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Aún intentaba meterse en la mente de los demonios menores cuando una voz la alertó, cerró su mente con oclumancia y dejó de intentar realizar el ilusionismo. Había alcanzado a escuchar a Goderic gritándoles que no lo utilizaran, que ellos también tenían poderes psíquicos. Aquello no la extrañaba. En eso se parecían los demonios a los vampiros, de hecho la leyenda decía que una de los orígenes de los vampiros había sido ser los servidores de los demonios, claro que no siempre puedes mantener a tus servidores ni fieles ni serviles en la vida.

 

Maldijo por dentro mientras volvía a centrarse en lo que había frente a ellos. ¿Seguir explotando cosas y seres sería una buena opción? Quizá fuera en realidad la única. Al menos Madeleine había invocado espectros que les ayudaban. De pronto un aroma más sabroso sobresalió en el aire por encima de todo otro hedor haciéndole girar la cabeza, metálico, joven, fresco, círculos de sangre, eso elevó su fuerza a pesar de no estar bebiéndola. Minutos después su mirada se clavó en la figura con alas que acababa de aparecer en el centro de los círculos. A la Darla niña humana, le había gustado la mitología, había leído un diccionario buscando nombres de dioses, demonios y otros seres de las mitologías conocidas en aquella época. A la Darla bruja y luego vampiresa se le había revelado que aquellos seres eran una mezcla de ángeles, demonios, magos y brujas que habían sabido aprovechar sus habilidades ante la inocencia muggle.

 

Todo a su alrededor era ahora caos, ella misma lanzaba hechizos y sacudía su cabeza negativamente. Necesitaba seguir incursionando en la biblioteca de la Fortaleza y no quedarse solo con lo poco que podía recordar. A su mente venían recuerdos de manejas esferas de fuego, hielo y oscuridad, cada quien elegía su energía favorita en aquella época… Algo golpeó cerca de ella y la mirada de su sombra reprochándole que le había tenido que salvar de que le cortaran la cabeza la hizo volver a la realidad, tras lo cual ambas volvieron a unirse y Darla cambió su varita por el mandoble que había utilizado su sombra hasta recién.

 

—Sí lo es y quizás de cubrirse con alguna protección, aunque no sé si un detritus alcance a parar demonios —respondió sin estar segura a quién había hecho mención a la primer habilidad que la bruja había recuperado.

 

La Potter Black se sentía algo agotada y le costó unos segundos recuperarse al regresar su sombra a su ser. No era un tiempo excesivo lo que habían permanecido separadas, sí más de lo habitual, podía sentir por primera vez la diferencia entre tenerla unida a su cuerpo o no. Su breve debilidad no le impidió arriesgarse al ver acercarse demasiado a un demonio menor, arrojándose a toda velocidad contra él casi como una ráfaga gracias al phanton se sorprendió al verle girar el rostro hacia ella, podía seguirla ¿podría igualar su velocidad? No lo suficientemente rápido, el arma que tenía en manos la bruja había seccionado la cabeza de la criatura y ella dio un giro en U, alejándose del resto de los demonios. Por lo visto no solo podían tener poderes mentales sino también podían verles al moverse a velocidades que para el resto de las criaturas era imposible detectarles hasta que regresaban o aparecían frente a ellos.

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Que no estés aquí no significa que no estés en mi corazón... Te amo Seba

 

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El venado muere en sus brazos. La flecha que le ha arrebatado su vida atravesó la carne hasta el hueso, pero la anestesia con la que Jank impregnó la punta días atrás logra concederle paz durante sus

Los oscuros permanecen en silencio, expectantes. Desde las densas sombras del laberinto de cachivaches viene un sonido quejumbroso y lastimero, que suena a metal y a óxido; lo escuchan acercarse, pero

No llevaba más de un par de pasos cuando escuchó el grito de Luna a su espalda. Se giró a tiempo para ver a la bruja salir corriendo hacia el bosque, seguida de Sagitas, que le imploraba que no fuera

Beatriz Bouligny

 

No es que Bea no quiera intervenir, si no más bien el hecho de que parece ser más bien poco útil lo que la detiene de sumarse a los esfuerzos colectivos. Luego de dar el último trozo de información útil que había podido obtener por simple observación, se repliega y observa a sus colegas actuar. En el fondo, sabe que también debería ponerse manos a la obra pero siente que es distinto para ella de lo que es para ellos. Ella sabe perfectamente los límites de su poder y una voz en su cabeza parece detenerla con un pequeño "aún no". Es casi como si esa voz supiera que sería de mayor utilidad si espera, si se atiene al grand finale para que su apoyo tenga alguna significancia.

 

Cuando las sombras se retuercen, avanzan, estallan y hasta empiezan a diversificarse, al igual que los ataques de sus compañeros, ella se queda detrás, con esa incomodidad creciente, que le dice que algo se le escapa, que algo no anda bien. Primero, intenta pensar en ello de forma racional pero después se da cuenta de que tiene que abordarlo de otra forma. No consigue dar con ello, así que quizá sea mejor simplemente seguir observando. Apenas han pasado los primeros cinco minutos de la contienda y ya todos están más drenados de lo habitual...

 

Sí, eso es. Lo que estaba olvidando.

 

Instantáneamente, toma su varita y empieza a invocar cascoburbujas para el resto de sus compañeros, finalizando con ella misma. Había recordado por qué era difícil enfrentarse a demonios (que es la conclusión lógica a la que sus colegas habían llegado) en principio: porque su elemento debilita a los humanos. El olor a azufre y los compuestos derivados del mismo que han surgido de su "legión" los debilita a cada segundo que pasa y eso también les quita su capacidad de deducción. Supone que debería haber echado un último vistazo con su vieja magia antes de ponerse el cascoburbuja porque con él en acción no tiene forma de ver qué sucede al fondo -en las sombras- pero es un precio razonable por mantenerse estables y con vida. Con un exceso de esos derivados de azufre, está segura que podría incluso haber incurrido en daños irreparables a sus pulmones.

 

A pesar de haber realizado esa mediana invasión al espacio personal de todos, no da explicaciones ni tampoco le llega el aviso de "intervenir" por parte de la voz en su cabeza. "Todavía no es el momento" es lo que continúa pensando. Sus únicas cartas disponibles son el control corporal y el umbra, magias que a veces le han traído dificultades, sobre todo la última, así que no quiere usarla así porque sí, cuando ya todos andan haciéndose cargo estupendamente y encima cuando ni siquiera tienen mucha idea de lo que viene a continuación.

 

Todavía no.

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Kaori M.

Se sentía emocionada de finalmente haber conseguido invocar a Pazuzu, cuando había leído los libros no se imaginó que pondría en práctica tan pronto esos conocimientos. Observó como el demonio usaba sus poderes en sus atacantes, los pudo ver retorcerse en el piso cuando la peste los tocaba y los iba destruyendo desde adentro había afuera. Tal y como la bruja le había pedido les estaba brindando algo de tiempo, el suficiente para que ellos pudieran salir de ahí.

 

—Pazuzu… usa el viento, réntenlos aquí abajo el mayor tiempo posible—le pidió Kaori al ser demoniaco que por ahora estaba bajo su control. No tenía ni idea de la magnitud del poder que tenía, así que lo mejor era alejarse. —El los distraerá… —Empezó a decir ¿Y si aquello era una distracción? ¿Y si el verdadero peligro estaba arriba, cerca del Necronomicón?

 

—Vamos… de prisa —Gritó intentando hacerse escuchar por encima del ruido y de un casco burbuja que alguien le había puesto y que por el calor de la contienda no lograba ver la utilidad del mismo.

 

El demonio invocado por la bruja se paró en medio de la línea de ataque de la legión, algunos lograban pasar, pero pronto caían en manos de alguna sombra, de algún fantasma o de presas de algún poder de los oscuros. El caos reinaba en el lugar y aunque hubiera sido entretenido quedarse a observar, todos tenían que salir de ahí ‹‹solo un momento más›› pensó la pelinegra y antes de subir el último escalón se volteó.

 

El viento parecía salir del cuerpo del demonio, salía con tal intensidad que pronto los súbditos de Vashyah no podían dar un paso en dirección a ellos. Estaba funcionando, tan solo tenía que mantener la invocación por el mayor tiempo posible. Miró hacia abajo y pudo ver que su sombra poco a poco se iba formando nuevamente, cuando estuviera completa la conexión se perdería. Quizá no fuera mucho, pero les bastaría para llegar al lugar en donde estaba el grimorio.

 

—Madeleine… Madeleine…—Llamó a la bruja quien al igual que ella había estado estudiando a los demonios —Debemos expulsarlo, saber su nombre es importante y ya Goderic nos dio ese dato… ¿recuerdas como se hacía? —Le preguntó, su cabeza le estaba empezando a doler quizá por todo el esfuerzo que estaba haciendo para que la conexión con Pazuzu no se rompiera o quizá al hecho de que anteriormente había invocado unas criaturas de sombras, no lo sabía, en todo caso no se sentía del todo bien.

 

Editado por Ellie Moody
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El hedor a azufre invade toda la Fortaleza Errante. La legión de demonios asalta todas las recámaras del fortín de la Orden Oscura, pero en la mayoría de ellas no hay muchas cosas de valor. O, por lo menos, no cosas que tengan valor para ella. Sólo hay algo que le interesa de ese lugar y sabe que está ahí. Entre la peste y la violencia, ella irrumpe en el lugar como un ser de luz. Su belleza es etérea y se mueve con gracia, en contraste con la grotesca legión que comanda. Lo que revela su verdadera naturaleza, su rebelión contra el Cielo y la Corte de Ángeles, son las largas cicatrices en su espalda, que su túnica blanca deja al aire. Pero nada de éso importa ya. Si sus alas fueron el precio que tuvo que pagar para perseguir sus ambiciones, perfecto.

 

«No fue una maldición, como creyeron —se dice, mientras sube con calma las escaleras—. Fue una bendición. Me liberaron».

 

«Aunque de todas formas pagarán».

 

La puerta de la biblioteca, ubicada una de las plantas superiores de la Fortaleza Errante, se abre frente a ella. A sus espaldas están sus lacayos, pero no quiere dejarlos entrar. No puede confiar en demonios. No cuando es el Necronomicón lo que está en juego. Así que ella es la única que se adentra, o por lo menos eso piensa...

 

«No. No estoy sola. Malditos sean».

 

 

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Parpadea un par de veces, confundida. De repente, no entiende cómo llegó allí. No entiende de dónde vino aquel arrebato, que la hizo guardar su espada y conjurar a los espíritus que habitan las tinieblas del plano terrenal. Aquel comportamiento no le parece propio de sí misma. ¿Por qué no empuñó a la Espada Susurrante y se lanzó contra los demonios y los objetos reanimados y las grotescas criaturas que invaden la Fortaleza Errante? ¿Por qué no usó, simplemente, la fuerza bruta? «Porque era demasiado est****o, incluso para ti —se responde a sí misma—. Porque no era una buena estrategia». Volver a vincularse con la Magia de la Oscuridad, ha sido todo un desafío; no siempre aquellos poderes le permiten hacer lo que de verdad quiere hacer, no siempre es capaz de percibir en qué le han influenciado los distintos entrenamientos a los que se ha sometido. Aquella es una de esas pocas veces. El Conocimiento de las Sombras va más allá de lo que había pensado, en un principio. No se trata sólo de versarse en demonología y ocultismo, de saber cómo enfrentarse a seres malignos —lo cual habría sido de mucha ayuda en la última misión de la Orden Oscura, en Shaftesbury—. Los poderes a los que aquellos saberes le permiten acceder, son... diferentes. Le permiten convertirse en una invocadora, una bruja capaz de atacar y someter a sus enemigos sin ponerse en peligro físicamente. Y, ahora que están enfrentándose a seres que no son de su misma naturaleza, le parece bastante conveniente. Su cuerpo y su instinto lo asimiló antes que su mente.

 

Madeleine se da cuenta de que puede manejar la horda de espíritus, sin darles órdenes verbales. Como si fuera una titiritera, sus dedos manipulan hilos invisibles para mover a sus marionetas. Si bien permite que la mayoría se dejen llevar por su naturaleza violenta para atacar a los demonios, cuando es necesario interviene y evita que algún demonio u objeto reanimado se pase de la línea y se acerque demasiado a sus aliados. El frío la hace tiritar, pero es apenas consciente de ello. Su mente está concentrada en mantener a la raya las oleadas que se les han acumulado, en destruir aquellas malditas cosas, en obligarlas a someterse ante ella. ¿Acaso...? ¿Acaso no podría intentar controlarlas a su voluntad?

 

Pero la voz de Slithering, por desgracia —o, tal vez, por fortuna— la saca de lo que parece haber sido una especie de trance. Quizás... quizás se dejó llevar un poco...

 

—A su orden, ama Vashyah.

 

Vuelve el rostro hacia el mago, confundida. Al verlo y escuchar su advertencia, comprende que él también parece haber salido de un trance; al utilizar el ilusionismo contra los demonios, se formó una conexión psíquica que lo tuvo bajo la voluntad de... de algo más. «A su orden, ama Vashyah».

 

—Por supuesto —rezonga Madeleine por lo bajo.

 

Sin embargo, no es capaz de ponerlo en palabras. Tampoco hay tiempo para eso, en verdad.

 

—Debemos movernos —dice Madeleine, asintiendo hacia Slithering y Karkarov. Sin embargo, cuando habla, se dirige a todos. De repente, se siente un poco mejor, ahora que respira aire fresco en lugar de aquel hedor a cloacas atascadas. Agradece aquel sencillo pero efectivo movimiento de Bea, de dotarles a todos de encantamientos de casco-burbuja, pero el momento de los elogios será más adelante—. ¿Ideas?

 

En ese momento, Kaori le da una orden al demonio que invocó hace apenas unos momentos. Por sus estudios recientes, reconoce que se trata de Pazuzu, el demonio del viento y portador de la peste y las plagas. No es, exactamente, una figura amigable... pero sabe muy bien que su compañera lo tiene bien controlado. Con aquella distracción, los oscuros logran dejar atrás el subsuelo de la Fortaleza Errante. Aunque le preocupaba que dejar solos a aquellas cosas en un lugar tan importante no fuese lo mejor que podían hacer, confía en el control que tiene Kaori sobre Pazuzu para mantener a aquellos enemigos a la raya. Sin embargo, algo le dice que tendrán un buen rato ordenando el sótano cuando todo termine. Si es que, de alguna forma, logran salir de aquel embrollo.

 

En los pisos superiores de la Fortaleza, la escena no es muy esperanzadora. Aunque ahí arriba no hay objetos reanimados, sí hay demonios por doquier, causando desastres. Pero Madeleine sabe que no tiene caso preocuparse por nada que no sea la biblioteca.

 

Los espectros, que la han seguido desde el subsuelo, se plantan en la puerta de la biblioteca y se lanzan contra los demonios cercanos. Casi por inercia, con un gesto de la mano, les ordena que los aparten para permitirles el paso al interior. Por un momento creyó que habían llegado a tiempo, pero apenas abren la puerta se dan cuenta de que hay alguien, de pie frente al altar donde reposa el Necronomicón y dándoles la espalda a ellos. Parece ser el cuerpo de una mujer, totalmente opuesto a lo que han visto todo el día. Su rizado cabello color azabache cae sobre uno de sus hombros, dejando expuesta su espalda desnuda, donde la piel lisa y tersa es interrumpida por dos largas heridas en proceso de cicatrización. Ha leído acerca de ello en sus libros, pero... no parecía que fuese algo real...

 

En ese momento, escucha la voz de Kaori.

 

—Eso creo —le responde por lo bajo a su compañera—. Pero... no estoy segura de que se trate de cualquier demonio... Parece, más bien...

 

No se atreve a decirlo en voz alta. Los objetos reanimados, los grotescos demonios, son cosas que puede aceptar. Pero aquello es demasiado extraño, incluso para ella.

Editado por Ellie Moody
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sins don't end with tears, you have to carry the pain forever 

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El que de pronto apareciera alrededor de su cabeza un casco burbuja la desorientó por un segundo, pero el mandoble cayó sobre el demonio cortándolo al medio casi hasta lo que sería su cintura. La bruja giró una vez más y volvió hacia donde estaba el resto de sus compañeros. En verdad no había pensado nunca en ponerse un casco, respiró profundo, había dejado de respirar desde que había olido por primera vez que sintió el aroma a azufre ¿para qué llenar los pulmones con ese hedor si no necesitas el aire para vivir? Agradecía igualmente el gesto, observó a sus compañeros buscando al que lo había hecho, pero por primera vez notó el tiritar de los demás. Estar muerta tenía esa ventaja o desventaja, depende, ni el frío ni el calor la afectaban como a los demás, salvo cuando ella decidía actuar como una humana más.

 

De pronto todo se vuelve como en cámara lenta, la voz de Kaori y Madeleine sobresalen sobre el resto, tienen razón, hay que expulsarlos lo peor es que también tienen razón en que pueden haber aprovechado su idea de bajar al subsuelo para distraerlos allí atacar en donde lo más valioso estaba. Obedeció la orden de subir las escaleras, volvió a atravesar el pasillo con los cuadros y armaduras ahora caídos en el suelo. No les llevó demasiado tiempo descubrir que era real su temor.

 

El demonio de Kaori se había ocupado de los demonios del subsuelo, los espectros de Madeleine alejaron de la puerta de la biblioteca a los demonios que estaban allí. La sombra vuelta a invocar se había encargado de los otros demonios en el camino tras recuperar de sus manos el mandoble. Darla levantó su varita, no era un poder de la Orden Oscura pero si aquella criatura avanzaba un paso abriría un portal que la llevara de regreso a… dudo ¿a dónde se devuelve una criatura como esa? Estudio la figura femenina, le recordó al Gabriel de Constantine. Frunció el ceño, aunque la cicatriz no era idéntica y sus cabellos rizados parecían más los de un querubín.

 

—¿De verdad nos enfrentamos a un ángel caído? —respondió con una Darla al comentario de Madeleine de frente a qué o quién estaban. Por precaución cerró más su mente con oclumancia, o más bien sondeó su mente, dudando por un momento que no fuera que habían logrado meterse en su cabeza. Con los demonios nunca se sabía. Cartón lleno tuvo ganas de decir en voz alta, pero nadie la entendería.

 

Vara de Cristal —murmuró sin saber muy bien qué haría luego de eso, no pensaba que fuera buena idea intentar poseer algún librero para tirarlo sobre la criatura y menos provocar una fantasía en su mente, si los demonios menores podían meterse en sus cabezas, como no esa criatura más poderosa. Con la kansho en una mano y una varilla azul con destellos cristalinos tal cual un safiro largo y brillante se quedó esperando la reacción de la criatura la presencia de los miembros de la Orden Oscura. En su mente seguía dando vueltas la idea de crear bajo los pies del ángel un fulgura nox que abriera un portal hacia el mismo infierno.

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Recibe un subidón de energía en cuanto Vera le realiza varios hechizos curativos. Él mismo invoca los poderes uzzas para curar un poco el malestar de su cuerpo. No tiene fuerza suficiente para, en ese momento, conectar con el poder de los paladines. El escudo se desvanece en sus manos. Piensa por un momento que estarán a salvo, que la oscuridad que busca corromper el templo ha desaparecido.

 

Pero, aunque faltan unos minutos para darse cuenta que no, se permite relajarse. Observa a Vera. Espera que no se sienta culpable. La energía oscura afecta a cada persona de distintas maneras. A él, por ejemplo, esa energía lo ataca físicamente. Se aprovecha de sus heridas para hacerlas avanzar, para que minuto a minuto la infección del basilisco avance sin control y mucho más rápido.

 

—Hay algo oscuro que nos afecta Vera. Se ha metido con tu cabeza y se ha metido con mi cuerpo. Tengo que pedirte un favor

 

Y no puede seguir hablando porque es interrumpido por un ser que se hace llamar caballero de la muerte. No puede pelear más pero lo intenta. Está a punto de perder el conocimiento. Vera y Hobb han sido hábiles luchando contra la oscuridad que buscaba corromperlos.

 

El templo, en consecuencia, actúa en favor de ellos. Atrae la tormenta, los rayos caen en un solo punto en el templo como si de un pararrayos se tratara. Brilla con mucha más intensidad y en un segundo expulsa toda esa energía. A Hobb le cuesta un par de segundos comprender que no es energía lo que sale del templo. Es Mjölnir. El Martillo de Thor surca el aire pero no permite que nadie lo sostenga. Se estrella contra la oscuridad, la consume y la destruye. Regresa a su lugar de descanso: intacto.

 

—Vera, debes cortarme el brazo

 

No tiempo para dar muchas explicaciones. En ese punto la bruja debió darse cuenta que el brazo izquierdo está prácticamente muerto. Logra invocar su daga kansho y se hace un pequeño corte para indicar el punto en dónde se debe amputar. Justo a la mitad entre el codo y el hombro.

 

—Calculo que si no lo haces moriré en 10 minutos.

 

@@Mackenzie Malfoy

 

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Miró a Hobb con incredulidad, preguntándose si el Líder de la Orden del Fénix se había vuelto loco. Conjuró Divine Intelect para ayudarse a pensar con claridad. Primero observó el Templo Paladín, que en un abrir y cerrar de ojos, había quedado limpio de aquella energía oscura. Comprende entonces todo lo que Hobb acaba de explicar, la fuerza oscura que se ha estado manifestando en el Templo desde que aparecieron los inferis, la fuerza que ha poseído su mente y mermado el cuerpo de su compañero y comprende, al fin, el propósito de aquel ataque, que no ha sido otro que el intento del Caballero de la Muerte por apoderarse de lo que un día traicionó y perdió.

 

Pero la claridad mental que le proporcionó el Divine Intelect, hizo que reparara su mirada en Mjölnir. Lo acababa de ver volar por los aires y destruir toda aquella oscuridad, pero ahora lucía en su lugar de reposo con mucha más energía si cabe. Era como si aquella oscuridad que había vencido, se hubiera transformado en energía en su interior y, en lugar de desgastarlo o agotarlo, le hubiera dado fuerzas renovadas y un aumento significativo de su poder legendario.

 

Por último, fijó la mirada en Hobb, observándolo a la luz del Divine Intelect, reparando en los días pasados y dándose cuenta de los crueles dolores que ha estado sufriendo el mago. No sólo eso, también cae en la cuenta de los días que su compañero ha estado pasando en la Herreria, forjando algo que hasta ahora Vera no entendía. Pero ahora ya sí. Y es consciente de la verdad de sus palabras, la Muerte acecha ya a su alrededor como un amante, apenas le quedaba un hilo de vida.

 

—Por fin entiendo el mal que te ha estado minando todo este tiempo —le dijo pensativa. —No te preocupes haré lo que dices.

 

Vera observó la daga que había extraído Hobb para indicarle el lugar donde debía cortar. También ella había estudiado estos últimos tiempos con los Guerreros Uzza y poseía una igual. A Mackenzie le había costado una fortuna convencer a aquellos magos para que enseñaran a Vera fuera de sus horarios lectivos en las Escuelas Mágicas y a Vera aún le pesaba aquel favor de la Malfoy. Dudaba que pudiera compensárselo algún día. Sea como sea, no lo pensó dos veces, pues el tiempo apremiaba. Extrajo su propia Kansho, una daga de un acero tan afilado que es capaz de partir cualquier cosa con un ligero roce. Sería lo más efectivo para cortar un hueso limpiamente y con el menor dolor posible. Vera se sintió maravillada por su empuñadura de plata con un repujado de delicada orfebrería hecho con metales y piedras preciosas. A Oronuk le encantaría aquella empuñadura.

 

Apuntando con su Kansho, al lugar que Hobb le había indicado, Vera realizó un profundo corte y, al momento, el brazo de Hobb cayó al suelo, mientras la joven bruja sentía el poder del veneno que había estado concentrado en aquella extremidad salir de ella y penetrar en su daga, que absorbió aquella magia oscura y la retuvo dentro de ella. Quizás el veneno de basilisco, que ahora podía percibir claramente a través de su Kansho, llegara a serle útil alguna vez.

 

El mal había sido amputado, pero Vera aplicó Curación y varios Episkey a la herida Hobb, tratando de contener la sangre y el dolor.

 

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Come, my friends,
Tis not too late to seek a newer world.
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Sabía que el animal protegería la entrada pero también era consciente que el Hipogrifo no iba a durar mucho como guardián pues la fuerza que se acercaba, que nos rodeaba, era fuerte y peligrosa. Teníamos cosas más importantes en las que pensar que en las excusas de Xell por profanar el altar con sus pies.

 

-- Luna y Sherlin venían conmigo, en el dragón. -- Entendía que les causara extrañeza el tema del animal alado así que hice un movimiento doble con la mano como si espantara algo que, en realidad, era que dejáramos el tema para cuando todo hubiera acabado y nos los pudiéramos explicar de forma tranquila. -- Tú sujeta bien la espada y que nadie se acerque a ella. Ni siquiera yo.

 

No era un aviso en balde. Recordaba perfectamente la sensación de poder y de pertenencia que me había generado la espada la primera vez que la toqué aquí, en la pirámide, y el gran esfuerzo que necesité para soportar el deseo de que fuera mía, únicamente mía. Xell tenía una mente tan pura que ni se le ocurriría pensar en ella como una propiedad sino como una reliquia común del clan. La Espada Excalibur necesitaba ser protegida y no encontraba espíritu más leal al clan y a la Diosa que ella misma.

 

-- Lillian, resiste... Scavenger... ¿Puedes obligarla a comer una de esas frutas que traje? Están libres de magia oscura y la sentarán bien, seguro que nos la devuelve.

 

Eso esperaba, en realidad. No sabía el daño que ese ser oscuro le había hecho ya. Sentí el patear furioso del hipogrifo en la entrada y entonces...la vi. Si bien no necesitaba un Lectura de Aura para saber qué era, el efecto estaba tan arraigado en mis hechizos de clan que salió casi sin pensar. Lo que presentí me hizo retroceder un paso, abrumada por los sentimientos malignos que desprendía y por las intenciones claramente asesinas que traía hacia todo aquel que intentara impedir su fin: quedarse con la espada.

 

-- Es... Némesis. -- ¿En serio era ese su nombre real o era uno que ella se había autoimpuesto? Tal vez en los libros que había en el templo pondría algo más de ella. No era el momento, lo dejaría para cuando ganáramos aquella guerra. -- Todas juntas, Hermanas. Sólo tendremos una oportunidad de pararla o... -- Me callé el final que había intuido nos tenía preparadas a cada una de nosotras. -- Que no cruce el portal de entrada.

 

El hipogrifo atacaba a las criaturas que la acompañaban. Aquel Ser Oscuro que alguna vez fue una Sacerdotisa como nosotras, había mandado a una horda de los animales tranquilos y relajados que vivían en la isla, ahora convertidos en sus sirvientes. No me dejé engatusar por aquel peligro. Había que pararla a Ella.

 

-- "Invocando un ser más allá de lo racional, presto mi cuerpo en sagrado ritual, invoco la fuerza sobrenatural, de un Wampus real". -- Me interesaba aquel animal precisamente no por su velocidad rápida o por su ferocidad sino por su capacidad de Hipnotizar. Sentí la mínima transformación en la criatura mágica y no dudé en usar aquella habilidad suya para atacarla. Si funcionara, la detendría con la orden de abandonar todo pensamiento de quedarse con la espada. Sin embargo, era muy consciente que eso, de conseguirlo, sólo sería una detención leve. El poder que tenía podría contrarrestarlo en un tiempo relativamente corto. Estaba segura.

 

Pero también estaba segura que mis compañeras aprovecharían para atacarle en ese momento de más vulnerabilidad en la que su mente aún estaría subyugada a mi poder hipnótico. Confiaba en ellas tanto que me exponía a mí misma, en primera barrera, para que ellas le atacaran con lo más fuerte que pudieran, siendo consciente que lo poco que durara el control, me dejaría exhausta y a la merced de Némesis si no la detenían.

 

Confiaba en ellas. Confiaba en el Clan.

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El alivio de ver a Sagitas y las otras brujas a salvo le duró muy poco. Sabía que no tenía que explicarles qué era lo que estaba pasando, la conexión con Avalón era fuerte en ellas, y con todas juntas fluía con facilidad.

 

Cuando Sagitas mencionó que había que proteger la entrada, entendió que las espinas y las maldiciones que habían descendido sobre ellas eran nada más que una distracción. La otra sacerdotisa parecía convencida de que algo más se acercaba, y conjuró a un hipogrifo para defender la pirámide. Scavenger apenas tuvo tiempo de sentir asombro ante del claro poder de su compañera, pero sí se permitió sentir esperanza, una convicción de que si trabajaban juntas saldrían victoriosas.

 

Después de la sugerencia de la pelivioleta, tomó el pequeño fruto entre sus dedos, era del tamaño de un durazno pequeño. Sin perder tiempo se acercó a Lilian y lo puso a la altura de sus labios, dejando que la inercia hiciera su trabajo. Y así fue, Lilian partió los labios y masticó el fruto, aún con la mirada ausente.

 

— Regresa con nosotras, Lily. Te necesitamos, — susurró en la oreja derecha de su prima con urgencia. Ya había hecho todo lo que podía, no podía pelear esta batalla por Lilian.

 

Regresó su atención a la entrada cuando Sagitas estaba recitando una encantación, una que si mal no recordaba era también un regalo de Avalon, algo así había visto cuando estaba ojeando el libro con la historia de la isla. El hipogrifo estaba cumpliendo su misión, arremetiendo contra animales típicos de la isla, que con los ojos teñidos de rojo atacaban por doquier. Por su parte, Scavenger apuntó la varita a la entrada, expectante.

 

Había escuchado las historias, por supuesto que sí, de la Sacerdotisa Oscura. La que le había dado la espalda a Avalon, la que ni siquiera la Diosa en su amor y paciencia infinitas podía tocar. La criatura que se dirigía hacia ellas apenas parecía humana, el simple hecho de mirarla le provocaba escalofríos. Se colocó frente a Lilian y Xell, protegiendo la espada.

 

— Todas juntas, — repitió las palabras que Sagitas había mencionado antes, sabía que la bruja tenía un plan, y esperaba que eso le hiciera entender que ella estaba consciente de ello. Al igual que lo había hecho antes, empezó a sentir un fuego extenderse por sus brazos. — Estamos contigo.

 

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Beatriz Bouligny

 

Cuando el resto empieza a replegarse, entiende (o al menos eso cree colegir) que a alguien al fin se le ha ocurrido un plan. Así que sigue los movimientos de los demás, se enfoca en no quedar rezagada mientras suben de nuevo las escaleras y el demonio que una de sus colegas controla hace que las criaturas y los objetos otra vez animados queden lejos de ellos. No es una tarea fácil y supone que sus poderes deben estar drenándose pero no se le ocurre una forma en la cual pudiese apoyarla, así que no lo hace. Por el contrario, se adelanta y por poco se da de bruces con otro demonio menor en la planta superior.

 

Por un instante, es como si se hubiese quedado sin aire, a pesar de que lleva una cascoburbuja en la cabeza. Si fuera inmortal, no lo necesitaría pero tiene pulmones débiles, como la mayoría de los humanos y también sentimientos sumamente mortales. Ver el rostro de ese demonio no le recuerda su deber para con su clan si no el sapo distraído que dejara en la sala de estar. Cuando todos se reúnen en torno a la muchacha que ella identificara como la líder con dirección a la librería, ella toma la ruta contraria, con expresión desesperada, esperando contra toda esperanza, que Tobías hubiese encontrado un oscuro rincón en el cual esconderse.

 

Al llegar, lo que ve la deja helada. Uno de los demonios pequeños sostiene a Tobías por las patas. Éste ni siquiera parece tener un rostro definido pero sí una boca grande y ancha, que permanece abierta para recibir al sapo, con dientes blancos y cuadrados, capaces de triturar -a ojos vista- cosas aún más sólidas. Tiene que hacer algo enseguida y lo sabe pero lo único que sale de su boca es un gemido de pánico. El demonio se vuelve un instante hacia ella, antes de que sus antebrazos caigan al suelo y la sangre comience a brotar. Tobías ni siquiera croa, si no que salta alejándose del hecho pero nuevamente, es tomado en brazos por la propia Bea, una de cuyas manos sostiene el puñal ensangrentado que antes cortara al demonio ante ella.

 

Había logrado esos movimientos gracias al Phantom pero Bea se da cuenta que ha llegado el momento de actuar. Así lo que pueda realizar sea muy poco, eso no es lo importante. Sosteniendo fuertemente a Tobías, se aleja con dirección a la biblioteca. Parece ser evidente que alguien ha despejado el camino hacia allí. Escucha un chillido a sus espaldas pero no le presta atención. Invoca el umbra y ve a su sombra adelantarse. De hecho, su sombra llega antes que ella y es por eso que se desliza con suavidad. Tironeando de un cabello, halando una oreja, dando un pequeño pisotón. Así es como llama la atención de los oscuros. Lleva consigo papeles, que sostiene para entregárselos a cada uno, papeles que ella misma escribió de forma apresurada. Después, Bea entra a toda velocidad gracias al phantom y está dibujando un círculo.

 

Después, varias cosas suceden en rápida sucesión.

 

Bea deja a Tobías dentro del círculo que ha dibujado su sombra para rodear a sus compañeros. Su sombra, que también había tomado los restos de sangre del demonio que cortara antes y los restos de ese líquido asqueroso que las otras criaturas desprendieran. Sin embargo, ella no se detiene dentro del mismo, si no que traza uno, alrededor de la figura que esta detenida ante el libro. Éste se encuentra todavía a unos metros del Necronomicrón, pues el altar es amplio y gradual, como un pedestal. El cuerpo de Bea cruza el espacio encerrándola en un amplio círculo antes de que ella le preste importancia pero la daga ya ha hecho su trabajo, trazando ese espacio. Luego, Bea se encoge en el suelo a un lado, a la espera. Todo dura milésimas de segundo, pues el uso del phantom lo hace apenas perceptible para ojos no entrenados... y la espera...

 

Si la cosa ha resultado como ella lo pensara, entonces sus compañeros acudirían en su rescate enseguida. Habiendo detectado su presencia y habiendo leído los pedidos que escribiera en los respectivos papeles, sabrían que ella había pensado en un plan burdo e improvisado, que hacía uso de poderes que ella misma no poseía. Conocía de los hechizos Reotak o Zeul o incluso de los poderes de magias elementales que podrían ayudarla y, si era hecho de manera adecuada por magos de poderes excepcionales para la transformación, también de forma regular y sin la magia del clan para que el suelo dentro de los límites que ella hubiera trazado y bajo los pies de ese ser salido de sus pesadillas, se desvaneciera o desmoronara, de forma que ésta, sumamente poderosa pero desprovista de alas, cayera dentro, en donde podría ser víctima del fuego junto con el resto de sus esbirros.

 

¿Era una locura? ¿Acababa de cometer una imprudencia, una est****ez?

 

No lo sabía. De hecho, se había entregado enteramente a la esperanza de que su mensaje fuera entendido, de que su plan funcionara o de que, en el peor de los casos estando ella encogida y con los ojos cerrados, la muerte le llegara de forma fulminante y quedaran rastros de su cuerpo para que de alguna forma existiera la esperanza de traerla de vuelta o si no... bueno ¿no podía quejarse de la vida que había llevado?

 

Con los párpados fuertemente cerrados en esa fracción de segundo, se preguntó si sus intenciones estaban explícitas y adecuadamente explicadas en ese papel, si se entendería todo el conjunto, si realmente lograrían prenderles fuego, si esa era realmente la solución y si ese círculo que había trazado alrededor de ellos con la sangre y los elementos en que esa ángel caído en particular tenía predominancia serían suficientes como para salvarlos. Al menos, esperaba que si moría, Tobías tendría esperanzas de escapar con ellos ¿no lo dejarían allí detrás con los demonios, no es así?

 

¿Y cómo se había dado cuenta a qué se enfrentaban si no había estado presente cuando una de ellos lo había mencionado? Había sido más bien al ver a ese último demonio. Había recordado lo que había leído una vez respecto a los ángeles caídos. Como, si un invocador no se hace presente ante una legión demoníaca, entonces significa tan solo que un ser de mayor rango tendría que hacer acto de presencia tarde o temprano ¿y quién si no un ser como solo podían ser esos seres de leyenda, podría tener un rango mayor a los demonios intermedios cuya presencia ya habían detectado? Además, también está el hecho de cómo irían a deshacerse de ella una vez el fuego se terminara ¿se quemaría? ¿O solo la retrasarían y tendrían que pensar en enviarla a otra parte? ¿Cuál era la solución real?

 

Por lo pronto, la vida de Bea pasaba demasiado lenta, en esa fracción de segundo de solo preguntarse lo que sucedería a continuación.

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