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Aventura VII - ¿Quién tiene el poder?


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Todo aquello fue muy rápido. Aunque mi Círculo Astral había funcionado bien, había perdido al líder. No sé bien si fue porque me paré a esperar a Juve o fue porque, sencillamente, porque Aaron eran una persona a quien le gusta andar sin esperar a nadie. La cuestión es que me había parado a sonreír y guiñar un ojo a Juv, pues me había encantado saber (más bien, intuir por sus palabras) que ella también odiaba al líder de La Marca, como yo. En ese instante, él desapareció. Me volví, extrañada, buscándolo por los lugares en los que podría haberse escondido, pero no, no lo vi. Ni lo sentí, ¿ya no podía sentir esas áureas como antes, cuando sólo era una sencilla sacerdotisa? 

Fruncí el ceño, enfadada, cuando Juve me alcanzó.

-- Ese maldito se ha zafado de mi presencia -- dije en voz baja, para que no me oyera, él ni nadie. Si éramos varios los que íbamos a por el maldito cofre, tampoco hacía falta que supieran que estábamos por allá abajo. -- ¿Tú sabes, @ Juv Macnair Hasani , por dónde queda la dichosa Biblioteca?

Mis ojos se oscurecieron un poco, a punto de usar magia del clan, para conocer el sitio exacto, pero no hizo falta. Aunque parezca mentira, encontré lo que buscaba al instante. Una escalera retorcida, casi camuflada como un camaleón en una esquina de la pared de piedra más oscura que jamás haya visto, se alzaba, retándonos a usarla.

-- ¿Subimos? -- le pregunté a mi compañera, mirando hacia lo más alto de aquella masa retorcida de hierro y piedra. Parecía no tener fin. Tal vez era una trampa de los Nosferatu. -- Venga.

Sin esperar respuesta, adelante un paso para subir el primer escalón. Al instante, los barrotes del pasamanos se alzaron contra mí, enroscándose uno de ellos en mi mano derecha, haciendo caer mi varita al suelo. En el otro lado, la barandilla se alzaba con sus barrotes, listos a atravesarme como si fueran dagas y mi cuerpo un vulgar alfiletero. No sé ni cómo reaccioné. Tal vez, al haber estado antes a punto de usar los poderes del clan, habían preparado mi mente para soltar el nombre del hechizo que necesitaba.

-- Parálisis temporal.

Ni recuerdo bien cómo salieron esas palabras de mi boca, pero sí noté cómo mis ojos se volvían oscuros, algo que me sucedía cuando me unía a mi máscara mortífaga y, por eso, lo reconocí enseguida. Durante un breve instante, las varillas delgadas se fueron acercando a mí de forma muy lenta hasta casi rozarme. Se quedaron quietas, así como las que intentaban agarrar mis tobillos. Me di cuenta que había dejado de respirar y tomé aire casi con un gemido. Desenrosqué la mano del amarre del hierro y retrocedí un paso, después dos, alejándome lo que pude de aquella trampa mortal. Me agaché a recoger la varita cuando la escalera volvió a su tiempo real y atacó al aire, a mi persona que ya no estaba allá. Lo había parado a tiempo y había conseguido salir de allá antes de que recobrara su fuerza retenida sólo por la voluntad de mi hechizo.

-- ¡Demonios, Juve, este Cassian no se anda con chiquitas, parece! -- dije, mientras la escalera volvía a tomar su tenebrosa forma inicial. -- Creo que tendremos que buscar una manera de llegar arriba sin usar la escalera dichosa. ¿Qué crees, un Ascendio o...?

Me froté la muñeca. Estaba enrojecida allá donde la varilla de hierro me había sujetado con fuerza.

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Atravesando los bosques, rumbo a la Torre Negra.

¿Qué intentaba hacer? 

Lo miré unos instantes con una ceja alzada. No quería reírme por el tono de voz que estaba empleando pero me vi obligada a taparme la boca, no sonaba para nada como Lucan pero había que reconocerle el intento al menos. Pronto, un par de oscuras moscas comenzaron a zumbar violentamente a su alrededor, mi expresión de confusión pasó a ser de asombro y cuando Crazy hubo dominado su voz de amo acabó siendo de asco. Tenía los labios fruncidos y casi parecía que me dolía el estómago, me corrí unos pocos pasos cuando su armadura de insectos se volvió impenetrable, verle me daba escalofríos. 

Aun así, cubierto de moscas, Malfoy se las arregló para hacerme reír otra vez y no pude más que acceder y negar lentamente con la cabeza. 

Señalé el camino a través del bosque, aunque estaba segura de que él lo conocía perfectamente y de memoria, con un ademán de la diestra y echamos a andar. La Torre Negra no estaba muy lejos de allí pero sí se encontraría perfectamente protegida, quizás más adentro que afuera. A diferencia del hombre, opté por no pegarme nada al cuerpo y a medida que nos fuimos acercando, el chirrido de las gordas ratas que corrían ligeras por las entre paredes de las mazmorras se escucharon más claros, estaban esperándonos, intentando no llamar la atención, unas dos o tres. 

—No me gustaría que nos separásemos, pero quizás tú y tus moscas puedan buscar dónde Cassian tiene guardado el objeto que Lucan quiere y éstas pequeñas bribonas me dirán cómo podemos entrar sin ser vistos ¿te parece?

Antes de que Crazy contestase mi cuerpo comenzaba a mimetizarse con el entorno, en un abrir y cerrar de ojos ya no podría verme. 

@ Crazy Malfoy

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La verdad es que la marca rojiza oscura en mi muñeca me había puesto de mal humor. Supongo que fue por eso que ni esperé la respuesta de @ Juv Macnair Hasani . Subir era difícil y no pensaba usar aquella maldita escalera. Usé un incarcerus que lancé a lo más alto y después, con precisos movimientos de muñeca y varios winwardium, conseguí que se ataran en la zona más alta de aquella escalera. Supuse que allá arriba estaría la Biblioteca, lugar predilecto de Cassian y los suyos. Ese clan, sin embargo, guardaba celosamente la ubicación de su punto de reunión. En realidad, no creo que nadie más que ellos supieran donde estaban, aunque los rumores parecían indicar que sería aquí, aunque a saber... A veces los rumores suelen despistar mucho más que ser certeros.

Igualmente, usé de nuevo mi magia para que agarrada una de las cuerdas a mis pies y agarrada con la mano a la segunda, ésta se elevara, subiéndome con ella hasta la zona más alta. No conocía a ninguno del Clan de los Nosferatu, así que todos los que encontrara debía considerarlos un peligro. Entre los miembros del bando, solíamos guardar con cierto celo a qué clan pertenecíamos, aunque a algunos se les notaba más que otros. Los vampiros solían estar en ese clan. Personalmente, sólo sospechaba de @ Helike R V PB  como miembro de este clan, aunque tampoco pudiera asegurarlo.

Cuando llegué arriba, me deshice del los lazos de los pies, ya que ahora estaba segura en el suelo de la planta más alta y no necesitaba de esa protección. Miré a mi alrededor, para ver si me había seguido mi compañera de clan. Cerré los ojos e intenté guiarme por los ruidos. Excepto de roedores que atravesaban los muros y de algún que otro aleteo de insecto, no parecía haber mucho vida por allá. Tal vez alguna plaga oculta en algunos de los cortinajes...

-- ¿Dónde demonios está escondida esta maldita biblioteca? -- me pregunté en alto.

La búsqueda resultó infructuosa, allá todo parecía estar en su sitio y, sin embargo, mi nariz me decía que en algún sitio de aquella planta, había una magia importante, más fuerte en algún lugar. Olisqueé buscando la fuente, pero sin dar con ella. Gruñí, sentí pasos que se acercaban, o se alejaban, o entraban, no sé... En realidad, el tipo de eco por allá estaba muy diluido. Volví a prestar atención al sonido de las ratas. Sonreí un poco. Ellas eran las única presentes que se oían por los muros y, a la vez, eran las que mejor conocían aquel lugar, casi tanto o más que los miembros de los Nosferatu... Sólo tenía que seguirlas.

Me puse de rodillas y agudicé mis oídos. Al principio, no supe encontrar un ritmo, pero después encontré  la forma rítmica de unas patas en una dirección. Gateé siguiendo aquellas patitas, quien me viera corretear a gatas de un lado al otro de aquel pasillo en busca del sonido que se perdía en algún punto. Al final, deduje que, tras un punto concreto de aquella pared, entre dos tapices muy oscuros que colgaba con algún tipo de enseña irreconocible por el paso del tiempo, las ratas tomaban otro camino, así que allá, debía de encontrarse una instancia a la que no se tenía acceso desde fuera. O al menos no era una entrada que sólo conocían algunas personas. ¿Tal vez era allá donde se encontraba la Biblioteca de los Nosferatu? No lo sabía, pero soy una chismosa de cuidado, así que me puse de pie y toqueteé la pared, intentando encontrar puntos débiles donde pudiera forzar la entrada, pronunciando hechizos que abrían puertas. A punto de lanzar hechizos explosivos para romper aquella maldita pared, pensé en otra solución:

-- Salvaguarda Mágica -- pensé.

El uso de este efecto fue instantáneo y atravesé la pared. No me gustaba el tacto de mi piel con la materia que cruzaba, era como una magia oscura que podía atravesar con un truco muy sencillo. ¿No habrían pensado en eso? Cuando crucé hasta el otro lado, agradecí que las ratas que había visto (me había puesto de puntillas, a pesar de todo) no pudieran seguirme. Me estremecí y miré a mi alrededor. ¡Diosa Negra! ¡Aquello era un lugar de sabiduría espléndido! Y no sólo de libros, también había miles de objetos brillantes, opacos, de mil formas que...

-- ¡Demonios!

El silbido de miles de dardos me quitó el aliento, venían demasiado deprisa. Mis ojos se oscurecieron un poco cuando pronuncié Parálisis Temporal. No me dio tiempo de pensar en otra cosa, pero funcionó. Casi... La fuerza de aquel hechizo paró el tiempo en torno a aquellas diminutas flechas mortales que se quedaron inmóviles, Sin embargo, uno de ellos me había alcanzado en un brazo y manaba un hilillo de sangre del punto donde estaba clavado. Lo saqué con mucha dificultad, tuve que retroceder yo y pegarme a la pared sólida. Me di cuenta que mi hechizo anterior había desaparecido con mucha más rapidez de lo que solía hacerlo, tal vez por la magia que protegía aquella entrada. El dardo quedó en el aire y gemí mientras me separaba el brazo de él. Después me alejé hacia la izquierda, esperando no levantar más trampas. 

El tiempo y el espacio volvieron a coincidir con el presente, apenas había durado unos segundos que había aprovechado bien, para alejarme. Los dardos volvieron a su velocidad anterior y se clavaron en la puerta, algunos profundamente, otros sólo se doblaron y cayeron al suelo. Después, con un siseo, se convirtieron en un polvo tan fino que acabó desapareciendo.

Me sujeté el brazo herido y miré aquel enorme habitácul0. 

-- ¿Y ahora qué? -- dije en voz alta. Nada me decía que aquello fuera exactamente el lugar que buscaba ni que lo quería encontrar, estuviera entre todos aquellos cachivaches.

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Lo reconozco, la biblioteca era mi parte favorita aparte del edificio con la Taberna del Basilisco, de todos los sitios que custodiaba la magia y la Orden negra. Y aún así resguardábamos nuestros secretos con celo y con saña. No era bueno que mucho de los mortífagos conocieran lo que ahí se escondía. Pero me había llegado un soplo por así decir. Ventajas de entrar dentro del clan de Nosferatu. Dominábamos bien el arte del espionaje y sabía que se enfrentaría una pequeña batalla para robar nuestros más valiosos tesoros. Bufaba y rebufaba y volvía a maldecir. ¡Con lo que me gustaría a mí tomarme un whisky de fuego tranquila en el Basilisco! Pero había tenido órdenes de salvaguardar ese pequeño cofre. Era cierto que no lo comprendía del todo, pero de eso se trataba, de ir adquiriendo conocimientos y aprender que, había más magia más allá que un simple aireo de varita.

Y ahí estaba, revisando viejos documentos que algunos legajos se deshacían en las manos de tan antiguos que eran... Pero debía ser cauta. El chivatazo era que, pronto llegarían los otros clanes a intentar no sé qué cosa. Ciertos objetos que tenía cerca de mí, me avisaban de cada una de las trampas que se iban deshaciendo. Mi cara se mostró un mohín de disgusto. Quién quiera que se había atrevido a llegar hasta a ese lugar... No, tenía que mostrarme firme, intentaría hablar y si no lo conseguía por las buenas, lo haría por las malas... muy malas. Sentía como la ira me envargaba a cada minuto que pasaba, intenté tranquilizarme primero. Apreté la varita que tenía encima de la mesa. Y hasta que brilló el último cachivache. Ese me indicó que ya estaban dentro. La olí antes de escucharla... Tenía que ser mi suegra. Renegué en la oscuridad. Ella todavía no podía verme. Era cierto que no podía hacerme invisible sin una capa, pero la ropa que llevaba apenas me dejaba ver en lo más profundo de ese lugar... Pero yo podía ver gracias a mis ojos de vampira, adaptados para la caza en la oscuridad.

- Y ahora mi señora, será mejor que se marche, no es bueno para usted que esté aquí... - comenté en una voz grave- éste no es su sitio... 

Mi cuerpo salió de entre las sombras más profundas. Vestida completamente de negro, presta para la batalla. Jubón negro, pantalones negros y una capa y la cara, protegida por una capucha, además de mis botas predilectas de piel de dragón. Mi voz amortiguada por la máscara que llevaba completamente de marfil blanco con gotitas de sangre y mi varita apuntando a la intrusa, pero intuía que la magia normal no serviría de mucho ahí dentro. Debía usar otra, más poderosa y antigua y peligrosa para el común de los mortales. No tenía ni idea de si mi suegra me reconocería con semejante atuendo, incluso dentro de los clanes, nos protegíamos los unos a los otros. El conocimiento es poder y ahí dentro se palpaba en cada tomo y en cada material guardado con celo durante miles de años...

- No voy a dejar que, ni siquiera un ángel caído me arrebate lo que es mío... se lo repito... váyase antes de que lo lamente...

Caminé un par de pasos y la luz dio de lleno a quién yo era. Bueno, en apariencia. Porque intuía que Sagitas no me reconocería, o eso esperaba. 

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Mi primera impresión es que la biblioteca estaba vacía, así que, tras un vistazo ligero para cerciorarme que no había más trampas mientras no me moviera, me dediqué a limpiar mi brazo herido. Sólo esperaba que aquel dardo no tuviera nada peligroso, pues la última experiencia que había tenido con uno similar, hacía un año ya, me había dejado sin magia. Como siempre ante una herida, primero me pasé el dedo por la sangre y la chupé, sí, bueno, algo asquerosillo, no sé de donde me salió esa costumbre. Ahí lancé mi primer "ay", pues yo soy una quejica.

Que conste que lo hice porque me creía sola. Después, comprobé la profundidad de la herida, mientras soltaba unos "ay, ay, huyyyy" mientras presionaba alrededor. Iba diciendo más vocablos dolorosos a la vez que toqueteaba y lancé mi último "ayyyyyy", usando el hechizo Curación, que puede con casi todo. Y como soy algo hipocondríaca, hice dos o tres Episkeys y un Vulnera Sanentum que, se supone, aún no dominaba, pero por si acaso. Pensaba en qué poción debería tomar en casa para garantizar que la herida estuviera bien cerrada y que no tuviera bichos correteando por mi sangre, cuando la vi.

-- ¡Maldita sea, señora, me ha asustado! -- ¿Por qué no se me había ocurrido hacer algo tan sencillo como un Homenum Revelio para cerciorarme que no había nadie allá?  Una mujer de negro, enmascarada, una máscara que ya había visto alguna vez por la Fortaleza, por cierto, me hablaba de Usted, así que yo también lo hice. -- Hem... Sí, ya veo que no es bueno para mí estar en este lugar de... hum... cultura. Me iré pronto, en cuanto tenga lo que he venido a buscar.

Intentaba ser amable, aunque sabía que no estaba bien pelearnos entre miembros del bando, me preguntaba qué era más importante, el Bando o el Clan. Difícil elección, aunque cuando recordaba la orden de mi capitana, casi prefería que no se llegara a enfadar conmigo si supiera que había tenido muy cerca aquel cofre de las lágrimas 

-- Claro que me voy, no se preocupe, aunque... ¿Por qué ha de ser suyo lo que busco? Puede que se crea muy importante por tener todo esto a su alcance,  --¡envidia, envidia, envidia por tantos libros allá que me moría por toquetear y aprenderme! -- pero dudo que sea suyo algo de ésto. Como mucho, tendrá usufructo de uso.

Sí, intentaba no ceder ante sus claras amenazas de ataque, aunque cuando me dijo lo de ángel oscuro, terminé enfadándome, por lo tozuda que era. Cuando dio la cara y la luz dejó que la viera bien, algo me dijo que... que sí... que no... No, seguía sin conocerla, pero ahora ya estaba segura de donde la había visto, en la Mansión Riddle.

-- Yo seré un Ángel Caído pero usted se va a caer de cul... pompis como siga amenazándome con la varita. ¿No podemos llegar a un acuerdo? No es bueno que quienes compartimos máscara e ideales, nos peleemos por cualquiera baratija de las que hay aquí encima, como por ejemplo... ¿Ese cofre de esa mesa?

Mi ojos se ennegrecieron de nuevo, lo único que podría indicarle a aquella mujer que estaba usando un hechizo de mi clan, el Círculo Astral. El tiempo pareció pararse a su alrededor, parecía moverse a milímetros, mientras yo avanzaba hacia la mesa y tomaba aquel cofre en las manos. ¿Sería lo que buscaba o sería una trampa? Bueno, al menos, podía tener algo de recuerdo de mi visita a aquella biblioteca. Procuré no acercarme mucho a ella porque aquel potente hechizo ocupaba varios metros a su alrededor y yo quería moverme lo más rápido posible. Me acerqué a la puerta y, por lógica, no le di la espalda. En cuanto el tiempo volviera a cuadrarse entre ella y yo, prefería estar fuera. Por eso, volví a usar aquel Salvaguarda Mágica con el que atravesar la puerta de madera. Esta vez saldría por el lugar correcto, no por el que había entrado.

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Dentro de la Torre Negra

Haberme separado de Crazy significó abarcar más terreno, pero como pertenecíamos a la misma manada, y desde la iniciación al clan algo extraño pasaba con nosotros, una sensación de desasosiego me acompañó hasta el pasadizo que la enorme rata me mostró. Sentía frío corriendo por mis venas, o tal vez sería la humedad de las catacumbas que precedían a la imponente edificación; podía oír cientos de corazones latiendo con frenesí, los olía alertas y asustados, dentro de la torre no solo había discípulos, también seguidores y caballeros. Todos los miembros de La Marca reunidos en un mismo punto por una absurda razón, yo no quería pelear con mis compañeros pero sabía que no faltaría el chistoso fanatista que antepusiera un grupo cualquiera a su lealtad. 

No, los clanes no eran juego para mi, pero tampoco lo primordial. Lucan no hacía a los Mortífagos, nosotros ya éramos superiores antes del pacto.

Llegando al pie de una escalera caracol que ascendía, miré al roedor que me guió y le di una última orden "Busca a Crazy, dile que son más de 50. No están esperando, pero no somos el primer clan en llegar"  ,luego de eso subí, camuflada con mi piel camaleónica volviéndome similar a la roca mohosa de las paredes, hasta llegar a un pasillo repleto de ventanas. La luz de la media tarde ingresaba bañando cada centímetro, tuve que entrecerrar los ojos pues había pasado horas allí abajo, y la luz natural me ardía sutilmente. 

Después de un par de segundos me recompuse, caminaba con sigilo esperando no toparme a nadie. 

Ingresé a una habitación, no sabía por qué pero al acercarme al supuesto "lugar" empecé a sentir que me faltaba el aliento. Posiblemente fuese una trampa mágica, así que busqué una puerta sin cerrojo y desaparecí tras ella. El cuarto parecía una biblioteca, como la que sabía le pertenece a Cassian pero más pequeña, modesta, con una chimenea a medio crepitar y sin ventanas; la luz del sol ingresaba por el techo, que parecía hecho completamente de cristal. Paseé acariciando los muebles y los libros acostados en vertical con la yema de los dedos, miraba absolutamente todo a mi alrededor y me detuve en un escritorio.

Tenía una tonta manía, desde que Pik no estaba en la Mansión Macnair, entraba a su oficina y me sentaba detrás de su escritorio como si fuera mío. Creía, absurdamente, que sus recuerdos y pensamientos vendrían a mi y de esa manera lo extrañaría menos, pero pasaba poco. Así que me decanté por analizar lo que había frente a mi: Unos pocos papeles amarillentos, una pluma dentro de un tintero medio vacío y un libro cerrado en el centro; personalmente no había cosa que me desesperase más que los bordas doblados en los libros, sus hojas sufrían ante mis ojos. Lo abrí, solo quería acomodar la hoja hasta que Crazy acudiera a mi llamado, pero al abrir el tomo por la mitad una base falsa se abrió a centímetros de mi, era como una segunda parte dele escritorio, pero protegida por toda esa utilería barata. 

Y sobre ella había una especie de pintura, como un cuento infantil algo rústico y maltrecho por los años. Allí pude apreciar el cuento de las sacerdotisas más mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo ¿Sería posible acaso?

Me paré de un salto tirando todo a mi paso, hice bulla, oí pasos a lo lejos ¡Me habían descubierto! debía escapar 

 

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Salí de aquella habitación llena de libros, de espaldas, atravesando la pared como si fuera aire. Adoraba aquel hechizo y, por eso, me sentía feliz cuando noté el cambio de texturas y me encontré en el pasillo. Casi bailo en aquel suelo desgastado hasta que sentí el pinchazo en el pecho. Me puse la mano en él, la mano libre que no sostenía aquel cofrecillo. Noté el corazón acelerado. No era para tanto, no había hecho ejercicio, no había estado haciendo saltos ni nada. ¿Qué me ocurría?

Noté dificultad al respirar. Podía no ser nada, en realidad, podía ser fruto del estress o la adrenalina... Después pensé que podía ser el dardo que me dio en la biblioteca o alguna otra trampa de los malditos Nosferatu en la que no me hubiera fijado. Intenté serenarme y pensar con claridad, ser metódica en lo que realmente sentía y no en lo que me imaginaba que sentía. La mano que sujetaba aquel objeto empezaba a dormirse.

-- ¡Demonios desdentados! -- gemí. -- Esto es un envenenamiento. Maldito Cassian... 

¿Era Cassian? Ahora no podía pensar con claridad. Sentí pasos y apenas pude asustarme por ello. ¡Ya estaba asustada por el hecho que respiraba de forma forzada. La visión doble llegó casi al instante en que vi unas piernas salir de algún sitio, de alguien que me daba la espalda. Para cuándo quise identificar a la dueña de aquellas piernas maravillosas en otras circunstancias, apenas veía con claridad y las mías propias se negaron a sostenerme. Caí en el suelo de pompis y ni dolor sentí, de lo desvirtuada que tenía la realidad.

Como pude, murmuré un Círculo Astral hacia aquella mujer que parecía huir para que el tiempo corriera más lento en su dirección y, así, llamar su atención para que me socorriera. A estas alturas, no creo que fuera a encontrarme con ningún Senescal, pero, al menos, esperaba que nuestro víncul0 como miembros del Bando Mortífago fuera suficiente para que me ayudara.

-- ¡Eh, tú! -- Me dio miedo que no me oyera y, en un intento último de obligarle a que no me dejara allá tirada, usé un Vínculo del Alma, el Asalto Psíquico, de mi clan, con el que intenté establecer una comunicación telepática con ella:-- ¡¡Ayuda!! -- grité, mentalmente, mientras caía hacia atrás en cámara lenta y mi cabeza golpeaba el suelo.

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Dentro de la Torre Negra

...Debía escapar

Miré a diestra y siniestra pero en aquella habitación no había salida alguna, carecía de ventanas o puertas trampa. Volteé hacia la pintura, tenía el corazón en la garganta palpitando nervioso, extendí una mano y me hice con la leyenda de un tirón, arranqué la imagen  inmortalizada de las dos sacerdotisas condenadas por su amor y comencé a sentir como mis huesos y músculos se amoldaban a una forma híbrida, mitad persona, mitad animal —cambiaformas, eso era— pues no podría saltar tan alto con mi forma animaga. 

Dos puntiagudas orejas de lobo captaron que alguien pedía auxilio en el pasillo. Me paré sobre el escritorio lista para romper la ventana con fuerza bruta y escapar de ahí pues el gas que se colaba por debajo de la puerta estaba atontando mis sentidos, no reconocía la voz que clamaba por mi hasta que me paralicé. No conocía demasiado aquella magia pero por su fuerza sobre mi mente y cuerpo debería tratarse de algún clan. 

Apreté la pintura enrollada entre mis garras y cerré los ojos ¡Sagitas! los abrí de un sopetón, parecía una bestia colérica, mi rostro angelical con dos colmillos perlados que sobresalían y mis ojos verdes adoptaron una forma sobrenatural. Nadie tocaba a la Ministra si podía evitarla, y mucho menos a un compañero de bando, Cassian había cruzado un límite para mi. Arranqué la puerta de las bigas, aparecí en medio del pasillo como una fiera, corrí resbalando hacia la bruja caída y noté que estaba acompañada. 

—Lucan, eres un desgraciado— Rugí, no pensaba dejar atrás a los míos. 

Tomé del brazo a Heliké y a Sagitas, peso muerto, y las arrastré cerca de un ventanal. Podía oír los pasos acercándose. 

—Sagitas, reacciona que debemos irnos ahora mismo o vamos a tener problemas. Este enfrentamiento se les ha ido de las manos ¡Vamos! 

Con algo de pena comencé a sacudir a la Ministra, sin delicadeza, necesitaba que estuviera lúcida, lo mismo con Heliké. Recuperé mi forma humana por completo, estaba agotada y no teníamos mucho tiempo. Saqué la varita, aun con la pintura en mi poder, olvidándome del encargo, y conjuré un Haz de la noche que nos pondría a salvo en el corazón del bosque. 

@ Sagitas Potter Blue  @ Helike R V PB

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La torre negra se elevaba hacia el cielo ante él, enhiesta como la empuñadura de una espada que un titán hubiera hundido en la tierra. Su exterior de piedra negra ascendía trazando caprichosas espirales hacia su cúspide y de alguna forma parecía no reflejar la luz sino absorberla, a pesar de su textura pulida. Crazy recordaba muy bien cuándo la habían construido, décadas atrás, en lo que ahora le parecía otra vida. Buscaban un lugar autosuficiente, fácil de defender y que contuviera todo lo que un ejército necesita para gestionar una guerra.

Allí había dormitorios y despachos, que ganaban en lujo cuanto más se ascendía, pero también un complejo de laboratorios para los alquimistas, unas mazmorras para los prisioneros, unos establos para monturas mágicas voladoras cerca del punto más alto y un sinfín de lugares más, repartidos a lo largo de su infinidad de plantas.  Había pasado entre aquellos muros la mayor parte de su juventud, generalmente en los enormes aposentos reservados a los líderes o en la sala de mando, jugando a conquistar el mundo.

-  La estupidez es una enfermedad juvenil que, en ocasiones, se cura con la edad...  ¿No creéis chicas?

Dirigió una mirada al enjambre de moscas que lo rodeaba, zumbando a su alrededor como las lunas de Saturno orbitan en torno a su planeta. Parecían estar contentas, el vínculo psíquico que los unía le devolvía una sensación de calma, de propósito. Sin embargo no eran muy buenas conversadoras. Extendió las manos, transmitiéndoles una orden mental, y todas ellas se esparcieron al unísono, perdiéndose en torno a la torre.

La biblioteca. El Malfoy conocía bien su emplazamiento, la habían construido en la base para que fuera de fácil acceso y los mortífagos no tuvieran que ascender interminables plantas para llegar a ella. Siempre habían considerado que era importante que su bando tuviera un acceso fácil al conocimiento. Y luego había llegado Cassian, muchos años después y había insistido en transformarla en el centro de reunión de su clan, excavando varias plantas más bajo tierra. Había sido un movimiento astuto, ocupándola se había asegurado la propiedad exclusiva sobre una enorme colección de libros antiguos. Y luego la había cerrado a cal y canto, impidiendo el acceso libre e invitando únicamente a quién le parecía. Eso sí que le enfadaba, y no el hecho de que quisiera conservar avaramente una reliquia.

Los insectos que había liberado penetraban por las rendijas de puertas y ventanas, esparciéndose por la biblioteca como una avanzadilla. La conexión mental que mantenía con el enjambre no era muy estrecha, pero sabría si alguna de ellas se topaba con una persona y podría ver a través de sus ojos. Aquellos animales tenían un olfato sorprendentemente agudo, así que sabrían ver incluso lo oculto a la vista. Conteniendo un suspiro, entró a través de los enormes portones de la torre.

Sapere Aude - Mansión Malfoy - Sic Parvis Magna

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¡Diosa oscura! Debía de estar muy mal, pero qué muy mal, para ver un lobo acercándose hacia mí, con la poca claridad que veía. No sé cómo veía un lobo, siendo el animal que más miedo me daba. Sí, magizoóloga famosa y todo eso, pero los lobos me dan yuyu. Bastante tenía que, sin gustarme, en casa tenía dos, el lobo Fenrir de Matt y la lobita de mi nieta. Cerré los ojos y volví a tener un vahído. ¿Aquella criatura acababa de decir mi nombre?

-- Tú... -- levanté la mano e intenté tocarle las orejas de lobo. -- Tú eres un clan.

Vale, no era muy clara en mis palabras. Recordaba muy levemente haber visto una transformación en animal en uno de los clanes, ni sabía el nombre ni cuándo lo había visto, pero sí, aquel animal me recordaba a un cambiapieles. Intenté sonreírle. A pesar de estar enfrentados por una misión suicida, nos apoyábamos por ser miembros del bando, algo que tenía mucho más significado que aquella maldita aventura. De repente, en medio de aquella confusión extraña de mi mente, pensé que tal vez la finalidad de la prueba sería esa: comprobar cuán estábamos ligados al bando o al clan.

-- ¡Eh, eh, para, que me dislocas! -- le dije a aquella... ¿Mujer? ¿De dónde había salido? Si antes había un lindo lobito. Bueno, sería lobita. -- Yo a ti te conozco.

Intenté levantarme y creo que lo conseguí, aunque el empujón que me dio me hizo trastabillar y caí al suelo de nuevo. Extrañamente, mis manos asieron hierbas, hojas secas y un gusano verdoso que correteó entre mis dedos del susto que se había dado al casi echarme encima de él.

-- ¿Es qué quieres matarme? -- dije, en voz alta, sin saber dónde estaba. ¿Aquella mujer me había empujado por un haz de la noche? ¿Y dónde estaba mi cofre, aquel que tanto me había costado conseguir? -- ¡Eh, yo te conozco! ¡Eres Arya...! Creo que, al final, aquel cofre no era el que necesitaba... Espero que alguien tenga más suerte que yo.

Permanecí sentada en el suelo, recobrándome, mientras contemplaba aquel gusanito tan interesante. No me hacía caso y seguía correteando con sus mil patas, ahora buscando, tal vez, su hogar.

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