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~Mansión de la Familia Gryffindor~ (MM: B 104490)


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La voz de Ara la saco de su ensimismamiento, miro el féretro y dudo si debía acercarse. Espero a que Annick y Elros se despidieran de su primo y se acerco también. No estaba segura sobre que decir, como despedirse, porque al final estaba despidiendo una parte importante de su vida, un pedazo de ese corazón oscuro suyo que siempre decía que no latía pero que ahora no entendía porque dolía tanto. Al mirarlo así, tan tranquilo parecía que simplemente estuviese dormido y que en cualquier momento fuera a despertar.

 

- Y ahora quien me va a ayudar cuando pierda el control, primo, eso no es justo, porque me dejaste sola - le dijo mientras le tocaba una mano y la acariciaba con cariño. - te voy a extrañar por siempre.

 

Deposito un suave beso en la frente de su primo y se alejo para prepararse para la ceremonia que Arabella estaba preparando. Quería salir corriendo de ahi pero necesitaba decirle adiós a uno de los pocos humanos que mantenían su cordura presente. Todo en ella era malo y solo su familia, esta familia que ahora estaba destrozada, sacaban la poca bondad escondida en el fondo. Así que le debía a Elvis permanecer hasta el final, esperaría un poco mas antes de desaparecer no solo de aquella casa, sino de Inglaterra.

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Le asalto un sentimiento de desolación similar a los que se siente cuando ya no tienes nada que perder, aún así se enderece con varita en mano, pues al ver la marca tenebrosa en el cielo supo que habí

Maida siempre era descrita por su sobrino como una pequeña estatua de porcelana, y justo en un día como hoy, eso se hacía verdad. Se había quedado estática frente a su primo, mientras él efectuaba el

Era extraño ser determinante. Sin duda, una buena estocada del cincel a mi propia alma. Elvis Gryffindor había sido todo lo que alguna vez aspiré en la vida. De joven quise su lugar, el cariño de su f

Elros Gryffindor

 

Annick aún cargaba en brazos a su hijo, quien aprovechó para rodear el cuello de su madre y posar la cabecita sobre su hombro. Comenzaba a sentirse triste. No entendía por qué su mamá lloraba y por qué su papá no despertaba para abrazarlo y jugar con él.

 

De pronto algo llamó la atención del niño: un búho negro descendió sobre los terrenos de la mansión, pero pronto desapareció y en su lugar emergió un muchacho. Eso le recordó que su papá, Elvis, podía hacer lo mismo.

 

Hacía tiempo, en el interior de la mansión, Elvis le había mostrado a su hijo su habilidad de animago. Al principio Elros se impresionó bastante al ver desaparecer a su padre, pero luego de un rato corría por toda la sala riendo a carcajadas mientras intentaba atrapar al búho que revoloteaba de un lado a otro y que de repente volvía a transformarse en su papá.

 

Aún con la cabecita posada en el hombro de su madre, Elros fijó la mirada en Mael, quien se había quedado parado a lado de las estatuas sin que nadie se diera cuenta hasta ese momento. En otras circunstancias el niño hubiera corrido hacia él y le hubiera pedido que se transformara nuevamente en ave; pero en ese momento se sentía tan desanimado que simplemente se limitó a observarlo y a mover su manita como para saludarlo de lejos.

 

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Apreté los dientes. Mica Gryffindor aún no llegaba y la había empujado, casi literalmente, desde Fabricantes de Mentiras, ya que la bruja no se animaba a despedirse de su mellizo. Le había dicho que iba a ir tras ella, pero no de qué manera. Ante su duda de dejarse llevar por la red flú, le di un empujoncito para que fuera de nuestro nuevo local como socios, hacia la sala de la Gryffindor, pero la bruja despeinada, no hacía su acto de aparición. En ése entonces había cerrado el local “por duelo” y había volado hasta allí.

Me mantuve parado. Mirando hacia el grupo de personas que se iban despidiendo. Sabía que de a poco iban a aparecer. La Viuda sostenía un bebé en brazos, el hijo del ex Patriarca. Aquella figura me saludó. ¿Qué había que hacer en esos casos?

Levante mi palma de la mano, moviéndola apenas de un lado para el otro. “Hola” moví mis labios, sin sonido.

Me paré mejor. Toda aquel momento se estaba enfocando en la pérdida de aquel Gryffindor. Y reparé en algo que hasta el momento nadie había enfocado. Y eso me llamaba una cosa la atención: la Marca Tenebrosa brillaba en el cielo, tan horrible para la comunidad pero que nadie había acudido a sus terrenos. Ninguna familia vecina. Nadie del Ministerio. Era extraño. Sin embargo, allí y sólo allí, quería despedirme de ése mago. Y se me había ocurrido el reemplazo perfecto a pararme al lado del ataúd. Le daría algo mucho mejor.

Levanté la varita al cielo, con el brazo extendido como una tabla. Moví la varita en forma de ocho, como el símbolo del infinito, como la serpiente que se había enroscado a si misma, como las ramas que esperaban a ser quemadas debajo del ataúd del mago. Murmuraba las palabras correctas, en mi cabeza, mientras no dejaba de mover la varita. Un destello salió de la punta de mi varita…

… y la Marca Tenebrosa desapareció. Se esfumó, como si una fuerte brisa la hubiera borrado.

Bajé el brazo. Tenía que admitir que ésa marca la habían convocado una sola vez en mi presencia y se sentía como la gloria misma, como una electricidad que corría por tu cuerpo para potenciar aquellas ganas de matar. Pero aquella vez, era diferente. Necesitaba darle un respiro a los Gryffindor y sabía que quitando aquella luz verde, sería como derrumbar el aire denso que se había formado. Seguro muchos podrían respirar nuevamente.

Guardé mi varita.

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Catherine Moody

 

La bruja tiene un semblante pálido y cansado. Es su apariencia reciente y casi inmutable. Mientras avanza a través de la entrada, se pregunta una y otra vez qué está haciendo, por qué lo está haciendo. Teme no solo quedar en ridículo, si no además arruinar un instante que debería ser inviolable para un grupo de personas que ha visto por años, trabajando codo con codo para borrar las injusticias que le ha tocado presenciar. Mueve los dedos de una mano de forma obsesiva e insistente para intentar liberar la tensión ¿está honrando a un Gryffindor o está mancillando a una familia en su momento más vulnerable?

 

Sus pasos en lugar de retroceder se afirman. Va halando de la mano a una figura que hace mucho tiempo fue un muchacho. O tal vez todavía lo sigue siendo. Lo que sí sabe, es que ella ya no es una muchacha: no como cuando conoció por primera vez a Elvis, cuando tenía la memoria modificada y pensaba que era otra persona; él le había increpado su descaro y desfachatez, por ingresar a otro funeral muy distinto: el de Pandora Stark. Había tenido mucha razón.

 

No, ahora sabe perfectamente quién es, por qué fue arrastrada al contexto de la guerra mágica y por qué ha vuelto a Ottery St. Catchpole pero ¿qué hace en la mansión de la Familia Gryffindor exactamente? ¿Qué es lo que la impulsa, contra su buen juicio, a alcanzar el semicírculo que se ha formado en torno a una pira funeraria y un montón de dolientes que sin duda tienen que verla como poco más que una instrusa?

 

Siente que es tonto, porque jamás le agradó a Elvis. Tal vez, si piensa en Elvis y piensa en el legado que dejó, tenga un poco más de sentido pero tampoco justifica su presencia allí. Excepto, tal vez, solo tal vez, si tiene en cuenta a la figura cuyos dedos entrelazan los suyos en un agarre firme, aunque triste. Sí, está allí para acompañar a alguien que no se decidió a acudir por sí mismo. Ella es una intrusa, en la medida en que hubiese acudido allí sola. Sin embargo, llegar allí junto a Gryffindor, hace que las cosas cobren otro matiz.

 

Observa las figuras de Annick, de su pequeño hijo, de Sophie y Arabella. A esa última la trató muy poco, sus recuerdos son remotos al respecto, de hace muchos años atrás, pero sabe quién es. También Luna está allí e incluso... ¿es posible que esa mujer sea Agata? Sus dedos aferran con más fuerza la mano de la figura a su lado. Sabe que, en cualquier momento, él habrá de soltar su mano, para acercarse a los suyos. Dejarla allí sola, a la deriva. Así tienen que ser las cosas.

 

Catherine no lo había conocido mucho en realidad: él había sido compañero de Pandora, habían vivido algunas experiencias juntos, habían sido grandes amigos. Catherine, había sido una sombra en comparación, una amistad trabada en las raíces de su amistad con la vampiro. Sin embargo, allí estaban los dos y allí estaba ella intentando sostenerse lo mejor que podía, sin echar a perder todo ¿había sido siempre Elvis una figura tan confiable, como para hacerla sentir tan intimidada en una situación de ese calibre? La pregunta es mezquina, porque sabe la respuesta. Tiene que hacer un enorme esfuerzo para no salir corriendo.

 

Porque sabe que tiene que quedarse. Se lo debe, de alguna forma.

 

Mientras tanto, la figura de Pakami tampoco luce del todo entera ¿qué está pasando por su cabeza? ¿Qué pensamientos son aquellos que pueden verbalizarse en un contexto como ese?

 

Catherine mantiene la mirada fija en el féretro que descansa sobre la pira. No, sabe que no tiene las fuerzas para acercarse a decir adiós y de todos modos, la voz de hace unos momentos anunció que el momento de dar su adiós ha pasado. De alguna varita, surge la magia que hace que el fuego empiece a lamer el féretro. Catherine no sabe qué decir o hacer. Nada parece apropiado.

 

Excepto... haber acudido allí. Sí, es contradictorio y est****o, no tiene lógica ¿pero no era acaso así también su transición por la vida? ¿qué derecho tenía ella a estar allí pero en última instancia, qué derecho tenía nadie de decir que Elvis no había sido alguien que merecía que le presentara sus respetos?

 

A pesar de que no había sido su idea en primer lugar se alegra de estar allí. Aún si fueran a echarla, no importa. Esta bien haber acudido. Quizá no sepa qué hacer todavía pero siente alivio de pronto.

 

Había estado tan concentrada en sus est****os pensamientos, que ni siquiera se había detenido a ver la Marca Tenebrosa en el cielo ni a asociar su repentino alivio, con la desaparición de la misma.

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El fuego la llevó directamente hasta la sala de la mansión Gryffindor. Eran tantos los recuerdos que aquellas paredes guardaban, la recorrió sin impedir que las lágrimas desbordaran sus ojos. Ya creía que nunca dejaría de llorar. El dolor era demasiado y temía que nunca se desvanecería. Ya nada tenía sentido para ella. Miró unos instantes a la chimenea, Mael no la había acompañado, era eso señal de lo que ya creía: no podía confiar en él.


Tomó aire, debía salir del recinto si quería llegar a presenciar la ceremonia que se llevaría en los jardines. Su prima la había convocado ya varis minutos atrás. Debía apresurarse. Dejó que sus pies la llevaran por el conocido camino, sin preocuparse en absoluto por el aspecto que tenía. De seguro nadie notaría su presencia ¿qué más daba?


Salió por la puerta de atrás y se dirigió hacia donde ya sabía que estarían preparando todo para despedir a su mellizo. Observó a los presentes, el mortífago se había marchado y habían llegado más familiares, aunque no estaba toda la gente que su hermano merecía ¿acaso no habían sido informados? No tenía contacto con la Orden del Fénix, ellos deberían estar allí…


Vio a Sohie, a Annick con el pequeño Elros ¡cuánto había crecido! No recordaba cuándo había sido la última vez que lo había visto, pero de seguro era solo un bebé. Su mirada se detuvo en un momento en una mujer rubia que estaba cerca de su prima Arabella ¿era posible? ¿ella no se había ido? No podía ser…


El cajón que contenía a Elvis ya no se hallaba en el suelo, sino que habían armado una estructura de madera y paja. Sabía que la ceremonia tendría que ver con sus raíces y eso le parecía hermoso, a pesar de todo. No se acercó más, pues no quería ser vista, realmente no lo necesitaba. Solo estar. Además, temía que sus pies pudiesen fallar en caso de intentar acercarse.


Estaba allí, eso ya era mucho. Recordó un detalle y miró hacia el cielo: la Marca Tenebrosa ya no estaba en el cielo, eso fue un pequeño alivio.
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Nadie pareció notar a Mael y por increíble que pareciera solo ella le sonrió intentando agradecerle que desaparecíera la marca tenebrosa del cielo, tendría que llevarse bien pero.... Como podía hacer eso sí su dolor por su papá no la dejaba pensar bien?.

 

Vio aparecer a la tía Mica de nuevo y a Catherine, a quienes les sonrió aliviada, que nadie de la orden estuviera ahí parecía algo horrible, por eso sonrió al verlas, no se los dijo pero estaba feliz que ellas vinieran a despedirse de Elvis, era una forma de cerrar el círculo.

 

suspiró profundamente viendo el fuego aparecer y cerró los ojos cobardemente, no sabía si quería ver cómo se chamuscaba y tampoco sabía que hacer después de eso, su mente estaba paralizada y su corazón había dejado de sentir, ya no se sentía ella, era como si una nueva Luna apareciera, menos feliz, más decidida y mucho más segura que antes, ya no había tiempo para nada y el tiempo, el caprichoso compañero de todos, se diluía en un sin fin de sentimientos que ella todavía no alcanzaba a comprender bien.

 

No dijo nada, tenía su voz quebrada y pese a que quería ser fuerte por su mamá y por su hermanito no pudo evitar sentir que la vida se le iba de las manos, no se digno a volver a mirarlo, el ritual estaba empezando pero ella sentia que ya había empezado hacia tiempo y que su vida ya no tenía ningún sentido, era como si su hermanito y su mamá fueran los únicos que la sostuvieron en eje, se preguntó cuánto dolor más tendría que sorportar y si podría seguir sin él, algo que no quería pensar pero que tenía que aceptar tarde o temprano, su papá nunca más la ayudaría y ella tenía que ser fuerte, porque Elvis no querría verla mal y ella haría su mayor esfuerzo o lo intentaria al menos.

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¿Qué impulsa un alma a dejar atrás el olvido para retomar el arduo camino de la redención? ¿Dónde se origina esa chispa de ansiedad que crece con cada desesperado intento de la mente por enterrarla? Que se resiste a extinguirse, escondiéndose en lo más recóndito de aquello que llamamos conciencia y la envenena con la ilusión del deber ante otros. Una plaga, un invitado inesperado que se rehúsa a retirarse aún sabiendo que su bienvienida ha expirado. Y a pesar de todo, elocuente, encantador, atrayente.

 

Un monólogo que inicia como el suspiro de aquel que se conoce culpable pero que cree tan fervientemente en su inequívoco argumento que la muerte es preferible al silencio; que gana fuerzas y aliento con cada eco que resuena en la cámara vacía donde se ha escondido, convencido que son las voces de las masas, movidas por la inconmensurable belleza de la verdad de su razonamiento. Pronto, la potencia de su voz traspasa los muros y traiciona su escóndite.

 

Allí donde la mente se regocija en la adrenalina que surge con la expectativa de atrapar al intruso se encuentra en su lugar con una llama ardiente. No hay intento válido, por muy desesperado que pueda ser, que valga para esconder ese fuego que ahora se esparce rápidamente, abrasando todo pensamiento en su camino. Todo es consumido por una idea, una chispa: "Ha muerto uno de los mejores. Hay vidas inocentes en riesgo."

 

Con la capa hecha girones y un aspecto malnutrido, Pakami se había aparecido en los jardines del último rostro que recordaba. Varios minutos habían sido necesarios para recordar que Padosa ya no estaba. Que también había partido. El dolor del recuerdo lo había llevado al borde. Varita en mano, había estado a tan solo un momento de desaparecer una vez más. El fuego. Un segundo de vacilación. Catherine había aparecido frente a él. Catherine, la de rostro frío, detrás del cuál él estaba convencido de ver a Padosa asomarse.

 

Mantenerse en pie sin perder la estabilidad era un esfuerzo monumental. La voz del mago se quebraba constantemente al intentar dar una explicación de su repentino abandono de la soledad que había encontrado. Su amiga se asomaba una vez más detrás de los ojos de aquella mujer en el entendimiento que descendía en su semblante con solo unas pocas palabras arrancadas de su garganta a duras penas.

 

Un extraño sentimiento aquel de agradecimiento en cuanto ella tomó su mano y desaparecieron juntos hacia la mansión ancestral.

 

La desorientación parecía nunca acabar mientras que la paciencia del mago menguaba a cada momento. ¿Cuánto podía cambiar en cinco años?

 

El destello nauseabundo que ondulaba en el cielo no llegó a desaparecer con la rapidez suficiente para escapar la mirada. Viejos sentimientos renacían como ascuas reavivadas por el fuego renacido. La anticipación continuaba creciendo a medida que se acercaban al lugar que alguna vez había sido llamado hogar. Un monstruo escamoso anidado en el estomágo se movía inquieto e inyectaba todo con el veneno del terror asociado a símbolos ominosos sobre hogares desprotegidos. El antídoto no tardó en llegar con un sabor amargo en la forma de una familia en duelo. No había nada que anticipar más que el dolor de aquellos que habían perdido a un ser amado.

 

Pakami se ajustó la desgastada capucha de manera que cubriera su rostro iluminado por el fuego que envolvía el féretro. Aún se sentía intoxicado ante el prospecto de ver a aquellos que había dejado atrás hacía ya tanto tiempo.

Editado por Pakami Gryffindor
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Mientras su prima Sophia se despedía de Elvis, Annick fijó la mirada en la estructura de madera que Arabella había formado. La ceremonia aún no comenzaba, pero la pelirroja había deducido que tendría elementos celtas y que culminaría con la incineración del cuerpo de su esposo. No se arrepentía de haberle pedido a Bella que se encargara del asunto, porque sabía que haría una ceremonia digna de ese noble hombre que yacía ante ellos.

 

Durante la espera, poco a poco los pensamientos de Annick se arremolinaron como una neblina que le ofuscaba los sentidos. Sabía que toda la familia estaba experimentando el mismo dolor que a ella le desgarraba el alma, sin embargo se sentía distante, como si de pronto la oscuridad y el silencio la hubieran rodeado con un manto hermético y la aislaran de todo el mundo... Había perdido al amor de su vida y, junto con él, había perdido parte importante de su propia esencia.

 

Lo único que en ese momento podía mantenerla en pie era su pequeño hijo, que representaba un lazo inquebrantable de su unión con Elvis. Sin embargo, todo lo que alguna vez había sido importante dejó de tener sentido, y lo que antaño le había provocado incertidumbre fue drásticamente reemplazado por un inquietante pensamiento que comenzaba a producirle una profunda angustia: ¿había aprovechado cada momento a lado de su esposo y había hecho todo lo posible por hacerlo feliz?

 

Elros la hizo volver a la realidad de golpe, pues se rebulló entre sus brazos al tratar de enderezarse para poder mirar el cielo. Annick no se había dado cuenta de que el niño había estado observando a Mael; así que cuando la pelirroja se percató de que su hijo elevaba la mirada hacia el cenit, ella hizo lo mismo y descubrió que la Marca Tenebrosa había desaparecido. No supo si alguien la había borrado, pero agradeció que no mancillara la ceremonia; porque su presencia, más que inquietud, le provocaba una sombría desazón al comprender que nadie había acudido ante su aparición. Ni el Ministerio de Magia ni aquel célebre grupo al que Elvis había dedicado gran parte de su vida, y cuyas proezas al parecer no habían representado nada.

 

―Mi cielo ―susurró a su pequeño hijo mientras se inclinaba un poco para bajarlo, pues ya no era capaz de sostenerlo en brazos tanto tiempo como cuando era bebé―, la tía Arabella hará algo muy hermoso para despedir a papá. Así que debemos estar atentos a lo que ella diga y haga. ¿Sí? Te prometo que después te llevaré a tu habitación para descansar.

 

Le dio un beso en la frente e intentó sonreírle, pero las lágrimas se negaban a dejar de fluir. Cada vez se convencía más de que nunca sería capaz de dejar de llorar. Se puso nuevamente en pie, pero Elros volvió a rodearle las piernas para ocultarse en su regazo.

 

Annick miró alrededor y vio que algunas otras personas se habían sumado a la comitiva, incluida Mica, quien fue la única a la que reconoció debido a que todos se mantenían a una distancia prudente y a que las lágrimas le nublaban la vista. Intuyó que quizá no se acercarían más, y lo comprendía. Cada quien estaba ahí por diversos motivos. Y cada quien afrontaba el duelo de manera diferente.

 

Intentó limpiarse las lágrimas y acarició el cabello de su hijo a la espera de que Arabella diera comienzo con la ceremonia.

Editado por Annick McKinnon
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Catherine intenta no pensar demasiado en los actos que presencia pero es imposible no hacerlo. La familia doliente. La figura silenciosa de Agata, la expresión de Annick y su pequeño hijo, de alguna forma encogido junto a su cuerpo, buscando sentir su protección. Ella buscando ser fuerte para él. Luna, tan frágil, que no evoca para nada a la muchacha alegre y risueña que siempre está dándole aliento a los compañeros más vulnerables y a quienes más lo necesitan. Ni rastro de las sonrisas que todos esbozaron alguna vez.

 

Sus mano aprieta más fuerte la de Pakami pero no parece servir de mucho. De hecho, el acto en sí mismo parece ser del todo inútil: su semblante enfermizo es un claro indicativo de que su mente no esta allí, en ese preciso instante, si no tal vez repasando todas las cosas que los llevaron allí. O, quizá, está solo pensando en Elvis, en el hombre que fue, en lo que representó para un cúmulo de personas mucho más grande que el que en esos momentos rodea el féretro en un semicírculo.

 

¿Qué esperaba encontrar allí de todos modos? Es bastante claro que todos sufren de alguna forma. Que todos lo extrañan en sus vidas, que todos recuerdan algo sobre él con anhelo. Catherine no había contactado con él en los últimos tiempos pero sabía que se había vuelto más reservado a diferencia de su actitud abierta y servicial para con todos de antaño. Tanta guerra, durante más de una década, tanta tristeza y pérdida lo habían drenado. Habían hecho que se avocara a sí mismo, a los suyos con más ahínco que hacia otros. No así su actitud o su espíritu. Era extraño. Ni siquiera está segura de cómo está al tanto de todas esas cosas. Solo estaba segura de que, hasta el último momento, no había dejado de luchar.

 

Suelta entonces el agarre firme que ha mantenido de la mano de Pakami y toma de su bolsillo un vial de poción herbovitalizante. Cuando ve a Annick bajar al niño para que pueda tenerse en pie por sí mismo, sabe que solo cuenta con unos preciosos segundos para decírselo, antes de que la ceremonia comience.

 

―Toma, necesitas esto ―señaló.

 

Debía tomarlo ¿de qué otra forma si no afrontaría Pakami lo que se venía? ¿Acaso no estaban los ojos de Annick desbordados de lágrimas que Catherine era capaz de notar aún a la distancia? Ellos eran los que realmente necesitaban la presencia de Pakami a su lado, no Catherine.

 

―Ve, ve con tu familia ―precisó.

 

Su voz es triste pero firme, incluso dándole un ligero empujón en su dirección.

 

Ella conoció a Elvis pero no de la misma forma que ese grupo de personas que tiene pasajes enteros a su lado. Incluso, en el caso de Annick, que probablemente pasó tanto tiempo con él que ni siquiera recuerda del todo como era su vida antes de que eso pasara. Catherine... no, su dolor no puede ni siquiera empezar a compararse. Esta allí porque sabe que Elvis representó algo mucho más importante que él mismo, porque sabe que fue una figura a la que desea decir adiós y porque se siente impulsada a presentarle sus respetos, antes de verlo partir. Todos ellos, estan allí por algo que va más allá de aquello que Elvis representó: están allí por su ser querido, por el ser humano que amaron. Porque todas esas cosas, los logros, el mérito, son como la tierra en sus zapatos, comparadas con la idea de no poder volver a ver su rostro sonreír, una vez más.

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Levanté el brazo y señalé para aquella pira. Apreté los dientes al ver a Mica Gryffindor que se quedaba apartada, luego de salir de la mansión. Negué con la cabeza. Aquella jugadilla de alejarme tan solo unos minutos, costaron que la bruja se retraiga nuevamente. No era un profesional en las artes de socializar ni tampoco tenía un master en relacionarse con las personas, pero no sabía accionar para con ellos, como lo harían todos. Volví a levantar el brazo pero la Gryffindor me ignoraba. Negué una segunda vez con la cabeza.

Palpeé el interior de mi túnica. Allí dentro tenía el sobre de papel madera con los pergaminos firmados por el ex patriarca a mi cuidado. Había tenido que hacer aquella maniobra para asegurarme que nada se saliera de su lugar. Corroboré que allí estuvieran y se quedaran camuflados por esos bolsillos mágicos. No me quedaba otra.

Una neblina rojiza me envolvió y el aire se revolvió en el punto donde estaba parado. Ya no estaba. Aparecí a tan solo medio metro de Mica Gryffindor. Nuevamente con aquella neblina que se esparcía a mi alrededor.

¿Creíste que no había venido, bruja? ¿Qué no cumpliría con mi palabra? —lo había querido hacer como chiste para romper el hielo, pero aquellas palabras sonaban como una amenaza casi. Bueno, ya esperaba que Mica supiera que no era bueno con todo eso—. Vamos. Debes hacerlo. —la bruja se obligaba a no confiar en mi. Tendría que vivir con aquellos sentimientos.

Apoyé mi mano sobre su espalda, lo más delicado que pude. Tal vez con mis palabras no lo era pero si con mis modales. Siempre me gustaba resguardar mi figura. Mi cabello negro con aquellos toques en rubio, mis rasgos afinados. Sabía a ciencia cierta que aquello me daba cierto estilo que tenía que mantener. A pesar de mis ojos que eran el centro de atención para curiosos, aunque no me agradara ésa idea.

Empujé a la bruja a caminar. Tal vez ella creía que no podía avanzar porque su mente lo decía a gritos. Tal vez ella creía que su mundo se caería, pero siempre después de la tormenta salía el sol, siempre había una base nueva para construir, yo lo podía saber por experiencia propia. Ya no me encontraba donde había nacido, ya no estaba con la familia que me había criado. Sin embargo en aquellas pocas semanas, había conseguido todo eso. Y más. Un negocio con aquella bruja que tenía a mi lado.

Socia

Pensé. Tal vez los lazos empezaban a enredarse, tal vez nuestro trato no tenía que ser solamente profesional. Había querido echarla del local. Y había terminado siendo mi socia en aquel negocio. Era extraño el mundo de los magos. Sin embargo, cuando quise volver a la realidad, habíamos avanzado casi todo el camino. El ataúd, la pira debajo de él. Habíamos pasado incluso aquel semi círculo. Era la primera vez en aquel momento que había estado tan cerca de Elvis Gryffindor.

Esperaría a que Mica terminara para hacer lo mio. Tenía que hacerlo, como Gryffindor que era. Mi mano seguía apoyada en su espalda.

 

@@Mica Gryffindor

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