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Caroline Ryddleturn

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Caroline Ryddleturn ganó por última vez el día 1 Mayo 2015

¡Caroline Ryddleturn tenía el contenido más querido!

Contact Methods

  • MSN
    carol-allie-evans@hotmail.com
  • Skype
    carolina.ailin.

Profile Information

  • Género
    Female
  • Location
    Mystic Falls
  • Interests
    Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, herederos de labriegos de antaño pero sobre el suelo del lenguaje, cavadores de pozos y constructores de casas, los lectores son viajeros: circulan sobre las tierras del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito, que roban los bienes de Egipto para disfrutarlos".

    ~ Michael de Certau
  • Casa de Hogwarts
    Slytherin

Ficha de Personaje

  • Nivel Mágico
    11
  • Rango Social
    Dragones de Plata
  • Galeones
    189437
  • Ficha de Personaje
  • Bóveda
  • Bóveda Trastero
  • Bando
    Neutral
  • Libros de Hechizos
    Libro del Aprendiz de Brujo (N.1)
  • Familia
    Ryddleturn
  • Trabajo
    0
  • Raza
    Vampira
  • Graduación
    Graduado
  • Puntos de Poder en Objetos
    240
  • Puntos de Poder en Criaturas
    100
  • Puntos de Fabricación
    0
  • Rango de Objetos
    210 a 1100
  • Rango de Criaturas
    10 a 200
  • Conocimientos
    Artes Oscuras
    Conocimiento de Maldiciones
    Leyes Mágicas
    Defensa Contra las Artes Oscuras
    Cuidado de Criaturas Mágicas
  • Medallas
    8000

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Reputación

  1. De camino a su habitación, Caroline Ryddleturn escuchó los suaves pasos de su elfina Milie. Le había encargado que le buscara un vestido y unos zapatos acordes para su regreso a la Escuela Mágica. Últimamente tenía tantas cosas en la cabeza, que ni siquiera era capaz de escoger un vestuario por sí misma. El fin de año la estaba agobiando y como mejor salida a sus problemas había decido escapar, como siempre. ―Señorita Line, mire lo que encontré. ―Milie extendió un vestido rosa palo sobre la cama y dejó al lado unas sandalias con un alto taco chino. ―¿No es algo escotado para este frío? ―cuestionó Caroline―. Que sea un vampiro no significa que no siga las normas de la vestimenta. ―No, no, su clase va a ser en Brasil. La carta con las indicaciones llegó hace unos minutos ―respondió mientras apuntaba al pergamino que estaba extendido sobre la mesa de luz. ―Milie, por un demonio. Caroline profirió un suspiro y leyó lo que le había enviado la profesora. Necesitaba un libro de runas que no tenía y un set de Futhark. ¿Qué diablos era eso? Todo había sido tan rápido y tan poco planificado que se anotó en la primera clase que vio. Era una excusa para distraerse, para ocupar su tiempo y energías en algo que no fueran las malas decisiones que había tomado a lo largo de su inmortal vida. Al ver la confusión y frustración en el rostro de su ama, Milie le entregó un bolso de cuero a Caroline. ―Ahí dentro está todo lo que necesita. Vístase y váyase pronto, que si no va a llegar tarde. ―La elfina chasqueó sus dedos y desapareció. ~* ~ El calor envolvió la pálida piel de Caroline mientras se dirigía a la cabaña donde tendría su clase. El vestido no tenía espalda y la falda ancha se extendía hasta más arriba de sus rodillas. Sobre su hombro cargaba el bolso con los materiales, en un trayecto que le estaba pareciendo infinito. El sol no le hacía nada gracias al dije que colgaba de su cuello, pero eso no significaba que fuera placentero además de que los efectos del traslador todavía la invadían. Dio unos pasos más y llegó a la rústica construcción. La puerta estaba abierta y se escuchaban voces. La que parecía ser la profesora ya estaba ahí, junto a otra mujer, que aparentemente era otra estudiante. Sí, así era. Alessandra se presentó y les ofreció té. «Hubiera preferido un cuello para morder», pensó Ryddleturn y se acercó a la mesa para tomar una de las tres tazas. Inmediatamente se sentó adelante y se cruzó de piernas. ―Yo soy Caroline Ryddleturn y también vengo a runas. La verdad no tengo mucha idea, creo que por eso tomé la clase. ―Se encogió de hombros y bebió de su té esperando que no fuera de verbena.
  2. Nick: Caroline Ryddleturn ID: 112915 Conocimiento: Runas Antiguas Nivel de Magia: XI Link a la Bóveda: http://www.harrylatino.org/index.php?showtopic=94592 Link a la Ficha: http://www.harrylatino.org/index.php?showtopic=93252
  3. Caroline Ryddleturn se encontraba, después de un año, nuevamente en la Universidad. Sus ganas de aprender nunca se agotaban y después de una larga estadía en Bulgaria necesitaba hacer algo más mundano. Había escuchado que un viejo amigo, con el que había asistido a una clase el año anterior, se encontraba dando clases de conocimientos: encantamientos precisamente. Era algo que necesitaba perfeccionar y que le vendría muy bien, sobre todo para alguien como ella que le gustaba vivir al límite. Y de verdad amaba vivir así. Una sutil brisa desordenó el prolijo peinado de Caroline. Su usual cabello largo y ondulado ahora estaba mucho más corto, casi por sobre sus hombros, y el viento lo lanzaba a cada tanto sobre su cara. Ryddleturn profirió un suspiro, rendida ante la naturaleza y acomodó el bolso que llevaba a un costado. El resto de su indumentaria resultaba ser cómoda para ella: una musculosa escarlata, jeans negros ajustados y botines con tacón. Su baja estatura la obligaba a usar zapatos altos y no podía renegar de ellos. —Este lugar está desierto —murmuró para sí misma, al percatarse de que no se veía ningún alma. Continuó caminando hasta que llegó a un largo pasillo y fue recorriendo todas las puertas hasta dar con la de su clase. Se paró en el umbral y, al ver que estaba abierta, se asomó sutilmente a ver. Su vista se clavó en los estantes llenos de libros: estaba en la biblioteca de Alejandría. Sonrió emocionada y buscó a quien sería su profesor. Captó su particular cabellera azul y simultáneamente él la estaba viendo. Al lado de Caroline había otro hombre, que parecía ser otro estudiante, porque Apolo los estaba llamando a ambos. —Hey Apolo —saludó ella animadamente—, sigo amando ese cabello azul tuyo —comentó y se acercó para darle un beso en la mejilla. Volví su vista hasta su compañero, quien se presentaba como les habían ordenado. Lo estudió detenidamente porque su cara le resultaba muy familiar. No estaba segura de donde lo había visto, pero creía que había sido en la Marca Tenebrosa, durante los años en los que ella estuvo. —Uhm, hola. Soy Caroline. —Estiró su mano hacia Axel y también lo miró a los ojos—. El gusto es mío —dijo e inmediatamente añadió—: Lindos tatuajes. Si había algo en la histriónica personalidad de la castaña, era que jamás podía guardarse sus comentarios para ella.
  4. Nick: Caroline Ryddleturn ID: 112915 Conocimiento: Encantamientos. Nivel de Magia: XI Link a la Bóveda: B:94592 Link a la ficha de personaje: Ficha Caroline Ryddleturn
  5. Elaena Ivashkov —Yo… —Elaena apenas podía hablar. Emiliano la tenía sujeta por el pelo y la presionaba contra la puerta. Su inmortal corazón palpitaba con fuerza y su respiración se agitaba con el transcurrir de los segundos. En otra situación, bajo otras circunstancias, aquello se habría visto muy sexy. Pero con la ferocidad que él la mantenía prisionera, se daba cuenta de que no había nada más que odio ahí. Cuando se dirigió hasta el Castillo Black esperaba, muy en el fondo, que él recordara los buenos momentos que habían pasado juntos. Aparentemente no era así. Elaena ni siquiera intentó soltarse. Tenía muchos más años que Emiliano y podía zafarse, pero quería verlo descargara toda su furia y la rabia que ella le había provocado. Después de todo era un sentimiento y a lo largo de su vida había aprendido a disfrutar de ambos: del odio y del amor. Aun así también buscaba invertir esa ira y volverla a su favor. Quería jugar con él como solía hacerlo, porque después de todo eso era lo que estaba haciendo. Su “muerte” sería una de sus tantas tetras. Emiliano la sostuvo por la barbilla y ella suspiró. —Jamás podría jugar contigo —murmuró, aparentemente ofendida—. ¿De verdad fueron tantos años? —preguntó Elaena—. Cuando cumples más de cuatrocientos pierdes la noción del tiempo. Atrapada como estaba se encogió de hombros. Luego, cuando él asestó la pared con un golpe, ella se estremeció. De verdad estaba furioso, pero aun así se dedicó a estudiarlo, a atrapar con sus verdosos ojos cada una de sus facciones. Había olvidado lo mucho que lo deseó y los sentimientos que mantuvo enterrados poco a poco fueron apareciendo. Emiliano pegó su frente a la de Elaena y ella aspiró su aroma. Dios, lo deseaba tanto. Sus labios estaban tan cerca que bastaría un solo movimiento y volvería a probarlos. Mas no sería la que diera el primer paso. —Llegaste a quererme, ¿no? —terminó por él y sonrió—. Yo te di inmortalidad, Emiliano. Te regalé la capacidad de vivir todas las vidas que quisieras y para siempre. De todas las cosas que había dicho en aquel día esa era la única verdad. Al transformarlo buscaba darle poder y también que pudieran estar juntos, pero las cosas no habían salido como ella quería. Acciones de su pasado la obligaron a marcharse y aunque él nunca lo supo, se había prometido a sí misma volver a buscarlo. Obviamente nunca llegó a pensar en todo lo que le sucedió después, ni mucho menos que terminaría años atrapada dentro de un ataúd. Tampoco la parte en la que él tratara de matarla. —¿Qué vas a hacer? —preguntó, decidida a terminar pronto con el juego—. ¿Vas a matarme o vas a besarme? —Bajó la vista hasta los labios de él y luego la alzó—. Ambos sabemos que sólo puedes hacer una cosa. Lo que Emiliano decidiera definitivamente iba a cambiar la vida de ambos.
  6. Caroline por fin se sentía bien consigo mismo, debido a que en su mano estaba la respuesta de la tarea que tanto les había costado hacer. Ella estaba de píe todavía lejos, a la espera de que Avril se dignara a prestarle atención, pero ésta se había quedado dormida. «Vaya profesora tenemos», se dijo y enarcó una ceja. ¿Y si le iba a hablar? No estaba tan segura de sí sería una buena idea, además podrían aprovechar esos minutos para no hacer nada; después de todo habían trabajado toda la mañana. Apolo la sacó de sus cavilaciones. —¿Una copia? —preguntó, sin entender muy bien de qué le hablaba, hasta que lo recordó—. ¡Oh, sí! Por supuesto. Está ahí. —Con una mano apuntó al bolso que estaba sobre el césped. De pronto sintió que algo chocó con su zapato de tacón. Era un huevo y no uno cualquiera: era de dragón. No había que tener muchos conocimientos para reconocerlos, porque debido a su peligrosidad se divulgaban sus características por todo el mundo mágico. Ella misma había tenido que enfrentarse a un dragón, cuando era jefa del Magic Mall y se les había escapado el único que tenían en la Trastienda. Había pasado todo un día con Leah intentando controlarlo y finalmente devolverlo a su jaula; no había sido una tarea fácil. —Apolo, ve a decirle a Avril que un huevo de dragón bajó rodando. No quiero pensar por qué hay uno aquí. A penas terminó de pronunciar aquellas palabras, la intensidad del viento aumentó y una oscura figura apareció frente a ellos. Caroline se quedó petrificada. A un par de metros de ella había aterrizado un dragón adulto, furioso y que acabaría con sus vidas en cualquier momento. No le llevó mucho comprender que en realidad se trataba de una hembra y que probablemente era la madre la cosa que estaba al lado de su píe. ¿Y si se lo entregaba y ella se marchaba pacíficamente? No, eso no era algo que ocurría en la vida real. Ni siquiera tuvo tiempo de sopesar más opciones, porque la bestia lanzó una peligrosa llamarada que calcinó el pergamino que estaba en su mano. Ryddleturn profirió un grito. Parte de su piel se estaba quemando y si no hacía algo ella se incineraría. El fuego era letal para un vampiro, al igual que los rayos del sol —de ellos se protegía con el anillo encantado que usaba—, y era sólo cosa de segundos para que quedara reducida a cenizas. Con su mano izquierda sacó su varita y apuntó a las llamas que se estaban propagando. —¡Aguamenti! —gritó, desesperada por el dolor. Un chorro de agua salió y fue apagando el fuego. Volvió a repetir el hechizo una y otra vez hasta que estuvo segura de que ninguna chispa se volvería a encender. Había estado muy cerca de morir, extremadamente cerca. Soltó un suspiro y se dejó caer sobre el césped. La carne estaba enrojecida, pero rápidamente se comenzó a regenerar. El estar completamente saciada de sangre la mantenía fuerte y la ayudaba a recuperarse. Volvió a ponerse de píe, porque lo peor todavía no había pasado y Apolo estaba solo luchando con la criatura. —¡Gritar no creo que sea una solución! —exclamó Caroline a Apolo—. ¡Creo que tengo una idea! No lo pensó mucho y corrió hasta las cadenas de las que se había liberado el dragón. No volvería a cometer el mismo error de antes y por nada dejaría que ese monstruo la quemara de nuevo. Ella era fuerte, tenía una velocidad sobrehumana y por sobre todo era una bruja que sabía usar la magia. Aunque ya no contaba con los beneficios de las Artes Oscuras, tenía buenos hechizos a su haber; la clave era usarlos para causar daño. Lo único que precisaba era que sus compañeros la ayudaran. —Apolo, necesito que la ataques con el conjuro conjuntivitis, ¿entiendes? Pero no ahora, yo voy a intentar dominarla. Tiene que estar quieta para que el rayo llegue. —Le guiñó un ojo y agitó una de las cadenas. Soltó una bocanada de aire y corrió hacia la bestia. Dio un largo salto y cayó sentada sobre el lomo del dragón. Este se agitó y lanzó fuego por sus fauces. Caroline se resistió y con un veloz movimiento le rodeó el cuello con una cadena. Sostuvo las dos puntas con sus manos, las apretó y las mantuvo unidas. Dominarlo iba a hacer una proeza, pero debía intentarlo, por más que se le fuera la vida en ello; de todas formas se le iba a ir. A penas podía mantenerse en el lomo y era cosa de tiempo para que la enviara lejos. —¡Ahora! ¡Lanza el hechizo! —Su voz salió enérgica y desesperada—. ¡No voy a resistir mucho tiempo!
  7. —Esperaba que al menos pudiéramos ver un Cangrejo de Fuego —respondió Caroline. Coincidía con su compañero que necesitaban más que leer unos mohosos libros. Soltó un suspiro y regresó a su libro, a las aproximadamente cien páginas que le quedaban. Caroline estaba sumergida en la lectura que prácticamente no prestaba atención a lo que decía Demian. De reojo vio que se había levantado, sin embargo, pronto se dio cuenta que estaba dando parte de la respuesta. Ella levantó una ceja —una capacidad de la que le gustaba alardear porque sabía que no todos podían hacerlo—, y escuchó lo último que alcanzó a decir su compañero. Estaba algo molesta. Se suponía que entre todos tenían que armar una conclusión y entregar la tarea por escrito. Aun así les quedaba mucho por hacer, porque el joven Malfoy había dado una explicación escueta y tampoco representaba el trabajo de todos ellos. Ryddleturn ató su cabello en un rodete alto y clavó los ojos en las palabras que ya se le hacían eternas. En ese momento deseaba un vaso de bourbon, de aquel que Zack mantenía escondido en el Castillo Ivashkov y que ella sabía cómo robar. Tampoco le importaría un poco de sangre, aunque realmente no estaba sedienta porque había salido de cacería la noche anterior. Sintió que Apolo le hablaba y alzó su mirada hacia él. —No, no tengo nada todavía —señaló, totalmente fracasada—. No entiendo qué utilidad tiene todo esto. Si alguna vez me encuentro con un Dragón y le digo que es una bestia, dudo que vaya a tener misericordia —susurró, a la espera de que Avril no la fuera a escuchar. Inmediatamente a sus palabras Apolo perdió toda la calma y explotó de una manera que Caroline no se habría imaginado. Agitaba el libro y expresaba todo el malestar que había ido acumulando. Ella no lo podía juzgar, porque se sentía de la misma manera. Estaban perdiendo tiempo y era de locos que alcanzaran a hacer lo que les habían pedido. Peor aún, como su compañero decía, si se equivocaban pasaría lo mismo que con ella y tendrían que hacer doble trabajo para remediar el error. —Nadie va a reprobar, Apolo. Nos iremos con un aprobado de esta clase, como que me llamo Caroline Allison Ryddleturn —enfatizó y se cruzó de brazos. Ya estaba dicho y no había por qué entrar en pánico. Anteriormente había tenido clases peores donde su vida había estado en peligro y logró salir victoriosa; una tonta tarea no le iba a arruinar la existencia. Además, de momento, Avril no los estaba apurando, lo que era una buena señal. Sólo tenían que ser pacientes y saber dónde buscar. En ese instante, su aun exaltado compañero recordó algo sobre lo que les pidieron. Ella lo escuchó atenta. —Espera, tienes razón —murmuró Caroline, recordando al autor que Apolo mencionó—. Yo podría ir a buscarlo. Soy un vampiro y la velocidad no es un problema para mí —Se descruzó de piernas y se puso de píe—. No tardaré. Les guiñó un ojo a sus compañeros y se movió tan rápido que casi podrían haber pensado que desapareció. Para Caroline correr era casi una segunda naturaleza. En un par de segundos había llegado a la biblioteca y se detuvo en seco cuando estuvo en la puerta. Tenía prisa, pero tampoco tanta como para armar un alboroto dentro del edificio. Rápidamente regresó a la sección de Magizoología y se dispuso a buscar el libro. Recorrió un par de estantes hasta que dio con “Animales Fantásticos y Donde Encontrarlos”. Ryddleturn miró a su alrededor y comprendió que tendría que sacar el texto de manera “ilegal”. Realmente no había pensado en eso y no sabía lo que sucedería si no hablaba primero con la bibliotecaria. Quizá algún hechizo le caería encima cuando intentara escabullirse. Miró su reloj y vio que habían pasado dos minutos desde que dejó los límites del bosque. Apolo le había dicho que tenía cinco, así que en tres iba a tener que inventar algo lo suficientemente bueno para que le prestaran el volumen. —Buenos días —saludó y puso su mejor sonrisa—. Necesito llevar esto. —Movió el libro frente a una bruja de edad mayor que tenía poca cara de amable—. Avril Malfoy me envió a por él. Es la profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas. La mujer la estudió con sus diminutos ojos, escondidos detrás de unos espantosos lentes. —La nota. Necesito que me des la nota firmada por Avril. Maldición, ella no tenía una condenada nota. —La perdí en el camino. ¿No se dio cuenta del viento que hay afuera? —Puso cara de horror—. Estamos en los límites del bosque, por favor no me haga ir a buscarla —rogó y luego dijo—: Si seguimos perdiendo más tiempo Avril se va a enfadar. ¿De verdad quiere hacer enojar a una Malfoy? Esperaba que aquella mujer no fuera tan feroz como su rostro o no habría excusa válida que la salvara. Pasaron unos eternos segundos, diez exactamente, hasta que la bruja le pidió el libro y lo desencantó para que se lo llevara. —Muchas gracias —señaló Caroline y se fue pitando. Completó los cinco minutos. Apareció ante los muchachos y se dejó caer frente a ellos. Para suerte de todos, la respuesta no estaba cien páginas después, sino que al principio. La Vuela pluma inició su labor y comenzó a rellenar el pergamino con lo que iban encontrando. Después de todo la tarea no era tan difícil, sólo que no habían estado buscando bien. Un par de minutos y lograron resolver la consigna. Ante la aprobación de ambos chicos, Caroline se puso de píe y se acercó a Avril para entregarle la respuesta. El Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas cuenta con tres divisiones: la División de Bestias, la División de Seres y la División de Espíritus. El Ministro de Magia en 1811 decretó que un “ser” era “cualquier criatura que tenga suficiente inteligencia para comprender las leyes de la comunidad mágica y compartir parte de la responsabilidad que implica su formulación”. A quienes no lograban comprender tales reglamentaciones o lo que se les dijera se les considera “bestias” o por el contrario si tienen entendimiento pero no logran superar sus brutales instintos también son “bestias”. En cuanto a los “espíritus”, esta División fue creada en particular por una queja de los fantasmas, luego de afirmar que era una falta de delicadeza clasificarlos como “seres”, cuando era evidente que ellos “habían sido”. Para ejemplificar se considera “bestia” a una Acromántula, “ser” a un vampiro y “espíritu” a un fantasma.
  8. Caroline aun recordaba la impresión que le había causado a su compañero cuando llegó. Se sentía complacida, porque le gustaba coquetear y llamar la atención de los hombres que tenía a su alrededor. A pesar de ser pequeña—un metro cincuenta y cuatro de altura—, había aprendido a disimularlo con zapatos altos, con una postura erguida y con ropa que la favorecía. No abusaba del maquillaje, pues prefería verse natural y ese día usaba sólo lápiz labial rojo. Inmediatamente a su comentario, Apolo se sobresaltó y se volvió hacia ella. Intentaba hablar, pero de su boca salían balbuceos. Lo había puesto nervioso. Caroline sonrió sutilmente y movió el cabello que tenía sobre su hombro desnudo, provocando que su perfume de jazmín y tiare se mezclara con el viento. No veía nada de malo seguir con el coqueteo, aunque quizá el chico tenía pareja. Ella solamente se quería divertir y no le hacía daño a nadie, a menos que la profesora se enojara porque se estaban distrayendo. —Gracias —respondió y agregó—: En realidad es algo ondulado, pero estoy usando una poción alisadora que conseguí en el Magic Mall. La castaña se encogió de hombros y arregló el vuelo de su crop top que se había levantado con la brisa. Le agradaba aquel muchacho y esperaba que tuvieran más instancias para seguir conversando. Además de ellos había otro estudiante, pero no parecía ser tan sociable, eso a simple vista. Avril seguía corrigiendo los pergaminos, por lo que todavía no se percataba de la charla que se había producido y que el joven mago aparentemente no quería que cesara. —¿Es natural? Oh, me habría gustado tener un color así, tan lleno de personalidad. —Sí, ella encontraba que le daba mucho estilo—. Lo visitaré cuando pueda. Realmente necesito un corte. Volvió a sonreír, pero él le dedicó algo parecido a una mueca. ¿Lo estaba disgustando con su descaro? Quizá necesitaba ser un poco más sutil en su flirteo. Sin embargo, casi como si estuviera luchando consigo mismo, él se presentó. —Apolo —repitió ella—. Es un lindo nombre. Pertenece a un dios griego, ¿no? —preguntó—. Yo soy Caroline, pero puedes decirme Carol —dijo con el mismo encanto—. Mmm, la verdad es que hace mucho que no venía a la Universidad, pero no creo que sea tan difícil. En ese instante Avril Malfoy se volvió hasta ellos y se presentó, sin saltarse ningún detalle sobre las actividades que la vinculaban a las criaturas mágicas. Tenía un currículum bastante extenso, lo que tenía que reflejarse en la calidad de clase que les iba a dar. Caroline estaba realmente emocionada y esperaba poder conocer a algún ejemplar exótico. Ella contaba con varias criaturas, siendo su preferida un Aethonan que adquirió algunos años atrás. Nymeria era con la que mayor conexión tenía. Por algunos minutos su mente divagó, algo que ocurría con frecuencia, pero volvió a la realidad cuando la profesora se refirió a su tarea. Le había dicho que se había equivocado. Su mandíbula cayó y sus mejillas se tiñeron de rubor. Sentía vergüenza y rabia al mismo tiempo. En su intento por entregar el trabajo a tiempo no consideró todo lo que había visto del patronus, obviando los detalles que lo distinguirían de un Imp. Se podía decir que estaba bastante frustrada. Asintió con la cabeza a lo que Avril le decía y recibió el libro que los ayudaría con la próxima tarea. Tenían que seguir investigando. Genial, más trabajo teórico. Ella se encaminó hasta el lugar que les indicaron y se sentó cruzada de piernas sobre el césped. Ahora tendría que tener más cuidado con lo que buscaba y no ser tan precipitaba. Además, debía hacer doble trabajo, porque tenía que dar las diferencias que tenían los Duendecillos con los Imps antes de hacer lo que les acababa de indicar. Buscó en el volumen entregado y dejó que su Vuela pluma escribiera, mientras ella buscaba la información. Al terminar se puso de píe y le entregó a Avril las diferencias que encontró. —Espero esta vez no haberme equivocado —señaló y rodó sus ojos verdes. Diferencias entre los Duendecillos y los Imps El Imp se encuentra solamente en el Reino Unido e Irlanda, mientras que el Duendecillo habita principalmente en Cornwall, Inglaterra. Un Duendecillo puede volar, a diferencia del Imp que no cuenta con esa habilidad. También difieren en el color: el Imp tiene una pigmentación oscura, marrón tirando a negra, no como su similar que cuenta con colores vivos —azul eléctrico—. El nivel de peligrosidad que tienen también es diferente, según la clasificación dada por el Ministerio de Magia. Un duendecillo es clasificado como XXX y el Imp con XX. Después de la entrega, Ryddleturn regresó a su lugar junto a sus compañeros y se dispuso a ayudarlos. El libro tenía bastantes páginas y debían leer muchísimo. Realmente le preocupaba que no lograran formular una respuesta coherente, en particular porque cada uno tenía una percepción distinta. Lo mismo sucedía a la hora de resolver problemáticas. Cada uno iba a defender su postura e intentarían que la personal fuera la que prevaleciera. Por eso odiaba hacer trabajos en equipo. —Esto nos va a tomar unos largos minutos —murmuró y luego se dirigió hacia Apolo—. ¿Crees que nos desaprueben si nos escapamos al bosque? —susurró.
  9. Elaena Ivashkov Era un suicido. Elaena lo sabía de sobra y no había que ser muy inteligente para darse cuenta. Sin embargo, estaba harta de estar escondiéndose y había llegado el momento de hacer frente a sus problemas. Uno de ellos tenía nombre y apellido: Emiliano Black. Había conocido a aquel mago cientos de años atrás y cometió el error de convertirlo en vampiro. No sólo eso, también lo traicionó de la peor manera que alguien podría hacerlo. Todos los sentimientos que alguna vez sintió por ella se transformaron en odio y en sed de venganza. Y allí estaba ella, en la entrada del Castillo donde él vivía; en la boca del lobo. Aún no se atrevía a tocar. Estaba admirando el “pintoresco” paisaje a su alrededor. La verdad era que el lugar era bastante siniestro, incluso para una familia que se conocía por ser fiel seguidora de la Marca Tenebrosa. Eso le añadía mayor terror a la situación y a la ironía de que probablemente iba a morir allí. Sinceramente la muerte no era algo que la inquietara, sobre todo cuando contaba con una doppelgänger que la traería a la vida. Ese era el plan. Ante los ojos de Emiliano iba a morir, y por ende, él la dejaría en paz. Incluso se había ataviado perfecta para la ocasión. Usaba un vestido escarlata sin hombros, con las mangas largas y que se enanchaba a la altura de su cintura. Le llegaba hasta las rodillas e iba combinado con unos altos tacones atados con cintas negras. Como siempre tenía el cabello suelto: completamente liso hasta su cadera. Sus labios tenían una capa de labial rojo y sus largas uñas estaban pintadas de negro. También se había puesto su perfume favorito. Una delicia floral con notas cítricas y corazón frutal Finalmente llamó a la puerta. Un minuto después sintió unos pequeños pasos que se acercaban a abrirle. Era un elfo, una criatura que todos usaban en el mundo mágico como sirvientes. Ella los detestaba y prefería a los humanos como servidumbre, aunque contara con un elfo a su merced. Milou había sido un regalo de Caroline y no pudo negarse porque en ese momento lo necesitaba y ahora no podía deshacerse de él. Tenía que admitir que muy, muy en el fondo, le tenía algo de aprecio por lo fiel y preocupado que era. —¿Busca a alguien? —preguntó la criatura, bastante altanera para el gusto de ella. —Eso es obvio. —Elaena frunció el ceño y se cruzó de brazos—. Necesito hablar con Emiliano Black y es importante. Puedes mover tus despreciables píes y decirle que Elaena Ivashkov lo busca. —No tan despreciables como los suyos —respondió el elfo y le cerró la puerta en la cara. —¡Por un demonio! Ese era el motivo por el que no soportaba a esos sirvientes, porque solían comportarse como sus dueños. Esperaba que realmente hiciera lo que le había pedido o tendría que buscar otra manera de traer a Emiliano hasta ahí. De todas formas él la había a matar y armar un alboroto adelantaría el trámite. Pero, ¿así era como lo quería? No, a Elaena le gustaba que las cosas fueran despacio para poder disfrutarlas. Después de todo, habían pasado años desde que no veía a su némesis y no podía negar que lo extrañaba.
  10. Paciencia no era precisamente una característica de Caroline Ryddleturn y en ese momento hacía gala de aquello. Se encontraba sentada sobre un banco de piedra en los jardines de la Universidad, con las manos sobre su regazo, mientras esperaba saber dónde se daría su clase. Había llegado temprano, ya que todavía no recibía ninguna lechuza sobre dónde impartirían Cuidado de Criaturas Mágicas. De lo único que estaba segura era de que ese día empezaba y ya estaba bastante frustrada. —Creo que esto fue una mala idea —murmuró y luego soltó un suspiro. Sacó un espejo de su bolso y revisó que su capa de labial rojo siguiera intacta. Así era. El maquillaje hacía contraste en medio de su pálido rostro y sus ojos verdes tenían un brillo particular. Por más que estuviera enfadada por la espera, tenía que admitir que la emocionaba tomar el conocimiento. Era curiosa por naturaleza y un buen aprendiz. A sus cuarenta años —escondidos por su eterna apariencia de veinte—, el saber era algo que sacaba una intensa pasión de ella. Transcurrieron diez minutos más y Caroline decidió marcharse. Se puso de píe, pero no alcanzó a avanzar cuando una sutil brisa la envolvió. Sus cabellos lisos hasta su cadera comenzaron a ondear. Sabía que eso no era normal y lo supo cuando un extraño patronus apareció delante de ella. Era bastante pequeño, quizá de unos veinte centímetros, y se movía frenéticamente. Ryddleturn alzó una ceja, creyendo que alguien le jugaba una broma, hasta que la criatura le comunicó porqué estaba ahí. —¿Qué quién eres? —preguntó confusa y al ver que el patronus desaparecía le gritó—: ¡Oh, espera! Y luego ya no hubo nada. ¿Dónde se suponía que lo averiguaría? La respuesta no tardó en llegar. «La biblioteca, por supuesto», se dijo y se fue casi corriendo hasta allí. Al entrar sus tacones repiquetearon, rompiendo el silencio, pero la castaña no le dio mayor importancia a las indignadas miradas. Llegó hasta una estantería que tenía libros sobre criaturas y buscó el que fuera de mayor volumen. Por las indicaciones debía entregar un informe completo y no le bastaría con unos pocos datos. Finalmente dio con lo que buscaba. Lo puso sobre una mesa, sacó un pergamino y una Vuela pluma. No había tiempo que perder. Encontró su respuesta y dejó que su artefacto mágico escribiera por ella. De pronto vio de reojo a un hombre joven de pelo azulado que se marchaba rápidamente y que llevaba un rollo de pergamino. «Quizá está en mi clase y va a llegar primero que yo», pensó e hizo una mueca con su boca. Auch. Alguien iba a entregar la tarea antes que ella y eso le causaba un cierto malestar. No podía negar su competitividad. El escrito estuvo listo y ni siquiera se molestó en devolver el libro a su sitio. Salió con prisa, agradeciendo haberse puesto un jean, porque correr con un vestido no era cómodo, ni para un vampiro. Debía llegar a los límites de la Universidad y el bosque. Bastaron un par de minutos y se encontró con lo que parecía ser su clase. Debía de serla, porque el ahí estaba el muchacho de extraño cabello azul, entregando su tarea. Diablos, sí iba a quedar en segundo lugar. Aminoró el paso y avanzó con cierta delicadeza. Ya no tenía motivos para correr y Caroline no quería verse desaliñada. —Buenos días —masculló—. Eres Avril Malfoy, ¿no? —Se paró frente a la profesora y le entregó su pergamino—. Aquí está la tarea —agregó y se posicionó cerca de su compañero. Había copiado todo lo que encontró en el libro, sin dejar ningún detalle afuera, aunque, muy a su pesar, tampoco habían sido muchos. Prefería haber incluido más datos de los pedidos a que le faltaran. Desde donde estaba alcanzaba a ver su prolija caligrafía, imitada perfectamente por la Vuela pluma, plasmada sobre el papel que ahora sostenía Avril. El título estaba en el centro y era el nombre de la criatura, o mejor dicho las criaturas, que le fueron asignadas: Duendecillos. Duendecillos Clasificación del MM: XXX La mayoría de los duendecillos se concentran en Cornwall, Inglaterra. De color azul eléctrico, tienen unos veinte centímetros de altura y son muy revoltosos: les encantan los engaños y las bromas pesadas. Aunque no tienen alas, pueden volar y a veces atrapan por las orejas a personas desprevenidas y las ponen en las copas de los árboles altos o en las azoteas de edificios. Los duendecillos se comunican entre sí mediante un agudo parloteo que ninguna otra criatura comprende. Dan a luz jóvenes. Sin poder contenerse, se volvió hacia Apolo y comentó: —Tienes que darme el número de tu estilista, me encanta tu cabello.
  11. Nick: Caroline Ryddleturn ID: 112915 Conocimiento: Cuidado de Criaturas Mágicas Nivel de Magia: X Link a la Bóveda: B:94592 Link a la Ficha: Ficha de Caroline Allison Ryddleturn
  12. Lo que había sospechado desde que vio a Leah finalmente se confirmó: alguien estaba ocupando el frívolo corazón de su amiga. Realmente no debía ser una sorpresa para ella, porque se había marchado hacía más de un año y, aunque su vida estuviera trabada en el mismo bucle, la de sus cercanos no tenía por qué ser así. Eso la hizo reflexionar sobre sus actos y sobre cómo estaba desperdiciando su eternidad. Siempre se trataba de estar escapando de alguien y ya no tenía por qué ser así; ya no más. La voz de Zack sacó a Caroline del íntimo momento que estaba teniendo con Leah. Se le veía enojado por el bourbon desperdiciado en el suelo y ninguna de las dos se dignó a responder ante sus reclamos. Inmediatamente él comenzó a reír, alivianando la leve tensión que se había comenzado a formar. Ella no hizo más que sonreír y fijarse en el torso desnudo de su amigo. Por más que lo intentaba no podía alzar su mirada hacia su rostro. «Dios, ya estoy hiperventilando», pensó e intentó parecer calmada. —Nunca más lo haré, lo prometo —murmuró, ahora fijándose en los ojos azules de Zack. Caroline soltó una respiración contenida y vio cómo él se acercaba a ella. Antes de siquiera poder reaccionar, el vampiro la estaba sujetando por su espalda baja. Oleadas de calor viajaron frenéticamente hacia su zona sur y casi olvidó que Leah estaba frente a ellos. Casi, porque inmediatamente reordenó sus indecentes pensamientos, ante su poca controlada actitud. Apoyó su cabeza sobre el pecho de Zack y lo terminó de abrazar. Al fin podía decir que se sentía como en casa, su verdadera casa. —Hey, en un punto de mi vida tuve una facha virginal, aunque ya no recuerdo cuándo fue. —Soltó una risita y se separó al ver que Leah se encaminó hacia ellos—. A mí no me molestaría usar la habitación de Zack. —Sonrió coquetamente y parpadeó hacia él. Otra vez se estaba dejando llevar y aparentemente no era la única. Su rubia amiga sabía inequívocamente hacia dónde se dirigían y lo expresó, dejando en claro que no entraría en ese juego. ¿El motivo? La mujer con la que estaba y no sólo en un noviazgo común. Así lo señaló cuando posó una mano sobre el brazo de Zack y Caroline vio el anillo que lucía. «No puedo creer que se haya casado», pensó la castaña, casi en estado de shock. Sin embargo, lo peor de todo era que se había perdido el matrimonio. —¿Qué les cuento de mi vida? —masculló, aun un tanto atónita—. Nada interesante. Me metí en problemas, como siempre, y por eso tuve que huir a Francia —confesó e inmediatamente añadió—: Por lo demás, planeo establecerme acá, aunque todavía no decido dónde. —Se encogió de hombros—. De verdad no quiero molestarlos, buscaré donde vivir. Recuperó su vaso con whisky y bebió un largo sorbo. Ryddleturn sintió que el tatuaje que la ligaba a Hécate volvió a escocer y no pudo evitar llevar una mano hasta ahí. Rápidamente la bajó, esperando que no la hubieran visto. Había sido un tanto descuidada con el vestido sin hombros que se puso, porque se alcanzaba a ver la cabeza de la serpiente. Pero ya no podía remediarlo y, de cierta manera, si no se empeñaba en taparlo era porque no significaba nada en especial. Estrechó sus labios en una fugaz sonrisa y se fijó en Leah que volvía a hablar. —Yo, la verdad es que… —No sabía qué decir, porque sinceramente no planeaba regresar—. Extrañaba estar acá. Llámalo nostalgia —mintió—. Y supe que Elaena también se había ido, así que creí que era mi momento. No sólo a ustedes les desagrada —dijo, intentando sonar convencida.
  13. Al escuchar como su nombre salía de los labios de Leah, Caroline se relajó. Finalmente la había reconocido y eso se tradujo en el ferviente abrazo que su amiga le dio. La sujetó con fuerza, reafirmando que no se iría, lo quisiera o no. Todos sus temores anteriores se desvanecieron y se permitió fundirse en aquella muestra de cariño. Si había algo que necesitaba era sentir afecto, algo que no pedía por orgullo, pero que la alejaba de todos los problemas que usualmente solían envolverla. Allí no había caretas ni fachadas que mantener. —Lo siento, mi intención no era parecerme más a Elaena —dijo, sonriendo genuinamente—. Sólo cambié el peinado que llevo usando cerca de cuarenta años. Debí haber sido más original. —Rió, mientras se separaba de Leah. Ahora que ya no estaba nerviosa, ni sus pensamientos estaban siendo atormentados por viejas diosas griegas, se dedicó a contemplar a Ivashkov minuciosamente. Se le veía cansada, de eso no había dudas, sin embargo, estaba radiante, mejor dicho: se veía feliz. Quizá se debía a la repentina aparición de Caroline y aquella idea fue como un puñal en su corazón. «Si supiera por qué vine», se dijo. No, no podía consentir el sentirse mal. También había ido porque la extrañaba y buscaría la forma de cumplir ante Hécate sin dañar su amistad. La mención de Zack la ayudó a volver a la realidad. También había echado de menos a su atractivo amigo. Aquel Mortífago despertaba su libido de una manera que debería estar prohibida. —Sinceramente, no tengo dónde quedarme —respondió—. Así que por supuesto que acepto tu invitación. ¿Puedo usar la habitación de Elaena? A ella no le va a importar. —Apretó suavemente la mano de Leah y se dispuso a tomar otro vaso de bourbon—. ¿Qué ha sucedido en mi ausencia? —preguntó y luego bebió un poco de whisky. Necesitaba ponerse al día con todo, no sólo para cubrir su infinita curiosidad, sino porque no podía levantar sospechas bajo ninguna situación. La primera parte de su plan ya estaba en marcha y era pasar algunas noches allí. Esperaría a que todos estuvieran durmiendo para poder dar un recorrido. Aquello le serviría para hacer un mapa con las habitaciones. Luego estaba lo más difícil que era encontrar los pasadizos secretos; esos eran los que le interesaban. Sabía que el espejo era lo bastante poderoso como para no estar a la vista. —Yo estuve recluida en París y sabes lo ardientes que son los franceses —señaló, mientras se echaba viento con una mano para dramatizar—. Seguro por eso ya no me veo tan virginal. —Le guiñó un ojo y agregó—. ¿Qué hay de ti? Te ves linda. Para ser específica, te ves enamorada. ¿Me equivoco?
  14. Caroline se quedó quieta, como si fuera un ladrón al que encuentran tomando algo que no debería. Cerró los ojos e hizo una mueca con sus labios pintados de rojo. «Maldición», se dijo y enfocó su vista en las gotas de whisky que quedaron sobre la vaporosa falda del vestido. Había arruinado la tela, pero a pesar de eso tenía problemas mucho más graves, como que Leah estaba detrás de ella por ejemplo. Aspiró lentamente, capturando el perfume que llevaba usando desde los quince años —suaves notas de jazmín y tiare—, y se dio la vuelta. Se encontró frente a frente con su mejor amiga, quien parecía que no se alegraba de verla. ¿Acaso ya sabía cuáles eran sus planes? Eso era imposible, porque nadie más que ella lo sabía, ni siquiera Elaena. —Si hace esa fiesta espero ser la invitada de honor—murmuró, intentando esbozar una sonrisa. Por más que el comentario de Leah fuera uno de los típicos de ella, algo le decía a Caroline que se lo dedicaba con un deje de odio. Quizá estaba molesta porque se había ido, aunque no era la primera vez que lo hacía y no esperaba que se lo fuera a tomar mal. Pero sin lugar a dudas lo que más la sacó de lugar fueron las siguientes palabras de la rubia. ¿Por qué le estaba diciendo que si había ido por los galeones? No tenía sentido, ni tampoco era algo que necesitara. La última vez que se fijó en su bóveda estaba bastante bien para alguien que no trabajaba. «Elaena. Ella piensa que soy su prima». Caroline ladeó la cabeza e intentó no reír. Nunca había logrado engañar a Leah Ivashkov y en ese momento, sin premeditación, lo había conseguido. —Leah, escúchame, soy Caroline —señaló, como si fuera lo más obvio del mundo—. Esto es el resultado de una poción alisadora. —Pasó sus dedos sobre sus cabellos castaños—. Me duele profundamente que no reconozcas a tu mejor amiga. Ryddleturn se cruzó de brazos, como si de verdad se sintiera ofendida y se acercó lentamente a Leah. Acababa de servirse un vaso con vodka y, tras analizarlo, decidió quitárselo de las manos. Lo dejó junto a las demás botellas del bar. La miró directamente a los ojos para que comprendiera que se trataba de ella: con quien había estado en la Academia, con quien estuvo en la Marca Tenebrosa, con quien iba a fiestas a emborracharse y con quien incluso una vez se desnudó en un bar lleno de magos. —Soy yo, ¿sí? —Caroline se acercó un poco más y la abrazó, como si aquel acto terminara de confirmar su identidad—. He vuelto y prometo que no me iré por un largo tiempo. Necesitaba que no tuviera dudas sobre ella y que por sobre todo confiara. Si iba a robar el maldito espejo lo que menos la iba a ayudar eran miradas con recelo.
  15. Un paso, un sólo paso y Caroline Ryddleturn estuvo dentro de los terrenos del Castillo Ivashkov. Después de varios años al fin había decidido visitar el hogar de sus mejores amigos y su molesta doppelgänger. Atrás de ella, con un ruidoso chirrido, la verja metálica se fue cerrando hasta culminar con un clic. Caroline respiró profundamente y comenzó a caminar sin prisa. Sus capacidades de vampiro le permitían recorrer el trayecto en un parpadeo, pero quería disfrutar de su breve paseo y de la tarde primaveral. El sol –del que era inmune por un hechizo–, acariciaba sus hombros desnudos y el resto de la piel que su vestido ciruela no alcanzaba a cubrir. Iba perfectamente combinado con unos altos tacones; ella los prefería para disimular su baja estatura. Finalmente llegó a la entrada del imponente edificio. Caroline respiró una profunda bocanada de aire y alzó una mano para llamar. Sin embargo, apenas sus nudillos tocaron la madera, las puertas se abrieron de par en par. «¿Qué demonios?», se preguntó, sin entender mucho lo que sucedía. Se estiró hacia adelante para ver si había alguien, pero el hall se veía completamente desierto. Enarcó una ceja, aun indecisa sobre qué hacer. Lo más lógico era entrar, por lo que avanzó hacia el interior a la espera de ver a Leah o Zack. –¿Hola? –llamó, mientras se acercaba más al centro del vestíbulo–. La puerta se abrió sola –agregó. Todo era totalmente extraño. Se suponía que el Castillo debía tener protecciones que no dejaban entrar a extraños. Pero, tras una breve reflexión, ella no era tan extraña y no tenía nada que ver con la amistad que mantenía con los patriarcas. Era por su apariencia. Lucía exactamente como Elaena Ivashkov y no sólo como de costumbre. Ambas se diferenciaban por su cabello, pero en ese momento no, porque Caroline había utilizado una poción alisadora. Cada hebra castaña caía perfectamente lacia hasta su cadera. –Así que por eso sigo viva –susurró, ante la idea de algún hechizo lanzándola lejos. Lo que de momento no podía explicar era por qué no había nadie. Ryddleturn era consciente de que llevaba más de un año fuera de la sociedad mágica británica, de su familia y de sus más cercanos. Pero aun así había intentado ponerse al corriente y lo que sabía era que tanto Zack como Leah seguían viviendo en aquel Castillo. Tenía que haber alguien ahí. ¿Y qué pasaba con los elfos? Todos no podían haber desaparecido así como así. «¿Y qué tal si?... ». Una horrible idea pasó por su cabeza y la desechó de inmediato. –Voy a ser paciente –murmuró y se dirigió a una mesita que tenía unas botellas de bourbon–. Espero que Zack no se moleste por el saqueo a su alcohol. –Sonrió y llenó un vaso para ella. Caroline caminó hasta un sillón y cuando estaba por sentarse una brisa helada la envolvió. Un escalofrío recorrió toda espina dorsal y se quedó prácticamente petrificada. El escalofrío fue reemplazado por un profundo ardor en su espalda, justo donde tenía tatuada una serpiente que comenzaba cerca de su coxis y terminaba en su cuello. No tenía nada que ver con la Marca Tenebrosa –aquel tatuaje estaba en su antebrazo, oculto mediante magia y dejó de manifestarse el día en que abandonó las filas–, sino que era un pacto con otra persona. –Hécate –soltó la vampiresa. –Pequeña Caroline. –Se escuchó atrás de ella–. Veo que viniste a hacer lo que te mandé. Lo que no entiendo es por qué no estás buscando lo que te pedí. –Acabo de llegar y no me voy a comportar como una delincuente. –Rodó los ojos–. Necesito estar segura de que ellos no sospechan nada y encontraré tu baratija. –Espero que sea pronto. La diosa pronunció la última palabra y el aire gélido desapareció. Caroline soltó una respiración contenida y puso una mano sobre su frente, analizando cómo diablos fue que terminó haciendo un trato con Hécate. Y no sólo eso, sino cómo aceptó traicionar a las únicas personas que habían sido fieles a ella. Todos los nervios iniciales la abrumaron y la idea de salir corriendo era lo más oportuno que se le ocurría. Pero nuevamente no se pudo mover. Escuchó pasos que iban hacia ella y sin poder evitarlo soltó el vaso con whisky que se estrelló sobre el mármol.

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