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Prueba Libro de los Ancestros #1


Khufu
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Khufu esperaba que la batalla le emocionara aunque temía que ello no iba a suceder. No lo hacía con facilidad y el cansancio sin duda le impediría ver con claridad. Debía seguir a cargo de Lyra por lo que mientras la batalla se llevase a cabo solo podría ver aquella lucha a través de su tercer ojo. Mantenerse viendo ambos lugares a la vez le causaría más de un malestar general y, claramente, eso le quitaría la capacidad de emocionarse a cualquiera.

El efecto de la Arena seguiría afectándoles al llegar ahí por lo que sería un inicio complicado para ambas duelistas aunque pronto se librarían de aquella ceguera temporal. Para llegar a la batalla habían tenido que cruzar por el portal que él había preparado. El lugar no se trataba de otra cosa que una especie de bóveda. Allí se encontraban numerosos objetos mágicos y no mágicos, de diversos volúmenes y materiales.

A pesar de ser una bóveda no se encontraba en un banco como Gringotts sino que era una sencilla habitación. Claro, poseía ciertos encantamientos para impedir problemas y uno de las defensas más férreas era un objeto de porcelana que representaba al dios griego Hermes con su casco alado. Este objeto impedía evitar robos. Era una excelente protección para bóvedas, mansiones y negocios.



Leah A. Ivashkov vs Taurogirl Crouch

  • El duelo se regirá por las reglas de duelos 1vs1
  • Empezarán el duelo con ceguera por lo que durante el primer turno no podrán realizar rayos ni invocaciones que requieran puntería.
  • Al estar en un lugar protegido por el Amuleto Anti-robo no podrán robarle la varita al rival.
  • Los hechizos a utilizar son hasta el rango Mago Oscuro y libros de hechizos hasta el Libro de los Ancestros.
  • Pasadas 48 hrs sin respuesta en el duelo, se considerará abandono.
  • La prueba durará una semana a partir de la apertura del topic. Pasados tres días sin respuesta sin que el usuario rolee llegada, se considerará abandono.
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Si Khufu las había obligado a pasar un portal o no, era difícil decirlo. Estaba ciega aún por el efecto de la arena que pertenecía al libro de los Ancestros, libro que había dejado atrás en la locación anterior, así que no podría decir con exactitud dónde estaba. Dio un paso en falso hacia la izquierda, chocando con un montón de objetos metálicos que provocaron un estruendo monumental y casi cayendo en el intento de avanzar. Mantuvo el equilibrio con difiultad y después de comprobar que la hilera continuaba sólo hasta un trampo, probó con la derecha. Dio tumbos en esa dirección por un tiempo indefinido, contando los pasos, hasta que chocó con una pared. Soltó una maldición, sobándose la nariz y regresó la mitad de los pasos que había recorrido.

 

No era ninguna matemática extraña, pero calculaba que al menos había tres o cuatro metros de lado y lado. Siendo así, asumía que estaba más o menos centrada. Abrió los ojos por completo, logrando que le doliera el globo ocular y se fijó que la nube negra que los cubría empezaba a disiparse, con suma lentitud, pero con una velocidad mayor a la que había manejado antes en presencia del maestro Uzza. Tanteó su túnica, la misma que había llevado en clase, menos brillante por la falta de sol, hasta que sintió la varita de almendro colarse entre sus dedos como una vieja amiga. La sostuvo con fuerza y suspiró.

 

La habían a hacer papelillo.

 

—¿Nena? —su voz produjo un pequeño eco en la bóveda, que aún no había visto, así que pensó que no había nadie hasta que le respondió—. Vale, por favor, nada de ponerme de cabeza.

 

Decidió, pues, jugar con su suerte. Si fallaba, Tauro literalmente iba a ganarle en un abrir y cerrar de ojos. Sino, tendría algo de posibilidad. Juntó las manos, provocando una nube rojiza que no era capaz de ver alrededor de sus manos. Energía, poder y magia, mezclándose con intensidad hasta que la esfera se desprendió de su dueña. La Rueda de la Caos había sido efectiva y así, ella sabía que podía, al menos por una ocasión, intentar hacer algo decente.

 

Vara de Cristal —rápidamente, su varita se alargó en su mano, creando una estructura de cristal rojizo resistente y poderoso, apuntó al frente, sin saber cuántos metros la separaban y su mente trabajó a la velocidad de la luz. Nada dañino, funcional, que la detuviera un poco. Hecho.

 

Babosas.

 

A diferencia de lo que estaba acostumbrada, no salió un rayo en dirección a su esposa, sino que una vibración demostró que el efecto estaba hecho y por lo que escuchó, era asi. Las babosas invadieron el estómago de su mujer, lo que la haría vomitar a impediría que hiciera hechizos verbales. Si no hacía algo, no duraría únicamente dos turnos, sino tres debido a la rueda del caos.

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No sabía exactamente con qué se encontraría al llegar luego de cruzar el portal, pero ahora que se encontraba con su varita se sentía un poco más segura, aunque de nuevo le tocara ir medio a ciegas. Decidió que los efectos de la Arena Mágica no le gustaban para nada, a nadie le gustaba ir a tientas, tropezándose con cada cosa que aparecía en la mitad y ella, pese a que no sufriera de claustrofobia, prefería saber por donde iba. No tenía idea de donde estaba, pero a cada paso quedaba escuchaba algún objeto que tintineaba. Fue entonces cuando escuchó la voz de su esposa.

 

— Aquí amor, estoy bien, no te preocupes —le dijo para tranquilizarla, pero se detuvo. Las voces resonaban, se escuchaban ecos, por lo que supuso que estaban en un lugar cerrado para que causara tal efecto —. No esta vez, te lo prometo —repuso luego, con una sonrisa que Leah no alcanzó a ver. Su vista seguía borrosa, pero podía distinguir que al menos había alguien delante de ella.

 

Estuvo a punto de preguntarle si quería empezar, pero ni siquiera tuvo oportunidad de hacerlo, pues de inmediato utilizó uno de los hechizos recién aprendidos y apenas le dio tiempo de pensar en algo. De nuevo recurrió a las fuerzas del caos, sólo para ver si tenía suerte, pero aunque usó la Rueda del Tiempo, el hechizo mandado por Leah ya le había impactado de lleno y ahora se encontraba dando arcadas mientras varias babosas salían por ella; un espectáculo completamente asqueroso. Al finalizar haría que la besara.

 

Era una molestia no poder hablar, pero más tener que ver esa cosa asquerosa saliendo de su boca y ensuciándole los zapatos, aun así, decidió que podía aguantarse un poco más. Su esposa no estaba dispuesta a perder y ella tampoco. «Necrohand»

 

Las fantasmales manos surgieron de la tierra del lado que su esposa se encontraba, inmensas, del tamaño de un adulto de estatura promedio. Una de las manos, se ubicó en su boca, presionando sus labios con al menos uno de los dedos para que no pudiera emitir palabra alguna. Inmediatamente después de eso, pensó en «Arena del Hechicero», que la dejaría ciega por al menos dos turnos. Si ella no podía hablar, lo mínimo que le podía hacer es dejarla sin vista, así al menos no podía presenciar el bello espectáculo de babosas que había al otro extremo.

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De no ser porque había recuperado la visión después de un molesto pestañeo continuo, habría pensado que la había atado con alguna cosa extraña. Sin embargo, enfocó la oscuridad de las Necrohands corpóreas rodeándola apenas lo suficiente como para lograr cubrir su boca con uno de los enormes dedos, presionando para que no pudiera decir nada. Maldijo dentro de su cabeza, ya que no podía más que forcejear y pensó en un par de manos fantasmales que emergieron del suelo antes de la segunda acción de su esposa, las que rápidamente asumieron el mismo papel físico y fueron directamente a su ayuda, separando a las manos para que pudiera hablar nuevamente.

 

Pero para entonces, las Arenas del Hechicero habían hecho efecto.

 

Era un hechizo tedioso que impedía ver a quien lo recibiera y una vez que se hubo acostumbrado a la luminosidad del lugar, así como al ambiente que las rodeaba, era mucho más molesto todavía. Apenas había logrado ver un atisbo de la bóveda y lo que había dentro, cuando las manos se interpusieron, y ahora todo volvía a ser negro nuevamente. Las Necrohands se alejaban lentamente entre forcejeos del campo de batalla, para dejarles el espacio libre y la Ivashkov se debatió seriamente entre hacer algo con sus ojos o intentar algo más agresivo contra su mujer.

 

Dilemas. Apretó los labios hasta formar una delgada línea pálida. Tauro había demostrado tomarse en serio el hecho de combatir antes y sabía que en cuanto tuviera oportunidad, buscaría la ventaja con una maestría que sólo la líder del bando podía aplicar. Pero aún tenían tiempo y no iba a jugar tan bajo con el poder de la Vara de Cristal, pero sí mantendría el avance que tenía hasta el momento. Hizo una floritura sólo por costumbre y apuntó adelante. En ese pensamiento había perdido sólo un segundo.

 

Conjuntivitis.

 

Con el poder de la vara de cristal, el hechizo pasó a ser un efecto y de inmediato los ojos de la peli-azul quedaron opacados, lo que le evitaría ver.

 

—Vale, amor, estamos a mano. Ahora, trata de no matarme —si ninguna de las dos podía ver, tendrían que curarse o decidirse por los efectos. Podía ser bueno o malo. Y viniendo de ella, pronto estaría sangrando.

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«Ingenioso» pensó, orgullosa de la que era su esposa y sin poder esperar menos de ella. Haber usado ella misma sus manos para retirar las suyas, fue un movimiento inteligente y para nada se lamentó de que el par se alejara del campo de batalla, era hasta mejor, así la podía distinguir mejor que antes y podía dedicarle otra de sus traviesas sonrisas, esas que decían que lo que estaba a punto de ocurrir podía ser bueno o malo. Quiso decirle algo, pero una nueva cantidad de babosas salieron de su boca y tuvo que agacharse rápido para que no le mancharan la ropa. Un turno más y por fin desaparecerían.

 

De pronto, Tauro empezó a sentir un nuevo escozor en los ojos, uno que no la dejaba ver y le obligaba a cerrarlos. Podía tratarse de una arena, pero como ya había sufrido los efectos del hechizo antes, sabía que su querida y amada esposa le estaba devolviendo el favor con uno de sus propios hechizos. ¿Acaso podía molestarse? Para nada, le gustaba sentirse en igualdad de condiciones, pues así el duelo se hacía muchísimo más interesante.

 

«Maldición»

 

Cada minuto que pasaba se desesperaba más por no poder hablar, pero si se apresuraba quizás su estrategia no daría resultado y eso es lo que menos quería que ocurriera. Le quedaban pocos hechizos qué usar, honestamente, pero de repente recordó ese que era no verbal del Libro de la Sangre, ese que prefería pasar por alto pues a veces no le encontraba utilidad, excepto claro por el Maldición. Al menos así Leah no podría hacer un hechizo que valiera la pena y eso le otorgaba una acción más. Decidirse no le costó demasiado.

 

«Necrohand»

 

Una vez el pensamiento terminó de formularse en su cabeza, el nuevo par de manos surgieron de la tierra, solo que esta vez se aparecieron de su lado. Ambas manos se ubicaron bien juntas frente a ella, a escasos 30 centímetros, con los dedos apuntando hacia arriba, cubriendo cualquier posible espacio por el cual pudiera filtrarse algún hechizo para así protegerla en caso de que algún hechizo se dirigiera hacia ella. Como todavía no podía ver, dejó que estas permanecieran completamente visibles. Al finalizar su turno, pudo sentir como el efecto de las babosas cesaba y ya no tenía nauseas.

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Estar ciega era horrible. Con la esposa que tenía, era la peor desventaja que podía tener, en pocas palabras. No sabía si estaba haciendo algo o no, porque no podía hablar y porque no podía verla moverse. Ahora mismo podría tener un ejército delante de ella y no lo sabría, el silencio era el peor enemigo de alguien que no puede ver. Apretó los dientes, sin saber exactamente cómo iba a saber si podía atacar o no, hasta que sintió la lengua ligeramente pesada en la boca. No inmóvil, pesada. Frunció el ceño y asumió que era la señal perfecta. El maldición había hecho efecto, pero bajo la obligación de mantenerse en los efectos debido a que no podía apuntar, no le dio mucha importancia.

 

Zancadilla.

 

Estando a escasos treinta centímetros de las Necrohands que había invocado, corpóreas para evitar cualquier tipo de daño directo, no fue ninguna sorpresa que al caerse de bruces su esposa chocara con ellas. No era gran cosa, ni una herida grave ni nada que le afectara a la larga, pero era un detalle que habría evitado en otro momento. El hechizo había salido justo después del maldición, acción consumida por el hechizo no verbal que acababa de realizar, así que cuando abrió la boca su lengua ya no pesaba y no había ninguna posibilidad de que algo la detuviera.

 

Estuvo medianto un rato con respecto a lo que haría a continuación y lo cierto era que no tenía ninguna intención de hacerle daño a su esposa. Entonces, ¿acabar el duelo o ser un poco bruscas?

 

Seguir, dando tiempo a que ambas recobraran la vista y para que su esposa pudiera hacer los hechizos que debía praticar. En otro momento habría pensado en muerte, sangre, ese tipo de cosas. Con Tauro notaba la cantidad de poder que tenía con los poderes reducidos hasta un rango que ya había pasado hacía un rato. Sonrió, concentrando su energía en su esposa y se aseguró de quitarle una posibilidad de repetir la acción de la última vez. Eso la obligaría a ser ruda, al menos un poquito.

 

Anular Expelliarmus —la vibración ocurrió y por el resto del duelo, su mujer no podría usar el hechizo para desarmarla.

 

Con ello recuperó la visión y observó las Necrohands que la protegían, ocultando su rostro bonito. Ahora las cosas sí iban a ponerse interesantes. La vara de cristal se redujo en sus manos hasta ser nuevamente una varita de almendro y se preparó, ahora era turno de ella.

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De repente fue como si el suelo se moviera o sus piernas se pegaran tanto haciéndola perder el equilibrio. Lo siguiente que sucedió fue que cayó de bruces chocando un poco con las manos que amortiguaron su caída. A tientas, Tauro tocó sus tobillos y notó que era el lazo mágico lo que los mantenía atados, pero lo dejó, aun estando sentada podía atacar si lo quería y ahora que había recuperado el habla de una buena vez, podía hacer lo que anhelaba desde que regresó de aquella cueva junto con el guerrero.

 

Su estrategia de desarmar a su esposa, tal como la última vez, iluminó su mente y estaba dispuesta a hacerlo, pero ella, que tampoco era tonta, había leído sus pensamientos y antes de que pudiera hacer algo se adelantó, dejando afuera la posibilidad. Gruñó, notablemente afectada, sin saber exactamente qué le molestaba, si el hecho de que sus planes habían sido truncados o que la conociera demasiado como para saber que su siguiente movimiento sería utilizar un Expelliarmus. Era la segunda vez que se enfrentaban en duelos individuales y ambas estaban aprendiendo a conocer la modalidad de juego de la otra.

 

— Está bien, amor, qué te parece si terminamos esto aquí y ahora, ¿quieres? —no necesitó esperar alguna respuesta, puesto que sabía que no lo haría —Vara de Cristal —musitó bien bajo. La varita que sostenía firmemente en su mano derecha se fue extendiendo hasta convertirse en una vara de cristal de color turquesa; a pesar de su apariencia, el cristal era irrompible. — Desmaius —agregó al final, con el poder de la vara activado, el rayo, en lugar de recorrer una distancia para impactar en el objetivo, adquirió las facultades de cualquier hechizo efecto e impactó de inmediato en Leah, quién no tendría tiempo de reaccionar. Era como tener un segundo confundus y sospechaba que de ahora en adelante, ese sería su hechizo favorito.

 

— Silencius —pronunció. Si mal no estaba, luego de éste último ataque recuperaría también la vista, por lo que sus sentidos serían todos restaurados. La siguiente acción de su esposa sería un no verbal.

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Antes de que pasara, antes de que empezara con la tarea de humillarla ligeramente, logró soltar una maldición entre dientes al ver la vara de cristal: estaba ***¡da. Se preparó, esperando algo que pudiera al menos combatir y de pronto todo quedó a oscuras.

 

Cuando recobró la consciencia estaba en el suelo, tendida en una posición incómoda y poco natural que la obligaba a estar de lado, con un brazo bajo la espalda y el otro sobre el abdomen. La cabeza le dolía ligeramente por el golpe, ya que se había dado fuerte contra el suelo debido a que las Necrohands todavía estaban ocupadas con... nada. Espabiló. El turno de las Necrohands de su esposa había culminado con el último hechizo, que tenía la lengua de la Ivashkov pegada al paladar, de modo que sus Necrohands estaban ahora libres de la trabajosa tarea de mantener a las otras libres. Por supuesto, aprovechó el momento para usarlas.

 

Ofuscándose al instante, volviendo a hacerse corpóreas ante las segundas Necrohands de Tauro, las manos alejaron con un forcejeo la defensa de su mujer mientras ella recobraba la compostura aún en el suelo, apuntando directamente hacia su pecho. Si las cosas salían bien, no iba a poder intercalarle nada más que algo que la dañara. Si lo hacía, en ese caso, tendría que curarse y aún tenía algunas posibilidades. No tantas, pero suficientes como para no sentarse a llorar. La floritura, más el pensamiento, formó una ola de calor mágico y pronto, pudo invocar el hechizo.

 

Flechas de Fuego.

 

Los filamentos abandonaron su varita desde su ubicación hasta el pecho de la peli-azul, en diagonal pero con perfecta dirección. Quedarse en el suelo sólo le permitía que no usara el mismo hechizo inútil que ella había usado antes para desviar la invocación. Y con las Necrohands lejos, no le daría tiempo de protegerse. Estas combatían y combatían, alejándolas y para cuando desaparecieran en ese mismo turno, ya sería tarde. Movió la cabeza como si estuviera aturdida y dio un salto ágil, apoyando las manos a los lados de la cabeza antes de impulsarse con brazos y piernas hacia adelante, como una auténtica gimnasta.

 

-Vamos a calmarnos -propuso, tronando el cuello. Lo cierto es que estaba ligeramente asustada.

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