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— ¡Lo vi con la claridad que te estoy viendo Lëna!— estaban a punto de almorzar en una soleada terraza de un restaurante elegante del Callejón Diagon y todavía el tema seguía molestando lo suficiente a Rory como para volver a traerlo a colación — el muchacho era ciega, y mostraba...mostraba cosas horribles.


Lëna volvió a reírse y a bromear. Parecía que el vino ya empezaba a subírsele a la cabeza y definitivamente había abandonado hace bastante tiempo la idea de discutir sobre la visión que había despertado a Rory a medianoche, con un sudor frío en el cuerpo. En palabras de ella, el asunto no pasaba de ser una pesadilla, probablemente inducida por lo que tenía que ver todos los días en Londres, más aun desde que se había involucrado más en las actividades de la Orden del Fénix.


— Mira Rory, lo que necesitas son unas buenas vacaciones a otro lugar ¿si sabes que a pesar de la guerra todavía podemos visitar rincones de remanso y paz?

— Es totalmente superficial y contrario a sentimientos básicos de solidaridad hacer cosa semejante con tantos sufrientes a nuestro alrededor Lëna.


La muchacha se encogió de hombros y sonriente, volvió de nuevo su atención a la revista que había cogido del revistero del local al ingresar. Rory hizo la cabeza a un lado, porque aunque no estuviera leyendo, la portada era lo suficientemente reveladora (y escandalosa) para suponer por qué la bruja la observaba con tanta atención: Una foto que hacía un focus obsceno en el trasero de un hombre, con la leyenda al lado que ponía en gruesas letras amarillas de bordes negros:


¡En exclusiva en esta edición: 30 fotos inéditas del trasero que está haciendo suspirar al mundo entero!


Rory volvió a persignarse, dividido entre la indignación que le provocaba semejante blasfemia, y que el asunto concentrase la atención de tanta prensa, con media Europa en el colapso por culpa de la guerra, pero por otro lado, con un pequeño cargo de conciencia porque esa foto era...verdaderamente impactante. Aprovechando que el mozo dejaba la comida, y que Lëna por fin, atraído por el buen olor del pollo asado hacía a un lado la revista, volvió a insistir a la mujer con el tema que realmente le importaba.


— Tú me comentaste una vez que conocías videntes. Yo realmente, yo no sé...como controlar esta magia así que necesito que me ayudes a ponerme en contacto con alguien.— Lëna hacía muecas desdeñosas que solo consiguieron irritarlo más— Ah, bien entonces, no me hagas caso. Pero recuerda quien te tendió la mano en tu momento de peor necesidad. Ten por seguro que Dios arriba en los cielos está tomando nota de tu mezquindad.


Lëna se atragantó de repente, y Rory quiso pensar que había sido conmovida de temor por sus palabras, pero todo indicaba que había sido un acceso de risa...

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Fenris Tironul - Lugarteniente de las legiones del Clan Dark Blood

 

La noche estaba de su lado. Sus movimientos eran fluidos y silenciosos mientras, sin ser descubierto por la niña de cabellos dorados, le acechaba sin perderla de vista. Era absurdo - pensó - estar detrás de una niña de 12 años cuando era un general de élite, pocos superandolo en habilidad y rapidez en un duelo mágico o cuerpo a cuerpo.

 

Sin embargo ahí estaba, poderoso y sin embargo siguiéndole la pista a una mocosa caprichosa ¿A caso sus padres y, para el caso, su reina no podían mantenerla a raya?

 

Un juramento de sangre lo unía a Kamra, dándole el poder a la reina de empujar mensajes en su mente sacados directamente de la mente de Leslie, la imagen del lugar al que acudiría ahora nítida en su mente. Negó con la cabeza mientras en silencio, desaparecía en el momento en el que Leslie lo hacía.

 

- ¿Qué harás niña? - murmuró mientras apartaba con un ademán de su mano las frondosas ramas de un arbusto, alterando el viento para que su aroma no llegara a la pequeña.

 

Con incertidumbre y ahora un sentimiento de urgencia incontrolable - sin dudas impulsado por el miedo a las represalias de la soberana Escocesa - continúo su camino tras Limner.

Edited by Kamra Ashryver D.
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Catherine Moody

 

La bruja despertó de un sueño incómodo y soltó una maldición en ruso. A veces, cuando la situación fluctuaba, cuando las cosas parecían salirse de control, era como si volviese una y otra vez a esa habitación oscura, a la que solo ingresaban unos débiles haces de sol a través de una cortina de terciopelo rojo, en donde había aguardado con Armand su aparente final.

 

El final no había llegado, ella era una presunta viuda de treinta y cinco años y ahora observaba con el rostro demacrado, el marco de la puerta, en el que una figura pelirroja descansaba, apoyada contra la puerta como si fuera el lugar más cómodo en el qué apoyarse. Los miembros esbeltos, el rostro bello y perfilado: se parecía a Armand, pero no era Armand.

 

Richard la observó por encima del humo de los cigarros de canela que parecía llevar consumiendo por un buen rato y habló. Si estaba fumando y ella acababa de despertar de una pesadilla, no podía ser buena señal:

 

—Así que... tu también lo soñaste.

 

Una afirmación. Catherine cerró su mente enseguida pero ya no era necesario. El brujo había ingresado en un momento de vulnerabilidad.

 

—Necesito saber qué viste, porque la información que poseo es confusa. Creí que moriría, ya sabes cómo es esto.

 

Catherine asintió. Las visiones también solían ser difíciles para ella: solían venir con un dolor físico atroz y humillante. Así había sido, hasta que diera con Sajag y parte de sus problemas se solucionaran. Por supuesto, eso había sido después de que ya hubiera cometido el error de acudir con Báleyr.

 

—Llovía fuego —masculló Catherine, cubriéndose el rostro que, notó entonces, estaba perlado de sudor. Richard, como si hubiera sabido del asunto, le alcanzó un pañuelo de hilo al aproximarse, con el que ella se secó la cara. Hablaban con voz queda—. Un niño anunciaba que era el fin del mundo —Catherine se detuvo por un instante, cerrando los ojos, intentando recordar todos los detalles. Entonces un nuevo trozo de información entró a su mente: los ojos del chico, del que casi parecía un niño, habían estado velados—. El niño, está ciego.

 

Richard la miró con expresión imperturbable, soltando el humo de su última calada.

 

—Dices está, en presente. Como si este niño existiera justo ahora, a tu lado.

 

Catherine se encogió de hombros. No sabía por qué había dicho "está" y no "estaba" o "parecía". Solo sentía unos terribles escalofríos y un dolor de estómago que hacía que quisiera doblarse en dos.

 

—La nigromancia está consumiendo tus órganos —expresó la voz de Richard con indiferencia—. Tu toma un descanso. Averiguaré qué sucede y partiremos mañana en la mañana.

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Leonid Yaxley

 

 

El viaje en bote hasta la isla Diallo transcurrió sin ningún inconveniente y con poca conversación entre ambos hombres, el ruso se mantuvo sentado en la cubierta junto a la popa mientras observaba las aguas del Mediterraneo agitarse por el avance de la pequeña embarcación mientras dejaba que su mente divagara sobre lo que lo esperaría una vez pisara tierra firme.

 

Pero fue una voz de alarma, que se activó por magia una vez comenzaron a distinguir el perfil de la isla destino el que interrumpió sus silenciosas cavilaciones. Una voz femenina, advirtió en un inglés con acento británico que los movimientos entre las Islas Eolias eran controlados por el Ministerio de Magia Británico. Aquella fue una noticia completamente inesperada para el pelirrojo, que no tuvo más que voltearse para ver el ceño fruncido de su guía para entender que tampoco el italiano estaba advertido de la situación.

 

De todas formas nadie detuvo su avance, ninguna lancha con funcionarios ingleses los abordó ni alguna otra medida de control se interpuso en su camino, pudiendo anclar en la pequeña bahía que servía de puerto en aquella isla privada sin ningún inconveniente. Su guía lo condujo por una punta de la isla directo hasta la zona de la excavación al final revelando su identidad - Muchas gracias - agradeció sorprendido de descubrir que el mago era también un miembro de la familia dueña de la isla.

 

Mientras el mago regresaba por donde vino el ruso se dispuso a encontrar al encargado de la excavación, lo cual no sería fácil. Para ser una investigación arqueológica sobre restos de una posible civilización ya estudiada muchas veces había demasiada gente, era un mar de flashes y vuelaplumas, un ejército de periodistas que pululaban por la zona.

 

¿Cuánto interés por la historia de aquel rincón del mundo tendrían los lectores? Aquel viaje no dejaba de sorprenderle con cada paso que daba pero al menos el último misterio sumado no tardó en desvelarse al escuchar un fragmento de una conversación que mantenían dos periodistas americanos.

 

Negó con la cabeza. ¿Las mejores nalgas del mundo mágico? No podía creer que aquella vorágine periodística fuera por un par de nalgas, solo esperaba que Dante no fuera solo eso, un par de nalgas. No quería tratar sobre el fin del mundo con un mediático, pero al parecer no tenía de otra. De todas formas la cuestión en aquel momento era llegar hasta él, después lo evaluaría. Pero... ¿Cómo llegaría a hablar en privado con la persona que había despertado aquel monstruo de los medios en aquella remota isla al sur de Italia?

 

O más apremiante en ese momento ¿Cómo llegaría hasta él? Observó la muchedumbre de periodistas y fotógrafos que se movían de un lado a otro, buscando una idea, algo que le permitiera llegar ante el afamado arqueólogo pero no encontró nada, quizás simplemente tendría que hacerlo de la forma directa y así hizo.

 

Se abrió paso entre el enjambre de la prensa rosa hacia la carpa donde unos medios británicos entrevistaban a Dante en aquel momento. Al llegar a la entrada se encontró con otros periodistas que aguardaban su turno y un grupo de magos que por su vestimenta debían ser parte de la excavación y hasta ellos se dirigió.

-Buenos días - los saludó en inglés, esperando que lo entendieran - Busco a Dante, Orfeo Dallio me envía - jugó la carta que le acaban de regalar.

 

 

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Altos muros de concreto pulido los rodeaban, los mantenían encerrados, aprisionados, casi empalmados unos con otros como si estuvieran en una jaula, porque quizá eso era, tal vez cree que así deben ser tratados, como animales para que aprendan su lección. La habitación está solo iluminada con spots de luz tenue en cada esquina, era tan oscuro ahí dentro que los cuerpos y los rostros son apenas reconocibles entre ellos, aun así, sobresale un gran escritorio de mármol blanco con selecta ornamentación en un extremo de la habitación donde, al filo de la superficie, se posa la figura de una alta mujer, de buena forma, de gestos con clase a pesar de su silencio, elegante por donde se le viera.


Y a diferencia de los rufianes que están de pie frente a ella, su largo vestido negro brilla pulcramente y se desparrama con encanto casi por todo el espacio libre que queda entre ellos.


El silencio era espeso, casi insoportable, si no fuera por que ninguno de los tres (o cuatro si se le contaba a ella) se animaba a decir nada todavía. Finalmente, después de unos segundos mas, las largas uñas decoradas de la mujer trastabillaron con impaciencia sobre la superficie blancuzca de la mesa debajo de ella.


Es injustificable-, su voz es suave pero inusualmente firme, tiene un acento galés casi imperceptible, aunque bien pudo haberlo aprendido en algún viaje prolongado. —No hay nada que yo pueda hacer por ustedes ahora señores, ¿lo entienden?-, asintió y ellos imitaron el gesto inmediatamente, solo se detuvieron cuando el entrecejo de ella se forzó con verdadera molestia, parecía que su rostro tan puro de imperfecciones fuera incapaz de hacer muecas de enfado como aquella. —Snegovik, cariño, hazte cargo.


Un hombre tan blanco como la nieve salió de entre los muros, tal parecía que se había camuflado con las paredes y que había estado ahí todo este tiempo. Snegovik le sonrió con gentileza burda a la mujer antes de llevarse con él a un par de ellos haciéndolos atravesar, de un solo golpe, un portal que apareció a sus espaldas.


—Yo también me haré cargo-, dice el último de los hombres que queda ahí, es mucho más esbelto, casi escuálido, altísimo y de rostro demacrado, como si de alguna forma intentara ocultar años pero que el método que usa, fuera cual fuera, no puede hacer más por él.


Deja que Salomón lo haga,


—Ese era Sebastián,


Lo que sea. Mira, lo echaste a perder, todo el trabajo de meses.


—Yo sé, es que...


¿Cómo es que se ha perdido el embarque?


—Los oíste decir que aún esperan a que llegue.


¿Y tú quieres que espere siete días más?, Ese embarque está perdido, estaremos fuera del juego para cuando eso que dices suceda, dime que lo sabes-, exhaló dejando escapar la frustración que le provoca un socio tan necio como lo era el francés. Ella ya no parece tanto la mujer refinada de antes, aunque es más bien algo que parece haber heredado, por lo que no puede abandonarla del todo tampoco. —Los quiero muertos.


—¡¿Enserio?!


No, no, claro que no, solo...no sé, quiero que algo horrible les pase por ser unos imbéciles. Ah y, por el mismo Satán, no olvides borrar el...


—Ya está hecho, no hace falta que me lo digas-, la interrumpió con una larga sonrisa.


Quisiera ser menos flexible contigo también, me estás dejando sin gente y sin opciones rápidamente, si no consigues a esas sirenas perderemos la mayor inversión que hemos jugado hasta ahora-, se escuchó realmente preocupada. —Estaremos fuera de la frontera con México en cuestión de horas, todo por que no pudiste hacerte cargo-, tks- te cambiaria por un puñado de esos híbridos ahora mismo si pudiese.


Ninguno de los dos habló por un largo rato.


¿Sabes si Orfeo Diallo se mueve por el estrecho de Gibraltar?-, preguntó ella suavemente.


—¿Orfeo Diallo?


Tu manejabas el contacto con él, ¿cierto?


—¿No?-, la mujer lo acribilló con la mirada. —De acuerdo si, puede ser que hubiéramos intercambiado algunas especies con él pero...-, por el gesto de ella se imaginó que era mejor no terminar el resto de la oración.


Prepara un transporte, quiero irme esta misma noche.


-- -- --



El Helicóptero aterrizó en algún punto alto de la isla, sobre alguno de los edificios más altos que pueden verse por los alrededores. Desde ahí, podía decirse que se ve casi cada extremo de la isla, pero sería una exageración, aunque igualmente era algo apantallante. Eitʃ, por supuesto no puede verlo, pues no ha asomado la mirada por la ventanilla del helicóptero desde que inició el viaje, y al bajar, lo hace casi a tientas, con la clara mirada azul puesta sobre el pequeño artefacto electrónico que sostiene en sus manos, ignorando totalmente el paisaje.


—Estamos llegando , Eitʃ ¿podrías por favor dejar el celular? Debes concentrarte en lo que nos trajo aquí.


Es tu culpa que haya tenido que posponer o hasta cancelar todos los compromisos que tengo agendados por delante, sabes, a diferencia de ti, yo si puedo generar ingresos en el negocio-, luego de un par de tipeos, la pantalla se bloquea. —Algo deberías aprender de eso y dejar de empujar de tu buena suerte si no quieres que tu cabeza termine en un frasco barato de aceitunas-, el hombre se ahorró el coraje y trató de volver a intentarlo con ella.


—Bueno si, pero hay algo que debes saber sobre el último negocio que manejamos con Orfeo Diallo,


¿Qué es lo que está ocurriendo allá?-, la voz de la mujer apenas se puede escuchar por el ruido del helicóptero tras ellos. Finalmente había guardado el teléfono móvil en el bolso y se dedicaba a apreciar el contexto. —¿Hay muchas personas reunidas en esta isla?-, ella intenta remover los lentes de sol de su rostro para poder ver mejor, pero el intento es en vano y termina encandilada por la luz del sol, Italia tenía un clima mucho más cálido y soleado que lo que había en Londres.


—Si, eso parece, puede ser. Alguna atracción turística, quizá-, respondió con impaciencia.


¿Lo es?-, se inquietó, algo más bien como un presentimiento, de esos de los malos, la atacó.

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Rory estaba incómodo. Al final Lëna había terminado "ayudándolo" llevándolo a una edificación de lo más peculiar en Londres. El predicador había pensado que podía tratarse de una sociedad de videntes (¿tal cosa podía existir?) y aunque había resultado algo completamente diferente, había sido una sorpresa encontrar allí a una mujer que solo había visto una vez en compañía de Evans.

 

Y que no tenía para nada en un buen concepto.

 

A Nasha Montpellier, que así era el nombre de la acompañante, caerle simpática a Despard no le interesaba en lo más mínimo. Eso sí, en su extraño inglés de marcado acento afrancesado se había presentado a él como talamasquin, y en cosa de diez minutos le había explicado al joven el interés que dicha organización tenía en documentar el suceso del anuncio del fin del mundo, que muchos videntes habían presenciado.

 

Tener esa confirmación de que no había sido el único con aquellas visiones había aliviado mucho al muchacho, lo suficiente como para que luego no tuviese problemas en reunirse con los Moody a la mañana siguiente, y es que aun con la desconfianza que Richard Moody le producía, no parecían haber mejores opciones.

 

Al día siguiente, había estado muy puntual en la recepción del Palacio Rosa, esperando la llegada de Montpellier y de los otros (¿Mel vendría también?) para embarcarse a Italia. La bruja talamasquin había sido la primera en llegar, pero no había llegado sola y aborchonado, Rory se esforzó deliberadamente en mirar hacia otra parte, y así evitar la pecaminosa escena de las efusivas muestras de cariño que la morena le prodigaba a la hermanastra de Garry Ollivander, que la había traído en una moto voladora hasta allí.

 

Podía estar pecando de un ego excesivo, pero casi sentía que ambas mujeres hacían todo eso con el afán de molestarlo.

 

Nervioso y murmurando una oración entre dientes, Rory se acercó a hablar con el recepcionista. No tenía idea de cuánto es que tardaría con aquella misión, pero tras especificarle que estaba dejando una semana de comida a su lechuza, y que si tardaba más él asumiría todos los gastos extra, le deseó a la semi gigante muchas bendiciones para su semana.

 

Solo cuando dejó de escuchar el ruidoso sonido de la moto es que se animó a abandonar la plática insulsa en recepción.

 

— ¿Tienes idea de cuánto tiempo tardarán en llegar los Moody? Se suponía que tendrían que haber llegado hace diez minutos...

 

Cruzado de brazos oteó una vez más el cielo en busca del rastro de escobas u otra moto. Pero nada se vislumbraba en aquel cielo límpido.

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