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Ficha de Alexander Malfoy


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Fotografía de Alexander y Mónica


Datos Personales:



Nombre del Personaje: Alexander Malfoy.

Sexo: Masculino.

Edad: Adulta.

Nacionalidad: Inglesa.

Familia(s):

  • Sanguínea: Malfoy.
  • Adoptiva: Triviani.

Padre(s) Sanguíneo: Gatiux.

Padre(s) Adoptivos: Aland Black Triviani.

Trabajo: Empleado. División de Bestias. Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas.





Poderes Mágicos:

 

Rango Social: Unicornios de Bronce.

Bando: Neutral.

Rango dentro del Bando: --

Puntos de poder en objetos: 80






Hechizos adicionales: --


Puntos de poder en criaturas: 10






Criaturas controlables en asaltos y duelos: --


Habilidades Mágicas: --

Conocimientos Especiales:

  • Artes Oscuras.
  • Aritmancia.

Perfil del Personaje:




Raza: Licántropo.

Aspecto Físico:





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Alexander Malfoy




Es un joven alto y delgado, de complexión atlética y piel de aspecto normal, ni muy morena ni muy pálida, en un equilibrio perfecto. Posee unos hipnotizantes ojos azules de intenso brillo, muy expresivos. Suele afeitarse la barba con frecuencia, aunque siempre mantiene en su mentón una pequeña perilla. Tiene el pelo largo hasta los hombros, de cabellos rubios como el oro, liso. En su rostro suele brotar una media sonrisa ante determinadas situaciones que le causan gracia, satisfacción o suficiencia.

Quienes se encuentran con él con frecuencia, todos dirían que se trata de un joven que siempre anda sumido en su propio mundo, con la mirada perdida en alguna parte de la que no quiere volver. Desde fuera se ve como alguien frío, con movimientos lentos, pero cuando pierde el control parece una persona totalmente diferente, tal y como ocurre en los días anteriores a su transformación. Cuando es noche de luna llena, su pelaje es totalmente blanco, como si se tratase de un lobo de las nieves.

Tiene diversas cicatrices en varias zonas de su cuerpo, tales como el brazo derecho, el vientre o una surcando su mejilla izquierda.

  • Varias de las cicatrices de su vientre son fruto de varios cortes de espada que Alexander recibió en una de sus noches de luna llena.
  • Al otro lado del vientre, se encuentra una que surgió a raíz de un corte provocado por las zarpas de un colacuerno húngaro.
  • Bajo su ojo izquierdo tiene otra, producida por un cuchillo en una pelea callejera en la cual casi se queda ciego.
  • En su brazo derecho se encuentra la última, cuyo origen no alcanza a recordar pues se la ganó cuando estaba borracho.

También tiene varios tatuajes decorando su piel. Cada uno de ellos representa una etapa de la vida de Alexander, y tan sólo él sabe el significado que tiene cada uno.

  • En la espalda tiene tatuado un fénix con las alas abiertas, como si estuviese a punto de echar a volar.
  • Su brazo izquierdo lleva el tatuaje de la Marca Tenebrosa, como recuerdo de cuando fue mortífago por vez primera.
  • El pectoral izquierdo está decorado con una runa antigua, recuerdo de un amor roto.
  • Su vientre guarda un extraño símbolo indescifrable para cualquiera, pues su forma no recuerda a nada conocido.
  • En su pierna derecha está dibujada una luna en cuarto creciente. De entre todos los tatuajes, este tiene el significado más obvio.

La ropa que más utiliza son unos viejos y desgastados vaqueros combinados con una camiseta negra. En invierno suele llevar también un gorro azabache puesto en la cabeza junto con una chupa de cuero o un abrigo de tintes oscuros que protege su cuerpo del frío, así como una braga cubriendo su cuello y mitones en sus manos. Detesta las túnicas y demás prendas de ropa usadas dentro del mundo mágico, y quizás sea por falta de costumbre por la que prefiere la sobriedad de las ropas muggles.

Cualidades Psicológicas:

Alexander es frío. Astuto y reflexivo, aunque puede llegar a ser muy impulsivo cuando se deja llevar pos unos sentimientos profundos que siempre oculta a los ojos de los demás. Dichos sentimientos sólo brotan y los hace dejar ver ante aquella persona a la que más quiere, ante la mujer que ama. Le cuesta coger confianza con la gente, pues prefiere vivir aislado antes que verse involucrado en cualquier evento social y rodeado de otros magos y brujas, y aunque se encuentre acompañado por alguien de fiar sigue rehusando a mostrar lo que siente. Prefiere pasar desapercibido a ser el centro de atención.

Con una gran ambición por llegar a ser un gran mago, vive a la sombra de su pasado y dominado por una vieja melancolía con la que ha tenido que aprender a convivir. Una oscuridad intensa crece en su interior desde que fue mordido por un licántropo en su infancia, por lo que siempre lleva encima, a pesar de que lucha por ocultarlo, un gran instinto asesino. Nunca sabe si hace lo correcto o no, y por ello siempre vive preguntándoselo, y más de una vez ha hecho algo de lo que más tarde se ha arrepentido durante mucho tiempo, castigándose una y otra vez por cada uno de sus errores.

Lo da todo por aquello que quiere hasta que lo consigue, jamás se da por vencido ante nada. Podría decirse que cuando Alexander pierde la esperanza en lograr uno de sus objetivos, es porque es imposible alcanzarlo para cualquiera. Quizás a veces peque incluso de egoísta cuando se centra en conseguir aquello que quiere, olvidándose de todo lo que hay su alrededor e incluso utilizándolo a su antojo para salir victorioso.

Historia:

Alexander Malfoy nació en un frío y lluvioso 31 de diciembre entre los Malfoy, pero su madre Gatiux lo entregó a una familia muggle para que lo cuidasen como uno más, creciendo entre ellos y sin conocimiento alguno de que se trataba de un mago descendiente de un noble linaje hasta muchos años más tarde, pues tan pronto entró en su nueva familia siendo tan solo un bebé perdió su apellido y adoptó el apellido Gallagher.

Cuando tenía cinco años, un extraño que se hacía llamar Christopher Vega lo fue a visitar a su casa de Londres, y lo sometió a una pequeña prueba, alegando que tanto el pequeño Alexander como él eran dos magos. La prueba consistía en que el pequeño brujo debía escoger un objeto entre cinco que había, y de entre todos él escogió una pluma de fénix. Ante este hecho, Vega se marchó, enojado, de la casa de los Gallagher y no regresaría allí hasta mucho después. Alexander no comprendió entonces qué significaba nada de aquello, ni qué implicaba su elección, y nunca llegaría a saberlo.

Tras este suceso, Alexander comenzó a tener extraños sueños que lo atormentaron cada noche durante muchísimo tiempo, y en todos ellos aparecían un grupo de personas que no conocía que lo llamaban por otro nombre: Alexander Malfoy. Estos sueños se repetían cada vez que tenían la oportunidad y provocaban un gran sufrimiento e incertidumbre sobre el joven mago, aunque, en una noche, cuando tenía dieciséis años, un joven de pelo naranja que también era brujo le desveló el significado de las repetidas pesadillas con un acertijo: Encuentra a esas personas, y encontrarás a tu verdadera familia.

Gracias a la ayuda de aquel misterioso chico, Alexander se pasó semanas buscando a quienes se aparecían en sus sueños nocturnos. Poco después de aquel encuentro fue mordido por una vieja amiga de su infancia, la cual siempre le ocultó su verdadera naturaleza licantrópica. Estuvo a punto de morir desangrado, sin embargo, Vega lo ayudó y lo salvó, aunque al devolverlo a la vida tuvo que hacer un sacrificio; un sacrificio que provocó que en el interior del Malfoy brotase una misteriosa oscuridad que lo acompañaría desde aquel momento. Con todo aquello, Alexander olvidaría toda su vida pasada. Borrón y cuenta nueva.

Años más tarde, una bruja pelirroja de gran renombre se puso en contacto con él y lo contrató como asesino, valiéndose de una espada, puesto que aún no era capaz de controlar su magia. Si Alexander la ayudaba, ella lo ayudaría a encontrar a su familia, y la bruja cumplió su trato, llevándolo finalmente a la Mansión Malfoy, donde conoció a todos sus parientes que lo estaban esperando, para luego comenzar a estudiar en la Academia de Magia y Hechicería y llegar convertirse en un mortífago.

Una vez en Ottery, Alexander tuvo una relación amorosa con Mey Potter Black y con Silverlyn, durando la primera poco y la segunda mucho más. Silverlyn fue un gran capítulo en la vida de Alexander, un amor loco e imposible que lo marcó, pero como todo, terminó, y Alexander no volvió a ser el mismo desde entonces. Después de ese suceso, se alejó de Londres y de la sociedad mágica en busca de la tranquilidad que necesitaba, desapareciendo así del bando de los mortífagos. Durante sus múltiples y largos viajes a lo largo del mundo, se dedicó a hacer un estudio sobre la vida y naturaleza de los dragones así como de otras criaturas mágicas.

Ahora vuelve de nuevo con la intención de hacerse un hueco en la sociedad mágica. Tiene un negocio en el Callejón Diagón llamado Passio Arcanum, el cual comparte con Mónica Malfoy Haughton, y busca un lugar en el ministerio de magia desde el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas, así como también desea retornar cuanto antes al bando mortífago. Tras su regreso, ha revivido una historia pasada con Mónica Haughton, con la que mantuvo una cercana amistad durante toda su vida, y buscó junto a ella la serenidad que durante toda su vida ha buscado, compartiendo así un futuro con la bruja, pero la relación finalmente rompió. El nuevo fracaso amoroso hizo mella sobre Alexander, aunque en el fondo siga amando a la bruja.

Tras aquella relación y a pesar de que el amor por la Haughton nunca llegó a desaparecer, Alexander tuvo encuentros con otras brujas con las que compartió ciertas noches pero nunca llegó a ir más allá, siempre con el recuerdo de la mujer a la que más amó en su mente. Siguió viviendo en la Mansión Malfoy pero pasando totalmente desapercibido, sin hacer mucho ruído, trabajando en silencio hasta que los mortífagos estuviesen dispuestos a recibirlo de nuevo en sus filas.


Historia detallada:

 

 

Capítulo 1: Aspiraciones

 

 

Aquel era un 31 de octubre frío y lluvioso, semejante al 31 de diciembre en el que Alexander Gallagher había nacido, apenas un lustro atrás. Sólo se encontraba su madre con él allí, en su casa, puesto que su padre, de nombre Arthur, se encontraba sumergido en un viaje que lo llevaba a visitar los confines más ocultos y bellos del mundo, todo por trabajo, siendo el factor negativo que sólo podía visitar a su familia en Navidad, y en alguna semana de verano. Era un día que invitaba a quedarse a casa, a refugiarse dentro de las paredes del hogar, a sentarse junto a la chimenea y ampararse bajo el calor que sus llamas transmitían. y a leer una buena novela, sujetándola en una mano mientras con la otra se sujetaba un tazón de chocolate caliente, o en su defecto, una taza de excitante y estimulante café.

Pero Alexander no hacía nada eso, pues se encontraba jugando tranquilamente con sus juguetes infantiles cuando alguien llamó a la puerta. Él siguió a lo suyo, como si nada hubiese sucedido, y fue su madre quien acudió a la llamada lo más rápido posible, pues el extraño que se situaba en el umbral de la puerta de la casa volvió a presionar, impacientemente, con sus dedos el timbre, escuchándose así de nuevo el rítmico sonido del din, don.

Al pequeño muchacho rubio de ojos azules no le importaba quién era aquel invitado, la única preocupación de su vida en aquellos momentos, con únicamente cinco años de edad, era jugar y jugar hasta que llegaba la hora de volver a la cama y dormir hasta el amanecer del día siguiente, aunque lo que el niño no sabía era que el motivo de la llegada de aquel extraño a su casa era él mismo.

Escucha, Alexander – le dijo su madre, situándose delante de él, y provocando que su centro de atención pasara de ser el cochecito a ser Penélope, que así era como se llamaba su progenitora –. Este señor es Christopher Vega y ha venido a hacerte unas preguntas... Espero que te portes bien y no montes ningún espectác***, ¿entendido?

Ante las palabras de la mujer su hijo asintió enérgicamente con la cabeza, moviéndola velozmente de arriba abajo, mientras mantenía sus ojos cerrados. Él no era un chico molesto ni al que había que castigar con frecuencia, pues siempre se portaba bien, aunque la presencia de un desconocido, como aquel tal Christopher Vega, lo ponían nervioso, pues era extremadamente tímido y de pocas palabras con personas a las cuales no conocía.

Penélope le lanzó una última mirada llena de significado a su hijo, pidiéndole calma y serenidad, antes de dirigirse de nuevo a la cocina y seguir preparando la cena, cuyo deliciosa aroma ya se respiraba en el ambiente.

Estoy seguro de que se portará muy bien, señora Gallagher – dijo Christopher, con una sonrisa en sus labios, provocando que la madre del infante se detuviese en seco antes de salir completamente de aquella habitación, la cual era la sala de aquel hogar de dos pisos, mientras observaba a Alexander con una mirada examinadora que hacía que el chico de cabellos dorados se inquietase aún más ante aquella situación –. Usted no se preocupe, tanto él como yo estaremos bien. ¿No es así, Alex?

Volvió a asentir, aunque él no estaba tan seguro. Con su celeste mirada le suplicaba a su madre que se quedase con él, pero ella no tenía tiempo y tuvo que irse, dejando a aquel extraño a solas con el niño.

Él se encontraba de rodillas en el suelo, con un buen montón de juguetes a su alrededor de todo tipo, y delante de él se encontraba una mesa de cristal bastante amplia, sobre la cual reposaban libros y revista, y bajo ella una alfombra roja de exquisito diseño, un detalle muy acogedor, tal y como el resto de la decoración del hogar, y un poco más allá, a un par de metros de él, se hallaba un sofá tapizado en cuero, en el cual cabían tres personas y sobre el cual ya se había sentado el señor Christopher Vega.

Christopher era un hombre que se mantenía aún joven, aparentado aproximadamente unos treinta años o veinte bien entrados, de cuerpo atlético, con una mirada plateada e hipnotizante. Su cabello negro intentaba ocultar, en vano, una cicatriz que se situaba en su ceja derecha. Hasta aquí podríamos considerar que se trataba de una persona normal, que no presentaba nada extraño, pero esto no se correspondía con la realidad, pues su excéntrica indumentaria, una capa negra de bordes rojos y que parecía tener inscripciones en sus bordes, no era algo normal y corriente que se viese todos los días, y eso era lo que más le llamaba la atención a Alexander.

Llevaba consigo lo que parecía ser un maletín de color pardo oscuro, el cual situó con cuidado encima de la brilllante mesa de cristal. Miró fijamente de nuevo al pequeño e indefenso niño que tenía delante de sus ojos, inquisitivos, y finalmente dijo:

A ver... ¿Por dónde podría comenzar? – durante unos pocos segundos calló, para más tarde retomar su discurso con nuevas palabras. Alexander se levantó del suelo, acercándose más a él, apoyando sus hombros sobre la pulida superficie transparente –. Alexander... Tengo razones para pensar... Que tú eres un niño especial – su joven acompañante lo miró, confuso y extrañado –. Verás... ¿Alguna vez has logrado apagar un fuego sin ni siquiera acercarte a él?

Al terminar de formular aquella pregunta, lanzó una mirada a las llamas del fuego que se situaban a su derecha en la chimenea. Apartando la mirada de Alexander, esperó su respuesta sin ni siquiera mirarle, hasta que al final el crío finalmente logró pronunciar un tímido y casi inaudible sí.

¿Se lo contaste alguna vez a tus padres?

Christopher realizaba preguntas sin parar para escuchar alguna respuesta firme por parte del interpelado, intentando sacárselas a la fuerza. Por otra parte y tal y como era de esperar, acorde a su naturaleza, el mocito se encontraba nervioso e incómodo. Tal era su grado de vergüenza en aquellos instantes que articular palabras le era una tarea sumamente ardua y difícil.

Negó con la cabeza.

¿Por qué no?

Porque... Sabía que-que no me creerían – aunque tartamudease, no era tartamudo.

¿Y sabes por qué? Porque ese don no es algo común. Sólo unas pocas personas lo tienen, y cuando se tienen esas habilidades, se deben aprovechar y perfeccionarlas hasta que alcancen un nivel de suma perfección – continuó –. Y por eso estoy aquí, aquí y ahora, contigo, haciéndote estas preguntas, e interesándome por ti.

¿Usted me cree?
Rió ante aquellas inocentes palabras.

Claro que sí, yo también soy como tú, también puedo apagar un fuego sin ni siquiera acercarme a sus llamas, aunque también puedo hablar con las aves, transformar ratones en copas o hacer levitar objetos de todas las formas y tamaños – Alexander lo escuchaba, con fascinación, imaginándose cada una de las cosas si él fuese capaz de hacerlas –. ¿Tú me crees si te digo que dirijo un... colegio especial, donde niños como tú aprenden todos los días a hacer magia nueva que jamás hicieron con anterioridad en sus vidas?

¿Magia?

Sí, magia.

Ambos callaron y el silencio reinó en la sala. Lo único que se oía era el incesante crepitar de las llamas del fuego. A medida que pasaba el tiempo y la conversación se volvía más interesante, el hijo de Penélope Gallagher se encontraba más a gusto con aquel hombre.

Sí, le creería.

Christopher sonrió, conforme.

¿Y también me creerías si te dijese que mi verdadero nombre no es Christopher Vega? – Alex enarcó una ceja, y antes de que pudiera realizar la pregunta obvia, el hombre sin nombre lo interrumpió –. No te diré mi verdadero nombre hasta comprobar una cosa, ¿de acuerdo?

Volvió a asentir con la cabeza, impaciente. El extraño y misterioso hombre abrió entonces el maletín, y retiró de él un total de cinco objetos, los cuales se trataban de un pequeño frasco que contenía un líquido verde, un mechón de pelo rubio, un objeto de madera alargado quebrado por la mitad, una pluma de color carmesí y una hoja verde de algún tipo de árbol. Los situó todos delante de los ojos de Alexander, situándolos sobre la mesa, y entonces dijo:

A ver, Alex... Dime... ¿Cuál de éstos objetos es tuyo?

El niño miró con curiosidad cada uno de artefactos y materiales.

¿Que cuál es para mi?

No, no – lo corrigió –. Me refiero a cuál es tuyo... Ya.

No entendía el significado de las palabras del presunto mago, pero no insistió más para intentar comprenderlo. Volvió a examinar a cada uno de los objetos, preguntándose para qué era aquel extraño test. Sentía una especial atracción, la cual no podía explicar, por dos: la pluma roja y el mechón de cabellos dorados.

Ambos intercambiaron miradas. El adulto, confundido, intrigado y a la vez un poco asustado, contempló la escena, aguardando impacientemente su final y la decisión definitiva de Alexander. Los segundos pasaron, unos detrás de otro, y el niño de cinco años palpaba los mismos dos objetos con la yema de sus dedos, tocándolos y experimentando con ellos. Parecía como si los otros tres no existieran.

Finalmente, el chico rubio escogió la pluma roja, desechando a los cabellos rubios y dejándolos a un lado junto al resto. Miró con curiosidad el anaranjado brillo de la pluma, para luego mirar a los ojos plateados del desconocido hechicero, esperando su veredicto ante su decisión.

¿Estás... estás seguro de que la pluma de fénix es tuya, Alex? – en sus palabras residía un prominente tono de decepción. Quizás había ido hasta allí, hasta aquel humilde barrio a las afueras de Londres, esperando otra cosa por parte del pequeño Gallagher, el cual asintió tras la pregunta –. ¿Estás seguro?

Su diminuto acompañante susurró un . El hombre que se hacía llamar Christopher Vega miró de nuevo al fuego, decepcionado y furioso, y volvió a meter todos aquellos objetos extraños en el maletín, arrebatándole a Alexander lo que sujetaba entre sus manos.

Pues no es tuya.

Se levantó del sofá, sujetó el maletín en su mano izquierda y echó a caminar con paso fuerte hacia la puerta, dispuesto a salir de la casa sin ni siquiera despedirse del muchacho, el cual observaba aquel extraño comportamiento con impotencia.

Penélope Gallagher regresaba de la cocina en dirección a la sala, cuando escuchó abrirse la puerta y vio cómo el invitado se marchado con prisa y sin decir adiós.

¿Ya se va? ¿Ya ha acabado?

Lo siento, señora Gallagher, pero creo que nos hemos equivocado con su hijo, creo que no está preparado para nuestro colegio.

Y se marchó dando un portazo.

¿Qué has hecho?

La madre de Alexander parecía enfadada con él, el cual asumía su presunta culpa en silencio, sin decir nada. La timidez volvía a él, aquella vieja enemiga que cortaba su expresión. Su madre lo trataba perfectamente con él, criándolo y instruyéndolo ideales y valores pulcros y perfectos, pero algo que sí que temía el hijo de Arthur Gallagher era ver a su madre enfurecida.





Capítulo 2: Destino





Alexander ya no podía más. Los dieciséis años eran una edad difícil en la historia de la vida de una persona, una edad en la que cualquier cosa te destroza y en la cual se pueden hacer muchas locuras de manera consciente, y la mayoría de las veces por motivos est****os y por los que no merece la pena realizar tales actos faltos de juicio.

Pero es que aquel joven y prometedor muchacho de dorados cabellos ya había alcanzado su límite, el límite en el que la depresión interna se acaba convirtiendo en una torturadora y incesante locura que te carcome por dentro hasta acabar con todo tu ser, con tu alma, con tu forma de ser, y que te acaba transformado en otra persona. Es como si una oscuridad brotase en tu interior y no parase de crecer hasta convertirte en alguien frío, distante, alguien incapaz de amar.

Quizás estuviera mejor muerto, quizás el mundo estaría mejor sin él, nadie lo echaría de menos, puesto que nadie lo apreciaba lo suficiente como para quererlo y amarlo. La vida ya no tenía sentido para él, y deseaba cuanto antes que su aura nadase en aquel mar de tinieblas al que los mortales llaman la muerte, y sumergirse entre sus negras olas, hasta que el tiempo y el paso de los años borrasen su imagen del recuerdo de las personas.

Y allí estaba, en el puente, a punto de tirarse. Un acto de suicidio era su única salvación. No lo había meditado demasiado, pero ya no deseaba seguir viviendo, o al menos no quería seguir haciendo de aquella manera. Miraba a su alrededor y veía las lúgubres luces de neón de la ciudad, las hipócritas risas de sus semejantes oscuras en ocultos y oscuros callejones. Injusticia, miseria, lágrimas. Y era por aquello por lo que Alexander Gallagher había dejado de tener fe en el mundo.

Cerró los ojos. Vació su mente de cualquier pensamiento. Si no lo pensaba, todo sería más fácil, más rápido, más sencillo, más instintivo. Hizo acopio de todo su valor y llenó de aire sus pulmones. Comenzó a contar hasta cinco. Uno, dos... Los segundos pasaban lentos, como si el tiempo se detuviese o se ralentizase. Tres, cuatro... Unas imágenes surcaron su mente, como si fuese verdad aquello de ver la vida en diapositivas. En ellas aparecían su madre, su padre, y una chica rubia, aquella chica de ojos plateados a la cual no conocía, pero que sí había soñado con ella varias veces. Y por último, después del cuatro viene el...

Cinco.

Aquella voz que escuchó a sus espaldas le impidió saltar y perder la vida desde las alturas de aquel puente. Se giró sobre sus talones. A pocos metros de distancia, se situaba un joven parecido a él, de la misma altura, el mismo pelo de color naranja, ojos color escarlata y piel nívea, pálida. Ambos jóvenes se parecían bastante, y a Alexander le inquieto la presencia de aquel desconocido allí, en aquella noche, cuyas estrellas estaban ocultado tras el manto de luz que ofrecía la contaminación lumínica de Londres.

Hola.

Saludó el extraño, con un tono de voz grave y a la voz agradable, cordial, amistoso. Alexander devolvió el saludo con un gesto de cabeza y se acercó, curioso, al joven de cabellos tintados de color crepúsculo.

Disculpa si interrumpo algo – dijo, con una sonrisa maliciosa pintada en sus labios –. Sólo quería hablar contigo un rato.

Intercambiaron miradas hasta que el adolescente Gallagher decidió formular la pregunta obvia.
¿Quién eres?

No importa quién soy, importa quién eres tú – respondió, ofreciéndole a Alexander un mensaje cifrado y de confuso significado –. Intentas ocultarlo, pero estás destrozado por dentro, ¿no es así?

No hubo contestación por parte del interpelado.

Alexander Gallagher, sino me equivoco – añadió el extraño, acercándose más al muchacho de ojos celestes, y sentándose en la orilla del puente. Extrañado y preguntándose cómo conocía su nombre, Alexander lo imitó y se sentó a su lado. No le importaba reírse un poco antes de morir –. Veo que he llegado a tiempo.

¿A tiempo para qué?

Para salvarte, claro – contestó, mientras seguía observando la hora que marcaba su reloj: la una de la mañana de aquella noche de agosto –. No puedes quitarte la vida.

La mirada de Alexander se clavó en el destello carmesí desprendido por los ojos del desconocido, con furia y inquietud, preguntándose cómo sabía tanto de él, como si lo conociese de toda la vida, y por qué le negaba el derecho del suicidio.

Ya... Entonces dime qué motivos tengo para no morir.

A ver, sé que cuando te diga ésto no me creerás, que me tomarás por un loco... Pero es que la muerte no es tu destino – dijo –. Éste no es tu destino. ¿Qué razones tienes tú para morir y desaparecer?

Me siento solo, abandonado, como un náufrago perdido en una remota isla del mar – contestó, mientras intentaba contener las lágrimas, las cuales, traicioneras, amenazaban con derramarse por su mejilla de un momento a otro –. No tengo ningún amigo, nadie me respeta, y por lo tanto, ninguna chica me quiere ni me querrá nunca.

Ambos chasquearon la lengua al unísono.

Seguro que te lo han dicho más de una vez, Alexander, pero es que es la verdad... Te encuentras en una edad difícil, una edad en la que lo que hagas te marcará para siempre. Y tienes que ser fuerte.

Corrijo – interrumpió, secamente –. Estoy en una edad en la que lo que te hagan te marcará para siempre.

Eso es cierto – reconoció su acompañante –. Pero no puedes negar la realidad, sí que hay gente que te quiere. Tu familia.

Ni siquiera mi familia es mi familia – dijo, con tono de enfado, lanzando una piedra al río que tenía enfrente, el Támesis –. Ayer me enteré de que soy adoptado, de que ellos me encontraron abandonado delante de su puerta, cuando tan sólo era un bebé que no podía ni caminar.

Hubo silencio. Por primera vez desde que habían iniciado aquella conversación, ninguno de los dos supo qué decir, hasta que el silencio se rompió:

Te puedo dar un verdadero motivo para seguir luchando – dijo, de repente, el extraño –. Has soñado con una muchacha rubia, de ojos grises, ¿verdad?
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Otro nuevo dato que aquel muchacho también conocía de Alexander. Se sentía verdaderamente incómodo, pues él sabía mucho y él ni siquiera conocía su nombre, y se sentía penoso al estar buscando consuelo en un extraño nada más conocerlo. Sin embargo, terminó asintiendo con la cabeza, mientras no podía evitar soltar una pequeña sonrisa.

Sí, la verdad es que es una chica muy guapa, una preciosidad. Pues, ahí tienes tu motivo – en la cara del Gallagher parecía haber surgido un invisible interrogante –. ¿No te gustaría saber quién es y por qué está tan presente en tu subconsciente, por qué sale con tanta frecuencia en tus sueños? ¿No tienes curiosidad? Quizás ella es la respuesta.

Alex se encogió de hombros.

¿Quieres saber una cosa? – fue entonces el chico sin nombre el que asintió con la cabeza –. Siempre es el mismo sueño. Corró por un jardín, mientras varias personas me miran. Entre ellas, siempre distingo a las mismas: una mujer esbelta, imponente, de cabellera color borgoña; allá, a lo lejos, otra mujer de piel pálida, ojos color violeta; también recuerdo una chica joven, de mi edad más o menos, muy pálida, de dientes largos, como si me fuera a chupar la sangre, ¿me entiendes? Pues no paraba de llamarme papá; y otras muchas figuras que ahora mismo no pienso recordar. Sigo corriendo por el jardín mientras todas las miradas se clavan en mí, hasta que a lo lejos veo como una especie de pirámide, y en su cúspide, esa chica de la que me hablas. Cabellos dorados, ojos plateados. La distingo perfectamente, a pesar de situarse tan lejos, y el sueño siempre acaba igual, cuando alzo la mano e intento tocarla desde la lejanía. Ella me dice su nombre, y luego me dice que la ayude, pero nunca recuerdo cómo se llamaba – relató –. Eso es lo más frustrante. ¿No es lo más triste que has oído nunca? Sobrevivo a base de ese sueño, es como si me infundiera esperanza.

Clavó entonces su mirada añil y triste en el río, cuyo caudal se encontraba delante de sus ojos, y su acompañante en aquella noche le doy unas palmadas en la espalda, intentando transmitirle ánimos.

Encuéntrala, y encontrarás a tu verdadera familia, tu familia biológica – añadió, mientras se levantaba y caminaba en dirección al centro urbano de la ciudad –. O viceversa.

Y entonces, tras aquellas enigmáticas palabras, desapareció entre las sombras.





Capítulo 3: Luna llena





Está herido, ¡tenemos que llevarlo al hospital! – gritaba, histérico, Arthur, el padre adoptivo de Alexander, el cual se encontraba tumbado sobre su cama, desprendiendo sangre por una herida que tenía en el brazo, la cual parecía ser la mordedura de algún animal. El progenitor caminaba, nervioso, en círculos, sin moverse de la habitación, incapaz de hacer nada, mientras su mujer, Penélope Gallagher, cuyo apellido de soltera era Lewis, estaba sentada en una silla, como en estado de shock, con la mirada perdida en el espejo que tenía delante de ella, mientras jugueteaba con los pulgares de sus manos –. ¡Penny! ¡Vamos, llama a una ambulancia!

Sí...

Entonces, la mujer de Arthur se levantó de su asiento y caminó con andar tembloroso a la planta inferior, hacia la cocina, que era donde se encontraba el teléfono, y mientras bajaba las escaleras se aferraba con fuerza al crucifijo que colgaba de su cuello, mientras susurraba algunas frases de la Biblia, tales como el Salmo 23, intentando aguantarse en sus creencias para vislumbrar la esperanza tras aquellos trágicos sucesos.

El Señor es mi pastor, nada me falta... En prados de hierba fresca me hace reposar, me conduce junto a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el camino justo, haciendo honor a su Nombre. Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad. Me preparas un banquete en frente de mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y mi copa rebosa. Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por años sin término...

Penélope Gallagher era una mujer de carácter fuerte, que siempre hacía frente a las adversidades y nunca se daba por vencida, pero el haber visto a su hijo en aquel estado la había destrozado, y mientras tecleaba los números de emergencia en el teléfono, no podía romper en un sollozo, desprendiendo lágrimas que caían por el suelo frío y blanco, de losas pálidas, de la cocina.

Mientras tanto, en el piso superior, Arthur, escondiendo sus sentimientos de angustia e impotencia tras una frondosa barba y un frondoso bigote negro, vello facial que combinaba con sus ojos azabaches y su escaso pelo del mismo color (el cual rodeaba a una brillante calva), se sentó junto a su hijo. Tomó una de sus manos y la acarició mientras contemplaba si figura adolescente, inconsciente. Aún así, tenía pulso en vena y respiraba, aunque algo le decía que aquella ensangrentada mordedura lo había puesto en un grave estado de peligro.

Todo había comenzado apenas quince minutos atrás. Cuatro amigos de Alexander, dos chicos y dos chicas, habían llamado al timbre de la casa. La hora que marcaba el reloj de pared de la sala era las once y media de la noche. El señor Gallagher se encontraba viendo un partido de fútbol en la televisión entre el Manchester United y el Chelsea, apoyando al equipo de camiseta azul, mientras Penélope, su mujer, leía la tragedía de Shakespeare, Romeo y Julieta.

Ella acudió rápidamente a la llamada, y mientras contemplaba cómo el cuerpo de su hijo, empapado en sangre, era sujetaba por los corpulentos brazos de su amigo Daniel, llamó, a gritos y con urgencia, a su esposo, el cual reaccionó asustado, de igual manera que su mujer, y cogió el cuerpo inconsciente de su hijo en sus brazos mientras le agradecía a aquellos muchachos el haberlo traído hasta su casa, mientras le realizaba preguntas y les invitaba a entrar:

¿Qué ha sucedido? ¿Quién mordió a Alexander? ¿Qué hacíais? ¿Dónde estábais? ¿Dónde está Charlotte?

Charlotte era una amiga de Alexander y de aquel grupo de púbers, formado por Kevin, Daniel, Sarah y Christhine, la cual, aunque ninguno lo sabía, era la que había mordido al muchacho, provocándole aquella terrible herida, pues pertenecía a la raza de los licántropos, y aquella era una noche de luna llena.

Algún animal lo ha mordido... Creemos que ha sido un lobo o algo parecido – contestó Daniel, triste, mientras todos sus compañeros se desahogaban desprendiendo lágrimas –. Estábamos todos juntos cenando, en casa de Charlotte... La cual desapareció, no sabemos dónde se encuentra...

Está bien... Será mejor que os vayáis a casa, nosotros nos ocuparemos de él – les aconsejó el señor Gallagher, y todos, a regañadientes, desaparecieron rumbo a sus respectivos hogares.

Arthur no dejaba de pensar y de pensar. ¿Le iba a suceder algo malo a su querido hijo? No lo esperaba, simplemente no podía dejar de mirarlo y confiar en que sólo fuera una simple herida, pero algo le decía que aquella no era una herida normal. Ató alrededor de su brazo unas vendas para evitar la hemorragia, pero no paraba de desprender sangre la rotura de los vasos sanguíneos.

Miró a su alrededor. Las paredes rojas del cuarto de Alexander estaban forradas por pósters de chicas desnudas o semidesnudas de cuerpos esculturales, algo normal y corriente entre varones adolescentes de aquella edad tan problemática y extraña. En una estantería, libros de suspense y fantasía, además de algunos tomos de manga, el arte oriental, además de decenas de discos de música ronk, punk y rap, y en el escritorio se situaban los libros de matemáticas y biología del instituto, aparte de una televisión un ordenador y una consola de videojuegos, la PS2. No podía evitar pensar en la muerte de su hijo, esperaba que eso no sucediese, pero temía que todos aquellos objetos dentro de poca shoras ya no tuviesen dueño.

Inquietado por la tardanza de su mujer, se dirigió velozmente al piso de abajo.

¿Penny?

Su mujer, sin embargo, no estaba llamando a los servicios de emergencias, ni siquiera tenía el teléfono en sus manos. Es más, ni se hallaba en la cocina, sino que estaba en la sala de estar, el centro de reunión. Allí estaba, hablando con un desconocido que vestía una capa negra de bordes rojos.

¿Qué sucede aquí? – preguntó el señor Gallagher, señalando al desconocido con un gesto con el mentón.

Oh, querido... Te presento al señor Christopher Vega – Penélope parecía ya más calmada y más natural, como si nada hubiese sucedido –. Ha venido a ayudarnos con lo que le ocurriendo a nuestro hijo Alexander...

Así es – dijo –. Verán, no los voy a engañar. Y es que su hijo se encuentra en muy mal estado. Está a punto de morir, pues un veneno está fluyendo por sus venas, y si no lo salvamos a tiempo, perderá su vida. Yo sé cómo ayudarlo, cómo sanarlo.

No hubo contestación a sus palabras, el matrimonio Gallagher se limitó a clavar sus miradas de interés en él.
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Lo puedo llevar a nuestros... “laboratorios”. Allí lo ayudaremos y lo sacaremos de ésta – antes de que los padres de Alexander pudieran aceptar la propuesta, el hombre puntualizó –. Sin embargo, perderá todos sus recuerdos. No se acordará de nada... Y perderá su inocencia, será otra persona. ¿Siguen queriendo que me lo lleve?

Lo meditaron durante unos instantes, sin saber a qué se refería con aquello de que perderá la inocencia, pero no tenían ninguna otra alternativa y debían confiar en aquel extraño que les brindaba una oportunidad de salvar a su querido hijo.

– afirmaron, al unísono.

Aproximadamente una media hora más tarde, el tal Christopher Vega, cuyo nombre no era el suyo verdadero, se encontraba en una habitación llena de una antigua decoración, basada en cuadros de exquisito diseño, esculturas y plantas que le otorgaban a aquella estancia un lugar tétrico. Delante de él, reposando en una cama, se encontraba Alexander Gallagher.

Supe aprovechar una oportunidad cuando la tenía delante – dijo el hombre, hablando consigo mismo, mientras apoyaba su espalda contra la pared –. Salvaré la vida de Alexander, sí, y se lo devolveré a sus padres de una pieza, pero me encargaré de que nunca se convierta en un enemigo, tal y como estaba destinado a serlo.

Y era cierto, había salvado la vida del muchacho de ojos azules, pero a un gran precio. Ahora, Alex ya no era el mismo, la magia negra empleada para salvarle lo había transformado, y la magia negra que crecía en su interior ahora dominaba a la luz que escaseaba en su corazón a aquellas alturas. Ahora era un asesino en ciernes, alguien malvado.

Es extraño – dijo un acompañante del mago que se hacía llamar Vega. Dicho acompañante, de voz aguardentosa, se ocultaba entre las sombras –. Ha estado muerto durante dos horas. ¿Ha resucitado, o algo así?

El hechicero de capa negra se encogió de hombros.

Quizás lo hemos salvado, o quizás no – contestó, sin inmutarse a pesar de haber vivido una especie de resurrección –. O quizás es simplemente el destino. Igual la oscuridad que hemos hecho crecer en su interior ha revitalizado su corazón. La balanza se ha equilibrado hacia el lado del mal, mi querido compañero.





Capítulo 4: Corcheas




¡Bien, bien! No me esperaba otra cosa por parte de mi asesino predilecto, Alexander – susurraba aquella mujer de cabellos ondulados color borgoña, mientras aplaudía, fascinaba y divertida, con aquella voz tan sensual que poseía –. Tengo un nuevo encargo para ti.

Estaban en una calle aislada del resto de la ciudad de New York, una de las menos transitadas, en los Estados Unidos, y Alexander contemplaba, delante de él, el cadáver ensangrentado de un hombre calvo y de aspecto fuerte y varonil, mientras en una mano sujetaba un arma de fuego y en la otra una espada con el filo empapado en aquel líquido carmesí que corre por nuestras venas. Respiración agitada, mirada perdida y mente bloqueada y vacía: así se podía describir a Alexander Gallagher en aquellos instantes.
Ni siquiera sabía el motivo por el que había asesinado a aquel hombre, ni siquiera lo conocía, ni siquiera sabía su nombre. Simplemente, aquella mujer tan misteriosa le daba con cierta frecuencia una lista en papel de un conjunto de nombres, tanto de hombres como de mujeres, a los que debe buscar por todo el globo hasta darles caza y darles muerte.

¿Por qué me haces hacer esto? – preguntó. Nunca antes lo había hecho con anterioridad, y se sorprendió al darse cuenta de ello.

Los ojos de color zafiro de aquella mujer de piel blanca y nívea se cerraron, debido a la risa en la que había explotado tras aquella pregunta. Sus labios carmesí adoptaron la forma de una gran sonrisa y sus afiladas facciones de carácter femenino se clavaron en el rostro de Alexander.

Porque eres un asesino, mi querido aprendiz – respondió, acercándose más a él y acariciando su rostro con sensualidad. Acercó sus labios a los suyos, como si lo fuera a besar, pero finalmente nolo hizo –. Porque sé que no se te presenta como un problema el segar la vida de los demás, porque buscas sin descanso a tu verdadera familia... Tan enigmático, tan misterioso...Y porque sé que estás enamorado de mí y harás todo lo que yo te diga.

Alexander soltó un bufido de enojo. Acumulaba rabia e impaciencia en su interior, pues hacía tiempo que aquella mujer que se hacía llamr su mastra le había hecho la promesa de que, si le ayudaba con aquellas tareas, le ayudaría a encontrar a su verdadera familia. Él había asumido todos los asesinatos que le había encargado, los cuales se contaban en decenas, siempre sin cuestionar nada. Era un acto de fe.

No estoy enamorado de ti – la mujer de curvilíneo y proporcionado cuerpo volvió a reir, aquella vez dándole la espalda al joven de cabellos dorados –. Además... Soy una buena persona, no soy un asesino.

La belleza se giró y clavó su azul mirada en él, y entonces comenzó a hablar, como si estuviese furiosa:

¿Has tenido remordimientos por todos los asesinatos de los que eres culpable, Alexander? – le preguntó, aunque no hubo respuesta –. Dime, ¿te sirve de algo ser buena persona?

El muchacho sabía perfectamente que ser buena persona no le servía de nada. Las buenas personas eran marginadas, dejadas de lado, nadie las apreciaba. Él nunca había vivido de aquella manera, o igual sí, quizás y simplemente no lo recordaba, pero algo le decía que así era. La pelirroja le laznó una última mirada altiva y de desprecio y continuó a lo suyo.

Rebuscó en sus bolsillos, entonces, hasta que en ellos encontró un trzo de papel sucio y viejo, aunque lo había recibido tan sólo una semana atrás. Estuvo aguardando siete días hasta que pudo encontrar de nuevo a la mujer pelirroja, para poder mostrárselo.

Mira.

Le tendió el papel y se lo arrebató de las manos para poder examinarlo con detenimiento. En él estaba escrito, con excelente y suave caligrafía:





Querido Señor Malfoy:

Le escribimos desde la Familia Malfoy, residente en Ottery St. Cattchpole, para informarle de que usted está invitado a pasarse por nuestra mansión a realizonarnos una vista cuando lo desee.

Le recibiremos amablemente y con los brazos abiertos.

Un saludo.






Me lo mandaron hace poco a la casa de mis padres adoptivos – informó Alexander –. Hablan de una tal familia Malfoy. ¿Sabes algo?

Su maestra lo maldijo con la mirada, mientras seguía sujetando el papel con los dedos de ambas manos.

¿Alguna vez has perseguido un sueño, Alexander?

La respuesta era afirmativa. Desde que tenía memoria, un mismo sueño, relacionado con una mujer rubia de ojos grises, se repetía casi todas las noches. Esto era desde los diecisiete años por lo menos, pues no recordaba nada de lo que le había sucedido con anterior, el ámbito de sus recuerdos se limitaba simplemente a cuatro años.
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Asintió con la cabeza.

Y... ¿Qué es lo peor al ver que, por mucho que lo intentes, nunca lo alcanzas?

No contestó. Se limitó simplemente a mirar tristemente a un punto indefinido del suelo. Aquella mujer se acercó a él y con un dedo alzó su rostro, provocando que hubiera conexión visual entre ellos.

¿Me crees si te digo que, con mi ayuda y si haces lo que digo, te ayudaré a alcanzar tu sueño? – dijo –. En eso habíamos quedado tú y yo, ¿verdad? Si me ayudabas, te ayudaría a encontrar a tu familia. Y, si la encuentras a ella, encontrarás a tu madre.

La miró con curiosidad, enarcando una ceja.

¿Te refieres a que esa mujer con la que sueño es mi madre?

Negó, moviendo la cabeza de izquierda a derecha enérgicamente.

Mira, ésta es tu última lista.

De la nada, la pelirroja hizo aparecer una nota amarilla repleta de nombres escritos con tinta negra, que entregó rápidamente a Alexander. Éste leyó cada uno de los nombres y apellidos, hasta que se paró en uno que le llamó la atención:

Mey Potter Black... Curioso nombre.

Ella es tan importante como el resto. También tienes que matarla – le advirtió –. Te prometo que si terminas con la vida de esas siete personas, encontrarás a tu verdadera familia. Te lo juro.

Realizó un nuevo gesto exagerado con sus manos e hizo aparecer entre sus manos una guitarra azul. No era como las demás, sino que tenía un diseño peculiar y especial, con cuerdas plateadas y con el mástil terminando en tres afiladas puntas blancas y extremadamente brillantes.

Mira, Alex. Con esta guitarra podrás hacer magia. Cada una de las siete cuerdas, al tocarlas, invoca una magia diferente. Es decir, cada una tiene el poder de convocar un hechizo – explicó –. Es toda tuya. Para que luego digas que no te recompenso por lo que haces...

 

Pertenencias:





Objeto Magico Legendario: --

Objetos Magicos:

Objeto 1: Varita mágica de madera de acacia y nervios de corazón de dragón. 31 centímetros, rígida.
Clasificación: AA
Puntos de poder: 20 pts.

Objeto 2: Guitarra mágica.
Clasificación: AA
Puntos de poder: 20 pts.

Objeto 3: Pensadero de plata.
Clasificación: AA
Puntos de poder: 20 pts.

Objeto 4: Daga de plata.
Clasificación: AA
Puntos de poder: 20 pts.

Mascotas y Criaturas:

Criatura 1: Halcón.
Clasificación: X -no mágica-
Puntos de poder: 10 pts.

Elfos: --





Licencias, Tasas, Registros:





Licencia de Aparición: Aprobada

Licencia de Vuelo de Escoba: No

Registro de XXX: --





Otros datos:



Otros datos:

  • Tiene un especial odio hacia las arañas, surgido a raíz de un encuentro con una acromántula, y los elfos domésticos.
  • Es un virtuoso de la guitarra eléctrica.
  • Su mayor pasión es la música rock, aunque también ama el deporte, en especial el quidditch del mundo mágico.
  • En el pasado tuvo problemas con la bebida y coqueteó con las drogas.
  • Siente especial debilidad por los dragones.
  • Odia su condición de licántropo.
  • Siempre lleva encima un frasco con su recuerdo más preciado.
  • En uno de sus viajes a Egipto para estudiar a las esfinges, recibió como regalo una misteriosa daga cuya historia todavía desconoce.
  • En aquel mismo viaje, recibió un mote que aún le dura hoy día. Los egipcios lo llamaban Chacal.
  • Sin saber ni siquiera cómo se lo ganó, hay quienes también lo llaman Cuervo.

Cronología de cargos: --

Premios y reconocimientos: --





Links de Interés Referentes al Personaje:


Link al Perfil de Comprador MM: --
Link a Bóveda Personal: Bóveda Nº 81313
Link a Bóveda Trastera: --
Link a Bóveda de Negocio:

 

Bóveda Nº 97727 - Passio Arcanum (Cerrado)

 

Link a Bóveda Familiar 1: Bóveda Nº 78526 - Familia Malfoy
Link a Bóveda Familiar 2: Bóveda Nº 78361 - Familia Triviani

Editado por Leah Ivashkov

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  • 3 meses más tarde...

Bueno, no sé si lo estoy haciendo bien, pero vengo a modificar mi ficha. xD

 

 

 

Nombre del Personaje (Nick): Alexander Weasley Malfoy.

Rango Social: Aprendiz.

Sexo: masculino.

Edad: joven.

Nacionalidad: inglesa.

Padre(s) Sanguíneo: Lilith Nix.

Familia Sanguínea: Malfoy.

Patriarca/Matriaca: no.

Padre(s) Adoptivos:

Familia Adoptiva:

Raza: licántropo.

Trabajo:

Bando: neutral.

Rango dentro del Bando:

Habilidades Mágicas:

Conocimientos Especiales:

Objeto Magico Legendariol:

Objetos Magicos: varita mágica y un pensadero.

Licencia de Aparición:

Licencia de Vuelo de Escoba:

Mascotas: Lara, un halcón hembra.

 

Aspecto Físico: mide 1'80. Pelo rubio y liso, ojos azules oscuros, barba de tres días. Alto, delgado y de complexión atlética. Tiene una cicatriz en el brazo izquierdo.

 

Cualidades Psicológicas: amable, sincero, mujeriego y romántico, aunque toma las decisiones importantes con demasiada facilidad y puede llegar a enojarse fácilmente.

 

Historia de Personaje:

Alexander nació en un lluvioso 31 de diciembre. Sus padres lo abandonaron en la puerta de una casa, por motivos desconocidos, donde los muggles que vivían en ella lo tomaron como hijo adoptivo.

 

Sus padres adoptivos lo trataron muy bien, como si fuera su hijo biológico, concediéndole todo tipo de cosas. Sin embargo, el joven desarrolló un carácter rebelde e inconformista.

 

A medida que fue creciendo y cuando entró en un instituto muggle, Alexander se fue dando cuenta de que era un niño especial, con poderes especiales que ninguno de sus compañeros de escuela tenía, y esto provocó que niños cercanos a él lo marginaran.

 

En un día como otro cualquiera, Alexander recibió una carta de parte de una familia llamada los Malfoy. Éstos lo invitaron a ir a su mansión en Ottery. El muchacho fue a la mansión y allí le revelaron que era un mago y que su madre biológica estaba allí: Lilith Nix.

 

A pesar de todo, el joven no se sentía cómodo en su nuevo hogar. No se adaptaba bien y los miembros de su familia aún lo veían como a un desconocido, así que decidió salir y conocer gente.

 

Conoció a Mey Potter Black, con quien enseguida comenzó una relación amorosa que duró poco tiempo por diversas razones, como por ejemplo que Mey no trataba bien a Alexander o que el corazón de éste perteneciera a otra mujer.

 

Más tarde, conoció a Silverlyn Triviani, con la que inició una relación que jamás podrá olvidar pero que se quebró por varias razones. Durante el tiempo en el que estuvieron juntos y antes de que Silverlyn se cambiase de familia, compartía con ella tres hijas: Hana, Mizu y Luna.

 

Actualmente, Alexander se encuentra estudiando en la Academia de Magia y Hechicería para poder ascender en el rango social.

 

Otros Datos: tiene un especial odio y miedo hacia las arañas.

 

 

 

Link a Bóveda Personal: http://www.harrylatino.org/index.php?act=S...=0#entry3130727

Link a Bóveda de Negocio:

Link a Bóveda Familiar Principal (La Sanguinea): http://www.harrylatino.org/index.php?showtopic=78526

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  • 1 mes más tarde...

Vengo a modificar unas cosas pequeñitas de mi ficha. xD

 

Bueno, aquí lo dejo.

 

Padre(s) Adoptivos: Aland Black Triviani.

 

Familia Adoptiva: familia Triviani.

 

Historia de Personaje:

Alexander nació en un lluvioso 31 de diciembre. Sus padres lo abandonaron en la puerta de una casa, por motivos desconocidos, donde los muggles que vivían en ella lo tomaron como hijo adoptivo.

 

Sus padres adoptivos lo trataron muy bien, como si fuera su hijo biológico, concediéndole todo tipo de cosas. Sin embargo, el joven desarrolló un carácter rebelde e inconformista.

 

A medida que fue creciendo y cuando entró en un instituto muggle, Alexander se fue dando cuenta de que era un niño especial, con poderes especiales que ninguno de sus compañeros de escuela tenía, y esto provocó que niños cercanos a él lo marginaran.

 

En un día como otro cualquiera, Alexander recibió una carta de parte de una familia llamada los Malfoy. Éstos lo invitaron a ir a su mansión en Ottery. El muchacho fue a la mansión y allí le revelaron que era un mago y que su madre biológica estaba allí: Lilith Nix.

 

A pesar de todo, el joven no se sentía cómodo en su nuevo hogar. No se adaptaba bien y los miembros de su familia aún lo veían como a un desconocido, así que decidió salir y conocer gente.

 

Conoció a Mey Potter Black, con quien enseguida comenzó una relación amorosa que duró poco tiempo por diversas razones, como por ejemplo que Mey no trataba bien a Alexander o que el corazón de éste perteneciera a otra mujer.

 

Más tarde, conoció a Silverlyn Triviani, con la que inició una relación que jamás podrá olvidar pero que se quebró por varias razones, aunque más tarde regresarían juntos. Durante el tiempo en el que estuvieron juntos y antes de que Silverlyn se cambiase de familia, compartía con ella tres hijas: Hana, Mizu y Luna.

 

Actualmente, Alexander se encuentra estudiando en la Academia de Magia y Hechicería para poder ascender en el rango social.

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  • 1 mes más tarde...

Vengo a hacer nuevos cambios en mi ficha. xD

 

Nombre del Personaje (Nick): Alexander Malfoy.

Rango Social: Unicornios de Bronce.

Trabajo:

Bando: Mortífagos.

Rango dentro del Bando: Base.

Conocimientos Especiales:

* Artes oscuras

* Aritmancia

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  • 1 mes más tarde...

Vengo a hacer unos pequeños cambios en mi ficha. xD

 

De la última vez no se modificaron unas cosas, por cierto. o.o

 

Bando: Marca Tenebrosa.

 

Rango dentro del Bando: Base.

 

Objetos Magicos: varita mágica, guitarra mágica y pensadero.

 

Aspecto Físico: Alexander es un joven alto y delgado, de complexión atlética y de piel de aspecto normal, ni muy morena ni muy pálida, en un equilibrio perfecto. Posee unos hipnotizantes ojos azules de intenso brillo, muy expresivos. Suele afeitarse con frecuencia, aunque siempre mantiene en su mentón una pequeña perilla. Tiene el pelo largo hasta los hombros, de cabellos dorados como el oro, liso. En su rostro suele brotar una media sonrisa ante determinadas situaciones. Tiene diversas cicatrices en varias zonas de su cuerpo, tales como el brazo derecho, el vientre o una surcando su mejilla izquierda. La ropa que más utiliza son unos vaqueros combinados con una camiseta negra.

 

Cualidades Psicológicas: es un joven amable y que siempre ofrece una agradable compañía. Prefiere contar verdades, por muy duras que sean, antes de recurrir a la mentira. Tierno, es cariñoso con todo aquel que se encuentre a su alrededor y alguien en el que se puede confiar plenamente. Ama a todas y cada una de las personas que son importantes para él y prefiere estar muerto antes que traicionarlas. Sin embargo, es una persona impulsiva, que puede no llegar a comprender las consecuencias de sus actos. Una oscuridad intensa siempre está en su interior desde que fue mordido por un licántropo en su infancia, por lo que siempre lleva encima, a pesar de que intenta ocultarlo, un gran instinto asesino. Lucha por todo aquello que quiere hasta que lo consigue, jamás se da por vencido ante nada.

 

Otros Datos: tiene un especial odio y miedo hacia las arañas. Sabe tocar muy bien la guitarra eléctrica. Su mayor pasión es el rock y la literatura, aunque también ama el deporte, en especial el quidditch y el fútbol muggle, y la cocina. En el pasado tuvo problemas con la bebida y las drogas y en la actualidad es un adicto a la Coca-Cola muggle.

 

Y aquí la historia de mi personaje:

 

Historia de Personaje:

 

Capítulo 1: Aspiraciones

 

Aquel era un 31 de octubre frío y lluvioso, semejante al 31 de diciembre en el que Alexander Gallagher había nacido, apenas un lustro atrás. Sólo se encontraba su madre con él allí, en su casa, puesto que su padre, de nombre Arthur, se encontraba sumergido en un viaje que lo llevaba a visitar los confines más ocultos y bellos del mundo, todo por trabajo, siendo el factor negativo que sólo podía visitar a su familia en Navidad, y en alguna semana de verano. Era un día que invitaba a quedarse a casa, a refugiarse dentro de las paredes del hogar, a sentarse junto a la chimenea y ampararse bajo el calor que sus llamas transmitían. y a leer una buena novela, sujetándola en una mano mientras con la otra se sujetaba un tazón de chocolate caliente, o en su defecto, una taza de excitante y estimulante café.

 

Pero Alexander no hacía nada eso, pues se encontraba jugando tranquilamente con sus juguetes infantiles cuando alguien llamó a la puerta. Él siguió a lo suyo, como si nada hubiese sucedido, y fue su madre quien acudió a la llamada lo más rápido posible, pues el extraño que se situaba en el umbral de la puerta de la casa volvió a presionar, impacientemente, con sus dedos el timbre, escuchándose así de nuevo el rítmico sonido del din, don.

 

Al pequeño muchacho rubio de ojos azules no le importaba quién era aquel invitado, la única preocupación de su vida en aquellos momentos, con únicamente cinco años de edad, era jugar y jugar hasta que llegaba la hora de volver a la cama y dormir hasta el amanecer del día siguiente, aunque lo que el niño no sabía era que el motivo de la llegada de aquel extraño a su casa era él mismo.

 

Escucha, Alexander – le dijo su madre, situándose delante de él, y provocando que su centro de atención pasara de ser el cochecito a ser Penélope, que así era como se llamaba su progenitora –. Este señor es Christopher Vega y ha venido a hacerte unas preguntas... Espero que te portes bien y no montes ningún espectác***, ¿entendido?

 

Ante las palabras de la mujer su hijo asintió enérgicamente con la cabeza, moviéndola velozmente de arriba abajo, mientras mantenía sus ojos cerrados. Él no era un chico molesto ni al que había que castigar con frecuencia, pues siempre se portaba bien, aunque la presencia de un desconocido, como aquel tal Christopher Vega, lo ponían nervioso, pues era extremadamente tímido y de pocas palabras con personas a las cuales no conocía.

 

Penélope le lanzó una última mirada llena de significado a su hijo, pidiéndole calma y serenidad, antes de dirigirse de nuevo a la cocina y seguir preparando la cena, cuyo deliciosa aroma ya se respiraba en el ambiente.

 

Estoy seguro de que se portará muy bien, señora Gallagher – dijo Christopher, con una sonrisa en sus labios, provocando que la madre del infante se detuviese en seco antes de salir completamente de aquella habitación, la cual era la sala de aquel hogar de dos pisos, mientras observaba a Alexander con una mirada examinadora que hacía que el chico de cabellos dorados se inquietase aún más ante aquella situación –. Usted no se preocupe, tanto él como yo estaremos bien. ¿No es así, Alex?

 

Volvió a asentir, aunque él no estaba tan seguro. Con su celeste mirada le suplicaba a su madre que se quedase con él, pero ella no tenía tiempo y tuvo que irse, dejando a aquel extraño a solas con el niño.

 

Él se encontraba de rodillas en el suelo, con un buen montón de juguetes a su alrededor de todo tipo, y delante de él se encontraba una mesa de cristal bastante amplia, sobre la cual reposaban libros y revista, y bajo ella una alfombra roja de exquisito diseño, un detalle muy acogedor, tal y como el resto de la decoración del hogar, y un poco más allá, a un par de metros de él, se hallaba un sofá tapizado en cuero, en el cual cabían tres personas y sobre el cual ya se había sentado el señor Christopher Vega.

 

Christopher era un hombre que se mantenía aún joven, aparentado aproximadamente unos treinta años o veinte bien entrados, de cuerpo atlético, con una mirada plateada e hipnotizante. Su cabello negro intentaba ocultar, en vano, una cicatriz que se situaba en su ceja derecha. Hasta aquí podríamos considerar que se trataba de una persona normal, que no presentaba nada extraño, pero esto no se correspondía con la realidad, pues su excéntrica indumentaria, una capa negra de bordes rojos y que parecía tener inscripciones en sus bordes, no era algo normal y corriente que se viese todos los días, y eso era lo que más le llamaba la atención a Alexander.

 

Llevaba consigo lo que parecía ser un maletín de color pardo oscuro, el cual situó con cuidado encima de la brilllante mesa de cristal. Miró fijamente de nuevo al pequeño e indefenso niño que tenía delante de sus ojos, inquisitivos, y finalmente dijo:

 

A ver... ¿Por dónde podría comenzar? – durante unos pocos segundos calló, para más tarde retomar su discurso con nuevas palabras. Alexander se levantó del suelo, acercándose más a él, apoyando sus hombros sobre la pulida superficie transparente –. Alexander... Tengo razones para pensar... Que tú eres un niño especial – su joven acompañante lo miró, confuso y extrañado –. Verás... ¿Alguna vez has logrado apagar un fuego sin ni siquiera acercarte a él?

 

Al terminar de formular aquella pregunta, lanzó una mirada a las llamas del fuego que se situaban a su derecha en la chimenea. Apartando la mirada de Alexander, esperó su respuesta sin ni siquiera mirarle, hasta que al final el crío finalmente logró pronunciar un tímido y casi inaudible sí.

 

¿Se lo contaste alguna vez a tus padres?

 

Christopher realizaba preguntas sin parar para escuchar alguna respuesta firme por parte del interpelado, intentando sacárselas a la fuerza. Por otra parte y tal y como era de esperar, acorde a su naturaleza, el mocito se encontraba nervioso e incómodo. Tal era su grado de vergüenza en aquellos instantes que articular palabras le era una tarea sumamente ardua y difícil.

 

Negó con la cabeza.

 

¿Por qué no?

 

Porque... Sabía que-que no me creerían – aunque tartamudease, no era tartamudo.

 

¿Y sabes por qué? Porque ese don no es algo común. Sólo unas pocas personas lo tienen, y cuando se tienen esas habilidades, se deben aprovechar y perfeccionarlas hasta que alcancen un nivel de suma perfección – continuó –. Y por eso estoy aquí, aquí y ahora, contigo, haciéndote estas preguntas, e interesándome por ti.

 

¿Usted me cree?

Rió ante aquellas inocentes palabras.

 

Claro que sí, yo también soy como tú, también puedo apagar un fuego sin ni siquiera acercarme a sus llamas, aunque también puedo hablar con las aves, transformar ratones en copas o hacer levitar objetos de todas las formas y tamaños – Alexander lo escuchaba, con fascinación, imaginándose cada una de las cosas si él fuese capaz de hacerlas –. ¿Tú me crees si te digo que dirijo un... colegio especial, donde niños como tú aprenden todos los días a hacer magia nueva que jamás hicieron con anterioridad en sus vidas?

 

¿Magia?

 

Sí, magia.

 

Ambos callaron y el silencio reinó en la sala. Lo único que se oía era el incesante crepitar de las llamas del fuego. A medida que pasaba el tiempo y la conversación se volvía más interesante, el hijo de Penélope Gallagher se encontraba más a gusto con aquel hombre.

 

Sí, le creería.

 

Christopher sonrió, conforme.

 

¿Y también me creerías si te dijese que mi verdadero nombre no es Christopher Vega? – Alex enarcó una ceja, y antes de que pudiera realizar la pregunta obvia, el hombre sin nombre lo interrumpió –. No te diré mi verdadero nombre hasta comprobar una cosa, ¿de acuerdo?

 

Volvió a asentir con la cabeza, impaciente. El extraño y misterioso hombre abrió entonces el maletín, y retiró de él un total de cinco objetos, los cuales se trataban de un pequeño frasco que contenía un líquido verde, un mechón de pelo rubio, un objeto de madera alargado quebrado por la mitad, una pluma de color carmesí y una hoja verde de algún tipo de árbol. Los situó todos delante de los ojos de Alexander, situándolos sobre la mesa, y entonces dijo:

 

A ver, Alex... Dime... ¿Cuál de éstos objetos es tuyo?

 

El niño miró con curiosidad cada uno de artefactos y materiales.

 

¿Que cuál es para mi?

 

No, no – lo corrigió –. Me refiero a cuál es tuyo... Ya.

 

No entendía el significado de las palabras del presunto mago, pero no insistió más para intentar comprenderlo. Volvió a examinar a cada uno de los objetos, preguntándose para qué era aquel extraño test. Sentía una especial atracción, la cual no podía explicar, por dos: la pluma roja y el mechón de cabellos dorados.

 

Ambos intercambiaron miradas. El adulto, confundido, intrigado y a la vez un poco asustado, contempló la escena, aguardando impacientemente su final y la decisión definitiva de Alexander. Los segundos pasaron, unos detrás de otro, y el niño de cinco años palpaba los mismos dos objetos con la yema de sus dedos, tocándolos y experimentando con ellos. Parecía como si los otros tres no existieran.

 

Finalmente, el chico rubio escogió la pluma roja, desechando a los cabellos rubios y dejándolos a un lado junto al resto. Miró con curiosidad el anaranjado brillo de la pluma, para luego mirar a los ojos plateados del desconocido hechicero, esperando su veredicto ante su decisión.

 

¿Estás... estás seguro de que la pluma de fénix es tuya, Alex? – en sus palabras residía un prominente tono de decepción. Quizás había ido hasta allí, hasta aquel humilde barrio a las afueras de Londres, esperando otra cosa por parte del pequeño Gallagher, el cual asintió tras la pregunta –. ¿Estás seguro?

 

Su diminuto acompañante susurró un . El hombre que se hacía llamar Christopher Vega miró de nuevo al fuego, decepcionado y furioso, y volvió a meter todos aquellos objetos extraños en el maletín, arrebatándole a Alexander lo que sujetaba entre sus manos.

 

Pues no es tuya.

 

Se levantó del sofá, sujetó el maletín en su mano izquierda y echó a caminar con paso fuerte hacia la puerta, dispuesto a salir de la casa sin ni siquiera despedirse del muchacho, el cual observaba aquel extraño comportamiento con impotencia.

 

Penélope Gallagher regresaba de la cocina en dirección a la sala, cuando escuchó abrirse la puerta y vio cómo el invitado se marchado con prisa y sin decir adiós.

 

¿Ya se va? ¿Ya ha acabado?

 

Lo siento, señora Gallagher, pero creo que nos hemos equivocado con su hijo, creo que no está preparado para nuestro colegio.

 

Y se marchó dando un portazo.

 

¿Qué has hecho?

 

La madre de Alexander parecía enfadada con él, el cual asumía su presunta culpa en silencio, sin decir nada. La timidez volvía a él, aquella vieja enemiga que cortaba su expresión. Su madre lo trataba perfectamente con él, criándolo y instruyéndolo ideales y valores pulcros y perfectos, pero algo que sí que temía el hijo de Arthur Gallagher era ver a su madre enfurecida.

 

 

Capítulo 2: Destino

 

Alexander ya no podía más. Los dieciséis años eran una edad difícil en la historia de la vida de una persona, una edad en la que cualquier cosa te destroza y en la cual se pueden hacer muchas locuras de manera consciente, y la mayoría de las veces por motivos est****os y por los que no merece la pena realizar tales actos faltos de juicio.

 

Pero es que aquel joven y prometedor muchacho de dorados cabellos ya había alcanzado su límite, el límite en el que la depresión interna se acaba convirtiendo en una torturadora y incesante locura que te carcome por dentro hasta acabar con todo tu ser, con tu alma, con tu forma de ser, y que te acaba transformado en otra persona. Es como si una oscuridad brotase en tu interior y no parase de crecer hasta convertirte en alguien frío, distante, alguien incapaz de amar.

 

Quizás estuviera mejor muerto, quizás el mundo estaría mejor sin él, nadie lo echaría de menos, puesto que nadie lo apreciaba lo suficiente como para quererlo y amarlo. La vida ya no tenía sentido para él, y deseaba cuanto antes que su aura nadase en aquel mar de tinieblas al que los mortales llaman la muerte, y sumergirse entre sus negras olas, hasta que el tiempo y el paso de los años borrasen su imagen del recuerdo de las personas.

 

Y allí estaba, en el puente, a punto de tirarse. Un acto de suicidio era su única salvación. No lo había meditado demasiado, pero ya no deseaba seguir viviendo, o al menos no quería seguir haciendo de aquella manera. Miraba a su alrededor y veía las lúgubres luces de neón de la ciudad, las hipócritas risas de sus semejantes oscuras en ocultos y oscuros callejones. Injusticia, miseria, lágrimas. Y era por aquello por lo que Alexander Gallagher había dejado de tener fe en el mundo.

 

Cerró los ojos. Vació su mente de cualquier pensamiento. Si no lo pensaba, todo sería más fácil, más rápido, más sencillo, más instintivo. Hizo acopio de todo su valor y llenó de aire sus pulmones. Comenzó a contar hasta cinco. Uno, dos... Los segundos pasaban lentos, como si el tiempo se detuviese o se ralentizase. Tres, cuatro... Unas imágenes surcaron su mente, como si fuese verdad aquello de ver la vida en diapositivas. En ellas aparecían su madre, su padre, y una chica rubia, aquella chica de ojos plateados a la cual no conocía, pero que sí había soñado con ella varias veces. Y por último, después del cuatro viene el...

 

Cinco.

 

Aquella voz que escuchó a sus espaldas le impidió saltar y perder la vida desde las alturas de aquel puente. Se giró sobre sus talones. A pocos metros de distancia, se situaba un joven parecido a él, de la misma altura, el mismo pelo de color naranja, ojos color escarlata y piel nívea, pálida. Ambos jóvenes se parecían bastante, y a Alexander le inquieto la presencia de aquel desconocido allí, en aquella noche, cuyas estrellas estaban ocultado tras el manto de luz que ofrecía la contaminación lumínica de Londres.

 

Hola.

 

Saludó el extraño, con un tono de voz grave y a la voz agradable, cordial, amistoso. Alexander devolvió el saludo con un gesto de cabeza y se acercó, curioso, al joven de cabellos tintados de color crepúsculo.

 

Disculpa si interrumpo algo – dijo, con una sonrisa maliciosa pintada en sus labios –. Sólo quería hablar contigo un rato.

 

Intercambiaron miradas hasta que el adolescente Gallagher decidió formular la pregunta obvia.

¿Quién eres?

 

No importa quién soy, importa quién eres tú – respondió, ofreciéndole a Alexander un mensaje cifrado y de confuso significado –. Intentas ocultarlo, pero estás destrozado por dentro, ¿no es así?

 

No hubo contestación por parte del interpelado.

 

Alexander Gallagher, sino me equivoco – añadió el extraño, acercándose más al muchacho de ojos celestes, y sentándose en la orilla del puente. Extrañado y preguntándose cómo conocía su nombre, Alexander lo imitó y se sentó a su lado. No le importaba reírse un poco antes de morir –. Veo que he llegado a tiempo.

 

¿A tiempo para qué?

 

Para salvarte, claro – contestó, mientras seguía observando la hora que marcaba su reloj: la una de la mañana de aquella noche de agosto –. No puedes quitarte la vida.

 

La mirada de Alexander se clavó en el destello carmesí desprendido por los ojos del desconocido, con furia y inquietud, preguntándose cómo sabía tanto de él, como si lo conociese de toda la vida, y por qué le negaba el derecho del suicidio.

 

Ya... Entonces dime qué motivos tengo para no morir.

 

A ver, sé que cuando te diga ésto no me creerás, que me tomarás por un loco... Pero es que la muerte no es tu destino – dijo –. Éste no es tu destino. ¿Qué razones tienes tú para morir y desaparecer?

 

Me siento solo, abandonado, como un náufrago perdido en una remota isla del mar – contestó, mientras intentaba contener las lágrimas, las cuales, traicioneras, amenazaban con derramarse por su mejilla de un momento a otro –. No tengo ningún amigo, nadie me respeta, y por lo tanto, ninguna chica me quiere ni me querrá nunca.

 

Ambos chasquearon la lengua al unísono.

 

Seguro que te lo han dicho más de una vez, Alexander, pero es que es la verdad... Te encuentras en una edad difícil, una edad en la que lo que hagas te marcará para siempre. Y tienes que ser fuerte.

 

Corrijo – interrumpió, secamente –. Estoy en una edad en la que lo que te hagan te marcará para siempre.

 

Eso es cierto – reconoció su acompañante –. Pero no puedes negar la realidad, sí que hay gente que te quiere. Tu familia.

 

Ni siquiera mi familia es mi familia – dijo, con tono de enfado, lanzando una piedra al río que tenía enfrente, el Támesis –. Ayer me enteré de que soy adoptado, de que ellos me encontraron abandonado delante de su puerta, cuando tan sólo era un bebé que no podía ni caminar.

 

Hubo silencio. Por primera vez desde que habían iniciado aquella conversación, ninguno de los dos supo qué decir, hasta que el silencio se rompió:

 

Te puedo dar un verdadero motivo para seguir luchando – dijo, de repente, el extraño –. Has soñado con una muchacha rubia, de ojos grises, ¿verdad?

 

Otro nuevo dato que aquel muchacho también conocía de Alexander. Se sentía verdaderamente incómodo, pues él sabía mucho y él ni siquiera conocía su nombre, y se sentía penoso al estar buscando consuelo en un extraño nada más conocerlo. Sin embargo, terminó asintiendo con la cabeza, mientras no podía evitar soltar una pequeña sonrisa.

 

Sí, la verdad es que es una chica muy guapa, una preciosidad. Pues, ahí tienes tu motivo – en la cara del Gallagher parecía haber surgido un invisible interrogante –. ¿No te gustaría saber quién es y por qué está tan presente en tu subconsciente, por qué sale con tanta frecuencia en tus sueños? ¿No tienes curiosidad? Quizás ella es la respuesta.

 

Alex se encogió de hombros.

 

¿Quieres saber una cosa? – fue entonces el chico sin nombre el que asintió con la cabeza –. Siempre es el mismo sueño. Corró por un jardín, mientras varias personas me miran. Entre ellas, siempre distingo a las mismas: una mujer esbelta, imponente, de cabellera color borgoña; allá, a lo lejos, otra mujer de piel pálida, ojos color violeta; también recuerdo una chica joven, de mi edad más o menos, muy pálida, de dientes largos, como si me fuera a chupar la sangre, ¿me entiendes? Pues no paraba de llamarme papá; y otras muchas figuras que ahora mismo no pienso recordar. Sigo corriendo por el jardín mientras todas las miradas se clavan en mí, hasta que a lo lejos veo como una especie de pirámide, y en su cúspide, esa chica de la que me hablas. Cabellos dorados, ojos plateados. La distingo perfectamente, a pesar de situarse tan lejos, y el sueño siempre acaba igual, cuando alzo la mano e intento tocarla desde la lejanía. Ella me dice su nombre, y luego me dice que la ayude, pero nunca recuerdo cómo se llamaba – relató –. Eso es lo más frustrante. ¿No es lo más triste que has oído nunca? Sobrevivo a base de ese sueño, es como si me infundiera esperanza.

 

Clavó entonces su mirada añil y triste en el río, cuyo caudal se encontraba delante de sus ojos, y su acompañante en aquella noche le doy unas palmadas en la espalda, intentando transmitirle ánimos.

 

Encuéntrala, y encontrarás a tu verdadera familia, tu familia biológica – añadió, mientras se levantaba y caminaba en dirección al centro urbano de la ciudad –. O viceversa.

 

Y entonces, tras aquellas enigmáticas palabras, desapareció entre las sombras.

 

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Alexander, adolescente, con su media sonrisa característica.

 

 

Capítulo 3: Luna llena

 

Está herido, ¡tenemos que llevarlo al hospital! – gritaba, histérico, Arthur, el padre adoptivo de Alexander, el cual se encontraba tumbado sobre su cama, desprendiendo sangre por una herida que tenía en el brazo, la cual parecía ser la mordedura de algún animal. El progenitor caminaba, nervioso, en círculos, sin moverse de la habitación, incapaz de hacer nada, mientras su mujer, Penélope Gallagher, cuyo apellido de soltera era Lewis, estaba sentada en una silla, como en estado de shock, con la mirada perdida en el espejo que tenía delante de ella, mientras jugueteaba con los pulgares de sus manos –. ¡Penny! ¡Vamos, llama a una ambulancia!

 

Sí...

 

Entonces, la mujer de Arthur se levantó de su asiento y caminó con andar tembloroso a la planta inferior, hacia la cocina, que era donde se encontraba el teléfono, y mientras bajaba las escaleras se aferraba con fuerza al crucifijo que colgaba de su cuello, mientras susurraba algunas frases de la Biblia, tales como el Salmo 23, intentando aguantarse en sus creencias para vislumbrar la esperanza tras aquellos trágicos sucesos.

 

El Señor es mi pastor, nada me falta... En prados de hierba fresca me hace reposar, me conduce junto a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el camino justo, haciendo honor a su Nombre. Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad. Me preparas un banquete en frente de mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y mi copa rebosa. Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por años sin término...

 

Penélope Gallagher era una mujer de carácter fuerte, que siempre hacía frente a las adversidades y nunca se daba por vencida, pero el haber visto a su hijo en aquel estado la había destrozado, y mientras tecleaba los números de emergencia en el teléfono, no podía romper en un sollozo, desprendiendo lágrimas que caían por el suelo frío y blanco, de losas pálidas, de la cocina.

 

Mientras tanto, en el piso superior, Arthur, escondiendo sus sentimientos de angustia e impotencia tras una frondosa barba y un frondoso bigote negro, vello facial que combinaba con sus ojos azabaches y su escaso pelo del mismo color (el cual rodeaba a una brillante calva), se sentó junto a su hijo. Tomó una de sus manos y la acarició mientras contemplaba si figura adolescente, inconsciente. Aún así, tenía pulso en vena y respiraba, aunque algo le decía que aquella ensangrentada mordedura lo había puesto en un grave estado de peligro.

 

Todo había comenzado apenas quince minutos atrás. Cuatro amigos de Alexander, dos chicos y dos chicas, habían llamado al timbre de la casa. La hora que marcaba el reloj de pared de la sala era las once y media de la noche. El señor Gallagher se encontraba viendo un partido de fútbol en la televisión entre el Manchester United y el Chelsea, apoyando al equipo de camiseta azul, mientras Penélope, su mujer, leía la tragedía de Shakespeare, Romeo y Julieta.

 

Ella acudió rápidamente a la llamada, y mientras contemplaba cómo el cuerpo de su hijo, empapado en sangre, era sujetaba por los corpulentos brazos de su amigo Daniel, llamó, a gritos y con urgencia, a su esposo, el cual reaccionó asustado, de igual manera que su mujer, y cogió el cuerpo inconsciente de su hijo en sus brazos mientras le agradecía a aquellos muchachos el haberlo traído hasta su casa, mientras le realizaba preguntas y les invitaba a entrar:

 

¿Qué ha sucedido? ¿Quién mordió a Alexander? ¿Qué hacíais? ¿Dónde estábais? ¿Dónde está Charlotte?

 

Charlotte era una amiga de Alexander y de aquel grupo de púbers, formado por Kevin, Daniel, Sarah y Christhine, la cual, aunque ninguno lo sabía, era la que había mordido al muchacho, provocándole aquella terrible herida, pues pertenecía a la raza de los licántropos, y aquella era una noche de luna llena.

 

Algún animal lo ha mordido... Creemos que ha sido un lobo o algo parecido – contestó Daniel, triste, mientras todos sus compañeros se desahogaban desprendiendo lágrimas –. Estábamos todos juntos cenando, en casa de Charlotte... La cual desapareció, no sabemos dónde se encuentra...

 

Está bien... Será mejor que os vayáis a casa, nosotros nos ocuparemos de él – les aconsejó el señor Gallagher, y todos, a regañadientes, desaparecieron rumbo a sus respectivos hogares.

 

Arthur no dejaba de pensar y de pensar. ¿Le iba a suceder algo malo a su querido hijo? No lo esperaba, simplemente no podía dejar de mirarlo y confiar en que sólo fuera una simple herida, pero algo le decía que aquella no era una herida normal. Ató alrededor de su brazo unas vendas para evitar la hemorragia, pero no paraba de desprender sangre la rotura de los vasos sanguíneos.

 

Miró a su alrededor. Las paredes rojas del cuarto de Alexander estaban forradas por pósters de chicas desnudas o semidesnudas de cuerpos esculturales, algo normal y corriente entre varones adolescentes de aquella edad tan problemática y extraña. En una estantería, libros de suspense y fantasía, además de algunos tomos de manga, el arte oriental, además de decenas de discos de música ronk, punk y rap, y en el escritorio se situaban los libros de matemáticas y biología del instituto, aparte de una televisión un ordenador y una consola de videojuegos, la PS2. No podía evitar pensar en la muerte de su hijo, esperaba que eso no sucediese, pero temía que todos aquellos objetos dentro de poca shoras ya no tuviesen dueño.

 

Inquietado por la tardanza de su mujer, se dirigió velozmente al piso de abajo.

 

¿Penny?

 

Su mujer, sin embargo, no estaba llamando a los servicios de emergencias, ni siquiera tenía el teléfono en sus manos. Es más, ni se hallaba en la cocina, sino que estaba en la sala de estar, el centro de reunión. Allí estaba, hablando con un desconocido que vestía una capa negra de bordes rojos.

 

¿Qué sucede aquí? – preguntó el señor Gallagher, señalando al desconocido con un gesto con el mentón.

 

Oh, querido... Te presento al señor Christopher Vega – Penélope parecía ya más calmada y más natural, como si nada hubiese sucedido –. Ha venido a ayudarnos con lo que le ocurriendo a nuestro hijo Alexander...

 

Así es – dijo –. Verán, no los voy a engañar. Y es que su hijo se encuentra en muy mal estado. Está a punto de morir, pues un veneno está fluyendo por sus venas, y si no lo salvamos a tiempo, perderá su vida. Yo sé cómo ayudarlo, cómo sanarlo.

 

No hubo contestación a sus palabras, el matrimonio Gallagher se limitó a clavar sus miradas de interés en él.

 

Lo puedo llevar a nuestros... “laboratorios”. Allí lo ayudaremos y lo sacaremos de ésta – antes de que los padres de Alexander pudieran aceptar la propuesta, el hombre puntualizó –. Sin embargo, perderá todos sus recuerdos. No se acordará de nada... Y perderá su inocencia, será otra persona. ¿Siguen queriendo que me lo lleve?

 

Lo meditaron durante unos instantes, sin saber a qué se refería con aquello de que perderá la inocencia, pero no tenían ninguna otra alternativa y debían confiar en aquel extraño que les brindaba una oportunidad de salvar a su querido hijo.

 

– afirmaron, al unísono.

 

Aproximadamente una media hora más tarde, el tal Christopher Vega, cuyo nombre no era el suyo verdadero, se encontraba en una habitación llena de una antigua decoración, basada en cuadros de exquisito diseño, esculturas y plantas que le otorgaban a aquella estancia un lugar tétrico. Delante de él, reposando en una cama, se encontraba Alexander Gallagher.

 

Supe aprovechar una oportunidad cuando la tenía delante – dijo el hombre, hablando consigo mismo, mientras apoyaba su espalda contra la pared –. Salvaré la vida de Alexander, sí, y se lo devolveré a sus padres de una pieza, pero me encargaré de que nunca se convierta en un enemigo, tal y como estaba destinado a serlo.

 

Y era cierto, había salvado la vida del muchacho de ojos azules, pero a un gran precio. Ahora, Alex ya no era el mismo, la magia negra empleada para salvarle lo había transformado, y la magia negra que crecía en su interior ahora dominaba a la luz que escaseaba en su corazón a aquellas alturas. Ahora era un asesino en ciernes, alguien malvado.

 

Es extraño – dijo un acompañante del mago que se hacía llamar Vega. Dicho acompañante, de voz aguardentosa, se ocultaba entre las sombras –. Ha estado muerto durante dos horas. ¿Ha resucitado, o algo así?

 

El hechicero de capa negra se encogió de hombros.

 

Quizás lo hemos salvado, o quizás no – contestó, sin inmutarse a pesar de haber vivido una especie de resurrección –. O quizás es simplemente el destino. Igual la oscuridad que hemos hecho crecer en su interior ha revitalizado su corazón. La balanza se ha equilibrado hacia el lado del mal, mi querido compañero.

 

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Alexander, de joven, con diecisiete años.

 

 

Capítulo 4: Corcheas

 

¡Bien, bien! No me esperaba otra cosa por parte de mi asesino predilecto, Alexander – susurraba aquella mujer de cabellos ondulados color borgoña, mientras aplaudía, fascinaba y divertida, con aquella voz tan sensual que poseía –. Tengo un nuevo encargo para ti.

 

Estaban en una calle aislada del resto de la ciudad de New York, una de las menos transitadas, en los Estados Unidos, y Alexander contemplaba, delante de él, el cadáver ensangrentado de un hombre calvo y de aspecto fuerte y varonil, mientras en una mano sujetaba un arma de fuego y en la otra una espada con el filo empapado en aquel líquido carmesí que corre por nuestras venas. Respiración agitada, mirada perdida y mente bloqueada y vacía: así se podía describir a Alexander Gallagher en aquellos instantes.

Ni siquiera sabía el motivo por el que había asesinado a aquel hombre, ni siquiera lo conocía, ni siquiera sabía su nombre. Simplemente, aquella mujer tan misteriosa le daba con cierta frecuencia una lista en papel de un conjunto de nombres, tanto de hombres como de mujeres, a los que debe buscar por todo el globo hasta darles caza y darles muerte.

 

¿Por qué me haces hacer esto? – preguntó. Nunca antes lo había hecho con anterioridad, y se sorprendió al darse cuenta de ello.

 

Los ojos de color zafiro de aquella mujer de piel blanca y nívea se cerraron, debido a la risa en la que había explotado tras aquella pregunta. Sus labios carmesí adoptaron la forma de una gran sonrisa y sus afiladas facciones de carácter femenino se clavaron en el rostro de Alexander.

 

Porque eres un asesino, mi querido aprendiz – respondió, acercándose más a él y acariciando su rostro con sensualidad. Acercó sus labios a los suyos, como si lo fuera a besar, pero finalmente nolo hizo –. Porque sé que no se te presenta como un problema el segar la vida de los demás, porque buscas sin descanso a tu verdadera familia... Tan enigmático, tan misterioso...Y porque sé que estás enamorado de mí y harás todo lo que yo te diga.

 

Alexander soltó un bufido de enojo. Acumulaba rabia e impaciencia en su interior, pues hacía tiempo que aquella mujer que se hacía llamr su mastra le había hecho la promesa de que, si le ayudaba con aquellas tareas, le ayudaría a encontrar a su verdadera familia. Él había asumido todos los asesinatos que le había encargado, los cuales se contaban en decenas, siempre sin cuestionar nada. Era un acto de fe.

 

No estoy enamorado de ti – la mujer de curvilíneo y proporcionado cuerpo volvió a reir, aquella vez dándole la espalda al joven de cabellos dorados –. Además... Soy una buena persona, no soy un asesino.

 

La belleza se giró y clavó su azul mirada en él, y entonces comenzó a hablar, como si estuviese furiosa:

 

¿Has tenido remordimientos por todos los asesinatos de los que eres culpable, Alexander? – le preguntó, aunque no hubo respuesta –. Dime, ¿te sirve de algo ser buena persona?

 

El muchacho sabía perfectamente que ser buena persona no le servía de nada. Las buenas personas eran marginadas, dejadas de lado, nadie las apreciaba. Él nunca había vivido de aquella manera, o igual sí, quizás y simplemente no lo recordaba, pero algo le decía que así era. La pelirroja le laznó una última mirada altiva y de desprecio y continuó a lo suyo.

 

Rebuscó en sus bolsillos, entonces, hasta que en ellos encontró un trzo de papel sucio y viejo, aunque lo había recibido tan sólo una semana atrás. Estuvo aguardando siete días hasta que pudo encontrar de nuevo a la mujer pelirroja, para poder mostrárselo.

 

Mira.

 

Le tendió el papel y se lo arrebató de las manos para poder examinarlo con detenimiento. En él estaba escrito, con excelente y suave caligrafía:

 

Querido Señor Malfoy:

 

Le escribimos desde la Familia Malfoy, residente en Ottery St. Cattchpole, para informarle de que usted está invitado a pasarse por nuestra mansión a realizonarnos una vista cuando lo desee.

 

Le recibiremos amablemente y con los brazos abiertos.

 

Un saludo.

 

Me lo mandaron hace poco a la casa de mis padres adoptivos – informó Alexander –. Hablan de una tal familia Malfoy. ¿Sabes algo?

 

Su maestra lo maldijo con la mirada, mientras seguía sujetando el papel con los dedos de ambas manos.

 

¿Alguna vez has perseguido un sueño, Alexander?

 

La respuesta era afirmativa. Desde que tenía memoria, un mismo sueño, relacionado con una mujer rubia de ojos grises, se repetía casi todas las noches. Esto era desde los diecisiete años por lo menos, pues no recordaba nada de lo que le había sucedido con anterior, el ámbito de sus recuerdos se limitaba simplemente a cuatro años.

 

Asintió con la cabeza.

 

Y... ¿Qué es lo peor al ver que, por mucho que lo intentes, nunca lo alcanzas?

 

No contestó. Se limitó simplemente a mirar tristemente a un punto indefinido del suelo. Aquella mujer se acercó a él y con un dedo alzó su rostro, provocando que hubiera conexión visual entre ellos.

 

¿Me crees si te digo que, con mi ayuda y si haces lo que digo, te ayudaré a alcanzar tu sueño? – dijo –. En eso habíamos quedado tú y yo, ¿verdad? Si me ayudabas, te ayudaría a encontrar a tu familia. Y, si la encuentras a ella, encontrarás a tu madre.

 

La miró con curiosidad, enarcando una ceja.

 

¿Te refieres a que esa mujer con la que sueño es mi madre?

 

Negó, moviendo la cabeza de izquierda a derecha enérgicamente.

 

Mira, ésta es tu última lista.

 

De la nada, la pelirroja hizo aparecer una nota amarilla repleta de nombres escritos con tinta negra, que entregó rápidamente a Alexander. Éste leyó cada uno de los nombres y apellidos, hasta que se paró en uno que le llamó la atención:

 

Mey Potter Black... Curioso nombre.

 

Ella es tan importante como el resto. También tienes que matarla – le advirtió –. Te prometo que si terminas con la vida de esas siete personas, encontrarás a tu verdadera familia. Te lo juro.

 

Realizó un nuevo gesto exagerado con sus manos e hizo aparecer entre sus manos una guitarra azul. No era como las demás, sino que tenía un diseño peculiar y especial, con cuerdas plateadas y con el mástil terminando en tres afiladas puntas blancas y extremadamente brillantes.

 

Mira, Alex. Con esta guitarra podrás hacer magia. Cada una de las siete cuerdas, al tocarlas, invoca una magia diferente. Es decir, cada una tiene el poder de convocar un hechizo – explicó –. Es toda tuya. Para que luego digas que no te recompenso por lo que haces...

 

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Alexander, un asesino a sueldo.

 

 

Capítulo 5: Una página en blanco

 

Pasaron meses desde aquel encuentro con su maestra. Alexander cursó en la Academia de Magia y Hechiceria, donde logró alcanzar el estatus de mortífago. Ahora trabaja para la Marca Tenebrosa, como un asesino, tal y como lo describen sus compañeros.

 

Finalmente, encontró a su familia en la Mansión Malfoy. Hijo de Lilith Nix, Alexander Malfoy nunca llegó a asesinar a Mey Potter Black, y aunque considerado como un asunto pendiente, comenzó con ella una relación amorosa que duró poco tiempo.

 

Descubrió, también, que aquella mujer rubia de mirada gris que aparecía en sus sueños se trataba de Silverlyn, con la que tuvo varias hijas, tales como Hana o Mizu. Entre ellos hubo una relación amorosa que se quebro, además de que estuvieron a punto de tener una hija, pero que la perdieron.

 

Ahora, Alexander, sentado a la orilla de un acantilado, observa el océano, buscando su destino y el por qué de su existencia. El tablero está listo, y las piezas se mueven.

Editado por Alexander Malfoy

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  • 5 meses más tarde...

¡Weeeeeee! Vengo a hacer cambios a la ficha, que ya va tocando. o.ó

 

Ahí lo dejo:

 

Nombre del Personaje (Nick): Alexander Malfoy.

Rango Social: Unicornios de Bronce.

Sexo: masculino.

Edad: joven.

Nacionalidad: inglesa.

Padre(s) Sanguíneo: Lilith Nix.

Familia Sanguínea: Malfoy.

Patriarca/Matriaca: no.

Padre(s) Adoptivos: Aland Black Triviani.

Familia Adoptiva: familia Triviani.

Raza: licántropo.

Trabajo: Empleado en el Departamento de Misterios, en la Oficina Coordinadora de Investigaciones Alternas.

Bando: Mortífagos.

Rango dentro del Bando: Base.

Habilidades Mágicas: ninguna.

Conocimientos Especiales:

 

- Artes oscuras

- Aritmancia

 

Objeto Magico Legendariol: ninguno.

Objetos Magicos: varita mágica, guitarra mágica y pensadero.

Licencia de Aparición: no.

Licencia de Vuelo de Escoba: no.

Mascotas: Lara, un halcón hembra.

 

Aspecto Físico: Alexander es un joven alto y delgado, de complexión atlética y de piel de aspecto normal, ni muy morena ni muy pálida, en un equilibrio perfecto. Posee unos hipnotizantes ojos azules de intenso brillo, muy expresivos. Suele afeitarse con frecuencia, aunque siempre mantiene en su mentón una pequeña perilla. Tiene el pelo largo hasta los hombros, de cabellos dorados como el oro, liso. En su rostro suele brotar una media sonrisa ante determinadas situaciones. Tiene diversas cicatrices en varias zonas de su cuerpo, tales como el brazo derecho, el vientre o una surcando su mejilla izquierda. La ropa que más utiliza son unos vaqueros combinados con una camiseta negra.

 

Cualidades Psicológicas: Alexander es un joven que puede llegar a ser muy frío, como muy tierno y agradable. Astuto, reflexivo e impulsivo, con una gran ambición por llegar a ser un gran mago. Una oscuridad intensa está en su interior desde que fue mordido por un licántropo en su infancia, por lo que siempre lleva encima, a pesar de que intenta ocultarlo, un gran instinto asesino. Lucha por todo aquello que quiere hasta que lo consigue, jamás se da por vencido ante nada.

 

Historia de Personaje: Alexander Malfoy nació en un frío y lluvioso 31 de diciembre entre los Malfoy, pero su madre lo entregó a una familia muggle, creciendo entre ellos y sin conocimiento alguno de que se trataba de un mago descendiente de un noble linaje, pues tan pronto entró en su nueva familia perdió su apellido y adoptó el apellido Gallagher.

 

Cuando tenía cinco años, un extraño que se hacía llamar Christopher Vega lo fue a visitar a su casa de Londres, y lo sometió a una pequeña prueba, alegando que tanto el pequeño Alexander como él eran dos magos. La prueba consistía en que el pequeño brujo debía escoger un objeto entre cinco que había, y él escogió una pluma de fénix. Ante este hecho, Vega se marchó, enojado, de la casa de los Gallagher.

 

Tras este suceso, Alexander comenzó a tener sueños, y en todos aparecían un grupo de personas que no conocía, y lo llamaban por otro nombre: Alexander Malfoy. Estos sueños se repetían cada noche y verdaderamente provocaban un gran tormento sobre el joven mago, aunque, en una noche, cuando tenía dieciséis años, un joven de pelo naranja, el cual era brujo también, le desveló el significado de las repetidas pesadillas: Encuentra a esas personas, y encontrarás a tu verdadera familia.

 

Gracias a la ayuda de aquel misterioso chico, Alexander se pasó semanas buscando a quienes se aparecían en sus sueños nocturnos, y poco después fue mordido por una amiga de su infancia, la cual siempre le ocultó su naturaleza licantrópica. Sin embargo, Vega lo ayudó y lo salvó, aunque provocó que en su interior brotase una intensa oscuridad que lo acompañó desde ese momento.

 

Años más tarde, una bruja pelirroja de gran renombre se puso en contacto con él y lo contrató como asesino, valiéndose de una espada, puesto que aún no era capaz de controlar su magia. Si Alexander la ayudaba, ella lo ayudaría a encontrar a su familia, y cumplió su trato, llevándolo finalmente a la Mansión Malfoy, donde conoció a sus verdaderos parientes, para luego comenzar a estudiar en la Academia de Magia y Hechicería y convertirse en un mortífago.

 

Una vez en Ottery, Alexander tuvo relación amorosa con Mey Potter Black y con Silverlyn, durando la primera poco y la segunda mucho más. Ahora, busca hacerse un hueco en la sociedad mágica y ascender entre los mortífagos.

 

Otros Datos:

 

- Tiene un especial odio hacia las arañas.

- Sabe tocar muy bien la guitarra eléctrica.

- Su mayor pasión es el rock, aunque también ama el deporte, en especial el quidditch.

- En el pasado tuvo problemas con la bebida.

 

Link a Bóveda Personal: Bóveda Personal.

Link a Bóveda de Negocio: no tiene.

Link a Bóveda Familiar Principal (La Sanguinea): Bóveda Familiar Principal.

Editado por Ueki

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