él. Sonrió y activo el amuleto volador que llevaba en su cuello para así planear un poco y caer del otro lado sano y salvo.

 

-Bien, supongo que este camino me llevara a donde quiero –susurro quizás para sí mismo ya que no había nadie más cerca de él por el momento. Lo peor es que había ya estado varias veces en diferentes laberintos, unos quizás más peligrosos que otros, con criaturas que querían su cabeza y millones de problemas, aun así aquellas veces había sido ayudado, siempre en su pasado había contado con alguien para ello. Una vez había sido importante, ahora era una escoria para muchos de los suyos y de los otros.

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