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En el mundo mágico, habían sucedido un sinnúmero de cambios y cosas extrañas.

 

Una noche, el ministro había echado abajo el estatuto del secreto. Otra, un grupo de licántropos había atacado la ciudad. Muchas noches después, había empezado a hablarse de un sujeto que se hacía llamar "El Inquisidor".

 

Algunos de esos rumores habían alcanzado esferas internacionales. Sin embargo, en una cómoda casa de campo Siciliana, todas esas cosas eran buenas noticias. Los jugadores de cartas apostaban en un salón contiguo, mientras un pálido hombre de mediana edad observaba su chimenea encendida desde las sombras, sentado en una cómoda butaca. Había una mujer de similar complexión, de pie cerca de él. Ninguno de los dos hablaba.

 

En la esquina de la habitación, se oyó un ligero ¡pop! y ambos alzaron la mirada al instante. Una tercera figura se acercó hacia ellos con un sujetapapeles. Parecía el tipo de individuo que siempre anda ocupado y que solo te dedica parte de su valioso tiempo para indicar lo justo y preciso.

 

—El licántropo capturado hace tres meses murió —informó con voz neutra—. Su saldo es de cien mil galeones.

 

Las dos figuras próximas ahogaron un suspiro. Saldo positivo, quería decir que el dinero ganado gracias a él había excedido con creces el costo de su captura y posterior manutención.

 

—Lastimosamente, las sirenas son un problema cada vez mayor —informó—. No sabemos de donde siguen obteniendo magia para poder hacer esas defensas de hielo, alguien debe estar aprovisionándolas —prosiguió con voz fría—. A este paso, ni siquiera la venta de las sirenas en sí mismas alcanzaría para justificar los costes.

 

El hombre sentado en la butaca soltó una maldición con voz queda. La mujer colocó una mano reconfortante sobre su hombro.

 

—¿Qué hay con los duendes?

 

El individuo alzó la vista de su sujetapapeles por primera vez.

 

—No hemos tenido noticias pero no parecen buscar interferir con lo nuestro —masculló.

 

La mujer asintió sin agregar nada. El hombre sin embargo, se sacudió un poco para que su mujer dejara de sujetarlo y preguntó:

 

—¿Cómo es que no hemos podido averiguar todas estas cosas a través de El Profeta?

 

Cualquier persona en el mundo mágico, sin duda habría pensado que se refería al periódico. Pero eso era en Londres, no en Sicilia.

 

—No podemos perderlo. Lo necesitamos.

 

El hombre con el sujetapapeles asintió, antes de informar que no sabían por qué El Profeta no había sido de utilidad en eso.

 

—Las cosas van bien en el laberinto. Podremos enviar turistas a las islas a partir de febrero.

 

Ninguna de las figuras dijo nada.

 

A varios kilómetros, en las Islas Eolias, los ojos de un muchacho joven, de contextura sumamente delgada, se abrieron. Estaba sentado, sobre una grieta en el suelo. Afuera, se respiraba un aire cálido y húmedo pero el muchacho delgado no parecía interesado en ello. Sus ojos velados revelaban su ceguera pero eso no era lo más inquietante: lo realmente inquietante, era la forma en que sus pupilas se movían ¿por qué había abierto los ojos si no podía ver de todos modos?

 

Porque se sentía en medio de un extraño trance. Como si un hilo fino y delgado conectara su anatomía tanto al cielo como al suelo y pudiera observar el mundo entero por un instante, con sus parajes, con sus seres humanos y estrellas. Todo, conectado con él, por un ínfimo segundo.

 

El momento pasó y el muchacho, que apenas había dejado de ser un niño, se acurrucó en el suelo junto a la grieta, para dormir. Una voz, proveniente de la grieta, parecía querer decirle algo pero el muchacho cerró sus oídos a cualquier llamado o fuente de información y cayó en un sueño profundo.

 

Muchos videntes alrededor del mundo, sin importar su zona horaria, despertaron de una misma pesadilla, a la vez. En ella, un muchacho ciego, de ojos velados, les revelaba el inicio del fin del mundo.

 

A la par, en un oscuro habitáculo, una tablilla de escritura cuneiforme mezclada con runas antiguas descansaba en el fondo de una habitación, sobre una especie de estrado. Sin descubrir, por siglos. Allí, reposaba la profecía sobre el muchacho ciego. Cubierto por mucha arena y polvo, la excavación avanzaba sin mayor revuelo, sin saber lo que sería encontrado.

 

La revista corazón de Bruja había enviado corresponsales ese día, que descansaban bajo cómodas sombrillas gigantescas que los cubrían del sol, con bebidas frías y pajillas metálicas ¿Sabían ellos que el jefe de la excavación estaba a punto de realizar un descubrimiento determinante?

 

Nada de eso, nada tan poco trascendental, no.

 

Algo mucho más urgente: Dante Diallo, el encargado de la excavación, acababa de ser elegido el trasero más atractivo del mundo mágico por tercera vez consecutiva en la revista. Los reporteros se pelearían por una exclusiva de su... figura y luego, darían cuenta de una extensiva entrevista para intentar explicar por qué, en medio de un contexto de crisis política y temor generalizado, ese hombre había conseguido que la editora recibiera más de mil lechuzas con misivas y votos para él. Es decir ¿realmente quedaba esa cantidad de brujas y magos en el mundo mágico? ¿O era alguna clase de magia desconocida que ni siquiera el más tenebroso de los magos había descubierto todavía?

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En el mundo mágico, habían sucedido un sinnúmero de cambios y cosas extrañas.   Una noche, el ministro había echado abajo el estatuto del secreto. Otra, un grupo de licántropos había atacado la ciu

Leslie acomodó su gorro para que no se le viera su cabello pero haciendo uso de su metamorfomagia modificó sus rasgos haciéndolo más asiáticos para que no supieran quién era realmente. Una vez lista s

Agnes Lynn A través del lente de su cámara la luz era casi soportable, el cóncavo del cristal acercaba el mar a ella y disminuía el reflejo del sol sobre las olas. Agnes hizo una mueca de disgusto

Se había cansado de estar en la penumbra del anonimato de Corazón de Bruja, además, los temas de la vida social del mundo mágico ya no le importaban y su editora no la dejaba publicar las cosas que realmente quería, es decir: postularse en contra de las ideas supremacistas de Aaron y de cierta forma, avalar la conducta del Inquisidor. Como último recado, había aceptado ir con la delegación del periódico a la excavación de quién sabe dónde y por qué sabe quién. Estaba vestida como siempre, con sus ya conocidas túnicas anchas y su cabello alborotado cayéndole sobre sus hombros. Maida Yaxley sólo se preocupaba por una cosa: irse lo más pronto posible de ahí. Ese país en particular no le daba los mejores recuerdos, y mientras más rápido Dante encontrara lo que buscaba, más rápido estaría ella fuera del contrato que la ataba a Corazón de Bruja.

 

Lo único positivo de alejarse de Inglaterra, era justamente eso, alejarse de Inglaterra. No podía seguir callándose la ira de cada paso que daba en su vida, Aaron. Lo último que había hecho aún no había sido puesto a discusión entre ellos y era algo con lo que no estaba de acuerdo y tampoco lo entendía. O sea, matar a Elvis Gryffindor era una cosa, era un rival al fin y al cabo, pero usar eso para, para desnaturalizarse como había hecho. Alguien tenía que al menos intentar detener a Aaron, aunque pudiera costarle algo más que el puesto de trabajo y su posibilidad de mantenerse cerca. Sin notarlo, se estaba frotando la manga de la túnica dónde se escondía el tatuaje de la Marca Tenebrosa.

 

Signore Diallo, ¿estamos cerca a algún descubrimiento? Quiero decir —dijo en lo que parecía o pretendía parecerse a una disculpa—, ¿cuánto llevan en la excavación y qué avances ha tenido que le hacen pensar en algo grande para este espacio?

 

No quería ser ni maleducada, ni imprudente, pero en su constante intención de taparse los pensamientos con acciones, terminaba enredándose hasta con la lengua. Por eso prefería escribir, por eso había comenzado a lanzar panfletos anónimos.

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Leslie acomodó su gorro para que no se le viera su cabello pero haciendo uso de su metamorfomagia modificó sus rasgos haciéndolo más asiáticos para que no supieran quién era realmente. Una vez lista se escabullo del castillo Ashryver por la ventana con sábanas de su cuarto hasta que saltó los pocos metros de su ventana al suelo, una vez lista hecho a correr hasta las rejas para abrirlas apenas y pasar por el medio.

 

Agradecía a sus diez años de vida, era pequeña para sus diez años así que podía entrar por lugares donde un adulto le resultará difícil, una vez afuera desapareció directo a la reunión, había logrado modificar los papeles del concilio para extraer dos dragones Opaleyentes de la isla sin que sus compañeros de dieran cuenta que faltaban.

 

-Siento llegar tarde, ya vendieron al licantropo?- les preguntó sentándose en una silla -Aquí está el mapa dónde están los dragones que saqué para la venta, los venderán vivos o extraeran sus partes antes?-

 

Quería tener su propio dinero y sus cosas, estaba cansada de depender de los demás para sus gastos y más aún cuándo había cosas interesantes que comprar en el extranjero. Observó los rostros de sus compañeros traficantes y parecían estar cansados o agotados.

 

-Pero que les pasa a ustedes?- le dijo la niña con cuiriosidad hasta que escuchó lo de las sirenas -si quieren yo me encargo de ellas, tengo Fwooper que podrán enloquecerlas y después sería sólo atarlas y callarlas- propuso mirando a los tres con una de sus cejas levantadas a su plan.

 

 

@@Richard Moody

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Agnes Lynn

A través del lente de su cámara la luz era casi soportable, el cóncavo del cristal acercaba el mar a ella y disminuía el reflejo del sol sobre las olas. Agnes hizo una mueca de disgusto, aún tenía que corregir el color y probablemente añadir otro cristal para preservar el enfoque. Presionó el disparador de la cámara, más por costumbre que por arte, y sin muchas ganas le dio la espalda al mar.

 

Traer el abrigo había sido un error, pero si lo que sus contactos le habían dicho era cierto, no estaría las islas por mucho tiempo. Las excavaciones en las Eolias eran comunes, y hasta donde ella sabía, salvo por alguna pieza de cerámica o huesos enterrados en el suelo, rara vez encontraban algo interesante.

 

Y sin embargo.

 

En el bolsillo interior de su abrigo descansaba una carta que la dirigía precisamente a esa excavación, con fecha y lugar perfectamente detallados. La carta en sí no era algo extraordinario, estando en el negocio de artefactos mágicos Agnes recibía reportes de excavaciones de todo el mundo, lo extraño era que usualmente sus fuentes le notificaban ya que el trabajo estaba terminado y los objetos contados. El hecho de que la cita fuera en el sitio cero la excavación era lo interesante, y en el peor de los casos tendría fotos que mostrarle a su padre cuando este le recriminara el tiempo que pasaba encerrada en su estudio.

 

Echándole un vistazo más a su reloj de bolsillo, decidió que era tiempo de regresar al sitio de la excavación —había tomado un momento de descanso después de un par de horas sin mucha acción en el sitio. Para su sorpresa, la cantidad de gente en el lugar seguía en aumento, y por la pinta que traían, no eran más trabajadores. Si las cámaras y los micrófonos eran algún indicador, los que ahora adornaban el lugar eran reporteros.

 

— ¿Es mi imaginación o hay mucha más gente aquí de la que había cuando me fui? — la pregunta fue dirigida a Elio, un jovenzuelo de cabello oscuro que había sido su guía hasta el momento. El joven apuntó hacia la tienda principal y respondió — Tutti chiedono del signor Diallo, è lui che ha le informazioni.

 

No necesitaba del hechizo traductor para entender lo que el joven quería decir, era claro por la cantidad de gente que parecía rodear la tienda principal de la excavación que Dante Diallo era el único con información.

 

Se despidió de Elio con una sonrisa y se hizo camino hacia el centro del lugar, la sombra de las carpas un refugio perfecto después de su caminata. Apenas llevaba un pie adentro de la tienda cuando escuchó a una mujer cuestionar a Diallo acerca de sus descubrimientos. Sin hacer más ruido, entró a la tienda, esperando también oír la respuesta.

 

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should've spun a story


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Dante Diallo

 

La temperatura en la carpa era la ideal pero Dante no estaba contento. No era solo la cantidad absurda de periodistas en la excavación, lo que podría afectar la pulcritud de los hallazgos al verse contaminados por señales mixtas. Era también el hecho de que sus propios cálculos parecían haber errado: algo no iba bien, pues no tenía sentido que a pesar de haber empezado hacía poco no hubieran encontrado nada todavía, ni tan siquiera los restos de algún muro.

 

Dante era por naturaleza una persona sumamente paciente y paciente había tenido que ser desde mucho antes de iniciar la excavación: conseguir el financiamiento había sido un infierno y si no encontraban algo pronto, conservarlo también sería problemático.

 

A pesar de todo, no tuvo ni corazón ni cerebro para desquitarse con la periodista y las preguntas que le hizo. Si bien no parecían ser respetuosas con su situación actual, ella nada sabía de sus dificultades y, aún ofuscado, Dante no pudo dejar ese detalle de lado. No era su culpa que sus preguntas fueran tan al punto de aquello que lo molestaba, por el contrario, si acaso, eso demostraba que poseía una inusitada agudeza para su labor.

 

Fue claro y al punto, intentando no dejar demasiado en claro el por qué no habían hallado nada todavía:

 

—Existe, entre los más ancianos de los magos provenientes originalmente de esta zona, una historia acerca de El Profeta original —replicó, con voz tenue—. No un gran vidente, como el recientemente descubierto arcano Sajag o sus discípulos, si no un Profeta —prosiguió—. Alguien que narraba la historia de su pueblo con siglos y hasta milenios de anticipación y que llegaba para anunciar peligros, con un propósito y una clara intención de intervenir en los destinos de los demás.

 

Dante se detuvo por un instante, intentando no extenderse demasiado, en revelar a la prensa información que no debía ¿cuánto podía revelar a esa ingeniosa muchachita? ¿Cuántas noches no había pasado el propio Dante en vela, revisando fragmentos de los testimonios escuchados revolviendo una y otra vez los recuerdos en su pensadero mientras anotaba todo con una vuelapluma, buscando encontrar una pieza clave envuelta en medio de una confesión desapercibida?

 

—Esa historia se perdió y oscureció durante la edad media —sus ojos se volvieron hacia la excavación por un instante, de la que tenía plena vista desde ese lado de la carpa abierta hacia la extensión delimitada con cuerdas, barreras mágicas y polvo—, pero no solo existen pruebas fehacientes en escritos y testimonios. Irónicamente, la historia se preservó gracias a los propios muggles.

 

Dante sonrió. Le gustaba esa parte de la historia. Después de todo, él mismo había nacido de un padre mago y una madre muggle.

 

—En aquella época, el cráter de Vulcano era considerado la boca del infierno. La gente sentía temor —Dante sonrió pero en esta ocasión, en dirección a la periodista—. Claramente, no los magos. Pero entonces, El Profeta apareció y se dice que no por primera vez.

 

>>Nadie identifica claramente a la figura de El Profeta. Dicen que podía ser un hombre adinerado o un simple pastor. El punto es que llegaba aquí siempre para anunciar algún terrible mal que estaba a punto de caer sobre los magos. Anunció las erupciones del monte Pelato y el de la Pirrera. Ejecutó un éxodo cuando Lípari fue invadida por los musulmanes. Ocultó para siempre la isla misma que estamos pisando, cuando el corsario Barbarroja esclavizó a las poblaciones de esta región<<.

 

Dante nunca se cansaba de hablar de ese tema, así que esperaba que la periodista no se cansara de oír la respuesta a su pregunta.

 

—El Profeta, fue tomado por los muggles como la personificación del demonio y por ello se preservó en el imaginario colectivo —Dante suspiró—. Se le atribuía toda clase de poderes desde el imaginario muggle: desaparición, capacidad de volar, leer en el corazón de los demás y la más terrorífica, su capacidad de predecir desgracias —Dante siempre se estaba repitiendo esas mismas cosas para no olvidarlas—. Sin embargo, no solo los muggles lo veían con admiración: los magos decían que los hechizos rastreadores no funcionaban en él, que los hechizos le rebotaban, decían que El Profeta siempre volvía cuando las islas estaban a punto de atravesar una desgracia— la sonrisa de Dante se tornó amarga—. Le decían el cambia rostro o el individuo de muchas formas. Hacían referencia a que, cada vez que aparecía, no se veía igual.

 

Dante no reveló que, acorde a sus sospechas e investigación eso no hacía referencia a la metamorfomagia, si no más bien a alguna clase de ciclo de resurrección. De todos modos, le sonaba lunático hasta a él mismo y no quería quedar más en ridículo con la periodista de lo que ya lo estaba haciendo. Además, era prioritario para Dante encontrar las pruebas fehacientes de sus sospechas antes que su propia familia, los Diallo, la familia mágica que dominaba la isla. No solo era que sus negocios eran por demás sospechosos y turbios y que habían accedido a financiar su excavación aún cuando lo consideraban una paria solo por la clara ambición de inmortalidad, si no que temía qué podían hacer con ella si llegaban a obtenerla. Se había obligado a colaborar para intentar llegar a la verdad antes que ellos.

 

—De todos modos, esa es la razón por la que esta isla se perdió del imaginario muggle y fue un lugar inmarcable e incontrable incluso para el resto de magos hasta el año 1950 —concluyó—. Creemos que este emplazamiento podría estar no solo vinculado al Profeta si no que además, creemos que aquí fue donde vivió El Profeta mismo por mucho tiempo y donde dejó sus profecías más antiguas. Si se confirma la existencia de un individuo semejante eso sería realmente algo que rompería esquemas.

 

Existía la posibilidad de que muchas de esas cosas ya se hubieran cumplido y de que el profeta no hubiera existido en realidad pero también la posibilidad de que Dante confirmara sus sospechas, cosa que era su prioridad.

 

@@Scavenger Weatherwax @@Maida Black Yaxley

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Leonid Yaxley

 

Islas Eolias, Italia.

 

 

La brisa marina del Mar Tirreno agitó el pelirrojo cabello del ruso mientras este observaba el mar de un brillante color turquesa que se batía contra la base del risco de roca volcánica. Sin dudas era un rincón del mundo paradisíaco, el mar, el sol mediterrano que calentaba con fuerza la tierra en cualquier estación del año, la brisa salada que recorría las islas, y el tranquilo ritmo de vida que allí se llevaban volvían aquel archipiélago volcánico al norte de Sicilia el destino perfecto para relajarse y apartarse de las locuras del mundo.

 

Lamentablemente para el ojiazul su visita a las Islas Eolias no era para descansar, ni mucho menos. Tenía una misión, o eso creía, normalmente tendría un plan, pistas firmes que seguir, o al menos una idea clara de lo que estaba buscando pero no en aquella ocasión. Únicamente seguía palabras.

 

El graznido de las gaviotas que revoloteaban por sobre su cabeza lo transportaron a una gran tienda de cuero y pieles que olía a excremento de cuervos, humo y humedad. Los graznidos de las gaviotas mutaron al canto de la docenas de cuervos negros que lo observaban desde sus grandes jaulas de hierro, una figura consumidad por el tiempo le hablaba en susurros junto a la hogera central que mantenía el mortal frío que reinaba fuera.

 

Los ojos acuosos de la anciana le demostraban un terror que jamás vio antes y su voz debilitada por el pasar del tiempo le hablaban del fin del mundo. La anciana yakuta fue una de sus tutoras cuando decidió formarse como mago recorriendo su país, en aquella pequeña aldea a las orillas del Río Olyokma en una remota zona de la República de Sajá aprendió las costumbres del pueblo Yakuto, y allí conoció a Sayiina una legendaria bruja bendecida con el don de la visión.

 

Sayiina era una mujer alegre y enérgica pese haber vivido más de un siglo pero en aquel momento, en aquella helada mañana donde el viento aullaba y la nieve se acumulaba cubriendo el paisaje, la bruja que tenía delante aparentaba el siglo vivido y el temor comandaba sus acciones <<El Fin del Mundo>>.

 

Leonid soltó las manos del pasamano metálico pintado de blanco que seguía la escalera zigzagueante que descendía por el acantilado hasta el pequeño puerto de la base donde una serie de pequeños botes pesqueros permanecían amarrados. Tenía que ir a la excavación y ponerse en contacto con el encargado <<Bajo tierra>> fue una de las pocas pistas que la anciana le dio junto con el nombre de las islas donde estaba.

 

Al llegar a Lipari se enteró de la excavación que se estaba llevando a cabo desde hacia unos días, no tenía mucho más desde donde avanzar y aquel evento le parecía tan bueno como cualquiera por donde comenzar <<El Fin del Mundo>>

 

Se acomodó los lentes de sol que llevaba puestos, decidió vestirse como un turista muggle que visitaba las islas, llevaba una camisa de jean manga corta, unas bermudas color beige con muchos bolsillos, calzado deportivo y una mochila donde guardaba herramientas que podría necesitar más adelante.

 

Pese a la urgencia de la promesa del fin de los tiempos no se sentía alarmado, las profecías podían malinterpretarse y sinceramente el planeta se encontraba al borde del abismo desde hacía meses, lo hacía por Sayiina, su tutora, le debía mucho a la sabia anciana y por ella trataría de averiguar qué estaba sucediendo.

 

Se alejó de la gran vista que le regalaba el acantilado y emprendió el camino por las calles empedradas y las casas caladas de blanco del pequeño pueblo hacia la excavación donde esperaba hallar… lo que sea.

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Ministerio de Magia Ingles.

Departamento de Transportes.

 

 

 

El escritorio lleno de papeles no era muy buena señal para mí; era todo lo contrario, pues solo podía significar que pronto tocaría rendir un informe y de seguro era un informe de carácter urgente como lo eran todos ahora; comencé a organizarlos, pero parecía no acabar nunca, los formularios de inscripción de vehículos mágicos, el registro de trasladores y las licencias para el vuelo en época estaban por reventar.

 

- Pero que demonios es esto - Dije al ver uno de los documentos en el escritorio; cambios para algunos viajes. De inmediato en mi mente paso una cosa; más normas absurdas que eran necesarias para la comunidad mágica que tenía pensado trasladarse de un país a otro. De donde había salido tal norma; quien la había aprobado; Eso ya no era relevante, sino el hecho de tener que hacerla cumplir.

 

 

El documento exponía las nuevas normas para poder desplazarse a uno de los lugares de difícil acceso como lo eran las islas Eolias. Tan pronto vi ese nombre, recordé de inmediato que un corresponsal de la revista el Corazón de Bruja se había desplazado a ese lugar. Volvía tomar el documento y continué leyendo. Las nuevas normas entrarán en vigencia de inmediato por seguridad de toda la comunidad.

 

No tenía más información que solo ese documento, pero de igual manera necesitaba hacer saber a los corresponsales que había nuevas normas sobre los transportes para ir y venir de aquellas islas. Busque rápidamente los registros que llegaban todos los días acerca que las personas que salían y entraban del país; pero no encontraba nada sobre las personas que habían ido a las islas Eolias.

 

- A hora con quien averiguo - pensé en voz alta mientras aún sostenía los documentos. - Creo que es mejor ir directamente a la revista para avisarles - dije mientras tomaba una de mis carpetas guardaba los documentos y me preparaba para salir.

 

 

 

@@Richard Moody

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Orfeo Diallo

 

Los tres cargadores del centro siempre estaban pasándola bien y ese día en particular estaba resultando de lo más curioso.

 

Habían logrado escurrir una botella de Averna en la guantera de los vehículos, por lo que estaban de buen humor y sus risas afloraban con facilidad. Habían tenido una buena semana porque les habían pagado sus respectivos aguinaldos por adelantado gracias a que estaban transportando criaturas peligrosas: la semana pasada, había sido un licántropo. La anterior a esa, un centauro. Ahora, se estaba rumoreando que un proveedor había pedido una reunión para ese día porque habrían un par de dragones y si la cosa era cierta, sus ingresos se elevarían como la espuma sin mucho esfuerzo.

 

Para Orfeo, como buen Diallo, licántropos, arpías, sirenas y medio humanos estaban todos en el mismo saco. Algo que transportar, algo comerciable.

 

El hombretón no cejó en su esfuerzo de encajar unas jaulas repletas de gusamocos mientras los otros dos muchachos parecían discutir con una persona nueva. Le habían ofrecido una silla. El sujeto asiático preguntaba por los licántropos. Orfeo se limpió las manos con un trapo y se acercó al sujeto irguiéndose en toda su altura.

 

—El licántropo ya ha sido negociado —le informó.

 

Por suerte, habían conseguido negociar su valor aún muerto. Sus preguntas, lo llevaron a creer que debía ser el nuevo "proveedor" del rumor, del que no sabía mucho. Orfeo, a pesar de ser cuidadoso con su trabajo, no era del tipo de muchas luces o bastante suspicaz.

 

—Sin embargo, si realmente tienes a esos dragones, podríamos hablar de precios —replicó.

 

Era evidente que él era quien estaba a cargo allí pero de todos modos los otros Diallo (primos lejanos todos) empezaron a hablar del problema con las sirenas. Orfeo frunció el ceño, porque no se suponía que fuera información que debieran compartir con el resto pero no dijo nada. Intervenir habría sido peor y de todas formas ese proveedor parecía del tipo "cobro y me voy". Antes, las cosas habían sido más difíciles, siempre estar al pendiente para que no los pillaran o estafaran pero desde que los Diallo ejercían el poder político en las islas, eso ya no importaba.

 

—Descuida, las sirenas son asunto nuestro —replicó, intentando quitarle hierro al asunto y avocándose a lo que le importaba—. De todos modos ¿qué precio estas pidiendo por esos e incluye que tú me los traigas?

 

Le interesaba que fuera el sujeto quien se encargara de todo eso, porque había sabido que el Ministerio de Magia inglés tenía su mira puesta en el reciente tráfico al sur de Italia justamente por los negocios de los Diallo. Siempre queriendo controlarlo todo como si el mundo le perteneciera a Gran Bretaña... y, dado que el transporte era el trabajo de Orfeo, tanto mejor si el proveedor podía ahorrárselo.

 

@

 

Flashback

 

Ese día, más temprano, Orfeo también había vivido algo fuera de lo común.

 

Normalmente, les tocaba transportar las mercancías desde la casa principal al norte de Sicilia (donde estaban las cabezas de familia) hasta Lipari y luego a la isla secreta, solo conocida por el mundo mágico. Cuando se trataban de especies peligrosas (o de procedencia ilegal) la cosa cambiaba y las transportaban directo a la isla secreta o isla Diallo, como solían llamarla los magos de por allí.

 

Ese día, solo eran grandes cargas de gusamocos, así que le había tocado pasar por Lipari y allí, había recibido un "encargo". Más bien un mensaje, de Sayiina. Quizá la bruja fuera vieja y le pareciera chiflada pero, al fin y al cabo, había prevenido a Orfeo hacía mucho tiempo atrás respecto a una trampa y eso le había salvado la vida, así que tenía una deuda impagable con esa carcamana. Orfeo no se sentía aprecio por ella, que solía tomarle el pelo (o así parecía) pero el mensaje no parecía ser una broma en aquella ocasión, así que se mantuvo alerta, mientras descargaba el carro de gusamocos.

 

Fue así como vio a un hombre, a las claras extranjero, aproximarse a la gran entrada principal de la casa de los Diallo. Orfeo se preguntó si andaría perdido y también por qué Sayiina había hecho hincapié en que lo cuidara, como si sospechara algo sobre su familia. De todos modos, Orfeo supo enseguida que el tipo no duraría mucho por allí sin ayuda de un Diallo o alguno de los guías a los que los Diallo cobraban cupo.

 

—¡Eh! ¡Eh, Ragazzo! ¡Ese que mira como est****o! —agregó, recordando usar inglés.

 

Se acercó a este agitando el trapo con el que se limpiaba las manos para llamar su atención y luego se lo guardó en el bolsillo. Fue un momento incómodo: explicarle que había recibido un mensaje de una vieja llamada Sayiina, si la conocía, si es que era él quien estaba buscando la excavación.

 

—Porque ese lugar, esta en la isla Diallo, si allí quiere ir —informó.

 

Si, en ese momento Orfeo no lo sabía pero tanto la mañana como la tarde, fueron de locos...

 

@@Syrius McGonagall

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Leonid Yaxley

 

Islas Eolias, Italia.

 

 

Una voz rompió el silencio de su caminata sin rumbo, el pelirrojo levantó la vista y se encontró con que, desde la parte trasera de un viejo camión una cuadra por delante alguien llamaba su atención. No reconocía al hombre pero indudablemente le hablaba a él, atento acortó la distancia que los separaba mientras el otro hombre hacía lo mismo, se encontraron a mitad de camino y antes de que tuviera oportunidad de preguntarle qué quería, este último lanzó una extensa perorata que iba desde Sayiina y terminaba en la excavación que buscaba.

 

El ojiazul tuvo que procesar toda la información dada en segundos, que entre lo imprevisto de aquel encuentro y el acento del hombre no fue algo sencillo. Pero a medida que entendía lo que el hombre le decía menos lo podía creer ¿Qué otros planes aquella vieja loca llevó a cabo y no le había contado? Al parecer no lo había enviado tan desnudo a la misión como pensó en primera instancia pero tampoco se molestó en contarle de los mismos.

 

Resignado el ruso no tuvo más opción que aceptar la invitación del hombre, si quería llegar a la excavación tendría que seguirlo. Maldiciendo internamente a la vieja profeta y cavilando con qué otras sorpresas se encontraría en el camino emprendió la marcha tras el local que se dirigió hacia el puerto principal de la isla.

 

No hubo mucho tiempo para entablar una conversación, la varias preguntas que comenzaban a formularse en la cabeza del mago tenían que esperar, el puerto no quedaba muy lejos y tampoco estaba tan seguro hasta qué punto aquel sujeto estuviera al tanto sobre su misión, la visión de Sayiina, o la excavación arqueológica, a su parecer el hombre no era más que un guía, alguien escogido por la anciana para conducirlo hacia el lugar donde debía de llegar.

 

El puerto de Lipari era uno de mediano tamaño, el Mar Tirreno se extendía calmo y verde entre los varios atracaderos, pequeños muelles y depósitos de madera desgastada por la sal que se extendían como flechas desde tierra firme.Varios botes pesqueros y veleros lujosos entraba y salían de la bahía mientras otros descansaban amarrados en el puerto, la actividad a aquella hora de la mañana era intensa, tan intensa como el sol que caía como plomo sobre ellos.

 

Leonid se pasó una mano por el rostro para secar las gotas de sudor que bajaban desde su cabello, no era una persona acostumbrada al calor pero con el tiempo aprendió a tolerarlo pero aún así, días como aquel a pleno mediodía las temperaturas resultaban insufribles. Tratando de apartar el calor de su mente el pelirrojo siguió al hombre hacia uno de los de los tantos atracaderos que se extendían hacia el mar, las tablas viejas crujían bajo el peso de sus pies pero se mantuvieron firmes mientras caminaban hacia una barcaza de pesca roja con algunas zonas despintadas que aguardaba meciéndose suavemente sobre el mar al final del mismo.

-Gracias - nuevamente le dijo al hombre una vez saltó de la rampa de abordaje hacia el interior de la barcaza - Por cierto, me llamo Leonid - no se habían permitido tiempo para las presentaciones hasta el momento - ¿En cuánto tiempo llegaremos a la Isla Diallo? - no pudo contener una de las tantas preguntas que germinaron en su cabeza cuando se dio aquel inesperado encuentro.

 

@@Richard Moody

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Orfeo Diallo

Orfeo no se había esperado un hombre como aquel como mensajero de Sayiina. De hecho, se preguntaba si era un mensajero o qué otra cosa podía ser. De todos modos, suponía que fuera lo que fuese, dejaría de ser problema suyo en cuanto lo dejara en isla Diallo dentro de la jurisdicción del bueno para nada de Dante. Si su primo no hubiera sido la vergüenza de la familia, sin duda habría sido agente del espectáculo: su campamento, en lugar de zona de trabajo, por lo que le habían contado, ahora parecía un circo.

 

—Menos de una hora —replicó Orfeo seguro de sí—, es un viaje rápido, suelo hacerlo dentro de mi rutina.

 

Sabía que con los hechizos apropiados, irían a toda máquina. De hecho, apenas el hombre saltó al interior de la barcaza, Orfeo hizo lo propio y avanzó a lo largo de su superficie acomodando los controles con una paciencia inusitada en él. Cuando puso en marcha el mecanismo, al inicio avanzaron sin prisa, antes de que pudiera acelerar en aguas abiertas.

 

Quizá, fue por eso que no se esperó el aviso intermitente, vocalizada con el tono de una amable muchacha. Lo escucharon cuando la isla empezaba a crecer a la vista, tanto así que se sentía casi como si pudiera tocarla:

 

"El Gobierno Británico observa las actividades de transporte de las Islas Eolias por orden del Departamento de Transportes Mágicos del Ministerio de Magia".

 

Orfeo frunció el ceño sin decir nada a su acompañante, antes de seguir hasta desembarcar en la isla. Ese aviso no solo era extraño si no que además ¿cómo habían conseguido activar una alarma semejante en territorio no inglés? Si eso no era violación de la soberanía italiana entonces orfeo era un gusamoco.

 

Lo que, por cierto, le hizo recordar su cargamento de gusamocos. Esperaba que esas porquerías no se murieran por haberse quedado en las jaulas, siendo que volvería apenas dejara al muchacho en la excavación. De hecho, eso hizo: lo condujo por las calles empedradas y luego el sendero de tierra apisonada (y a veces algo de arena) rodeando un extremo de la isla, desde el embarcadero, hasta la entrada de la zona restringida a la excavación.

 

Saludó con un gesto al encargado de los ingresos, le mostró un papel para que Leonid pudiera pasar y notó con estupor que el lugar parecía, si eso era posible, todavía más lleno de periodistas: ¿acaso nadie trabajaba en algún empleo real en Londres? Negando con la cabeza, Orfeo se despidió de Leonid estrechando su mano sin siquiera preguntar. Luego, le dijo su nombre:

 

—Si necesitas ayuda, pregunta por Orfeo Diallo.

 

Era una mera formalidad en realidad. No era seguro de que volviese a la isla excepto por el cargamento y, de todos modos, dudaba que volviese a verlo ¿o no?

 

@@Syrius McGonagall @@Dennis lestrange

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