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Aparecer lo mas discretamente posible en un pueblo muggle siendo un vampiro, suerte con eso. Ante los ojos humanos ahora mas alertas por el conocimiento de que seres mágicos comparten su mundo, la rubia esta segura que brillara como luciérnaga en una noche oscura. La única manera de no ser vista es aparecer en el bosque y de ahi caminar al punto de reunión. Igual se viste de manera que su pálida piel quede casi toda a cubierto. Pantalon, camisa de manga larga con cuello de tortuga, el cabello recogido en una coleta porque no quiere batallar con el en la costa con la brisa marina y lentes oscuros que cubran la mayor parte de su cara y esos ojos azul claro que no son nada comunes de lo claros que son.

 

Se cuelga la mochila con algunas cosas que tal vez pueda necesitar y aparece a la orilla del bosque y enseguida se mete a el usando phantom para que si alguien la vio aparecer, crean que fue un engaño de sus ojos y solo creyeron ver algo ahi que ya no esta. Cuando el bosque termino, comenzó a caminar a velocidad normal, si alguien la veía desde lejos solo pensaría que era una campista mas buscando un lugar donde instalarse a la orilla del mar. Pronto llego al lugar de reunión que ya estaba bastante concurrido por lo que saludo rápidamente y espero que alguien les dijera que debían hacer.

 

No estaba muy contenta con aquella misión, si le preguntaban. Lo único que le interesaba de los muggles era que la dejaran en paz y que permanecieran lejos de ella y su familia. De hecho, hubiese preferido que la misión fuese matar al inquisidor o al ministro a quien creía culpable de todo lo que estaba pasando. A veces se preguntaba si había hecho bien en regresar a la orden pues sus instintos asesinos daban mas para una personalidad con perfil mas mortifago que fenixiano, pero en realidad tampoco creía en una pureza de sangre y esas cosas que el otro bando profesaba, así que suponía que solo era una odefa con un perfil muy oscuro y medio psicópata.

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“La verdad. Es una cosa terrible y hermosa, y por lo tanto debe ser tratada con gran cuidado.” – Albus Dumbledore La caída del Estatuto Internacional del Secreto Mágico cambió el mundo como lo co

En el jardín de El Refugio, las cajas de madera y los sacos se lona se acumulan bajo la luz pálida del sol, esperando a que Madeleine los disponga en el carruaje atado a los thestrals. Mientras tanto,

Madeleine salta con desenfado del carruaje, aterrizando con una ligereza sobrenatural en el suelo árido y escaso de verdor, a pesar de estar usando botas de combate. Vestida con un pantalón cargo colo

Saqué a Ela de allá abajo (o cabe la posibilidad que ella fuera la que acabó sacándome a mí, a pesar de ser quien había acudido en su auxilio) y la abracé. Hacía tiempo que no la veía y aquella mujer pelirroja me inspiraba una gran ternura sólo asimilable a las figuras de Cye o de Xell. Estar con ellas era, sencillamente, estar en calma, tomarse las preocupaciones como algo solucionable desde una postura tranquila y relajada y, la Diosa bien lo sabe, era algo que mi mente inquieta necesitaba.

 

-- Vamos, Ela. Desde aquí se ve el monolito. Y por el movimiento, hay gente esperando. Mira...

 

Señalé el punto en el que se erguía aquel pedrusco y alrededor del cual veía hombres y mujeres reunidos. Miré a los lados y, como no vi a nadie que pudiera reñirme por usar la magia, apliqué un Reducio a la tela brillante del paracaídas y la guardé en mi mochila, apretando bien por los lados para que entrara. Definitivamente, la tenía muy llena, a pesar de su gran capacidad.

 

-- Venga, Ela, vamos... Mira... ¿Aquella no es Scavenger? Sí, definitivamente es ella, a ver si la alcanzamos. ¿Con quién habla?

 

Desde allá no me costaba mucho adivinar los nombres de las formas que se movían en torno al punto de encuentro. Me puse la mochila y gemí por el peso adicional. Después empecé a subir la poca distancia que nos separaba de allá. A medida que llegaba reconocí ya totalmente a casi todos y una sonrisa cubrió mi cara al ver a tanta gente reunida.

 

-- Jole, cómo siempre, llego tarde. Y eso que salí con tiempo -- protesté.

 

Sin embargo, decidí que no era momento de explicar mi vida a nadie, allá parecían hablar de cosas serias. Llegué a tiempo de escuchar sobre rumores que afectaban a la población en la que estábamos, Ravenrock, aunque la chica no parecía querer informar de qué se trataba exactamente. Fruncí el ceño, no me gustaba ir a ciegas en una misión. Instintivamente, lancé una leve ojeada a nuestra compañera Vera y su peculiar forma de ver el mundo pero enseguida dejé de mirar, pues es de mala educación.

 

-- Los muggles son muy interesantes. Yo creo que no tendremos pegas en que nos hablen -- interrumpí sabiendo que, allá, entre los presentes, había gente que no congeniaba bien con ellos. Pero bueno, a mí era una comunidad que me encantaba y me sorprendía cada día que estaba con ellos.

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Madeleine se limita a responder al saludo de Graves con un asentimiento de la cabeza, para entonces apartarse del grupo y echarse a andar sobre el carruaje que ya comienza a moverse, tirado por los esqueléticos caballos alados. Le parece un consuelo ver a Granger unirse al grupo, a quien saluda con un asentimiento en la cabeza. Sabe que, a pesar de la existencia de los clanes, todos son partes de algo mayor: la Orden del Fénix. Sin embargo, no puede negar que congenia mejor con los suyos, pues suele entender mejor sus motivaciones y ellos las suyas. No por nada los oscuros tienen la fama, muy bien ganada, de ser bastante resueltos y prácticos. Si aquella fuera una misión de la Orden Oscura... ¿Y por qué no lo sería? Tiene que haber un motivo por el cual Ellie insistió en que viniera a aquella misión. Tiene que haber un motivo por el cual, además, hayan paladines y sacerdotes con un alto nivel de magia y bastante experiencia en la Orden del Fénix. Decide aceptar la "disculpa" de Ellie, que es más bien una excusa. No es correcto designar una misión en base a meros rumores, pero ¿no es cierto que vinieron bien preparados?

 

«Quizás encuentre la forma de separarme por un rato e investigar por allí. Seguro Granger no tendrá problemas en engañar a algunos muggles. Y, si aparece algún oscuro más...».

 

—Bien, deberíamos encaminarnos al pueblo —escucha a alguien decir a sus espaldas, aunque no se fija en quién es.

 

Ya Madeleine está un poco más adelante, vigilando el camino. Su varita mágica está oculta en la manga derecha de su chaqueta de pana, de un desteñido verde militar; sabe que es un riesgo tenerla tan cerca de la mano, pero también sabe que no puede usarla a la ligera. La magia está prohibida y, aunque puede practicarla de forma sutil para que pase inadvertida, sólo cuenta con unos pocos movimientos que podría realizar. Se pregunta si por eso aquella misión está compuesta por miembros de los clanes: ellos tienen acceso a magia no verbal y sin varita, la cual es relativamente fácil de usar a escondidas. Mientras divaga acerca del tema, su pequeña serpiente se desliza debajo de la manga de su chaqueta y se enrosca en su mano izquierda. Aquel animal emergió de la gema que le obsequió el arcano Nguyen cuando fue a él para dominar su habilidad de hablar pársel. Sus escamas tienen una apariencia cristalina y rojiza, con la apariencia del rubí de donde salió, y tiene unos pequeños ojos negros.

 

Ocúltate, necia —sisea Madeleine, escondiendo la mano con la serpiente en el bolsillo de la chaqueta.

 

La caminata transcurre sin muchas dificultades. Caminan por un sendero de tierra que se abre por las praderas despejadas, lo que les permitiría observar algún obstáculo. No hay puntos de control, tampoco personas agresivas —ni muggles, ni magos—. La verdad es que no se topan con nadie más... lo cual es un alivio. Le parece que es una mejor imagen aparecer en el pueblo con el carruaje y dejarlo detenido, que ser vistos caminando con éste, cuando está siendo tirado por caballos alados invisibles.

 

Un letrero desconocido anuncia que están, oficialmente, en Ravenrock. El pueblo se extiende colinas abajo y parece haber crecido en torno a una pequeña playa, donde pueden verse un muelle sencillo y bastantes botes y personas. Hay algunas casas grandes en los acantilados que se levantan junto al mar y al pueblo, pero sólo unas pocas; donde hay mayor densidad de viviendas, es en las colinas y en las cercanías de la playa. Supone que aquel debe ser considerado el centro de la ciudad, donde deben estar los "lugares importantes".

 

—Tendremos que ir hacia allá —murmura Madeleine, con el ceño fruncido.

 

—Ya —responde Ellie por lo bajo—. Déjame disimular un poco.

 

Ellie se refugia por unos momentos tras unos árboles y, al regresar, trae dos caballos normales.

 

—Calculo que el encantamiento durará unas cuatro horas —explica, mientras desata del carruaje a los threstals para atar a los caballos. Madeleine observa que, luego de una torpe caricia de Ellie (intentando adivinar donde están sus rostros), los esqueléticos caballos se van volando. A pesar de que no parece sentirse cómoda con los animales, por lo menos tiene cierto control de ellos—. Podríamos decir que se escaparon.

 

Madeleine se siente un poco más tranquila entrando así al pueblo, que estando acompañada de un carruaje que se mueve por sí solo o, peor, que se mueve porque unas bestias bastante feas tiran de él.

 

—Hay una iglesia recogiendo donativos para los menos afortunados —le informa Ellie al grupo—. Está cerca de la playa, junto a una escuela y un parque. Dejaremos esto allí y aprovecharemos la ocasión para mezclarnos. Sólo son personas, no creo que sea la gran cosa... mientras no quebremos la ley y hagamos que nos persigan —añade con una risa nerviosa, pues aquella idea le parece bastante posible.

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sins don't end with tears, you have to carry the pain forever 

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Kaori M.

Estaba agotada, desde aquel día casi no dormía, su rostro empezaba a dar muestra de ello, tenía ojeras, su piel estaba demacrada y parecía estar a punto de llorar. Cada pista que seguía, cada lugar al que iba resultaba ser un caminó sin salida, nadie parecía saber nada y aquel sitio parecía ser más de lo mismo. La bruja tenía los brazos apoyados en la barra, su mirada estaba puesta en el liquido dorado de su copa y en como poco a poco los cubitos de hielo se iban derritiendo, decidiendo si bebérselo o no. Dio un suspiró apartándolo de ella para luego pedir un vaso de agua.

—Si no vas a bebértelo ¿Lo puedo hacer yo? —Escuchó decir a una voz femenina detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era, después de todo llevaba casi media hora esperándola.

—Llegas tarde—Se quejó mientras le acercaba la copa —¿Y bien? —Preguntó la pelinegra.

—Lo siento, nadie sabe nada. —Dijo luego de vaciar la copa y dejarla sobre la barra para que se la volvieran a llenar, se sentó junto a ella y añadió —Kao, estas segura de que no está…—No terminó de hablar pues la mirada de su interlocutora le advirtió que era mejor no hacerlo. Hizo una pausa que se estaba transformando en un silencio incomodó cuando Mari volvió a hablar —Lo siento, pero es una posibilidad, lo sabes… hubo muchas bajas ese día —dijo finalmente.

Claro que Kaori había pensado en esa posibilidad, pero se negaba a aceptar que fuera verdad. Aun no estaba lista para hacerlo, era justamente esa la razón por la que se había sumido en aquella búsqueda que cada vez parecía ser más una locura, una forma de escapar. Se puso en pie sintiendo que el dolor se apoderaba de ella una vez más.

—Cornualles. —dijo entonces la rubia tomándola por la mano para evitar que se marchara —Hay rumores de desapariciones, no queda lejos de aquí… puede que no tenga nada que ver, pero es lo único que he podido averiguar. La situación está difícil y resulta complicado moverse sin correr el riesgo de que partidarios del inquisidor te atrapen—Añadió.

—Lo sé, me he topado con algunos… —Dijo la pelinegra recordando lo mal que había quedado el último grupo con el que se cruzó y es que en ese momento no era muy paciente, además de que tenía una sed de venganza que le estaba costando mucho controlar, ese era otro de los motivos por los cuales había preferido alejarse de todo por unos días.

—Te debo una Mari, si necesitas algo sabes como encontrarme. —Antes de salir de aquel lugar cambio su apariencia a la de un hombre de unos cincuenta años, de estatura promedio, piel morena y ojos verdes. Transformó su ropa y empezó a mezclarse entre la gente.

Encontrar el pueblo no le costó mucho trabajo, estaba relativamente cerca y ya que la mejor forma de enterarse de las cosas era escuchando los rumores de la gente, lo hizo como si de un muggle se tratara. Caminó durante horas por la carretera hasta que una pareja de pescadores aceptó darle un aventón, le tocó sentarse en la parte de atrás de una camioneta un poco vieja, pero desde ahí podía escuchar a la perfección lo que decían.

—No se… te digo que ya no es seguro, quizá deberíamos pensar en marcharnos antes de que nos pase algo —dijo el más joven mirando por la ventana, como si retomara una conversación dejada en pausa cuando pararon para llevarla.

—¿Marcharnos a dónde? Tu estas loco, es que acaso no lees el periódico, no hay a donde ir… —fue la respuesta del muggle que iba manejando.

—Entonces tu plan es quedarte y rogar a Dios en no ser el siguiente en desaparecer… ayer fue el hijo menor de Peter, mañana puede ser tu hijo, es que no lo vez —Se volvió a quejar.

—Claro que lo veo, pero a ver dime donde podemos ir, por donde sea hay partidarios del inquisidor o magos y brujas, a estas alturas ya no se quien es peor… Hey tú… Vamos al muelle ¿Te dejo en alguna parte? —Le preguntó mirando por el retrovisor.

—En una posada… o en el parque del pueblo, lo que les quede de camino —Dijo levantando la voz para que pudieran escucharla.

—Ok, al parque será—Añadió girando hacia la derecha. —Hay una posada junto a la iglesia por si te interesa—le dijo. Esta vez ya no continuaron la conversación.

El pueblo en sí era pequeño, las calles de piedra y esa inconfundible brisa marina. Al llegar les dio las gracias e intentó pagarles con dinero muggle que había conseguido, pero el par de extraños no se lo permitieron. Así que era verdad, la gente estaba desapareciendo y al parecer a ninguna autoridad muggle parecía importarle, cosa que no le sorprendió pues tenían cosas más importantes con las que lidiar.

Con aquellas ideas rondando en su mente Kaori que aun conservaba la apariencia de un hombre empezó a recorrer el parque. Para su sorpresa ese día había una gran cantidad de pueblerinos reunidos afuera de la iglesia recibiendo víveres, aunque eso no le llamó la atención sino el hecho de que entre ellos pudo reconocer varios rostros familiares, entre ellos al líder de la Orden, a Madeleine, Ellie, la joven de ojos raros y seguramente habían más confundidos entre la gente «Genial…» pensó frunciendo el ceño mientras se reprochaba por haber ignorado la moneda que servía como comunicación entre miembros del bando, quizá si lo hubiera hecho sabría porque están ahí.

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—Hola Hobb —correspondió Vera al saludo. Acababa de escuchar las explicaciones de Ellie y, aunque no había sido muy clara sobre las cosas turbias que estaban ocurriendo en aquel pueblo, al menos se había molestado en reconocer que no todo era diplomacia en aquella misión. Su humor se apaciguó algo, lo justo para permitirle sonreír a Hobb al verlo aparecer.

 

Caminó con el grupo en silencio, observando el agreste paisaje de la zona hasta que divisaron el letrero de Ravenrock. Estaban en lo alto de una colina y abajo el mar se remansaba en una pequeña playa. Varias embarcaciones de de corta eslora recalaban en un embarcadero. A Vera le recordó al pequeño pueblo de pescadores en el que se había criado, aunque no pudo evitar pensar que aquel lugar tenía un aire más siniestro entre tantas colinas y escarpados acantilados. Vera sabía que no todas las embarcaciones del muelle eran naves de pesca. Los barcos pesqueros casi siempre están sucios y llenos de redes y aparejos. Tampoco sus motores se cuidan con esmero cuando es una pequeña familia la que debe costear las reparaciones. Tampoco eran barcos de lujos ni cargueros grandes, eran más bien naves pequeñas y rápidas, con motores bien cuidados y lugares bien acomodados donde transportar una buena carga, aunque no tan grandes que llamaran la atención. Barcas de contrabandistas, sin ninguna duda.

 

Mientras Ellie sustituía los Thestrals por caballos, Vera observó a las colinas a su alrededor, pobladas con numerosas casitas. Debía de haber muchas más playas como la que veían abajo, escondidas entre los recovecos de los altozanos y pensó que se apostaría su paga de un mes a que aquel lugar era un nido de contrabando.

 

Al llegar de la Iglesia a la que se dirigían, observó un folleto turístico en uno de los comercios cercanos. Los titulares hicieron sonreír a Vera. La indómita patria de Arturo y Excalibur. Visite las antiguas minas de estaño. Antigua tierra de piratas y contrabandistas. Así que después de todo el contrabando era tradición en aquellas playas. Frunció el ceño y volvió la vista hacia el grupo, que se acercaba ya hacia la Iglesia. La primera parte de su misión sería entregar los donativos que llevaban para ayudar a los que habían sufrido las consecuencias del ataque en el Canal de la Mancha. Luego, supuso, habría que improvisar. A menos que alguien tuviera ya un plan.

 

Varios policías cruzaron por delante de la Iglesia. Vera se ajustó las gafas oscuras y sujetó con fuerza su mochila. Su varita estaba a buen recaudo. Nada que pudiera alertar a los muggles sobre su capacidad mágica, en el caso probable de que se tuviera que mezclar con ellos. Desde luego, no tenía ninguna gana de que ningún policía le hiciera tragar esa horrible medicina de la que varios periódicos muggles y mágicos se hacían eco ya. Al parecer, la tecnología no mágica había descubierto un gen causante de la magia y tenían el remedio para contrarrestarlo. La píldora antimagia, como la llamaban ya algunos, era algo en lo que los magos preferían no pensar y los muggles preferían no airear, pero aún así, la noticia estaba ya en varios de los periódicos de larga tirada. Vera se estremeció y apartó la vista de los policías.

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Come, my friends,
Tis not too late to seek a newer world.
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Camino aun lado de la carreta solo por un tiempo pero aquello le era desagradable, la velocidad humana. Su raza era muy veloz y su clan aun mas y ella estaba muriendo por usar un phantom pero sabia que eso alertaría a los muggles. Ademas de que los grupos numerosos le causaban molestia, ella era mas una ermitaña. Tras aquellas gafas oscuras aprovecho para observar todo alrededor sin que nadie se diese cuenta. Cada recóndito lugar que pudiese ser usado como refugio si fuese necesario, en caso de que los pueblerinos se percatasen de su verdadera naturaleza.

 

Ya les habían dicho antes de encaminarse hacia el pueblo que algo raro estaba pasando en aquel lugar y no quería que los culparan a ellos en particular. Estaba segura que los humanos normales ahora relacionarían cualquier cosa rara con magia y si eso raro era malo buscarían un culpable y seguro serian ellos

 

- Madeleine, creo que deberíamos mezclarnos entre la gente y ver si podemos escuchar algo - dijo acercándose a esta mientras dejaba a los demás hacer sus cosas - seguro en la posada habrá gente y en estos pueblitos la gente habla mucho

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Matt Ironwood.

 

Pese a estar en un mundo de guerra o postguerra (ha esta altura el castaño comprendía que la situación era tan variable como lugares hay en el mundo) Ravenrock seguía manteniendo una vida activa, lo notó en los pequeños botes pesqueros que iban y venían desde la bahía, en las tiendas abiertas, en sus habitantes recorriendo sus calles empedradas e incluso en un anuncio que ofrecía obras de teatro y paseos turísticos y aquello le alegró bastante. Pero también se percató de los rostros tristes, las pocas risas, las conversaciones en susurros que mantenían los transeúntes y las miradas de recelo que le lanzaban al grupo de extraños que acaba de llegar al pueblo y el mago no podía culparlos.


Trató de saludar o sonreír a las personas con las que cruzaba miradas pero en la gran mayoría de los casos simplemente fue correspondido con un gélida indiferencia, observó al resto de sus compañeros a sus camaradas paladines con los que marchaba pero también a los sacerdotes y a los oscuros, parecían igual de incómodos con todo aquel ambiente. Entendía que para un segmento considerable de magos y brujas la población no mágica, sus costumbres, su forma de vivir era algo completamente ajeno y verse sumergido en un poblado nomajs era una experiencia ya de por sí muy incómoda sin tener que agregarle aquella atmósfera de cierta hostilidad.


Para Matt el escenario era algo diferente, el mundo nomajs nunca fue algo extraño y lejano, creció en un vecindario nomajs, concurrió a una escuela nomajs, su padre pese a ser un mago decidió trabajar como bombero en Hilo y los Ironwood eran una antigua estirpe reconocida por sus mestizaje de sangre, desde sus inicios en una lóbrega isla en el norte de Escocia, hasta volverse en el terror de los mares por varios siglos finalizando con su asentamiento en la joya del Pacífico que era Hawaii. Se sentía como en casa con los nomajs.


La iglesia de piedra era de las construcciones más antiguas de Ravenrock y se encontraba cerca del puerto fue allí donde el destacamento de la Orden del Fénix detuvo su marcha. En ese momento comprendió el porqué del carruaje que las Moodys trajeron con ellas, estaba lleno de víveres para colaborar con los más necesitados. Muy buena idea admitió el mago.


Se acercó hasta el carruaje y comenzó a descargar varias cajas de frutas y verduras hasta crear una alta columna que logró sostener con facilidad, el entrenamiento en el Templo Paladín incrementó su fuerza a niveles insospechados. Con mucho cuidado subió los siete escalones de piedra que conducían a la entrada de la Iglesia y depositó las cajas junto al párroco encargado de la recolección de donaciones aquella jornada.


-5 cajas de papas y boñatos, 3 de manzanas y naranjas - le informó al religioso veterano antes de estrechar su mano. El hombre se encontraba muy sorprendido y agradecido por tamaña donación que aquel grupo de extraños trajo consigo al pueblo -Muchas gracias, toda colaboración es bienvenida a Ravenrock - replicó - ¿De donde vienen? Tu tienes acento americano -


-Si soy americano, pero tengo familia en Devon de allí venimos - se apresuró a responder, después de todo lo que estaba contando era cierto, Ottery quedaba en Devon.


-Muchas gracias, el mundo y Ravenrock no están pasando por su mejor momento, es necesario que nos apoyemos entre nosotros, dios los bendiga - los elogió el religioso.


-¿Ravenrock fue atacado durante la guerra? - Matt creía que aquel era un buen momento para tratar de obtener más información sobre lo que pasaba en el pueblo y dado que aquel sujeto era por el momento la única persona que se había mostrado receptivo con ellos no podía desaprovechar la oportunidad. Y como pensaba fue de mucha ayuda.


-Ravenrock por suerte nunca fue blanco de ataque directos durante la guerra, pero eso no quiere decir que nos vimos ajenos a los estragos que está causó, muchos perdimos familia y amigos…. Los recursos llegan con más dificultad al pueblo… como en otros tantos lugares, no somos los únicos que afrontan necesidades… pero lo peor comenzó a suceder hace unas semanas - el párroco bajó la voz y miró con seriedad al mago - no quiero asustarlos, los que menos nos hace falta es seguir perdiendo ayuda de afuera pero sería un egoísta mal agradecido si nos les advierto-


-Desde hace unas semanas, personas han estado desapareciendo del pueblo, las autoridades están investigando, los pobladores están en alerta, pero por ahora nada ha cambiado, cada día al ponerse el sol la niebla llega, nadie sabe de donde, simplemente aparece, fría y espesa, impropia de la estación, uno no puede ver más allá de su manos, le rehuimos, evitamos salir pero no siempre se puede y a veces gente que sale no regresa, no se encuentra rastro alguno es como si simplemente desaparecieran en el aire, no se si son los magos, demonios o un castigo de dios pero Ravenrock no es seguro, la gente está comenzando a irse -


El ojiazul escuchó atentamente el relato de hombre, definitivamente la Orden del Fénix hizo bien en enviarlos aquel lugar, allí estaban cosas y tenían que hacer algo.


-Lamento lo que está pasando, esperemos que se pueda encontrar una solución pronto…pero nuestro grupo necesita un lugar en donde pasar la noche ¿Sabe de alguna posada? -


Minutos después se encontraba reunido junto al carruaje con sus compañeros de la Orden compartiendo la información que el predicador le había dado.


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Utiliza una pequeña mancha en el techo para divagar. Necesita no pensar y encontrar posibles figuras e historias para aquella suciedad resultaba eficiente para aquel propósito. Sin embargo ¿cuánto tiempo puede mantener distraída su terca mente? Menos de lo que le gustaría. El tiempo y la magia curativa habían sanado su cuerpo hace tiempo pero su confianza había sido aniquilada. Cada vez que invoca su sombra para practicar y entrenar su cuerpo, siente que algo anda mal; siente desconfianza de su sombra, siente que la conexión entre ambos es más delgada que nunca.

Ha gastado noches enteras a perfeccionar sus conocimientos de demonología, los materiales más adecuados para ciertas invocaciones y los mejores rezos o simbología para mantener a raya cualquier espíritu vengativo pero no importa mucho aquellos conocimientos ya que nunca los había llevado a la práctica. No se sentía capaz cuando apenas comenzaba a estudiar sobre el tema. No se siente capaz ahora que tiene conocimientos casi expertos. Teme que queden residuos en su cuerpo del poder de Necronomicon ¿y si invoca un demonio o criatura que no puede controlar? Sabe que es un temor infundado pero el saberlo no le ayuda a controlarlo.

Inicialmente, había decidido no asistir a la siguiente misión a realizar como Orden del Fénix. No se sentía capaz de hacerlo, sin embargo al enterarse del carácter de la misión, termina aceptando. Paz y conciliación. Una misión con esos objetivos no podría significar ningún riesgo. La magia a utilizar sería sencilla, incluso artística, nada destructivo ni peligroso. Incluso siente cierto alivio, quizás realizando un trabajo tan acogedor como aquel le permita superar sus pensamientos limitantes y reencontrarse con lo ”bueno” de la magia.

Se asegura que su monedero de piel de Moke está abastecido con (más de) lo necesario. Cierra los ojos y aparece en las cercanías del pueblo no quería dar una impresión de invasión, entrando directamente en su hogar. La caminata le ayuda para despejar la mente y animarse un poco más, aunque puede sentir ese peso extra sobre sus hombros. Toca su colgante, regalado por Mackenzie, para sentirse sorpresivamente un poco más tranquilo.

Al llegar se encuentra con caras familiares y una gran cantidad de objetos y alimentos, que los hacía un grupo bastante llamativo. Saluda con un gesto pero no se acerca a nadie en particular, espera que el líder o alguien más tomara la decisión sobre separarse o mantenerse juntos. Si fuese por él, simplemente revelaría que es un mago. Difícilmente podrían generar una relación de confianza con los aldeanos y muggles basándose en mentiras y engaños. Claramente, debían revelar la verdad a un grupo pequeño, partiendo por el alcalde o jefe de aquel lugar para así no generar escándalo o pánico en el pueblo.

⤝⤙ ✾ ⤚⤞


Timmy, un niño de 12 años, era de aquellos donde su curiosidad era mayor que su instinto de supervivencia. Había crecido en la iglesia, en una especie de pequeño orfanato. Siempre salía por las calles a realizar trabajos varios, limpiar el frontis de algún negocio, ayudar con las compras a alguna anciana, entre otras. Sabía que no podría vivir para siempre a cosa de las donaciones, por lo que ya se había acostumbrado a levantarse temprano todos los días, estudiar un poco de los viejos libros de la iglesia y luego salir trabajar para conseguir algo de dinero para ahorrar.

En sus manos tenía un periódico antiguo sobre un ataque de magos a una ciudad cercana, le llamaba la atención la majestuosidad de los dragones que habían quedado plasmados en una fotografía. Por una parte, le gustaría hacerse amigo de algunos magos, aprender sobre la magia, verla, vivirla pero el recuerdo de los recientes hechos le frena. Sabía, tanto como podía saber un niño pequeño, que no todas las personas eran malas y creía que lo mismo se daría con los magos pero las noticias sobre la desaparición de ciudades enteras por un grupo de dragones no le permitía sentirse del todo a gusto.

Observa a un grupo, bastante grande, de personas. El pueblo era bastante pequeño como para conocerse entre todos y no le era complicado adivinar que eran extranjeros. Se acerca lentamente y toma de la ropa de una de las mujeres para ofrecer sus servicios de guía. Nota que algunos usan anteojos oscuros lo que le da desconfianza, los ojos son la puerta del alma ocultarlos solo era una mala señal. Sin embargo, trabajo era trabajo.

Son visitantes ¿no? Puedo ser su guía turístico si lo necesitan ¡conozco toda la ciudad y su historia! Claro... por un módico precio.

Realmente no era una exageración, el pequeño niño entre sus trabajos esporádicos había escuchado tantas historias y lugares que, sin duda, otorgaría un buen paseo a los visitantes. Una sonrisa pura e impaciente afloraba en su rostro mientras esperaba si aquellas personas serían sus clientes.
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No le sorprende que cada persona gravite hacia los suyos; aunque hay caras desconocidas, puede adivinar fácilmente a qué clan pertenecen por las personas a las que se acercan. Deben ser un grupo extraño, porque las miradas y comentarios en voz baja de los nativos se manifiestan en cuanto ponen un pie Ravenrock y los siguen durante su trayecto hacia la iglesia.

 

La militarización de Ravenrock es evidente no sólo por la tensión en el aire, sino que hay policías muggles dispersos en diferentes puntos del pueblo, Scavenger evita su mirada y espera que el carruaje sea suficiente cubierta para un grupo tan grande de personas. No puede evitar fijar su atención, mientras caminan, en los habitantes del pueblo; piensa en Avalon llena de vida, completamente opuesta a Ravenrock, que aún con el bosque y mar tan cerca parece un lugar vacío, ausente, un vestigio más de la guerra.

 

Le gustaría pensar que siempre ha sido buena leyendo a las personas, que con todo lo que ha leído y estudiado acerca de los humanos, de su historia llena de sangre y esperanza, sabe cómo funcionan y lo que los mueve, pero no puede negar que desde su regreso es mucho más perceptiva. Le basta mirar a un puñado de personas en Ravenrock para saber que la emoción predominante es el miedo, pero ¿a qué? Está a punto de comentarlo cuando llegan a la iglesia.

 

Matt toma la iniciativa, y Scavenger lo agradece, porque el mago es honesto de una manera que casi no se encuentra, y por supuesto, también tiene mucha más facilidad para hablar con la gente que ella misma. Minutos después, cuando el mago les está repitiendo su conversación con el predicador todo empieza a cobrar sentido. Antes de que alguien comente algo, se asegura de chocar su índice sobre su anillo salvaguarda contra oídos indiscretos, para que nadie que no fuera de la orden pueda escuchar lo que está a diciendo. Gracias a la Diosa, el encantamiento en el anillo es lo suficientemente discreto para ser activado sin dar señal alguna.

 

— ¿Gente que desaparece? Si ya sospechan acerca de los magos nos tenemos que andar con mucho cuidado. No podemos darles razones para que duden de nosotros también.

 

Está a punto de decir algo más cuando siente un tirón en su suéter. Al girarse se topa con un niño, no puede ser mayor de 15 años, los está mirando con curiosidad en sus ojos, menciona un tour y la historia del pueblo. Scavenger no puede evitar sentirse tentada por esa última parte. Investigar el pueblo antes de que caiga la noche se le hace lo más sentado, está segura que los demás están pensando en algo similar, pero no se puede imaginar a todo el grupo tomando un tour.

 

— Personalmente, creo que escuchar un poco de la historia del pueblo será entretenido, — comenta, y señalando el folleto que el niño trae en las manos añade, — Resulta que soy una gran fan de Arturo y Excalibur, si alguien se quiere unir es bienvenido. Si no, ¿podremos vernos esta tarde en la Casa del Puerto?

 

Siendo el pueblo tan pequeño, cuenta con dos hostales que según el predicador se encuentran casi vacíos desde que empezó la guerra, los policías están quedándose en el hotel central junto a la iglesia. La Casa del Puerto es un hostal pegado al mar que apenas y tiene clientes, ella piensa que es el lugar perfecto para que puedan tocar base, lejos de los oídos de los muggles o los oficiales.

 

Con una mirada curiosa hacia el grupo, espera que los demás decidan su curso de acción.

 

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should've spun a story


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Apenas los pies de Ela Karoline ttocaron suelo un mundo de tela se le vino encima, cuando se suponía que debía quedar detrás de ella, el caso es que aquel bombin de hermosos colores junto con las cuerdas que debía manipular, todo se enredo hasta causarle una especie de ahogo y la rápida pedida de auxilio. Por suerte Sagitas Potter Blue estaba cerca.

 

Su petición fue escuchada y pronto la bruja de cabellos violeta estaba sanbullida apartando telas y sacándola de en medio de todo aquello, a su vez le preguntaba entusiasmada cual niña, si ella también podía volar como los muggles con aquel artefacto

 

--¡Claro que puedes!-- dijo contagiada del entusiasmo para segundos después fruncir el ceño informando

--Aunque eso va a retrasar nuestro compromiso con los demás-- puntualizó mirando en dirección al monolito que era el punto de encuentro con el resto de los miembros de la Orden del Fénix.

 

Por toda respuesta la Potter termino de auxiliarla y pronto ambas estuvieron libres, para su sorpresa y agrado Sagitas la abrazo sin motivo aparente alguno, nada más que el hecho de conocerla, o quizás de ser prima de Cye, aunque Karoline prefería pensar que era porque había una real conexión entre ambas, la promesa de una amistad floreciendo, además de los lazos sacerdotales que no eran poca cosa, ella también correspondió al abrazo y apoyo su mejilla en el hombro de la bruja, por un momento no se sintió tan sola y sin familia.

 

Animada por el gesto de cariño y también porque la pelivioleta la animaba avanzaron hasta encontrarse con los compañeros, dos magos y varias brujas, Sagitas había mencionado a Scavenger, una sacerdotisa, Ela contempló a las demás personas, sentía curiosidad por Vera y Madeleine, tal vez porque no aprecian fotografiadas en el álbum que Cye le dejará con información de cada conocido.

 

Miro el carruaje y frunció el ceño, los muggles no lo verían tan común pero segura estaba de que Elli y Madeleine ya habían pensado en el asunto, supo que contenía provisiones, ella llevaba algunos remedios efectivos producto de la herbologia y el conocimiento mágico como sanadora, pero en presentación de jarabe y gagreas, tal vez pudiera ayudar desde esa perspectiva.

 

Cuando llegaron al poblado entre la iglesia y la escuela la gente se aglomero al ver el carruaje, Ela llevaba en el brazo una estructura plegable que al abrirla se convertío en una mesita sobre la que puso las medicinas y ella misma llevaba una bata blanca y un estetoscopio colgado al cuello, sabia que los médicos, los sacerdotes y las monjas inspiraban confianza y se convertían en voces guías en medio de los conflictos, tal vez aquí funcionará igual.

 

--Pasen por aquí si sienten alguna molestia-- dijo en voz alta, de inmediato un policía muggle le pregunto si necesitaba un par de asientos y un biombo del pequeño dispensario que estaba al final de la calle cerrado, que estaban muy agradecidos porque el medico del pueblo era uno de los desaparecidos, acercándose un poco más a la bruja agregó que debido a las desapariciones al caer la noche, ahora todos se refugiaban temprano en sus casas, "tenga cuidado esta niebla maligna no distingue entre propios y forasteros. Ela pensó que allí iba su primera oportunidad de obtener información y rezo en silencio porque alguno de sus compañeros estuviera escuchando.

Editado por Ela Karoline
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