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Dilación


Rory Despard

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Quiere entrever un futuro que prescinda del presente;

acomoda los hechos con voluntad, con amor, 

de manera que el futuro permanezca a salvo del presente

(La vida privada de los árboles)

 

Cleo no vuelve y Harriet piensa de pronto que esa espera  en su estudio será distinta cuando ella esté casada, porque deberá pensar en su marido y ya no en su criada. Porque el matrimonio está por encima de cualquier lazo ¿Cierto? Y ni siquiera ella puede escapar de eso, ya que este es un mandato ineludible para toda heredera de gran fortuna, aun cuando puede disfrutar un tiempo más de libertad comprada por el cariño de sus padres.

Tarde o temprano deberá escoger un marido, y lo más triste es que se ha resignado a qué ese no será Hessennordwood Crouch. 

No porque el hombre sea menos apuesto de lo que fue hace unos años (ella incluso está convencida que como el buen vino, solo ha mejorado), sino porque se ha quitado por fin la venda de los ojos, esa que le impedía ver que Crouch nunca podrá estar a la altura de la imagen idealizada que, desde la infancia y de la manera más obstinada, ha construido de él. Por eso, incluso si la amara, quizá es ahora ella la que nunca podría amar al verdadero Hess, y tarde o temprano terminaría reclamándole injustamente, agobiada por la desesperanza. 

Cleo no vuelve  y por supuesto que de esa situación y de sus propios pensamientos funestos va culpar a la nieve. La nieve que no deja de acumularse en el alféizar de la ventana y que ha teñido de blanco los campos. Un blancor que borra los colores y que Harriet siente que se parece a su interior, que se ha vaciado de colores, por haberlos volcado todos hacia sus obras, la última de las cuales representa a Gurëndriel, aunque ella misma no cayera en cuenta de eso sino hasta que dio los últimos pincelazos y retoques.

Hattie puede admirar la energía de sus movimientos, la destreza para construir artefactos nacidos de la pura invención o el permanente ensayo y error. Pero hay un sentimiento adicional que se aviva cuando observa a Gurëndriel, uno que le llena el corazón de una inexplicable ternura hacia aquel muchacho con menos años que ella pero que contradictoriamente parece llevar una marca de vejez en él. Y en mitad de esa tediosa tarde, cuesta distinguir que es lo que viene primero, que es lo que finalmente aviva su corazón, si la ternura por el arte de él o si es la persona en sí misma quien la inspira.

Harriet Travers nunca tuvo que lidiar con algo como eso, la posibilidad de que alguien que no fuera un puro elemento de la naturaleza contemplativa le despertara cierta calidez. Criada para ser protegida del mundo y sus amenazas, sabe que le queda todavía un largo trecho que recorrer respecto a su función como heredera, y aunque diga esforzarse, lo cierto es que todavía es reactiva a comprender la posibilidad de que quienes le rodean puedan estar para algo más que el cumplimiento simple de cada uno de sus caprichos

¿Y por qué no deberían estarlo?

El problema con Gurëndriel es que terminó relacionada con ella por circunstancias inverosímiles. No puede hablar de una relación de confianza, pero tampoco es un completo desconocido. La casualidad obró para que sus caminos comenzaran a entrecruzarse, pero Hattie sabe en el fondo que perdura porque ella así lo quiso. Es a quien más puede escribirle por el móvil, pero no se ha preocupado hasta ese momento por averiguar cómo es que el muchacho puede sentirse respecto a esa cercanía, sobre todo porque a diferencia de Hess, carece de la profesionalidad para delimitar su espacio personal con los gestos más sutiles.

Si tiene que mirarse desde afuera, él  le recuerda su propia juventud pero también, paradójicamente, le recuerda sus deberes. Le recuerda sus silencios, y el por qué siempre resulta más fácil volver a la burbuja cómoda que su dinero le permite sostener. Durante todos esos años, ocuparse en el arte le permitió evitar que sus pensamientos más íntimos escapen, y sin embargo, a pesar de todos sus cuidados y de haber procurado confinar sus ideas a la intimidad de los espacios más recónditos de su mente, Hattie observa consternada que varias de esas ideas no solo burlaron el confinamiento, sino que han terminado plasmadas en sus múltiples bocetos y pinturas. 

De esta manera, lo que su boca no pudo decir, lo terminaron expresando sus dedos dibujando a veces furiosamente, a veces en silenciosa calma. De toda forma, tamaño y textura, sus sueños se han materializado en incontables lienzos en papel y tela, en sobrios y luminosos colores, en la delicadeza de la reproducción de un campo florido al atardecer, o en el escrupuloso detalle para la confección de un vestido. En la monocromía de un bosque enterrado por la nieve, o en las incontables manifestaciones de Gurëndriel que la asaltan sobre todo, en esos momentos de soledad.

No es un retrato de él lo que tiene delante de ella ahora, un retrato físico al menos. Es más un repaso de esos objetos y lugares que ella ya no puede ver por sí mismos, sin que a su mente acuda el recuerdo del muchacho: Gurëndriel bosque, si sale a una visita en el campo y Gurëndriel sepulturero si visita la tumba de su madre. Gurëndriel guerrero, cuando despierta ahogada por alguna pesadilla de su efímero involucramiento en las guerras de Ottery y Gurëndriel inventor cuando lo recuerda trabajando en ese taller improvisado y mugriento (a sus ojos), rebosando esa creatividad que cree entender, pues finas fibras lo conectan con el arte al que le ha dedicado la vida. 

 ¿Y el marido que tendrá en unos meses tolerará su vena artística? "Tolerar" es la palabra exacta y precisa que está buscando, porque no cree que quede alguien que pueda valorar genuinamente esos esfuerzos. Los hombres de la comunidad mágica, como solía decirle su madre "viven codiciando poderes secretos" y es casi seguro que el arte hecho por una mujer no esté entre esos artefactos poderosos, mucho menos si viene de alguien como ella que ha sido tantas veces tachada de tonta. O también de superficial porque le interese poco esa guerra de muggles y magos y tenga en cambio una preocupación más genuina de no quedar privada de seda de calidad si se arruinan las relaciones diplomáticas con los países asiáticos.

¿Y ahora por qué es que se ha llenado de estos pensamientos? No consigue dar con una explicación razonable, no está buscando la expresión artística esta vez, ni que el escribir termine encaminando sus energías creativas. Esta vez, y se siente mundana de admitirlo, es algo tan simple como el sentirse en una nebulosa de pensamientos que necesita sacar de su cabeza para que no amenacen su ordenada y planificada vida. Y para que sus siguientes actos sigan respondiendo, como lo han hecho la mayoría de las veces, a su ser deseante y no al deseo de alguien más. 

"Ah, pero es eso entonces" balbucea de repente, con el lápiz tamborileando entre sus dedos un instante. A falta de más recuerdos de Gurëndriel, de Cleo que no regresa, o de sus padres que no están más, se está inventando recuerdos, la perfecta distracción que le permite además ensayar todos los escenarios de sus temores y de sus amores.

Se puede imaginar casada con el hombre más horrible, y desmenuzar con cada recuerdo falso los terribles resultados de ese matrimonio. Puede imaginar (porque realmente no cuesta tanto) la sonrisa de satisfacción de Tessa porque la única cualidad que alberga el est****o marido de ella es su hermosura. Se imagina presumiendo a cambio (para consternación de la mujer)  la inmensa fortuna de su marido y eso le arranca una sonrisa silenciosa.

Porque, indudablemente, solo aceptaría casarse con alguien poco agraciado, si eso le garantizase una mayor fortuna para ella y su prole.

Hijos. Hijos que por el bien de ambos tendrán que salir como ella y no como su hipotético padre. Hace el esfuerzo de imaginarlos, pero el ejercicio de recuerdos inventados se detiene allí, ante la imposibilidad de imaginar sus caras, sus pasos resonando en el suelo empedrado o sus voces. Lo intenta, pero ni siquiera es capaz de imaginar su cuerpo hinchado y con el vientre abultado, porque su cuerpo no fue diseñado para esa clase de labores, y porque su casa dejará de sentirse suya cuando toque rediseñarla para que sea el espacio seguro de alguien más.

Cleo no regresa de su viaje. Y Harriet lo tiene decidido: Que mientras ella no retorne de la ciudad, permanecerá allí, eludiendo sentimientos que no puede descifrar y fantaseando con el espejismo de futuros que no dependan de su yo del presente.

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